Inmisericorde

Arlette Geneve · Capítulo 2 de 27

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Inmisericorde

La promesa

 

No codiciarás la casa de tu prójimo, ni

codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su

siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno,

ni nada que sea de tu prójimo.

Sagradas Escrituras.

Deuteronomio capítulo 5, versículo 21.

 

Séptimo pecado capital: Soberbia.

Año1826.

 

El anciano siguió mirando de forma penetrante los castigados muros del castillo abandonado. El edificio fortificado, rodeado por un amplio y profundo foso, dominaba la bahía casi en su totalidad. El puerto en el pasado había sido un enclave estratégico muy importante para el comercio. La fortaleza estaba protegida por una alta muralla con torreones cuadrados que dotaban al conjunto de una apariencia inexpugnable. Las caballerizas y las cisternas que se habían utilizado como almacenes de grano estaban prácticamente destruidas, igual que el pozo, y aunque no podía ver el patio interior de armas era consciente de que las piedras se encontraban tan gastadas por el abandono que haría falta mucho dinero para devolverle la majestuosidad que habían tenido en el pasado, si bien él estaba dispuesto a gastar buena parte de su fortuna para devolver todo el esplendor al lugar de sus ancestros, porque no era simplemente un castillo, sino un bastión, un emblema de la familia, y que habían perdido en uno de los matrimonios pactados en el pasado.

Ahora, después de generaciones, le resultaba inconcebible que la propiedad que tanto significaba para él pudiese retornar a la herencia familiar. Clavó los ojos en su sobrina que tenía en los suyos una mirada ausente. La esbelta muchacha, cuando fue consciente del escrutinio de su tío, le sonrió de forma vacilante. Él pensó que era hermosa, si bien su mayor atractivo no residía en su apariencia física, sino en su inteligencia. En su forma de ser comedida, serena. Le gustaba acompañarla a cabalgar por las mañanas cuando el sol comenzaba a salir de forma tímida por el horizonte, pero llegar hasta los muros de la propiedad, no había sido algo premeditado, aunque se había convertido en una necesidad imperiosa: volver a acariciar con el brillo de sus ojos el poder simbólico que representaba.

—Lamento la mala nueva, tío —la voz femenina había sonado apenada.

Y con certeza que la noticia era calamitosa. La llegada días atrás del oficial cordobés, había derrumbado todas y cada una de las esperanzas que él albergaba sobre el matrimonio pactado entre su primogénito y la hija de uno de sus mejores amigos. Cuando parecía que su hijo daba algunos pasos para ganarse el afecto de la testaruda muchacha, todo se iba al traste. Suponía que el interés masculino era motivado por un capricho pasajero, porque un hombre del talante del barón de Bidasoa no podía estar realmente enamorado de una chiquilla inmadura. Necesitaba una auténtica mujer, y por ese motivo, el posible desenlace le producía una enorme inquietud.

—Mi primo lo está pasando francamente mal —le dijo su sobrina para tranquilizarlo, aunque no lo consiguió.

Él apretó los puños y entrecerró los ojos. La altiva muchacha manejaba la voluntad de su padre como si fuese arcilla, y se negaba a dar un paso de acercamiento hacia su primogénito mostrando una terquedad temeraria. Diego Vílchez de Soriano, el oficial que la pretendía, había llegado para arrasar todas y cada una de las esperanzas que él tenía depositadas en el enlace de la muchacha con su hijo mayor, y recuperar mediante el matrimonio, lo que por derecho le pertenecía.

—Si él no existiera, el compromiso seguiría adelante —musitó en voz baja, dando forma a sus pensamientos más íntimos.

—Si el señor Vílchez amara a otra, mi primo tendría una oportunidad —le dijo la muchacha con rostro pensativo.

Sabía cuán importante era para su tío recuperar la propiedad familiar.

Las palabras de su sobrina hicieron que parpadeara sorprendido por la revelación. ¡Existía una posibilidad! Él conocía el interés que el oficial había despertado en su sobrina. Se había percatado de las miradas ansiosas, aunque vacías de esperanza, que le dedicaba ella. El militar se había comportado siempre con corrección desde su llegada. Como buen caballero, había aceptado bailar con su sobrina como correspondía a las normas de etiqueta. La había acompañado en varias ocasiones a cabalgar, y en ese pensamiento se mostró ufano. Ninguna mujer podía igualar a su sobrina en el manejo de una montura y en la necesidad de galopar arropada por el viento de la mañana. El señor Vílchez, como buen soldado entrenado, había terminado por acompañarla en las madrugadas, fomentando sin querer el anhelo e interés que su sobrina sentía por él.

Clavó su mirada acuosa en el rostro de su sobrina. La muchacha se limpió la palma de las manos con un pañuelo. El escrutinio de su tío le producía una cierta inquietud.

—¡Sedúcelo! Y auguro que tu primo aprovechará la oportunidad que le brindas con tu esfuerzo. —La petición, no solamente era insólita, sino amoral.

La muchacha pensó que su tío le pedía poco menos que un imposible. Ella jamás lograría atraer la atención de un hombre como él, aunque era lo que más ansiaba en el mundo y la peor tortura posible: anhelar algo imposible.

Inspiró profundamente antes de responder:

—Si hubiese la más mínima posibilidad de que me tuviera en cuenta, que me viera como a una mujer, ¡juro que lo intentaría! —le dijo, no obstante, el duque decidió interrumpirla, aunque ella no se lo permitió, y siguió en su apología—. Pero al señor Vílchez no le interesa ninguna otra mujer, y eso un hecho incuestionable, tío.

El duque comparó mentalmente a ambas mujeres y sopesó las posibilidades que podía tener su sobrina. Era hermosa, con una belleza armoniosa que solía atraer a los hombres con un sentido de la belleza muy desarrollado. El único inconveniente que podría alegar era su forma de vestir, muy poco apropiada para resaltar sus curvas femeninas y acentuar su belleza etérea. Su rostro era puro, sin mácula, salvo un pequeño lunar en la sien izquierda, aunque pasaba desapercibido. Era alta y esbelta. De huesos largos y finos, de mirada dulce y sonrisa suave. Sí, su sobrina era una mujer preciosa.

El posible instrumento para atrapar a un hombre.

—Eres una belleza, podrías tener al hombre que quisieras rendido a tus pies si te lo propusieras.

Ella pensó que su tío se mostraba excesivamente generoso con sus cualidades.

—Solo me interesa uno, aunque no existo para él —le respondió con auténtica tristeza en sus ojos verdes—. Acéptelo, como lo acepto yo.

El noble masculló ostensiblemente.

—El señor Vílchez tendrá que respetar el compromiso que hemos pactado.

—Mi primo lo tiene bastante complicado —admitió ella con cierto recelo—, pero si como dice y cree continuarán con el compromiso, lo lamento de veras por el señor Vílchez, porque no se lo merece —lo defendió ella—. ¡La ama de verdad!

El duque la contradijo.

—No la ama porque un hombre de su talante necesita una mujer y no una niña caprichosa.

La mujer inspiró profundamente y clavó sus pupilas brillantes en su tío.

—Que necesite una mujer más madura no significa que no ame a una chiquilla —le dijo con el tono algo seco.

El anciano vaciló en su siguiente respuesta, pero estaba decidido.

—Tenemos que ayudarlo. Es necesario quitar al oficial de su camino para que tu primo pueda tener alguna posibilidad —repitió cada vez más convencido de sus planes—. ¿Lo intentarás al menos? —le preguntó a su sobrina con rostro severo. Ella volvió su rostro hacia la bahía. El horizonte brumoso comenzaba a disiparse con la salida del sol—. Promételo, hija, dame tu palabra de que harás todo lo que esté en tu mano para que nuestra herencia regrese de nuevo a la familia.

Ella miró directamente a los ojos de su tío. Le debía todo cuanto era, la había criado como si fuera su propia hija. ¿Cómo podía negarse a su solicitud? Además, le había dado alas a su corazón con sus palabras.

—Lo prometo tío. Haré todo lo que esté en mi mano para ganarme el interés del barón de Bidasoa.

El noble soltó el aliento que había estado conteniendo. Si la muchacha lo prometía, cumpliría su promesa hasta las últimas consecuencias.

—Gracias querida, sabía que podía confiar en ti. Ahora más que nunca necesito el apoyo de la familia.

La ayudó a montar en la yegua roana con la sonrisa en los labios. Si la muchacha se lo proponía, podría seducir al hombre y despejar el camino para su primogénito. Sin embargo, lo que la muchacha ignoraba era que la promesa entregada a su tío, iba a cambiar su vida por completo, y la iba a sumergir en una infelicidad como jamás podría llegar a imaginar.

Había olvidado una regla fundamental: la soberbia era un pecado capital.