Inmisericorde
Capítulo 23
Diego llegó hasta ella con el alma en vilo.
Puso una rodilla en el suelo, le estrechó el cuerpo entre sus brazos y lo apretó junto a su pecho. Luis se encontró de pronto abriéndole puertas hasta llegar a una alcoba vacía de las muchas que había en Montenegro. Diego la recostó en el mullido colchón con suavidad. Estaba terriblemente preocupado. Luis le tomó el pulso y lo notó demasiado lento. Comenzó a desabrochar los botones del corpiño del vestido, pero Diego se lo impidió.
—Necesito que salgas un momento —le ordenó Luis.
—No pienso moverme de aquí —le respondió con voz autoritaria.
—Diego, por favor. Estás demasiado alterado y en ese estado no me sirves de ayuda.
—No pienso moverme —reiteró.
Luis emitió un suspiro impaciente.
—Entonces sé de provecho, pide a Montenegro unos paños fríos y unas sales de amoniaco.
Diego hizo lo que su primo le ordenó.
Salió de la alcoba como alma que lleva el diablo, y buscó a Pedro en el gran salón de música, tratando de tranquilizar a los invitados que habían visto desvanecerse a Violet. Lo oyó pedir al concertista que continuara con su repertorio al piano y momentos después estaba al lado de Diego.
La guitarra solitaria y la silla vacía seguían en medio del salón, olvidadas.
Le comunicó las mismas palabras de Luis. Pedro le hizo un gesto afirmativo con la cabeza, entonces Diego regresó a la alcoba pero la encontró cerrada por dentro, su primo había echado la llave. Maldijo violentamente a Luis por la treta usada para sacarlo fuera. Durante los minutos largos, exasperantes que siguieron, no cesó de caminar de un lado a otro del vestíbulo. Seguía oyendo las notas del piano que dentro de su cabeza se convertían en golpes de martillo.
Una doncella llegó con el agua fría, los paños y la sal de amoniaco, si bien la puerta siguió cerrada. Montenegro lo llamó desde la puerta del salón. Diego caminó hacia allí.
—He ordenado que preparen mi carruaje para que la llevéis al hospital si Luis no consigue hacerla reaccionar.
—No será necesario —le respondió Diego, aunque no estaba muy convencido.
—Mantendré la puerta del salón cerrada si decides lo contrario. —Pero Diego no pudo responderle porque Luis salía en ese momento de la alcoba.
Cuando llegó hasta donde estaban ambos hombres, sujetó a Diego por el brazo.
Su corazón comenzó un galope desenfrenado. La última vez que Luis lo había sujetado así fue la noche en la que murió el pequeño Miguel.
—No me mires como si fuera el diablo, ella está bien. Se ha despertado, está lúcida y plenamente consciente. Ha sido un desmayo sin importancia.
—Eres un cabrón malnacido —le espetó. Luis sabía que Diego estaba molesto por cerrarle la puerta en las narices, no obstante había sido necesario.
Montenegro cerró la puerta del salón para que los invitados no escucharan el altercado que mantenían ambos primos.
—Acompáñame —le sugirió Luis, pero Diego tenía otra intención. Cuando dio el primer paso hacia la alcoba donde estaba Violet, la mano de Luis lo retuvo—. Tengo que hablar contigo.
—¿Ahora? —le preguntó estupefacto.
—Me lo ha pedido tu esposa —le respondió.
Diego volvió a maldecir.
Luis medio lo arrastró por el pasillo en sentido contrario a la estancia donde había dejado a Violet. Empujó a su primo dentro de un estudio pequeño y cerró la puerta tras de sí. Apoyó espalda en la madera para impedirle la salida.
—Te estás comportando de un modo extraño —le dijo Diego de forma dura. Luis respiró hondo antes de emitir una palabra—. Y te voy a partir los dientes si sigues haciendo guardia en la puerta.
—Está embarazada —soltó Luis de pronto.
Diego retrocedió un paso hacia atrás como si hubiese recibido un golpe en el estómago.
Parpadeó varias veces tratando de asimilar la noticia. Contuvo la respiración y sus manos se crisparon como garras a sus costados en un intento de no abalanzarse sobre Luis y apartarlo de su camino de un puñetazo. Experimentó en segundos lo que sienten los hombres a lo largo de la historia ante una revelación de tal magnitud: inmensa alegría, desconcierto absoluto y también un interrogante corrosivo, ¿por qué diantres se lo había ocultado? ¿Por qué no había acudido a sus brazos para revelarle la noticia que lo iba a volver loco de felicidad? Lo ignoraba, pero no le gustaba nada hacia dónde lo conducían sus pensamientos.
Luis fue consciente de todas las emociones que cruzaron el rostro de su primo: dicha extrema, profunda turbación y duda inmensa. Aunque se sentía como un imbécil por mantenerlo retenido, sin embargo había dado su palabra a Violet de que le conseguiría un poco de tiempo antes de ver a Diego.
—Luis, déjame pasar —le pidió Diego con tono autoritario—, o pasaré por encima de ti, te lo aseguro.
—Violet se encuentra muy alterada.
—Mi presencia no la turbará. Vivo y respiro para protegerla.
—Ella ignoraba que estaba en estado —siguió informándole Luis.
Diego sintió que caía al vacío y no podía sujetarse a nada. Si Violet lo ignoraba, no podía ocultarlo a propósito. El alivio fue instantáneo y súbito. Lo llenó de una paz interior que relajó sus facciones y le restó tensión a sus hombros.
El recio cuerpo de Luis se apartó entonces de la puerta para permitir a su primo que saliera por ella. Diego caminó a grandes zancadas por el interminable vestíbulo, pero cuando llegó a la alcoba, estaba vacía.
Violet se había marchado. Había utilizado a Luis para ganar tiempo, el que necesitaba para irse y no enfrentarse a él.
Era una cobarde, aunque ya no tenía escapatoria.
¿¡Dónde diantres se había metido!? ¿Acaso se la había tragado la tierra?, se preguntó Diego completamente superado.
La había buscado, y no estaba en la casa. La iglesia estaba cerrada, así como el convento. La había buscado incluso en el orfanato, pero las religiosas no la habían visto desde hacía semanas. Llevaba horas buscándola sin éxito. Y la impaciencia y la preocupación lo dejaban sin fuerzas, encogían su estómago y le provocaban palpitaciones dolorosas dentro del pecho.
La euforia por la noticia de su próxima paternidad se había tornado en fría desesperación, y no tenía modo de darle salida. Consumido por la impotencia, llegó a casa Villares rogando en silencio que estuviese allí. Antes de darle la capa, los guantes y el sombrero al mayordomo, Isabel bajó las empinadas escaleras con el rostro ruborizado por la alegría.
Se colgó literalmente del cuello de su primo y lo felicitó de forma efusiva.
—Luis nos contó la alegre noticia apenas regresó de Montenegro. Imagina, soy incapaz de dormir de la felicidad que siento.
Diego suspiró con fuerza, realmente era una hora tardía de la madrugada, pero levantaría del lecho al mismo Papa con tal de encontrarla.
—Violet no se encuentra aquí, ¿verdad? —hizo la pregunta aun conociendo la respuesta.
Isabel negó en silencio.
Diego masculló ostensiblemente. Luis asomó la morena cabeza por el hueco de la escalera.
—Pensé que estarías celebrando la alegre noticia. —Diego sintió deseos de tumbarlo de un puñetazo.
Estaba muy lejos de mostrar paciencia ante su socarronería.
—No encuentro a Violet —dijo mientras se mesaba el pelo, irritado—. No está en la casa ni en la iglesia. Ignoro dónde está.
—Creo que sé adónde puede haber ido —respondió Isabel pensativa.
Diego clavó sus pupilas en su prima esperando una respuesta.
—Es muy devota del Cristo de la Misericordia. Si no está en su casa, estará en la plaza Capuchinos.
¿Cómo no se le había ocurrido?
—Te acompaño —se ofreció Luis que bajaba en ese momento por la escalera en dirección al vestíbulo.
—Prefiero ir solo.
—Es muy tarde.
—Lo sé, pero es necesario.
—¿Has venido en carruaje? —Diego afirmó con su cabeza.
—Saludad a mi tía, no puedo presentarle mis respetos esta noche.
Luis e Isabel le mostraron una sonrisa de entendimiento.
—Madre está durmiendo, los gemelos también —le dijo Luis—, pero yo quería hablar con Isabel, por ese motivo seguimos despiertos todavía.
Diego volvió a ponerse los guantes y el sombrero salvo la capa, que mantenía doblada sobre su brazo.
—Primos, nos vemos…
Isabel cerró la puerta de la calle cuando Diego se perdió por ella.
No podía pensar en nada más que en llegar rápido a la plaza, por ese motivo animó al cochero para que condujera a más velocidad.
El sonido de las ruedas al girar sobre los adoquines le pareció un triste acompañamiento a sus pensamientos. El carruaje tuvo que parar unas manzanas antes de llegar a la plaza porque las calles eran demasiado estrechas. Descendió del interior a una velocidad vertiginosa. El cochero le preguntó si deseaba que lo esperase, él le respondió que no sería necesario.
Los pasos de Diego resonaban sobre la calzada silenciosa.
Se cruzó con un sereno que recorría las calles de su demarcación. Hacía su marcha con el único acompañamiento del tintineo de unas llaves, un silbato y una pequeña porra. Ambos hombres se saludaron con una ligera inclinación de la cabeza.
Cuando tomó la Cuesta de Bailío, aminoró la marcha, y cuando llegó a la plaza de Capuchinos, inspiró profundamente, como si tuviese que enfrentarse a un pelotón de fusilamiento. La plaza estaba iluminada por decenas de velas y la figura vestida de blanco que caminaba directamente hacia él le hizo comprender por qué los vecinos hablaban de un fantasma. El tejido blanco que la cubría ondeaba a cada paso y la larga cabellera rubia ocultaba los suaves hombros y descendía hasta las caderas femeninas ocultándolas por completo. El conjunto creaba el efecto de un ser espiritual, pero era Violet, su Violet, aunque a esa hora de la madrugada e iluminada con las llamas amarillas de los cirios, realmente parecía un alma errante, un fantasma penitente.
Diego siguió sin moverse porque ella iba directamente hacia él, mirándolo como si no lo viese. Ahora que estaba más cerca pudo observar que la ropa blanca no era un vestido, sino una bata blanca muy parecida a la que llevaba puesta la noche que murió el hijo de ambos. El sobresalto dentro de su pecho resultó inesperado y tremendamente fatigoso. ¡Debía de estar muerta de frío porque iba descalza!
Ella pasó a su lado sin hacer un mínimo gesto de reconocimiento, con las manos laxas a sus costados y sin girar la cabeza.
Diego estaba perplejo.
—¡Violet! —exclamó horrorizado, sin embargo ella siguió su recorrido por la calle en dirección a su hogar.
La alcanzó en dos zancadas, y con infinita suavidad, le colocó la capa que llevaba doblada al brazo sobre los hombros, ella siguió con la mirada perdida. Diego dudó porque no sabía cómo actuar, pero sin saber muy bien por qué, se colocó delante de ella para impedirle el paso. Violet se quedó parada y con la vista perdida en un punto indeterminado. Diego comprendió.
¡Virgen santa! ¡Era sonámbula!
La cogió en brazos con cuidado y comenzó a caminar hacia la casa. El recorrido era muy corto, y ella estaba demasiado delgada. Violet apoyó la cabeza en el mentón masculino, y cerró los ojos con un suspiro, Diego supo que estaba completamente dormida, aunque le preocupó enormemente que anduviera por la calle prácticamente desnuda y descalza. Tenía que hablar de inmediato con Luis, o con algún especialista sobre el tema. Cuando llegaron a la casa, la puerta estaba abierta, ella no había sido consciente de que había salido de su interior cálido. Subió los peldaños y cerró la puerta con el tacón de su pie.
Todo estaba oscuro y en completo silencio.
Alcanzó las escaleras que conducían a la planta superior. Sabía dónde estaba su dormitorio. La puerta de la alcoba también estaba abierta y el cubrecama arrugado a los pies de lecho. Diego la depositó con suavidad en el colchón. Cuando iba a cubrir el cuerpo con la colcha, se fijó en la planta de los pies femeninos que sangraban.
Diego se dispuso a curarla tratando de no despertarla y a velar su sueño.
Se desperezó con ademanes lentos, elegantes, mientras bostezaba profusamente. Violet estiró sus miembros con una sonrisa de placer en los labios, aunque siguió con los ojos cerrados durante unos instantes. Inspiró varias veces el dulce aroma del chocolate caliente y los bollos recién horneados que llenaban sus fosas nasales.
Los habían dejado en la mesilla de noche.
Parpadeó para despejar el sopor y cuando logró fijar la visión, lo primero que vio fue a Diego, que estaba sentado en el lecho junto a ella. Se levantó de golpe y se quedó sentada sin saber qué hacía en la casa. Bebía un trago de café de una taza que sujetaba con una mano, la otra había estado apoyada en su cadera hasta el momento que se movió. Tenía un aspecto horrible, como si no hubiera dormido en toda la noche, y al momento, una profunda vergüenza hizo que se sonrojara hasta la raíz del cabello.
En Montenegro la había inundado el pánico, después la alegría, y había sido tan injusta con él que ahora se sentía incapaz de mirarlo a la cara.
Diego dejó la taza en la bandeja y tomó el chocolate para ofrecérselo.
Violet lo miró con mucha cautela, pero el rostro de su marido era sereno, como si estuviera relajado.
—Toma un poco, te sentará bien.
—Gracias.
Los dedos de Diego, colocaron una guedeja de sedoso cabello tras la oreja femenina. A ella le resultó una caricia sublime, tierna, y en modo alguno, merecida.
—¿Has dormido bien?
—Sin despertarme ni una sola vez —le respondió.
Diego hizo un gesto casi imperceptible que ella no vio.
Estaba convencido que ignoraba que era sonámbula. Violet bebió un trago largo de chocolate. Estaba delicioso. Diego le pasó un dedo por la comisura del labio superior para quitarle un rastro, e inmediatamente, chupó de su dedo la gota de líquido espeso.
—¿Adónde fuiste? —le preguntó con un tono de voz controlado—. Te busqué de forma desesperada por todo Córdoba.
Ella vaciló un solo instante, como si estuviese a punto de confesarle el mayor secreto de su vida.
—A contárselo a Miguel —le respondió con un tono de humildad que lo conmovió profundamente—. Alquilé un carruaje para que me llevara al cementerio de Nuestra Señora de la Salud, pasé horas en la cripta familiar, pero me sentí agotada y tuve que regresar a la casa para descansar. Sabía que vendrías aquí y te esperé, aunque no recuerdo el momento exacto en el que me dormí.
Diego cerró los ojos porque la respuesta era la que esperaba. El cementerio era el único lugar junto a Capuchinos que no había tenido en cuenta a la hora de buscarla.
—¿Pensabas decírmelo a mí también?
Violet tomó aire antes de ofrecerle una respuesta.
—Eras el segundo en mi lista de prioridades —le confesó con ojos brillantes y con una trémula sonrisa en los labios—. Cuando Luis enumeró los síntomas que le iba describiendo y me dijo que posiblemente estaba encinta. La luz estalló dentro de mi cabeza y sentí la urgente necesidad de contárselo a nuestro pequeño. Estoy convencida que mi ángel guardián es el responsable de este milagro.
—No me quites todo el mérito —le dijo Diego.
Violet entrecerró sus párpados con cierto recelo.
Diego suspiró impaciente. Había esperado no ver de nuevo esa desconfianza brillando en los hermosos ojos de su esposa.
—Le supliqué al Cristo que no me permitiera concebir, porque entonces no podría abandonarte. Se lo pedí cada día desde aquella vez que no tuve la entereza de negarme a ti, de impedir que me hicieras el amor. ¡Lo deseaba tanto, Diego!
—Lo sé —le respondió él con tono agitado—. Supe lo que pediste al Cristo.
—¿Cómo es posible…? —Violet no pudo terminar la frase.
—Aquella noche, yo le supliqué encarecidamente todo lo contrario —le explicó con emoción en la voz—. Deseaba más que nada en el mundo un nuevo hijo que volviera a unirnos. Nunca he deseado algo tanto, salvo estar junto a ti otra vez.
—¡Yo deseaba tu felicidad! —se justificó ella—. Por eso me marché.
—Seré feliz si estás a mi lado —le confesó con un timbre de voz aterciopelado.
Violet cogió la mano de Diego y la elevó hasta su mejilla.
—Aquella noche, cuando Miguel cayó por las escaleras, el miedo me atenazó hasta el punto de la locura. La angustia me impedía respirar. Corrí hacia la plaza Capuchinos para suplicar incesantemente al Cristo de la Misericordia que lo salvara. Le ofrecí a cambio la promesa de abandonarte, o mi propia vida, pero este nuevo hijo es la prueba de que no aceptó ninguna de las dos. ¡Me ha perdonado!
Todo adquiría unas dimensiones gigantescas para Diego.
Nadie le informó aquella noche de que Violet había salido de la casa, ni por cuanto tiempo, no obstante estuvo allí para consolarlo cada día hasta la mañana maldita que se marchó, dejándole una sensación de pérdida absoluta.
—¡Te necesitaba! Y te fuiste —exclamó dolido.
—Mi pecado de codicia era demasiado grande para ignorarlo, por eso debía ofrecer un sacrificio, pero el Cristo no aceptó mi vida, y creí fervorosamente que escogía mi primera ofrenda: abandonarte.
—Te necesitaba —volvió a decir—. Te necesito más que nunca —afirmó.
—No más de lo que te necesito yo.
Diego la sujetó por los hombros y la atrajo hacia su pecho para abrazarla. Necesitaba contarle algo íntimo que lo martirizaba.
—La noche que murió Miguel me poseyó una locura destructiva. Quería castigarte porque te culpaba de su muerte, y por ese motivo te dejé fuera de la alcoba, como un maldito cabrón sin escrúpulos. Después me arrepentí, pero era tarde para deshacer el daño.
Violet lo supo siempre, y por ese motivo no podía reprochárselo. Diego había actuado movido por la desesperación, igual que ella.
—¡Perdóname! —le suplicó en un tono lleno de humildad.
Diego reconocía en esa palabra sus fracasos y debilidades como ser humano. Violet abrazó, todavía más fuerte, la ancha espalda de su esposo, con una sonrisa de júbilo en los labios.
—No tengo nada que perdonarte —le dijo con voz ausente de orgullo—. Siempre he soñado con hacerte feliz y estoy convencida que el Cristo de la Misericordia desea lo mismo.
—Te amo, Violet, como nunca llegué a imaginar que lo haría. Estás en mi sangre, vives en mi corazón, y moriré si me apartas de tu lado de nuevo.
—No lo haré, ¡lo juro! Por fin siento que he sido perdonada y que merezco el cariño que me profesas.
—Regresa a Bidasoa —pidió con un hilo de voz. Ella le mostró una sonrisa de felicidad completa—. Regresa a mi lado.
—Tengo que hacerlo. Colgado en el hermoso salón de nuestro hogar está el cuadro de Miguel, y yo debo estar donde esté su retrato.
La sorpresa en los ojos de Diego la enterneció profundamente.
—Mandé enviarlo justo después de llegar a la casa, momentos antes de salir hacia el cementerio para contárselo a nuestro pequeño.
El corazón de Diego amenazó con estallar de dicha.
Entre sus brazos tenía lo que más ansiaba en el mundo y, en su hogar, el recuerdo más dulce de todos. ¿Podía un hombre pedir más? Lo dudaba.
—Se llamará Diego —le informó ella—. Nuestro pequeño se llamará como su padre.
—Diego Miguel —concedió él con voz emocionada.