Inmisericorde
Primera parte - Resignación
Primera parte
Resignación
La resignación es un suicidio cotidiano.
Honoré de BALZAC
Capítulo 1
Ciudad de Córdoba, 1830
Iba al encuentro del desastre y se sentía tremendamente nerviosa.
Se mordía sin piedad el labio inferior mientras lanzaba una plegaria sincera por el comienzo de su nueva vida. Era la primera vez que pisaba suelo cordobés y la agitación que sentía le impedía respirar con normalidad. Llevaba casada varios años, aunque apenas había visto a su marido en ese tiempo, solamente en un par de ocasiones y siempre rodeados de familiares, pero, gracias a Dios, el ejército lo había licenciado con honores unos meses atrás. Diego Vílchez había sido capitán en el Regimiento de Pavía 4.º de Dragones, si bien la mujer ignoraba que él había solicitado la licencia voluntaria por ella, y por el hijo de ambos, el pequeño Miguel, llamado así por el padre de Diego.
¡Habían pasado tantas cosas entre ambos!
Y por fin su esposo había decidido que era el tiempo apropiado para que ella ocupara el lugar que le correspondía en la mansión Bidasoa como su esposa. La palabra le producía un nerviosismo atroz además de una profunda incertidumbre, porque nunca había sido una auténtica esposa, ni el día que pronunció sus votos matrimoniales completamente enamorada. Él se había marchado a una misión militar, y ella se había quedado esperando su regreso llena de angustia. Poco después había descubierto que estaba encinta, y su vida dio un giro completo que la llenó de enorme pesar y de profundo arrepentimiento.
Miró los campos verdes y los olivos que se mecían al compás de la brisa matutina. El cielo azul brillaba y el color níveo de las casas de labor resplandecía en el paisaje cordobés a medida que dejaban atrás los campos fértiles.
El carruaje cruzaba en ese momento el puente romano desde el sur, y ella clavó sus ojos en el entorno, asombrada por su singularidad. Por la ribera del Guadalquivir anidaban varias especies de aves que dotaban al paisaje de manchas de color blanco y rompían la quietud del silencio con sus trinos. Observó el molino de la Albolafia y su ruido peculiar. Los romanos habían tenido una gran importancia en la ciudad sureña, y habían dejado un patrimonio muy importante, como el molino que se creó para producir harina, pero fue Abderramán II quien lo dotó de la rueda de madera para transportar el agua al Palacio de los Emires. Apoyó la cabeza en el marco de la ventana del carruaje para tener una mejor visión de las casas pintadas de albero y blanco, y de los palacios mudéjares. Inspiró profundamente ante la belleza que se abría ante ella. Y para disfrutar mucho mejor del entorno, le pasó el niño, que seguía dormido en sus brazos, a su doncella particular.
Ana sujetó al pequeño Miguel con cariño y lo acomodó sobre su regazo de forma maternal.
La mente femenina seguía recordando cada palabra que había estudiado y aprendido sobre la cultura cordobesa. También había indagado sobre las costumbres de la
ciudad y sus gentes en una visita que había hecho al carmen[1] de su prima en Granada meses atrás. Se sentía tan sola que había decidido hacerles una visita por cuenta propia y sin el permiso de Diego. La muchacha, casada con su primo, la había recibido con cariño a pesar de lo mal que se había portado con ella en el pasado. Mas ella había cumplido la promesa ofrecida a su tío, y de ese modo, su primo había aprovechado la ventaja obtenida con su acción. Con Diego fuera del camino, el resto resultó muy fácil, aunque, se sentía tan arrepentida, que no sabía cómo sobrellevar su pesar.
¡Había comprometido a un hombre enamorado de otra mujer!
Volvió a centrar su atención en el paisaje cordobés mientras el carruaje atravesaba las callejuelas estrechas, y llenas de patios abiertos a la cálida mañana. Se detuvo en una zona arbolada que le quitó la respiración. Bidasoa parecía un palacio y lo primero que llamó su atención de forma poderosa fue el conjunto en sí que constaba de dos alturas y estaba rodeado por un hermoso jardín delantero, pero no pudo seguir admirando el hermoso edificio porque Diego ya descendía por las escalinatas de entrada. El nerviosismo aumentó dentro de ella, que comenzó a respirar con dificultad. Tras él lo seguía parte del servicio que comenzó a hacer la fila de honor para recibirla. Soltó la cortinilla que cubría la ventanilla y se secó las manos en el terciopelo azul de su vestido. Se lamió los labios resecos y tragó con dificultad.
Hacía tanto tiempo que no lo veía y sentía el corazón tan agitado que podría salir por su boca en uno de los latidos.
Diego acciono la pequeña manivela de la puerta y la abrió adelantándose al sirviente. No obstante, sus ojos apenas se detuvieron en ella, buscaron al pequeño y, al encontrarlo, sus labios se curvaron en una sonrisa que la desarmó. Le extendió la mano para ayudarla a bajar los tres peldaños hacia la calzada, y ella asió los fuertes dedos tan ansiosa como precavida, ignoraba qué se iba a encontrar dentro de los gruesos muros. Él seguía sin mirarla, y cuando ella estuvo fuera del carruaje, se adentró en el interior del faetón para tomar a su hijo en brazos. Ana se lo cedió solícita. Los brazos masculinos sostuvieron al pequeño con infinita ternura, los oscuros ojos miraban el rostro dormido de forma complacida.
El pequeño Miguel tenía el rostro de un ángel, y era plenamente consciente de que su esposo lo amaba con locura. Era la causa principal de que ambos hubiesen contraído matrimonio, aunque se había prometido a sí misma que lograría el perdón de Diego por encima de todo, aunque le llevase toda la vida.
—Bienvenida a Bidasoa. Ven, te presentaré al servicio —le dijo.
Ella lo siguió en silencio con las manos entrelazadas en el regazo para ocultar el nerviosismo que sentía.
—Antonio López, el mayordomo —mencionó él. Ella hizo un gesto con la cabeza de reconocimiento al hombre que la miraba con sumo respeto—. Adela Heredia es la mejor cocinera de toda Córdoba. —La mujer le hizo una reverencia profunda y le mostró una sonrisa de bienvenida. Simpatizó con ella de inmediato por su cálida respuesta—. Y las doncellas: Carmen, Lola, Trinidad y Remedios. Harán todo lo posible para que tu estancia en Bidasoa resulte lo más cómoda posible.
Miró a las muchachas que le sonreían de forma llana y abierta, sin timidez.
—Les presento a mi esposa, Violet de Vílchez, baronesa de Bidasoa —ella se sorprendió de que utilizara su primer nombre para las presentaciones y no el segundo como acostumbraba su familia, pero se abstuvo de decirle nada.
—Es un placer conocerlos, y confío plenamente que mi estancia será muy grata en Bidasoa —dijo devolviéndoles la misma sonrisa que recibía—. Me siento muy feliz de estar aquí.
—Te mostrarán la casa —le dijo Diego de forma muy correcta—, y donde están situadas tus dependencias.
Violet sintió un escalofrío sin saber precisar qué lo había provocado.
—Muy bien —le respondió—, me ocuparé de Miguel. —Extendió los brazos para tomar al pequeño, sin embargo Diego le hizo un gesto negativo con la cabeza, la miró a la cara sin apartar la vista un instante.
Resultó obvio que el rostro masculino estaba marcado por la preocupación, y algo más que le produjo un vuelco en el pecho: honda resignación.
—No será necesario, yo lo llevaré hasta su alcoba. Nos veremos en unos momentos.
Ella contempló la subida rápida de Diego por las escaleras hacia el interior de la casa y expulsó el aire que había estado conteniendo. El recibimiento de su esposo había sido mucho mejor de lo que había imaginado, pero ¡maldito su corazón femenino porque deseaba mucho más!
—Permítame, señora —el atento mayordomo la guio en la entrada a su nuevo hogar mientras el resto del servicio los seguía en silencio.
Antonio hizo un gesto a dos mozos para que descargaran los pesados baúles del carruaje.
El interior de la casa la dejó gratamente sorprendida. Los diversos salones estaban adornados con preciosas obras de arte como pinturas y esculturas. Los muebles le parecieron de un gusto exquisito, todos eran de maderas nobles como nogal y castaño. Las distintas mesas tenían aplicaciones de nácar y carey. Los diversos sillones le parecieron de la época del renacimiento italiano, aunque no podía asegurarlo. Alzó la vista hacia los techos artesonados de madera y los fijó en las hermosas arañas suspendidas sobre ella. Las alfombras persas cubrían la mayor parte del suelo, y en las pinturas que colgaban del vestíbulo creyó ver el pincel del pintor español Murillo. Había reconocido alguno de Velázquez, aunque tendría que mirar mejor para cerciorarse. Las horas que había dedicado al estudio del arte español le parecieron en ese momento recompensadas. También había enormes tapices flamencos con dibujos de caza y siega en tonos dorados muy llamativos.
Según cruzaban los distintos salones, iba descubriendo hermosos y alegres patios. Siguió al mayordomo hacia la planta superior. Los mozos llevaban sus baúles y los dejaron al pie de la escalera antes de iniciar el ascenso.
Antonio la guio por el amplio y soleado corredor donde las diversas alcobas estaban enfrentadas en torno a un patio. Las estancias destinadas se encontraban situadas al final, y estaban comunicadas con la alcoba del pequeño Miguel. La alcoba de ella estaba separada de la de su esposo por la habitación del hijo de ambos. El mayordomo corrió las cortinas y el sol iluminó la estancia con un colorido que la sobrecogió. Los tonos tierras en la decoración le causaron una magnífica impresión. Los mozos colocaron los baúles muy cerca del ropero, y Ana se dispuso a sacar los diversos vestidos de su interior para extenderlos sobre el lecho antes de colgarlos. Ella se dispuso a ayudarla cuando la puerta que comunicaba el dormitorio del pequeño se abrió y Diego apareció por ella.
Nuevamente el corazón se le aceleró al verlo.
—La cena se servirá a las ocho. Carmen subirá a darte el aviso. —Diego se giró sobre sus pasos, aunque se paró un momento, como si se le hubiera olvidado decirle algo, pero no la miró al rostro, sino a un punto indeterminado del dormitorio—. Trinidad se encargará de ayudarte con Miguel. Fue mi ama de cría y lo atenderá con mucho cariño, no tienes de qué preocuparte, por cierto —continuó él—, en Córdoba es costumbre utilizar el primer nombre en detrimento del segundo, confío en que no lo olvides.
Diego desapareció tras la puerta, y ella siguió mirando hacia la madera cerrada con los latidos del corazón palpitándole en las sienes. Cuando los mozos terminaron de colocar los diversos baúles y cajas, se marcharon en silencio, de la misma forma que había llegado.
Subió la mano derecha hasta la garganta y la dejó allí. Sentía un pequeño ahogo inexplicable. Una sensación de confusión que la aturdía, pero tras unos momentos largos, caminó hacia el lugar donde estaba Ana y se dispuso a ayudarla con su vestuario. De nada servían las lamentaciones, ella había pagado un precio por estar unida a Diego, y de nada servía urdir quejas que no conducían a ningún lugar.
—Siempre creí que los cordobeses eran gente más amable —la queja de Ana la devolvió al presente—, si bien vuestra cuñada debe ser la excepción que confirma la regla.
—Mi esposo es un hombre serio por naturaleza —le respondió mientras sacaba los sombreros de plumas y flores secas de las cajas y los depositaba encima del enorme lecho.
—Salvo con el pequeño Miguel —le dijo Ana pensativa sin dejar de alisar vestidos de terciopelo y satén—. Nunca he visto a un hombre tan entregado a su propio hijo como su esposo.
—Y eso dice mucho sobre su carácter, ¿verdad? —La sonrisa de Violet desarmó a Ana, que la miró con afecto genuino.
Violet lamentaba el frío recibimiento de Diego, le había causado una sensación de desasosiego, aunque borró la idea de su cabeza por considerarla desleal. El largo viaje debía ser el causante de su malestar. Violet se preguntó en qué momento de la historia las mujeres podrían elegir su destino, y encauzar su propia vida, pero al momento se avergonzó de sus pensamientos. Diego no había podido elegir por culpa de ella, y de sus ardides, y los remordimientos le pesaban en el alma de una forma demoledora.
Unos golpes en la puerta hicieron que ambas mujeres pararan en sus quehaceres.
Ana abrió la puerta para dejar paso a las doncellas que traían cubos de agua caliente. La bañera de latón estaba estratégicamente oculta por un panel de seda roja, muy cerca del hogar apagado. La primavera era espectacular en Córdoba. Y el clima soleado le resultó sumamente agradable.
¡Estaba encantada con la ciudad!
—La ayudaré con el baño. Después continuaré colocando la ropa.
Ella le ofreció una sonrisa en compensación.
Lola la guio por el patio cubierto con vidrieras emplomadas en el techo que dejaban pasar la luz del exterior. Las velas colocadas de forma estratégica en los rincones creaban un juego de luces y sombras que le resultó encantador. Las paredes y columnas estaban cubiertas de hiedra y de jazmines que trepaban desde el arriate hasta alcanzar la planta superior. El patio tenía forma cuadrada con arquerías en los cuatro lados. Más que un patio le pareció un jardín lleno de hermosas flores que invitaba al reposo. El murmullo del agua de la fuente principal llegó hasta ella, que cerró los ojos para percibir más intensamente la paz que se respiraba. Al tener los ojos cerrados, el aroma del galán de noche penetró por sus fosas nasales provocándole un placer inusitado.
—¿Señora?, —la voz de Lola la sacó de su ensoñación—. El señor la espera en el comedor para la cena.
Cruzaron el patio y se dirigieron al comedor de verano. Violet ignoraba que en Córdoba se podía tener el privilegio de disfrutar de una tranquila cena en un lugar o en otro de la casa según la estación del año.
Diego se encontraba de espaldas cuando entró en la agradable y espaciosa estancia. Los suaves tonos crema y amarillo resplandecían con la araña de cristal, y oscurecían todavía más el color azul de su chaqueta. Vestía como un auténtico caballero y se comportaba como el más atento de los hombres, no obstante, cuando la miraba, sus ojos estaban vacíos de interés, y ella no sabía muy bien cómo manejar esa apatía doliente. Como si presintiera que estaba siendo observado, se giró hacia ella y se quedó mirándola de forma tan profunda que el vello de la nuca se le erizó como escarpias punzantes. El estómago se le encogió dolorosamente porque la miraba con un brillo que mordía de despecho. Con una expresión tan salvajemente herida que le removió la fibra más sensible de la culpabilidad, y le provocó un ahogo físico.
Diego no parpadeó, ni apartó sus profundos ojos preñados de conformismo del rostro femenino. No se acercó hasta ella con la sonrisa que un hombre enamorado brindaría a la mujer por la que siente deseos de ganar un reino. Mover montañas. Por tanto, Violet recibía la misma mirada displicente que Judas recibió de Cristo, cuando el Salvador descubrió que lo había vendido por treinta monedas de plata.
Traidora se sentía ella desde hacía mucho tiempo, no obstante, ¡lo amaba! Y no tenía remedio.
Tragó saliva varias veces en un intento de digerir el nudo que se había gestado en su garganta, y cerró los ojos para ocultar el tormento que le producía masticar, la masculina aceptación de la adversidad provocada por una mujer: ella misma.
La copa de vino que sostenía Diego en su mano terminó en el aparador con su contenido intacto. Avanzó con pasos lentos hasta el lugar que debía ocupar ella en la mesa y separó la silla para que se sentara con comodidad. Sin importar la opinión que tuviese de ella, siempre se mostraba como un perfecto caballero, pero sus labios no se abrieron para ofrecerle un saludo de bienvenida o una sonrisa amigable. La actitud masculina era noble y cortés, y a la vez, inaccesible y lejana.
Violet aceptó el gesto conciso, y cuando hubo tomado asiento, Diego caminó hasta el suyo que estaba situado justo en el otro extremo. Entre los dos, no solo había varios metros de distancia, sino un profundo abismo de silencio que rayaba la locura. Durante el tiempo que duró la cena, Violet mantuvo la cabeza inclinada sobre su plato y la mirada en su regazo. Su mano temblaba cada vez que sujetaba el cubierto para llevarlo hasta la boca, el rico asado se le volvía serrín al empujarlo garganta abajo, y por más intentos que hacía por tragarlo, no lo conseguía. Había perdido completamente el apetito, aunque se esforzó en no demostrarlo ni desairar a la cocinera dejando la comida intacta.
Esa noche de primavera era el principio de su nueva vida, una vida que había soñado durante años, aunque ahora se daba cuenta de lo negra y miserable que podría ser por culpa de sus acciones. Aunque lo amaba tanto, y de tal manera, que no le importaba estar condenada al mismo infierno con tal de estar a su lado. Violet apretó los labios con fuerza. ¡Diego nunca había sido suyo! Pero era la principal causa de cada uno de los pecados que había cometido, y de los que no podía arrepentirse porque hacerlo significaría perderlo.
Diego sentía el corazón vapuleado desde la llegada de ella a la casa.
Lo sentía insensible a todo lo que no fuese la inmensa amargura que aplastaba su voluntad y la molía como una pesada rueda de molino muele los granos de trigo hasta convertirlos en polvo. Naufragaba entre el disgusto y el sinsabor de su existencia. Frente a él estaba sentada la única mujer que no tenía derecho a la mitad de sí mismo, si bien, como una experta ladrona, había despojado su futuro de esperanzas, su vida de iniciativas y sus sueños de proyectos. Sin embargo, no podía odiarla era incapaz. Y se había hecho la firme promesa de no permitir que un ser indefenso pagara los errores de ella. El pequeño Miguel se merecía un padre que lo amara de forma completa, absoluta, y una mujer no iba a lograr que él quebrantara su promesa hecha a su hijo en un arranque de honor extremo.
Se había resignado a su suerte, todo lo demás carecía de importancia.