Inmisericorde
Capítulo 5
Se sentía la única culpable de todo.
La ausencia prolongada de Diego le producía una ansiedad indescriptible. Se había marchado al cortijo Vílchez para atender unos asuntos relacionados con la siembra y a ella la había dejado en Bidasoa con el pequeño Miguel. Su marcha, justo un día después de la cena donde había conocido a casi la totalidad de su familia, la había dejado con una sensación de impotencia.
Lo extrañaba mucho: sus silencios hirientes, sus miradas cortantes. El vacío que dejaba su ausencia en su alma le resultaba insoportable. Un castigo eterno y merecido, pero en esa tormenta de soledad impuesta había acudido como un salvavidas a su monótona vida Isabel Vílchez. Y por primera vez en su vida, Violet se estaba divirtiendo. Desde la cena en Bidasoa, semanas atrás, la relación entre Isabel y ella había madurado y se había fortalecido. Ya no era la prima de su marido ni una amiga incondicional, Isabel se había convertido en la hermana que siempre había ansiado. Recorrer con ella las calles de Córdoba había sido algo memorable, algo que recordaría toda su vida. Le había enseñado cada rincón de la villa, sus patios escondidos a las miradas curiosas, y había descubierto un sinfín de lugares mágicos y que había atesorado en lo más profundo de su corazón.
También le había descubierto un mundo completamente desconocido. La había llevado a una modista sumamente peculiar, la señora Canales, que tenía un gusto exquisito a la hora de elegir colores, texturas, y unas manos mágicas para cortar las telas. Jamás copiaba modelos ni seguía modas, creaba un estilo propio y lo adaptaba a cada mujer que vestía. Muchas nobles venidas de la capital, y aún más lejos, le encargaban sus vestidos, algo completamente inusual porque la moda imperio había arraigado muy fuerte, décadas atrás, entre las partidarias de Josefina Bonaparte, que había llevado a la corte de Madrid la elegancia del gusto parisino por la moda y la decoración.
Isabel no se había quedado contenta solo con conseguirle vestuario nuevo, la había incitado a renovar incluso su ropa de cama, sus sombreros y zapatos, absolutamente todo. El gasto había sido tan excesivo que Violet no se había atrevido a que le pasaran las facturas a Diego, por lo que ella misma había sufragado todos sus gastos. Y estaba sorpresivamente feliz. Con los nuevos vestidos se sentía hermosa, atractiva de una forma que no había experimentado nunca.
En ese preciso momento recorrían la zona que a ella le pareció la más entrañable de Córdoba, la plaza Capuchinos, un lugar emblemático y tranquilo. Visitaron el convento y la iglesia de los Dolores, y lo que llamó poderosamente la atención de Violet fue el Cristo de los Desagravios y Misericordia. Isabel le había explicado que la figura había sido creada por el escultor Juan Navarro de León a instancias de Fray Diego José de Cádiz, un capuchino franciscano. En la ciudad, la escultura tenía muchos seguidores que acudían a diario a su emplazamiento para ofrecerle oraciones y peticiones. Estaba convencida que se convertiría en un lugar de peregrinaje.
Violet miraba el Cristo desde una de las esquinas de la plaza, sin embargo como si una fuerza superior a ella la empujara, se acercó hasta la imagen esculpida. Y durante un largo rato se quedó mirando el Cristo en un completo silencio. La figura había sido tallada en piedra, aunque su tamaño era inferior al de una persona real, imponía. Violet podía ver los clavos y la corona de espinas de forma perfecta. El Cristo estaba clavado a una cruz cuadrangular con cantoneras escalonadas y, a su vez, estaba enclavada sobre un pedestal de piedra que la dotaba de una altura considerable.
Isabel se situó a su lado tratando de ver el motivo que le interesaba o le llamaba poderosamente la atención.
—Es precioso —dijo al fin Violet aunque sin apartar sus ojos de la escultura.
—¿No te parece algo solitario? —preguntó Isabel con voz serena.
—Es extraño, pero puedo percibir su dolor. La inmensa tristeza que guarda en su alma.
—Es una escultura muy querida y venerada por los cordobeses —le informó Isabel con ternura.
Violet afirmó con su rubia cabeza.
—Es algo más que eso —dijo de pronto ella—, es un símbolo donde puedes venir a llorar tus sufrimientos. La fuente para la cura del espíritu atormentado.
Isabel miró a Violet con ojos brillantes. Pocas personas lograban una conexión tan estrecha con el Cristo con solo un vistazo. Uno tenía que nacer en Córdoba y ser creyente para sentir todas esas emociones que describía ella. Violet había logrado sorprenderla.
—Entonces, podrás venir a rezarle todas las veces que desees. Nuestro Cristo se sentirá feliz de contar con tu devoción.
Violet parpadeó y giró su rostro hacia Isabel.
—Ignoraba que Bidasoa estuviese tan cerca de este lugar.
—Todo está muy cerca de este lugar —le respondió Isabel con una sonrisa.
—Vendré a rezarle —afirmó con determinación en sus ojos verdes.
—¿Al Cristo de los Desagravios y Misericordia?
Violet volvió su rostro para mirarla con detenimiento.
—Desagravios y Misericordia… —repitió con reverencia—. Qué apropiado.
—Llegamos tarde —le dijo Isabel de pronto.
Esa noche, Violet asistía a una cena en la casa de Isabel y Luis. De todos los primos de Diego, ellos eran los más especiales y le habían hecho sentir bienvenida en una ciudad que ya adoraba.
Indudablemente, Isabel había hecho un magnífico trabajo con la mujer de su primo.
Luis no podía apartar sus ojos del rostro que reía con júbilo por un comentario de su hermana. El vestido verde intensificaba el color de sus ojos, casi del mismo tono que la tela. A diferencia de los vestidos que había llevado del norte, los que había encargado en Córdoba eran tejidos mucho más ligeros y cortados de una forma que realzaban su esbelta figura. La modista había prescindido de los amarillos, naranjas y marrones, que la hacían parecer excesivamente pálida e incluso enfermiza, por el contrario, había seleccionado una gama de verdes, azules y rojos que le quedaban realmente bien, y sin un matiz de brillo.
Violet no vestía satenes ni tafetanes, vestía de seda fina, de muselina y batista. El cabello ya no lo llevaba apretado en un moño alto, lo llevaba sujeto en un recogido a media altura y con mechones sueltos descansando sobre sus hombros. El cambio era en verdad espectacular. De pronto, Violet giró su rostro hacia él y lo miró con semblante serio, la sonrisa había abandonado sus rosados labios. Vio que le hacía unas preguntas a su hermana, y esta las respondía aunque con un gesto evasivo que lo preocupó. En cambio su tía Catalina le estaba dando una explicación completa. ¿De qué diantres estarían hablando?, se preguntó, aunque interiormente lo sospechó: de las dificultades económicas que estaban pasando.
Luis alzó su copa de vino y bebió un largo trago al mismo tiempo que devolvía su atención al hombre que había sido capataz del cortijo de Los romerales antes de perderlo. Manuel le comentaba la necesidad imperiosa de comprar más tierras de olivos para que la almazara pudiese funcionar a pleno rendimiento y dar beneficios a corto plazo, aunque era muy difícil. A Luis le faltaban los reales necesarios para poder comprar tierras de cultivo con olivos maduros, aunque seguía intentándolo con todas sus fuerzas.
Había mantenido conversaciones con importantes hacendados sin éxito. Había pedido préstamos a banqueros, pero cada petición había sido denegada porque ya no le quedaba nada por hipotecar. Tenía una almazara que podría funcionar y rendir grandes beneficios si pudiera convencer a los terratenientes para que hicieran uso de ella. Estaba tan absorto en sus pensamientos que no se dio cuenta que Violet caminaba directamente hacia él seguida de su hermana Isabel. Sostenía una copa de vino blanco en la mano que no había tocado.
Isabel tenía los labios apretados de disgusto.
—Estás encantadora. —Fue lo primero que dijo cuando ambas mujeres llegaron hasta donde estaban Manuel y él, en el rincón más apartado del salón.
El resto de invitados seguían con sus charlas animadas, ajenos a todo.
—Quiero ayudaros —Violet se refería a él y a su hermana.
—No creas todo lo que oyes —le dijo Luis en un intento de restarle seriedad a la situación incómoda.
—Tía Catalina se fue de la lengua, como siempre —apuntó Isabel todavía con el disgusto reflejado en sus bonitos ojos castaños.
—La familia está para ayudarse —replicó a cambio Violet.
Cuando había escuchado el comentario sobre las dificultades por las que atravesaba la familia de Luis, no podía creérselo.
—Tu esposo ya nos ha ayudado demasiado. —Violet entrecerró sus ojos verdes sin comprender sus palabras—. Tanto, que no tengo modo de saber cómo podré devolverle el dinero, ni cuándo.
Violet se quedó durante unos instantes pensativa. No había contado con la posibilidad de que Diego ya los hubiese ayudado prestándoles dinero, pero si había oído bien, no era solo dinero lo que podía ayudarlos.
—No sé muy bien lo que es una almazara. Isabel me ha comentado que tenéis una, aunque no está en uso.
En ese punto Manuel decidió intervenir por primera vez en la conversación.
—Una almazara funciona con cosechas de olivas.
Violet parpadeó varias veces asimilando la información.
—Teníamos terrenos con olivos, aunque se perdieron con el cortijo Los romerales. Tuvimos que venderlo para poder hacer frente a unos pagos inmediatos —le informó Isabel.
Luis estaba realmente incómodo. Hablar de deudas con mujeres le resultaba desagradable. Era su deber no permitir que las mujeres de su familia se angustiaran por la falta de dinero, no obstante como cabeza de la familia había fracasado de forma estrepitosa.
—Os prestaré el dinero que necesitáis para comprar más olivos —el ofrecimiento de Violet fue tan altruista que el estómago de Luis se sobresaltó.
Isabel la miró con infinita dulzura.
—Es dinero de Diego, y no pienso aceptar nada más de mi primo —respondió Luis.
Violet se ofendió por el tono duro que había empleado él.
—Soy dueña de mi propia fortuna —alegó en cierta forma molesta—. Diego no ha reclamado la dote que me dio mi hermano, ni el regalo que me hizo mi tío por mis esponsales.
Ciertamente su tío había sido generoso con ella. Violet había sentido cuando se lo dio como si fuese un pago por quitar a Diego del camino.
—Entonces si no deseas mi dinero, se lo pediré prestado al banco.
Luis terminó por sonreír. Su recién adquirida prima se mostraba tenaz, aunque algo impertinente.
—Dejémoslo estar —dijo de pronto Luis, que había vuelto a ponerse serio—, y continuemos con la velada.
Violet no estaba de acuerdo en dejarlo estar, pero reculó en su postura. Encontraría el medio de ayudar a Isabel y a Luis. Eran dos personas maravillosas, y ella estaba en posición de hacer algo bueno con su dinero.
—¿Regresará pronto mi primo? —preguntó Luis cambiando el tema de conversación de forma drástica.
—Lo ignoro —le respondió Violet sin poder dejar de pensar en la forma de ayudarlos.
—Le he sugerido que se marche con el pequeño Miguel al cortijo Vílchez. No es bueno que Diego esté allí solo. Necesita a su familia —dijo Isabel con un brillo extraño en sus pupilas negras.
Violet inspiró profundamente al escuchar sus palabras. Era cierto que Isabel había sugerido que se marchara al cortijo, si bien ella no se atrevía porque si lo hacía, podría aumentar el enojo de su marido hacia ella todavía más, aunque era lo que más ansiaba en el mundo.
—Diego ha tenido desatendidos durante mucho tiempo sus asuntos en Córdoba.
Era cierto. Como oficial del ejército había tenido que ocuparse de misiones secretas que lo habían llevado a otros países, como Italia y Portugal, durante largos periodos de tiempo. Por ese motivo había tardado tres años en ir a Inglaterra a buscar a su esposa para traerla a España. Ahora que estaba licenciado del ejército, tenía que ocuparse de todas sus posesiones, y el cortijo Vílchez era una de tantas.
—Me encantaría ir al cortijo —admitió al fin—, aunque ignoro qué podría hacer allí salvo molestar a Diego en su trabajo.
Isabel alzó sus cejas con sorpresa al escucharla.
—En el cortijo Vílchez siempre hay cosas que hacer —le dijo Isabel.
—¿Vendrías conmigo? —le preguntó Violet de forma directa—. Sería maravilloso tenerte allí.
Isabel le hizo un gesto afirmativo.
—Es posible que vaya en unos días a visitarte, cuando Diego se haya acostumbrado a tenerte allí. Ya sabes, los esposos desean cierta intimidad.
El rostro de Violet se puso tan rojo como la grana. Diego no quería ningún tipo de intimidad con ella.
—Entonces lo prepararé todo para emprender el viaje. Imagino que mi pequeño disfrutara mucho en el campo.
—Si le gustan los animales, estoy convencida de que disfrutará. Nada le gusta más a un niño, que correr detrás de las gallinas y acariciar gatitos pequeños.
Lo que decía Isabel sonaba maravilloso.
—Tú también apreciarás las tardes tranquilas y el silencio por las noches.
Con cada palabra de Isabel, las ganas de visitar el cortijo y estar junto a Diego aumentaban. En Córdoba lo había pasado realmente bien en compañía de los primos de su esposo, no obstante quería marcharse. A pesar de las dudas que sentía, y de la sorpresa que podría encontrarse allí si Diego pensaba lo contrario, pero tenía que intentarlo, podía ser una buena oportunidad de acercar posiciones y superar obstáculos.
Sí, la partida hacia el cortijo la veía con otros ojos.