Inmisericorde
Capítulo 17
El palacio de Gaena estaba repleto de nobles cordobeses y ricos comerciantes.
Las risas se oían por doquier y la música de uno de los salones amenizaba la velada. Violet iba acompañada de Luis, que en ese momento mantenía una conversación con un importante hombre de negocios de Sevilla. Ella se mantenía convenientemente apartada para ofrecerles una cierta intimidad. Sus sugerencias a varias matronas para hacer cambios en la dirección de la escuela infantil habían sido tomadas en cuenta. A ella le parecían detalles insignificantes con tal de que el colegio estuviese terminado y los niños pudiesen ser instruidos bajo el amparo de sus muros. Sus ojos siguieron los pasos de Isabel que tenía sus bellos ojos clavados en un apuesto oficial, Emilio de la Sierra, sin duda. Al ser consciente del anhelo que ninguno de los dos podía ocultar, bajó los párpados pensativa, porque los caminos del amor eran demasiados difíciles y tortuosos. Le parecía injusto que dos personas que se amaban con toda el alma tuviesen que estar separadas por prejuicios familiares.
Violet volvió al presente de golpe. Luis le había hecho una pregunta que ella no había escuchado mientras le tendía una copa de champán.
—Disculpa, Luis, estaba distraída —se excusó, si bien Luis no tuvo oportunidad de repetir su pregunta porque en ese momento llegó el marqués de Montenegro.
El ceño de Luis se contrajo al ver que miraba de forma descarada a Violet. Sus intenciones se hacían cada vez más claras y él deseaba que Diego tomase las riendas de la vida de su mujer de una vez por todas.
—Me alegro de verla, señora Vílchez. Luis, Esteban. —Pedro Fernández había saludado a ambos hombres sin apartar los ojos del rostro femenino—. Está realmente hermosa esta noche —Violet le ofreció la mano para que se la besara y el marqués la retuvo entre las suyas más tiempo de lo que permitía el decoro—. ¿Me permite invitarla a bailar? —Violet ya negaba con la cabeza, pero, contra todo pronóstico, Luis la animo a que lo hiciera.
—Acepta Violet, así estarás algo distraída mientras concluyo la conversación con Esteban. —Ella dudó durante un momento tan largo que resulto incómodo—. Montenegro te escoltará de vuelta tras el baile.
De forma renuente, aceptó el brazo que le ofrecía el marqués, aunque no le devolvió la sonrisa. Esa noche se sentía extraña, con un cierto nerviosismo que no acertaba a comprender. El marqués la guio por entre las diversas estancias hasta el salón de baile donde se escuchaba un minué y cuando la danza terminó, los músicos se prepararon para tocar un vals. Montenegro la situó frente a sí y comenzó a guiarla en los diferentes pasos.
A Violet le gustaba bailar, sin embargo hacía mucho tiempo que no lo hacía: desde que había contraído matrimonio con Diego.
—¿Piensa visitar alguna vez la ciudad de Madrid? —La voz de Montenegro hizo que parpadeara varias veces para volver al presente.
Violet estaba muy distraída esa noche.
—Estuve una vez allí, aunque no me impresionó —le respondió de forma sencilla.
—Es el mejor lugar para perderse —le dijo Montenegro como una confidencia.
—Siempre he creído que para perderse nada es igual a la ciudad de Londres.
—Algunos cuentan que es la ciudad de Nueva York.
Violet le hizo una bajada de párpados aceptando su último comentario.
—No obstante me gustaría visitar Salamanca, dicen que tiene las mejores ganaderías de España.
Montenegro sonrió. Violet era una mujer sorprendente. Adoraba los caballos como él y entendía de muchos temas que él consideraba solo aptos para privilegiadas mentes masculinas.
—Sin lugar a dudas, después de las cordobesas —la corrigió con humor.
Ahora fue ella la que mostró una sonrisa alegre. El marqués era un hombre correcto, y sopesó durante un momento la edad que podría tener. Parecía mayor que Diego, aunque no podía precisarlo. Incluso compartían la misma estatura, pero el marqués era mucho más moreno y conversador. Violet se amonestó, ¿por qué motivo estaba comparándolo con su marido? Se sentía desleal.
—Me gustaría visitarla en breve. —Las cejas de Violet se alzaron con una curiosidad que no trató de disimular—. Hay algo muy importante que me gustaría comentarle.
—Puede hacerlo aquí. —Montenegro negó varias veces, mas no pudo decirle nada porque el vals había finalizado.
Y entonces, los ojos femeninos descubrieron a Diego, que la miraba de forma intensa desde el otro extremo del salón, y para ella se hizo el silencio absoluto.
Dejó de escuchar las risas, las palabras de los invitados. Estaba de pie en medio de la zona de baile, pero era incapaz de moverse en un sentido o en otro. Sus pensamientos eran un cúmulo de instrucciones que no podía seguir. Se habían convertido en sangre y arena dentro su cabeza, martirio en su corazón. Su pensamiento femenino le gritaba a él que se acercara hasta ella, que no dudara en tomarla entre sus brazos.
Diego seguía mirándola con una intensidad que la devoraba. Le provocaba espasmos en el vientre sumamente lacerantes. Daba pasos cortos recorriendo la sala, sin apartar sus profundos ojos de ella que seguían el mismo recorrido que sus pies. Iba girando sobre sí misma, aunque sin percatarse.
La boca de Diego susurró su nombre, pudo leerlo en los movimientos de los labios masculinos. Sentía que la llamaba, la inundaba de amor y deseo, solamente con mirarla. ¿Qué le ocurría?
Desesperada, se llevó la mano a la boca para contener un gemido que podía ser de profundo dolor o de inmensa dicha. Estaba cambiado, mucho más delgado, y tenía profundas ojeras bajo los ojos amados, aunque para ella seguía siendo el hombre más atractivo del mundo, el único, y la miraba sin el brillo del despecho que había abanderado antaño.
Con los labios levemente curvados en una sonrisa que la desarmó.
Diego no podía apartar la mirada de la única mujer que le importaba. Ahora lo sabía. Cuando la había visto en brazos del que antes fuera su mejor amigo, los celos lo aguijonearon sin compasión alguna. Mordiéndolo, arrancando cada jirón de piel que suspiraba por ella. Estaba preciosa, más delgada, más pálida, y su falta de color en el rostro se veía acentuado porque seguía vistiendo completamente de blanco.
De luto por el hijo de ambos.
Contempló la ansiedad que le mostraron los ojos femeninos, el murmullo de sus labios pronunciando su nombre, y caminó hasta ella con el alma en vilo. Estaba a un paso de caer desvanecido por la ansiedad y la premura que sentía, también por el miedo y la incertidumbre de no saber qué haría ella.
Montenegro era ajeno a las miradas intensas, llenas de una hermosura sin igual, y que compartían dos únicas personas en la sala. Ignoraba que el pulso acelerado, los labios trémulos y los ojos brillantes de Violet se debían a la presencia de Diego en Gaena.
—La llevaré junto a su primo —se ofreció galante tratando de ver qué había llamado poderosamente su atención.
—No será necesario.
Violet se llevó la mano al cuello para contener un quejido al escuchar al fin la voz querida, añorada. Montenegro se giró sobre sí mismo y contempló los ojos de Diego, sin embargo no lo miraban a él, sino a ella. Se preguntó cuándo habría llegado a Córdoba y por qué estaba en el palacio. Las preguntas se sucedían de forma ininterrumpida dentro de su cabeza, pero la presencia masculina sesgó de golpe las esperanzas que contenía. El esposo volvía para reclamar sin una palabra lo que le pertenecía por derecho propio, y entre caballeros, se reconocían esos gestos y, lo más importante, se respetaban.
—Estás preciosa.
—¡Diego…! —Violet fue incapaz de terminar la frase. Las palabras se habían quedado atascadas en el interior de su garganta.
Montenegro miró a uno y a otro mientras se sucedían las miradas y los silencios.
—Gracias por cuidarla, Pedro, ahora yo me ocuparé de mi esposa.
Montenegro le hizo una inclinación con la cabeza muy elocuente y se retiró de la escena como un buen perdedor.
—Nos vemos entonces. Diego, señora Vílchez. —El marqués se dio media vuelta y caminó derecho a otro salón, mas ninguno de los dos siguió sus pasos o su trayectoria. Estaban absortos el uno en el otro, sin ver ni oír nada más que al otro.
La orquesta había comenzado otro vals, pero ellos estaban ajenos a todo, seguían de pie en medio de la sala. Cuando Diego sujetó la cintura femenina y entrecerró la mano femenina entre la suya para guiarla en los pasos, Violet casi perdió el control. Tropezó con el ruedo de su vestido, y él la sostuvo con fuerza, con afecto, y fue girando y girando con ella hasta que la sacó por las vidrieras abiertas hasta el jardín trasero del palacio. La música fue disminuyendo de volumen hasta casi parecer imperceptible.
Estuvieron mirándose fijamente, durante un momento largo, intenso. Diciéndose con los ojos lo que callaban los labios.
—¿Cuándo has regresado? —La voz femenina había sonado entre susurros.
—Hace unos días.
—Me alegro de verte —le dijo con ojos brillantes.
Diego hizo un gesto negativo con su cabeza y uno de sus rizos cayó sobre su frente. Violet lo recolocó con sus dedos en un gesto tierno, amoroso. Suspiró profundamente por la dicha que le producía verlo.
—Tus suspiros son cuchillos en mi corazón —le dijo él con voz aterciopelada—. No me los ofrezcas, por favor.
—Mis suspiros son palabras de una dicha que no puedo contener —le respondió ella.
—¿Te alegras de que esté aquí? —Violet asintió y negó a la vez.
Diego estaba recuperado, sin embargo ella estaba más rota que nunca. Apretó los labios para contener un sollozo.
—Me alegro muchísimo —le dijo ella con sinceridad.
—Estás tan hermosa que me duele mirarte. —Violet cerró sus ojos para que él no viera el brillo de pesar que los cubría—. No te puedes hacer una idea de lo que me marcó tu abandono.
—Shh… —Violet le colocó un dedo sobre los labios para silenciarlo—. ¿Me has perdonado?
Diego hizo un gesto negativo y afirmativo con la cabeza.
—Si regresas conmigo…
Diego no sabía cómo continuar. Durante meses, se había portado como un cabrón con ella, y ahora que la tenía frente a sí, ignoraba cómo actuar o qué decir.
—Diego… —comenzó ella.
—He comprendido que no deseo estar separado de ti. Que te has convertido en una pieza fundamental de mi existencia. —Violet pensó que al fin se había ganado el cariño de Diego, aunque era demasiado tarde para los dos—. Ahora sé que te amo como tú querías. Me ha costado tiempo entenderlo, pero no voy a permitir que me abandones definitivamente —le dijo como una admonición.
Había deseado tanto escuchar esas palabras. Se habían convertido en la razón de su existencia, en todo su mundo durante años.
—No debo regresar contigo —le confesó con el alma en vilo—. No vuelvas a pedírmelo, por favor.
Los ojos de Diego se redujeron a una línea. El cuerpo de ella le decía que lo amaba. Sus ojos le mostraban que era el único hombre en su vida, no obstante las palabras de sus labios levantaban un muro que no le permitía escalar.
—¿Acaso no puedes perdonarme tú? Me he portado como un cabrón sin escrúpulos, pero me sentía herido en lo más profundo de mi alma. —Calló un momento para templar las palabras—. Estaba despechado y ciego, por ese motivo no podía ver con claridad que realmente me importabas a pesar del enfado que me provocabas. Ha hecho falta una desgracia para que la razón penetrara en mi corazón y la luz en mi mente.
Si Diego seguía mirándola así, toda su determinación terminaría yéndose al traste, sin embargo debía mantenerse fuerte, porque ahora venía el mayor sacrificio de su vida, el que le había prometido al Cristo de la Misericordia. Ahora que percibía que Diego la amaba, Violet comprendía el verdadero significado de la renuncia hecha por amor. —No tengo nada que perdonarte —le dijo—, has sido y siempre serás el único amor en mi vida. El único hombre que lo ha significado todo para mí, pero no puedo volver contigo.
Diego la abrazó con fuerza.
La encerró entre su pecho y sus brazos como si tratara de fundirla con su piel, y ella se dejó abrazar sumisa, porque lo que más ansiaba en el mundo era sentir los latidos del corazón de Diego junto a los suyos, unidos por primera vez sin resignación, ni desidia.
—¡No te dejaré marchar! —le dijo él con voz emocionada, grave de anhelo—. En Hornachuelos pensé mucho en nosotros, en lo equivocados que estábamos al encarar nuestra vida en común. He aprendido de mis errores, Violet, aunque necesito que me des una oportunidad para demostrártelo. ¡No me dejes de nuevo!
Violet contuvo el aliento mientras lo escuchaba. Diego hacía realidad todos sus sueños más escondidos, y llegaban demasiado tarde.
—No está en tus manos ni en las mías esa decisión —le respondió ella—. Ahora, ya no podemos elegir.
—¿Y me condenarás a caminar por una senda de inmensa amargura? —Violet pensó que él se mostraba injusto con ella. Sentía su voluntad resquebrajada, su decisión tambalearse, aunque tenía que mantenerse fuerte—. Soy un hombre sin alma. He perdido en el camino todo lo bueno que me hacía sentir que era un ser humano, el pequeño Miguel y tú, pero si me has perdonado, ¡regresa a mí!
Violet colocó la palma de sus manos en el pecho masculino, y lo empujó suavemente para separarlo unos centímetros, Diego se lo permitió sin deshacer el abrazo. Vio en el rostro de su esposa verdadera angustia, profunda vacilación y un brillo concluyente que le produjo un sobresalto porque entendía muy bien qué significaba.
—Te amo Diego, con toda mi alma, con todas las fibras de mi ser, pero no debo regresar contigo.
—¿Por qué? —le preguntó impaciente—. ¿Qué poderosa razón te obliga a mantenerte separada de mí? —Diego no comprendía nada.
Violet no le respondió.
Se fue soltando poco a poco de los brazos de Diego hasta que el contacto fue un mero recuerdo. Lo miró como si quisiera grabar sus rasgos y el brillo de sus pupilas. Se dio media vuelta y comenzó a marcharse.
—¡Violet! Por favor… ¡Regresa a mí!
Ella no se volvió. Por ese motivo, Diego no pudo ver que los ojos femeninos estaban ahogados por un llanto desconsolado y negro.
Espeso de amargura e infinito de dolor.
El rostro de Diego era una máscara de inseguridad, aunque fue plenamente consciente de que esa había sido solamente la primera de muchas batallas que iba a librar por ella.