Inmisericorde

Arlette Geneve · Capítulo 23 de 27

Páginas del PDF

Inmisericorde

Capítulo 21

 

Diego no se marchó a Hornachuelos como había prometido.

Decidió quedarse en Córdoba y evitar los mismos lugares que ella visitaba, aunque, de tanto en tanto, la seguía a cierta distancia. Era como una necesidad imperiosa comprobar por sí mismo que se encontraba bien, que no le ocurría nada malo, y que seguía el curso de su vida normalmente. También agradecía infinitamente los detalles que Isabel le comentaba sobre el día a día de la mujer de su vida.

Días después de haber mantenido el último encuentro con Violet tuvo una conversación necesaria con Montenegro para inquirir sobre las intenciones que había percibido con respecto a Violet, y el amigo que creía perdido para siempre resurgió con mucha más fuerza que en el pasado. Diego le expuso sus motivos religiosos para no concederle la libertad a su mujer, aunque ella quisiera estar separada, y le confió sus esperanzas de volver a conquistarla algún día. Montenegro le confesó que la señora Vílchez jamás le había dado esperanzas. Era simplemente un amigo que la ayudaba en las diferentes obras de caridad que emprendía, y que agradecía la dedicación afectiva que tenía para sus pequeños, tan necesitados de atención femenina.

Diego respiró al fin, aunque le entristecía mantener atada a su vida a una mujer que se merecía mucho más que un vínculo medio roto.

—Si no lo veo con mis ojos, no lo creería.

La voz de Luis le arrancó una sonrisa, pero Diego siguió con los pies metidos en la fuente.

—Mi pequeño solía hacerlo a menudo —le respondió con voz melancólica.

—Si me invitas, los meto yo también. —Diego negó la sugerencia descabellada.

—Lo siento, es una fuente familiar.

Luis soltó una carcajada, y la respuesta de su primo no impidió que se sentara en el borde de piedra, y metiera una mano en el agua. Sorprendentemente estaba templada.

—¿Y yo que soy? —le preguntó con prepotencia.

—En días como hoy, una indigestión molesta. —Luis no se molestó por la respuesta de Diego.

—Tienes un aspecto lamentable —le dijo de pronto.

—Gracias, yo también te estimo —le respondió mordaz a su comentario jocoso e inesperado. Luis volvió a reír—. Me alegro de tu hilaridad, aunque confío que no sea a mi costa.

Diego sacó los pies de la fuente y los secó con un paño. Volvió a calzarse los calcetines y las botas de montar. Luis siguió con interés cada uno de sus gestos.

—Me siento feliz porque al fin podré pagarte el último abono de tu préstamo.

Diego se puso serio.

—Sabes que no es necesaria tanta urgencia —le replicó molesto.

—Tengo varias cosechas de olivos cobradas de antemano.

Diego frunció el cejo algo preocupado.

—Si se malogra la próxima cosecha de aceituna, tendrás que devolver el dinero adelantado, y eso puede significar la quiebra para tu almazara.

—Ese detalle no me preocupa porque pienso hacerte mi socio.

Las cejas de Diego se alzaron con inusitada curiosidad. Parecía que Luis hablaba seriamente, si bien él no quería ser socio de su primo.

—No me parece correcto —le dijo con un tono de voz neutral—. La almazara es herencia de tu padre, no deberías meter a ningún socio en ella que la divida.

Luis se golpeó la rodilla con exasperación. Diego era más terco que una mula, pero él había sobrellevado negativas mucho más serias, aunque decidió dejar el asunto de momento.

—¿Vendrás a cenar el próximo viernes? —Ahora sí que captó su curiosidad por completo.

¿Qué tenía de especial el próximo viernes?, se preguntó Diego.

—Los gemelos no te lo perdonarán —le advirtió Luis.

Diego maldijo por lo bajo, se había olvidado por completo del cumpleaños de sus primos pequeños, faltaba poco más de una semana para el evento.

—¿Me disculparás con ellos? —Luis ya negaba con la cabeza en un gesto enérgico.

—No será necesario, porque ella no vendrá. —Diego supo que su primo se refería a Violet—. Se encuentra de viaje. Ha decidido pasar unos días en Granada, creo que tiene un primo allí, o al menos entendí eso cuando se lo comentó a Isabel antes de partir.

—Sí —le respondió él con voz tenue.

Luis maldijo su equivocación, porque los ojos de su primo se habían empañado con una tristeza que no le gustaba en absoluto, como aquella pesadumbre que había observado en Hornachuelos cuando lo consumía lentamente la desesperación.

—La familia estará encantada de tenerte con nosotros.

A Diego la invitación de su primo le sonó a reproche. Aunque era cierto que hacía semanas que no mantenía contacto con la familia, ello era propiciado en deferencia a Violet que tenía en Isabel a su única amiga en la ciudad, y él no era tan miserable como para privarla de su amistad.

—Dime qué puedo comprarles a esos dos traviesos.

—Unas fustas nuevas. Entre Isabel y yo les hemos regalado dos sementales.

—Los sementales son caros.

—Violet también participó y la tía Catalina.

—Entonces serán una fusta y botas de montar nuevas. Es lo menos que se merecen.

—Se volverán locos de alegría —le dijo Luis en agradecimiento—. Por cierto, Montenegro da una fiesta este sábado.

—Lo sé, estoy invitado.

—Entonces confío en que nos veremos allí.

La duda se paseó por los ojos de Diego, y Luis se percató de ello.

—Ya te he dicho que Violet no estará. —Diego le hizo un gesto afirmativo—. Y por cierto —continuó Luis—, ¿has oído lo que sucede en Capuchinos?

Diego, que había comenzado a caminar hacia la biblioteca, se paró de repente. Su primo casi chocó con él.

—No tengo ni idea —le respondió con un tono comedido—. ¿Qué sucede?

—Los vecinos hablan de un fantasma que se pasea por la plaza a altas horas de la madrugada.

Diego parpadeó completamente atónito. ¿Un fantasma en Capuchinos? La gente deliraba.

—Tonterías —sentenció sin darle mayor importancia.

—Las mujeres más ancianas hablan de un alma atormentada que busca la rendición bajo el amparo del Cristo de la Misericordia. Las más jóvenes están convencidas de que es una mujer asesinada en la plaza por un amante despechado, y que hasta que no detengan al criminal, el alma seguirá vagando por Capuchinos.

—La gente suele estar demasiado ociosa —respondió Diego.

—Confieso que me siento tentado de esperar para ver a ese hermoso fantasma femenino que vaga con mirada perdida y pies sangrantes.

Diego chasqueó la lengua al escucharlo.

—Me parece inaudito que creas algo así —le espetó con voz cargada de razón—. Y que me hagas perder el tiempo con chismes de barrio.

Pero Luis insistió en el tema.

—Tendrías que ver la plaza primo. Nunca he visto tantas flores rodeando al Cristo. Sobrecoge, porque hay velas encendidas de día y de noche, incluso las puertas del convento se mantienen abiertas para proteger al alma penitente.

Ambos hombres habían alcanzado la biblioteca, Diego le sirvió un jerez a su primo y tomó asiento a continuación.

—¿Has hablado con Isabel? —terció para acabar con la conversación sobre el fantasma de Capuchinos.

Luis miró fijamente a su primo porque desconocía de qué tenía que hablar con su hermana.

—Tienes que hablar con Emilio de la Sierra, conde de Rosales.

Luis apretó los dientes con fuerza inesperada. En modo alguno esperaba que su primo sacara a relucir un tema que él creía cerrado para siempre.

—Todo quedó dicho en su día —le replicó bastante molesto.

—No alargues una condena que comenzó tu madre. Es hora de terminarlo.

—Olvidas que ese hombre deshonró a mi hermana.

Diego bajó los párpados para que Luis no contemplara el brillo de ira que acudió a ellos.

—Eran dos jóvenes que se amaban. ¿Qué deshonra hay en quererse? —le preguntó.

Luis pensó que su primo no estaba bien de la cabeza.

El escándalo que había estallado en la familia tras ser sorprendidos ambos jóvenes en una actitud íntima y desenfrenada había sido monumental. Fueron la comidilla de la nobleza cordobesa durante semanas, sin embargo Isabel Bravo no permitió que el muchacho cumpliera con el honor que requerían las circunstancias. Envió a su única hija lejos, con unos parientes que vivían en Salamanca. Emilio, actual conde de Rosales, siguió pidiendo la mano de Isabel sin descanso, hasta que un día, finalmente, se rindió a lo inevitable, y optó por embarcarse en la Santa Sabina poniendo un océano entre su amada y él.

—¿Acaso no puedes ver en sus ojos todo lo que se aman?

Luis se sentía bastante molesto por el derrotero que estaba tomando la conversación.

—Mi madre nunca dará su consentimiento a esa unión.

Diego inspiró profundamente.

—A tía Isabel la guía el despecho, no puede olvidar que la madre del conde de Rosales fue amante de tu padre.

Luis crujió los dientes ante las palabras que esperaba no volver a escuchar nunca.

—¿Por qué te importa tanto?

Porque ninguna ofensa es tan importante como para mantener a dos personas que se aman con toda el alma, separadas para siempre, pensó Diego, aunque no lo dijo.

—Porque me importa Isabel, y veo el dolor que atormenta a esas dos personas cuando están juntas en el mismo lugar. Sin acercarse. Sin atreverse a respirar siquiera.

Luis se quedó callado durante unos momentos. Ahora comprendía que quizás tenía que haber actuado de forma más consecuente, pero su madre era demasiado tenaz, y él demasiado joven entonces para hacerle frente.

—Entiendo por qué mi madre se muestra nerviosa de un tiempo a esta parte.

Diego se mantuvo en silencio dejando que su primo llegara a todas las conclusiones necesarias que lo incitaran a actuar.

—¿De Rosales ha hablado contigo? —añadió. Diego negó despreocupado, pero obvió decirle que era Isabel quién le había pedido ayuda.

Había acudido a él porque era el único que podía comprenderla. Él mismo pasaba por una agonía similar: vivir separado de la persona amada.

—¿Lo pensarás al menos? —le preguntó Diego con voz seria.

Luis se tomó su tiempo en contestarle.

Si complacía a su primo, tendría que lidiar con su madre, pero antes tenía pendiente una conversación con Isabel. Quería escuchar de sus propios labios lo que sentía por el conde.

—Haré algo más que eso —le respondió al fin—. Tendré una conversación con Emilio en territorio neutral. ¿Podría ser en Bidasoa?

Diego le mostró una sonrisa de aceptación.

Los dos hombres se enzarzaron a continuación en una conversación de negocios que les llevó el resto de la tarde.