Inmisericorde
Capítulo 16
Las flores olían deliciosamente bien.
El dulce aroma de los lirios la acompañaba mientras subía la Cuesta de los Gabachos desde San Fernando. La calle comunicaba las dos partes de la ciudad, la Villa con la Ajerquía. Violet miró en su ascenso los comercios de paraguas y abanicos, así como la carbonería. Observó los maceteros que había en medio de cada escalinata que bordeaba las paredes de las casas.
Al final de la cuesta se detuvo en la librería y miró el patio interior de la casa grande que tenía la puerta abierta, si bien al doblar la esquina para cruzar la calle empedrada se dio de bruces con un hombre que la sostuvo de los hombros para que no cayese hacia atrás debido al impulso del golpe. Al alzar los ojos para darle las gracias se encontró con los de Pedro Fernández de Castro, y la sorpresa la dejó muda. ¿Qué hacía el marqués en esa parte de la ciudad? Estaba demasiado lejos de su casa, del palacio de Montenegro.
—¿Se encuentra bien? —le pregunto.
Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Señor Fernández, ¡qué sorpresa! —exclamó—. Ignoraba que había regresado a Córdoba.
Pedro se había marchado a la ciudad de Madrid por unas gestiones importantes, pero había regresado muy pronto.
Algunos lirios habían caído al suelo, y Pedro se inclinó para recogerlos.
—Estaba deseando regresar —le respondió con mucha suavidad sin dejar de mirarla al tiempo que le ofrecía las flores que se le habían caído de los brazos.
Violet las tomó ruborizada.
—Imagino que sus niños lo extrañarían mucho, ¿verdad?
—Mis hijos son el primer motivo para mi regreso, y usted se ha convertido en el segundo.
Violet se sintió incómoda al escuchar las palabras del marqués.
—Por favor, discúlpeme —dio un paso hacia atrás para continuar su camino.
Pedro la retuvo por el brazo.
—Perdóneme si la he incomodado. Nada más lejos de mi intención que ofenderla con mis palabras —le aclaró él de forma rápida—. Estoy ansioso por ver las obras del hospital.
Los brazos de Violet se relajaron al escuchar la explicación.
El interés de Montenegro no tenía que ver de una forma física con ella, sino con los negocios que llevaban en común. Fernández miró las flores que ella apretaba junto a su regazo.
—Imagino que lleva las flores al orfanato. ¿Me permite acompañarla?
Violet le hizo un gesto afirmativo, y aceptó el brazo que le ofrecía mientras le dedicaba una sonrisa de empatía. La pérdida de su esposa y la soledad de dos niños que extrañaban a su madre, había estrechado lazos de amistad entre ellos. Podía comprender el sentimiento de abandono que sentían sus hijos, así como la pérdida del marqués. Ella misma había sido golpeada con un revés tan desolador como el suyo.
—No esperaba verlo por aquí —le dijo con mirada ausente.
Conocía a los niños de Montenegro y había simpatizado con ellos, además la trataban siempre con sumo respeto.
—Encargué unos libros para mis hijos.
—¿Cómo están Pedro y Teresa? —Montenegro le mostró una sonrisa complacida.
La mujer se interesaba por sus hijos de una forma totalmente altruista. La pérdida que había sufrido con su pequeño Miguel era aún más grande que la pérdida que había tenido él con su esposa, Teresa. Era la primera mujer que no le interesaba el título que ostentaba, y aunque sabía que no era completamente libre, la separación del barón de Bidasoa era un claro indicativo de que lo estaría muy pronto. ¿Por qué Diego mostraba tal indiferencia por una mujer tan excepcional como la suya?
—Mis pequeños están ansiosos por verla de nuevo. Les encanta que le cuente cosas sobre su hogar. La historia del monstruo del bosque los dejó sin dormir durante dos noches.
Violet lamentó el impulso de contarles a los dos pequeños la historia, pero los ojos sonrientes de Montenegro aliviaron su desazón.
—Nunca fue mi intención perturbarlos —se disculpó, aunque Montenegro no pudo responderle porque habían llegado al orfanato.
Violet tocó con fuerza la gruesa aldaba, y unos momentos después, la puerta fue abierta por una monja que les sonrió al verlos.
—Bienvenidos. Los niños están ansiosos de verlos de nuevo.
—Siento no poder quedarme en esta ocasión —le dijo él.
Violet se giró y lo miró.
Montenegro sostenía el sombrero entre las manos y lo hacía girar entre sus dedos. Ella acababa de darle los lirios a la monja que los llevó hacia la capilla.
—Confío en verla pronto en Montenegro. Pienso dar una fiesta a la que asistirán empresarios leoneses que están dispuestos a hacer donaciones a nuestros proyectos.
¡Era una noticia maravillosa! Violet pensó que pronto contarían con el suficiente apoyo para que comenzaran las obras del hospital infantil. La escuela ya iba siendo un hecho que la enorgullecía, y cada vez se sentía más ilusionada. Se sentía útil.
Con la influencia del marqués de Montenegro, los fondos necesarios iban a ser cubiertos muy pronto.
—Será un placer —le dijo—, ya sabe que todo esfuerzo es poco para lograr una mejor vida para estos pequeños. —Violet calló un momento—. ¿Asistirá a la reunión en el palacio Gaena? —el marqués asintió—. Entonces nos veremos allí.
—Será un placer acompañarla, si me lo permite. —Violet negó de inmediato.
—Le agradezco su ofrecimiento, pero iré acompañada de mi primo, Luis Vílchez, y su hermana Isabel.
Montenegro entrecerró sus ojos negros. Creía ver en Vílchez un rival a tener en cuenta.
—Nos veremos allí. Cuídese mientras tanto.
El marqués salió por la puerta, si bien antes de perderse en la calle, la miró por última vez y le hizo una inclinación con la cabeza. Todavía no se había puesto el sombrero. Ella le correspondió con un gesto de la mano, y un instante después, se giró sobre sí misma y subió la empinada escalinata hacia las dependencias infantiles.
Conocía el convento como si fuese la palma de su mano, y las religiosas le permitían andar entre sus muros con libertad. Ya no hacía falta que la acompañaran.
Casa Villares estaba ubicada en una zona tranquila de Córdoba, en la plaza de la Cruz del Rastro. Isabel le había contado varias veces la historia de tan emblemático monumento.
La Hermandad de la Caridad era una orden que había sido fundada en el Monasterio de San Pedro para asistir a los desvalidos y atender a los moribundos. Se decidió colocar una cruz en la plaza para conmemorar la matanza de judíos y conversos en el año 1473, ocasionada por un suceso acaecido durante una procesión de la Virgen.
Isabel le había contado que la leyenda decía que la sangre de las víctimas había dibujado un estrecho camino en el suelo, creándose un pequeño riachuelo que dejó un significativo y bien marcado rastro que llegó hasta una pequeña llanura al borde del río Guadalquivir, y por eso se colocó en ese lugar la primera de las cruces. La que ella observaba en ese momento había sido colocada poco más de dos décadas atrás.
La casa de sus amigos Isabel y Luis era más pequeña que Bidasoa, pero tenía el mismo aire señorial y acogedor. Cuando iba a tocar la aldaba, el mayordomo abrió la puerta.
Violet le ofreció una sonrisa sincera.
—Doña Isabel la espera —le dijo el enjuto sirviente. Se le había adelantado en pensamiento y en palabras—. Sígame por favor. —Violet le entregó los guantes y el sombrero con velo, también la capa. Cuando el mayordomo lo colocó bien ordenado en el recibidor, le hizo un gesto para que lo siguiera.
El vestíbulo amplio daba a un patio con fuente, ella se había dado cuenta que prácticamente todas las casas tenían jardines abiertos y con el agua como reclamo. Violet ya no concebía una casa sin esos dos elementos que consideraba imprescindibles.
Se fijó en los grandes maceteros con pequeños árboles de hoja perene: naranjos y limoneros que olían deliciosamente bien. Cruzaron el salón de lectura, el de costura y, finalmente, el mayordomo le abrió la puerta de la biblioteca para anunciarla.
—La señora Vílchez. —Isabel se giró hacia la puerta y le ofreció una amplia sonrisa que ella agradeció.
—Tengo una gran sorpresa que anunciarte —le dijo sin poder esperar a que se sentara y aceptara una taza de café.
Violet fue plenamente consciente de la euforia de su prima Isabel.
—¡Ha regresado!, —la miró algo extrañada.
—¿Quién ha regresado? —le preguntó curiosa por su alegría.
—Emilio de la Sierra, conde de Rosales. —Violet ignoraba quién podía ser el hombre que había mencionado Isabel. Esta, al ver la cara confusa de su prima, le aclaro con voz emocionada—: el hombre de mi vida.
La sorpresa le hizo llevarse la mano a la boca para ahogar un pequeño grito. Era una noticia increíble. ¡Isabel estaba enamorada! ¿Cómo no lo había sospechado?
—¿El hombre de tu vida dices?
—Ha llegado del mar, Violet. —Ahora estaba más confusa todavía—. Es capitán de la Santa Sabina. —Ella ignoraba que Isabel estuviese enamorada—. Hace más de seis años que no lo veo. ¡Me siento tan feliz y nerviosa! El mar me lo ha devuelto al fin.
—¡Isabel! —exclamó sumándose al júbilo de ella—. Es una noticia maravillosa.
El rostro de Isabel se puso anormalmente serio y Violet se preguntó cuál sería el motivo para un cambio de humor tan radical.
—Mi madre nunca vio con buenos ojos una relación entre los dos. —Isabel se había quedado pensativa, como si evocase un momento muy triste de su vida, pero en ese momento hicieron su entrada en la biblioteca, Felipe y Enrique, los hermanos gemelos de Isabel, y también su madre.
—Querida Violet —la saludó esta con suma cortesía—. Qué placer verla en Villares.
Violet se levantó para recibir el beso en la mejilla de la madre de Isabel. Ambas mujeres compartían el mismo nombre, aunque eran completamente diferentes en apariencia y en carácter.
—Doña Isabel, me alegro de verla. Felipe, Enrique —los saludó a ambos con una sonrisa genuina.
Los dos muchachos le hicieron un gesto galante con la cabeza antes de tomar asiento al lado de su hermana. Violet se dijo, mirándolos con atención, que iban a ser dos mozos muy guapos cuando alcanzaran la edad adulta, pues apenas contaban la edad de dieciséis años, pero eran exactamente iguales, algo que solía confundir a la gente que los observaba.
—Madre, queremos ir —pidió de pronto Felipe antes de que su madre terminara de llenarle una taza con chocolate caliente.
Doña Isabel miró a sus hijos pequeños con cierta censura en sus ojos oscuros.
—No es el momento de hacer una visita que resulte adecuada.
Los dos jóvenes resoplaron inconformes. En ausencia de Luis, la madre se mostraba férrea e inamovible.
—¿Asistirás a la cena de Gaena? —le preguntó con tono solemne. Violet le hizo un gesto afirmativo—. Me alegra saberlo. Margarita y Águeda se sentirán complacidas, pues desean comentarte algunos detalles sobre la nueva escuela.
—Estaré encantada de escuchar cualquier sugerencia sobre el proyecto —le respondió con un tono de voz humilde.
Para Violet había resultado toda una sorpresa que varias matronas cordobesas apoyasen su iniciativa de construir una nueva escuela.
El resto del día discurrió entre risas, anécdotas y comentarios de los dos gemelos sobre el colegio y las ganas de que acabase.
Violet miraba a su amiga que seguía como sumida en un mundo que solo conocía ella. Estaba deseando poder mantener una conversación sobre la llegada del amor de su vida: Emilio de la Sierra.