Inmisericorde
Capítulo 2
Violet se ahogaba.
El calor exterior ya se hacía notar dentro de la casa, y sus vestidos, confeccionados en pesados terciopelos para el fresco clima del norte eran completamente inadecuados en Córdoba. Sentía las gotas de sudor recorrerle la espalda y el valle entre sus pechos. El sofoco la mareaba hasta el punto de tener que sentarse a cada momento para recuperar la normalidad del pulso. Se desabrochó dos botones de la camisa en un intento de que el aire pasara por su garganta comprimida, pero solo sentía deseos de quedarse en enaguas o metida en un río helado.
El calor le resultaba insoportable, opresivo.
Se dirigió hacia el pasillo que recorría el hermoso patio central por los cuatro costados, y donde el chapoteo del agua de la fuente resultaba un reclamo que no podía obviar. Ahora más que nunca añoraba los riachuelos que discurrían por los valles verdes de su tierra. El frescor que se respiraba dentro de sus bosques frondosos. Se giró hacia el pequeño que jugaba en la alfombra.
—Miguel. —El niño dejó el juguete de madera sobre la alfombra y miró a su madre con atención—. ¿Te apetece mojarte los pies en la fuente del patio? —La sonrisa infantil le provocó una sacudida.
Su hijo era un regalo del cielo, el tesoro más importante que podía tener una mujer del hombre que amaba con toda su alma. El pequeño tenía el pelo negro como Diego, su misma tez morena, aunque los ojos verdes eran herencia de ella, y eran tan grandes que ocupaban la mayor parte de su rostro. Su sonrisa de aceptación conmovió su corazón maternal hasta un punto insospechado de amor. Era la luz de sus ojos, la razón de su existencia, por él daría su vida si Dios la reclamara en ese mismo momento.
—¿Aba? —preguntó con su lengua de trapo—. ¿Quere?
—Entonces vamos antes de que mamá se derrita con este calor.
Madre e hijo bajaron los escalones cantando una canción sobre señores que luchaban con espadas y cabalgaban sobre dragones que lanzaban fuego. Violet miró detenidamente las plantas que adornaban el patio. La profusión de colores era espectacular, y la mezcla de olores le producía un bienestar interior como no había conocido nunca. Podía escuchar el ruido del agua cuando era lanzada hacia el vacío para luego caer sobre la piedra pulida, con un ruido especial y continuo. Ayudó al pequeño a descalzarse y lo aupó hasta dejarlo sentado en el reborde de mármol. Ella hizo lo mismo, y durante unos momentos solo se oyó el chapoteo de los pies del pequeño, y su risa que resultaba sumamente contagiosa. Los extremos del vuelo de su vestido de terciopelo marrón se mojaron en el agua, pero a ella no le importó, la sensación era tan agradable que cerró los ojos para disfrutarla al máximo.
—Una imagen muy bonita, sí señor.
La burlona voz masculina le hizo dar un brinco y abrir los ojos con sorpresa. Violet había creído que estaba sola en la casa. Diego se había marchado dos días atrás a Hornachuelos, y no lo esperaba hasta el día siguiente, aunque se había equivocado en su conclusión porque su esposo estaba plantado bajo el arco abierto que comunicaba el patio y la biblioteca, y no estaba solo. Su rostro era imperturbable, y sus labios estaban apretados en una línea de disgusto que la descorazonó.
Como se pasaba al resto de dependencias por el patio cubierto era normal que ambos hombres tropezaran con ella y con el niño.
—¡Papá! ¡Papá! —exclamó el pequeño Miguel con gozo.
Extendió sus bracitos cuando vio a su padre.
El rostro de Diego se dulcificó en el momento que sus ojos lo contemplaron.
—Los peces deben de estar desconcertados —respondió con humor sin dejar de mirar al pequeño—, pero inmensamente felices de poder jugar con tus pies.
Miguel miró hacia el agua intentando ver los peces que había mencionado su padre, sin embargo cuando volvió a mirarlo y vio su sonrisa, lo imitó. Violet ya había sacado los pies de la fuente y vuelto a calzarse, no obstante la humedad de la tela era claramente visible en el ruedo de su vestido.
El invitado sonrió ante el azoro que observó en ella.
Diego había dado varios pasos hasta llegar a la fuente y alzó al pequeño festejando con un beso el abrazo que recibió de él sin importarle que los pequeños pies mojados empaparan su chaqueta. Violet contempló el intercambio de afecto entre padre e hijo y parpadeó para apartar las lágrimas de sus ojos. Siempre le ocurría lo mismo, llevaba muy mal la indiferencia que le mostraba a ella, aunque la recibía sin una queja. Era el destino que había elegido, pero se sentía feliz de que su frialdad no alcanzara al hijo de ambos.
Diego rompió el silencio que se había instalado entre ellos.
—Te presento a Luis de Vílchez y Bravo, mi primo —el pequeño Miguel alzó el rostro hacia el desconocido que le guiñaba un ojo—. Luis, te presento a mi esposa, Violet de Vílchez.
—Es un placer, señora —le respondió Luis con tono galante.
Violet se sintió observada de una forma que le provocó un cierto malestar. Para ella era muy importante causar una buena impresión a la familia de Diego. Sin embargo, había tenido un descuido permitiendo que la viera dentro de la fuente, y lo lamentaba enormemente.
¡Deseaba tanto hacerse querer!
—Bienvenido a Bidasoa, señor Vílchez —le respondió con sencillez.
—Ve con tu madre, tesoro, papá tiene que resolver un asunto con el primo Luis. Después jugaremos un rato, ¿de acuerdo? —Miguel miró a su padre con sus enormes ojos y le hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Diego le pasó el niño a ella, y al hacerlo, rozó sin querer las manos femeninas, mas no la miró. Se dio la vuelta de forma rápida y sujetó el codo de su primo para inducirlo a que lo acompañara fuera del patio, aunque el hombre se resistía.
Luis siguió sonriéndole a la mujer desgreñada que se había convertido en la esposa del primo más leal que tenía, y el más irascible también.
—Le pediré a mi hermana Isabel que venga a visitarla. Imaginó que agradecerá un poco de compañía femenina.
Violet asintió, aunque sin pronunciar palabra, y entonces sí, ambos hombres abandonaron el patio para tratar asuntos de negocios en la biblioteca.
—¿Te apetece un vaso de leche con almendrados? —le preguntó Violet a su hijo que seguía mirando el hueco vacío por el que había desaparecido su padre. Miguel giró su rostro hacia su madre y afirmó con un gesto enérgico—. Vamos entonces con Adela para que nos dé un poco de esa leche tan rica que prepara. —Violet dejó a su hijo en el suelo para ponerle de nuevo los zapatos, finalmente lo tomó de la mano con delicadeza y juntos se dirigieron hacia la cocina que estaba situada en el otro extremo de la casa—. Le daremos una sorpresa a Adela, ya sabes que le gusta que la visitemos en su reino lleno de utensilios con los que prepara deliciosas comidas.
—Dela —repitió el niño.
Violet lo miró. Miguel era demasiado pequeño para pronunciar las palabras de forma correcta, pero ella adoraba su lengua de trapo y esa forma de mezclar palabras de su tierra con el acento cordobés. El resultado era bastante cómico, y seguía alentándolo porque le encantaba escucharlo.
—Pronto hablarás mucho mejor que mamá, y confío en que entonces me ayudes para que deje de cometer errores tontos.
—Yudá, sí —dijo el niño con una seriedad que hizo que su madre riera en contrapunto.
—Tendrás que aprender a ser un verdadero cordobés, si bien no te imaginas lo afortunado que serás. Esta tierra es maravillosa, y es un gran privilegio poder vivir en ella.
—¿Codobéz? —Violet volvió a reír al escuchar a su pequeño, casi había formulado la pregunta con auténtico acento del sur.
Y le insufló un poco de esperanza a su corazón.
Con el tiempo, Diego aceptaría que ella lo amaba y que estaba dispuesta a hacer lo imposible por ganarse un hueco en su corazón. El amor era demasiado poderoso para obviarlo cada día, cada momento, cada instante.
Lo amaba y él tendría que aceptarlo.
Luis aceptó la copa de brandy que Diego le sirvió, mientras seguía esperando unas palabras por su parte. La presentación fría e impersonal que había hecho de su esposa había suscitado una curiosidad alarmante sobre ella, en realidad sobre los dos. Su primo tenía una expresión en el rostro de indiferencia que sería aceptable para otra persona que no lo conociera tan bien, pero él sabía que bajo esa máscara impasible se escondía una ira que seguiría aumentando hasta estallar de forma peligrosa.
—No encaja aquí contigo —le dijo de pronto Luis. Diego supo que se refería a su esposa—, aunque es indudable que siente algo muy profundo por ti. Una mujer que mira como te mira ella es porque ama de forma única y completa. Eres un hombre muy afortunado.
Las palabras de su primo le chirriaron en los oídos. ¿Un hombre afortunado? Si Luis supiera…
—Soy consciente de ese hecho, aunque gracias por tu interés en hacérmelo notar si acaso creíste que lo ignoraba.
Luis percibió el tono amargado de su primo al responderle. Observó su actitud tensa al tomar asiento detrás de su escritorio de castaño y ordenar unos documentos con cierta brusquedad.
—No lo he dicho para molestarte —trató de rectificar sus palabras anteriores con un tono amable en las siguientes—, no obstante te ofrezco mis disculpas.
Diego se mesó las ondas de pelo oscuro con cierta impaciencia. No le apetecía en absoluto hablar sobre su esposa y los motivos que culminaron en la unión de ambos, pero entendía la curiosidad que despertaba en la familia.
—A cualquier hombre le gustaría presumir de que para su esposa él es el único hombre en el mundo. Que no existe nada más importante —siguió Luis.
Diego tomó aire de forma brusca.
—Mi matrimonio con Violet no es algo que me enorgullezca y por ese motivo no deseo hablar sobre ello.
—Entonces te prevengo que toda la familia está deseosa de conocerla y te harán preguntas mucho más personales que yo.
Diego comprendió que se había mostrado un poco agresivo con su primo que no tenía la culpa de la impotencia que lo embargaba. De todos los primos que tenía, Luis siempre le había mostrado una lealtad indiscutible.
—Me emborraché, Luis, perdí el control, y el resultado de aquel descalabro es ese precioso niño que has visto en el patio. El único motivo para que su madre y yo estemos unidos en matrimonio.
Diego omitió la parte amoral que implicaba a su esposa en aquella noche que no lograba olvidar, aunque lo intentaba con todas sus fuerzas. Ser manipulado por una mujer no era algo de lo que enorgullecerse. Él pretendía a otra, pero Violet se había metido en su lecho cuando la embriaguez había obnubilado sus sentidos y aletargado su capacidad de reacción. No, ser seducido de forma tan humillante era un lastre que no podía soportar.
—Entonces respondiste con el honor que te caracteriza.
Si de algo estaba convencido Luis era de la gran nobleza y honradez de su primo Diego. No había ningún hombre en el mundo con la decencia y rectitud de él.
—Honor… —repitió Diego como para sí mismo—. Violet no es culpable de no saber sujetar sus impulsos femeninos…, ninguna mujer lo es.
Diego rememoró un suceso del pasado y que le hizo subir un regusto amargo por la garganta hasta posarse en el cielo de su boca.
—Siempre he admirado esa cualidad en ti. No importa lo que hagan las mujeres, siempre las disculpas y las defiendes, por ese motivo todas te adoran.
Diego recordó la ocasión en la que contempló el precio que pagó una de ellas por tomar una decisión equivocada. Violet también se había equivocado por completo, aunque él no era tan infame como para hacérselo pagar con un castigo singular. ¿Qué ejemplo le daría a su propio hijo si lo hiciera? Aunque la mayor parte de culpa la tenía ella, él también asumía su grado de responsabilidad. Y por eso cosechó consciente los resultados de su descontrol: la infelicidad.
—¿De veras no sientes nada por ella? Violet es una muchacha preciosa y a los ojos salta que te adora. —Diego pensó que su primo estaba asombrado por su actitud, sin embargo Luis no conocía cada detalle sobre su vida matrimonial.
Sentía, sí, un enorme vacío en su alma que no podría llenar ni la misericordia divina.
—¡Deja de repetirlo, Luis! Deja de reiterar que me ama —exclamó Diego con humor negro. Luis abrió los ojos sorprendido por el tono elevado de su primo—. Estás aquí para hablar de tus problemas financieros, y no para elucubrar sobre sentimientos que no te incumben.
Luis soltó un suspiro abrupto que sorprendió a Diego.
—Si no te conociera lo suficiente, diría que estás despechado, pero realmente estás muy lejos de dejarte dominar por un sentimiento tan vergonzoso, ¿no es cierto?
Diego se dijo a sí mismo que su primo Luis ni se imaginaba los sentimientos que albergaba él en el fondo de su corazón. Culparse de las acciones de su esposa para defenderla frente a su familia había resultado muy difícil de sobrellevar.
—¿Cuándo tienes pensado instalarte en Madrid? —le preguntó Diego a Luis, para atajar de una vez por todas el tema espinoso de su matrimonio.
—Después de la siega. No me gustaría dejar a mi madre sola. —Diego entrecerró sus ojos castaños de forma pensativa.
Córdoba debería llamarse la ciudad de las viudas y los huérfanos, porque la guerra contra Napoleón se había llevado a la mayoría de los padres e hijos primogénitos. Afortunadamente, Luis tenía a todos sus hermanos vivos, Felipe, Enrique, y su única hermana, Isabel. El padre de sus primos había fallecido en la batalla de Somosierra. El dolor en la familia Vílchez seguía siendo intenso debido a las pérdidas sufridas por los estragos del imperialismo bonapartista. Luis era un excelente médico, aunque como hijo primogénito, había dejado de lado su profesión en Madrid para tomar las riendas de la maltrecha economía familiar y tratar de sacarla a flote.
—Me resulta incomprensible que regreses a Madrid, cuando aquí eres tan necesario.
—Hemos perdido el cortijo Romerales —le explicó Luis—. Las deudas me acosan, y necesito buscar inversores en la capital para poner en marcha la almazara.
—Podrías gestionar las acciones desde Córdoba —le dijo Diego, no obstante Luis negó con su cabeza.
—Debo asistir a varias reuniones que me van a llevar mucho tiempo, no podría estar viajando continuamente. —Diego lo miró con una ceja alzada—, mi marcha no es definitiva, pienso regresar en unos meses. Quizás la próxima primavera, si todo marcha como espero.
—Sabes que puedes contar con mi ayuda.
—Lo sé, y es mi deseo dejar a la familia al margen de mis problemas económicos.
—La familia está para ayudarse.
Luis decidió cambiar de conversación. Diego le había prestado demasiado dinero para tratar de salvar el cortijo, pero había resultado imposible, por ese motivo era reacio a pedirle más.
—¿Sigue en pie la cena del próximo viernes? —Diego le hizo un gesto apenas perceptible que entendió sin problemas.
—Llegué a Córdoba hace poco, y no he podido cumplir con mis obligaciones, por eso le he pedido a tu madre que organice una reunión familiar en Bidasoa.
—Será un placer asistir, máximo cuando piensas invitar a lo más alto de la nobleza cordobesa.
—Es una cena familiar, Luis, no esperes a ninguna heredera casadera. Vendrá tía Catalina y sus hijas: Ana María, Catalina, Inés y Blanca.
Luis soltó una carcajada. Su primo conocía demasiado bien su vena canallesca.
—¿Alguna viuda dispuesta? —Diego negó con cierto humor—. Entonces me resarciré en Madrid. Confío en darle caza a alguna heredera que ayude con su dinero a reflotar la maltrecha economía de los Vílchez.
—¿Te quedarás a cenar? —le preguntó Diego sabiendo que Luis iba a negarse.
—No puedo, he quedado con un banquero importante de Sevilla.
Ambos hombres se levantaron al unísono y se estrecharon las manos. Diego lamentaba en parte volver a quedarse a solas con Violet, aunque tenía que hacerlo.
—Cuídate. Nos vemos.
Diego lo acompañó al vestíbulo, y cuando el mayordomo cerró la puerta sintió una leve presión en el pecho. Cerrar la tapa de un ataúd con él dentro debía de ser algo muy parecido a lo que sentía en ese preciso momento. Lo intentaba, pero no podía desprenderse de la sensación asfixiante que le producía el futuro que se abría ante él.
La cena había resultado un suplicio para Violet, como todas desde su llegada a Bidasoa. El perpetuo silencio de Diego minaba su confianza, la sumergía en un pesar y una melancolía que le atenazaba el corazón. Por ese motivo, porque sentía desierta de metas su alma, decidió hablar con él.
Tenía que mantener una conversación que había pospuesto durante tres largos años.
Su voluntad zozobró cuando su mano se posó en el pomo de la puerta. Creía que había reunido el valor que necesitaba para enfrentarse a la mirada desdeñosa de él, ahora comprobaba que no. Temblaba por dentro y por fuera, aunque se armó de voluntad, y con nudillos fríos, toco la cálida madera. El silencio que siguió a continuación casi la hizo desistir de continuar, pero se mantuvo firme y volvió a tocar, en esta ocasión con mucha más firmeza. Escuchó pasos que se dirigían hacia la puerta y contuvo el aliento ante el muro que los separaba. Diego se mostró sorprendido al verla parada delante de él, y mantuvo la hoja de madera casi cerrada a la presencia femenina. Violet empujó la puerta con suavidad, aunque con determinación.
—Necesito hablar contigo.
Los centímetros que los separaban eran abismos insalvables de reproches contenidos.
—Estoy cansado —le dijo Diego con los ojos reducidos a una línea.
—Seré breve —Violet empujó con más fuerza, y logró que Diego se apartara a un lado para permitirle el paso a sus dependencias.
La alcoba era tal y como la había imaginado. Austera, fría. Grande y ordenada. La única nota de color era el suave cubrecama de color azul pálido. Sobre un rincón había un gabinete y una silla tapizada en crema, a juego con el entelado de las paredes. Violet se volvió hacia su marido que la miraba con desgana y un brillo de hastío en las pupilas. Su estómago se encogió, no obstante debía llegar a un acuerdo con él para que la convivencia mutua fuera mucho más llevadera, por el bien del pequeño Miguel.
—¡Perdóname! —Le dijo de pronto con voz temblorosa.
Esas palabras las había escuchado Diego hasta la saciedad, aun así no dijo nada. Violet cruzó las manos en su regazo, y caminó hacia el centro del dormitorio.
—Me porté muy mal pero ya no puedo cambiar lo que hice, aunque de poder hacerlo, tampoco lo haría. —Diego se volvió hacia ella con los ojos entrecerrados—. No podría renunciar a Miguel. Es lo más maravilloso que me ha sucedido nunca, y, precisamente por él, mi arrepentimiento no puede ser completo. ¿Verdad que lo comprendes?
—Estoy cansado —le respondió él. Violet apretó los labios porque esa frase había sido repetida en incontables ocasiones, cada vez que ella trataba de entablar una conversación fuera del horario del almuerzo o de la cena.
—Ansío que mi nueva vida en Córdoba comience bien, y necesito tu perdón, Diego. Lo necesito tanto como respirar.
—Te perdoné hace mucho tiempo —la voz masculina había sido modulada en un tono neutro, sin embargo, ella no podía creer sus palabras—. ¿Acaso mis actos no te lo han demostrado?
Violet entrecerró los ojos para ocultar una mirada avergonzada.
—No es cierto. No puedes mirarme a la cara sin sentir que he desgraciado tu vida.
Diego inspiró antes de responderle, y lo hizo con otra pregunta.
—¿Tratas de insinuar que no ha sido así?
—Deseo hacerte feliz, aunque ignoro cómo. ¡Ayúdame a lograrlo!
El silencio, verdugo implacable para ella, pendía sobre los dos como el filo de una espada.
—Entonces, respeta mi deseo de no mantener esta conversación y ahórrame otras parecidas en el futuro.
Las palabras masculinas la dejaron llena de desconsuelo.
—¡Soy tu esposa! —exclamó con tormento mal disimulado.
Un leve movimiento del músculo del mentón masculino, fue el único indicativo que mostraba que él no era tan indiferente como pretendía, aunque Violet no se percató, estaba demasiado ocupada mirando sus manos, las retorcía sin compasión en su regazo.
—Era lo que pretendías cuando me sedujiste —las palabras no habían sido pronunciadas con pasión, todo lo contrario, habían sido ofrecidas de forma impersonal, como si no le importasen.
—Lo hice porque te amo con toda mi alma —le respondió Violet con el corazón en vilo. Los labios masculinos se apretaron en una línea fina al escucharla, pero ella siguió con su apología de amor por él—. Me enamoré de ti desde el mismo instante que tus ojos me miraron. —Diego la iba a interrumpir, si bien ella no se lo permitió —. Cuando me hablabas sobre tu tierra, y de todo lo que querías mientras me enseñabas a controlar la montura. Te quise cuando me evitabas un desaire en las reuniones por mi ímpetu desmesurado de agradarte. Alimentaste mi cariño con tus miradas, tus sonrisas… ¡Cómo no voy a amarte!
—Nunca hice nada para alentar tus ilusiones —le replicó con el rostro mortalmente serio.
Ella soltó el aire poco a poco.
—El solo hecho de que existas alienta mi corazón y lo impulsa en latidos de amor que no puedo controlar.
—Te reitero, estoy cansado.
—¡Diego! —exclamó Violet de pronto lanzándose a sus brazos, él no estaba preparado para ese gesto impulsivo y tuvo que sujetarla a pesar de su reticencia—. ¡Te amo tanto! ¡No puedo soportar tu indiferencia!
Se colgó del cuello de su esposo como si la vida le fuera en ello.
A Diego le costó un verdadero esfuerzo separar el lazo que ella había prendido con sus manos en torno a él, y agraviado hasta un punto peligroso, giró el rostro para no mirarla. Sentía un profundo despecho por sus acciones, aunque le debía el respeto de unos votos pronunciados ante un hombre de Dios. Violet apoyó la frente en el fuerte mentón de él. Era tan alta que casi lo alcanzaba en estatura, por ese motivo, su abrazo contenía una fuerza inesperada que lo pilló desprevenido, pero no estaba dispuesto a tolerar más manipulaciones por su parte. Con un gesto brusco la soltó de su cuello y la empujó hacia atrás. Violet trastabilló con el ruedo de su falda, si bien logró mantener el equilibrio. Lo miró tan azorada que Diego se preguntó si acaso no era consciente del profundo disgusto que sentía al verla.
—En adelante tienes prohibida la entrada a esta alcoba. Cuando desees tratar algo conmigo será en la biblioteca o en el comedor.
El gemido de ella fue claramente audible, aunque no lo conmovió en absoluto.
—Dijiste que Bidasoa era mi casa —le recriminó aún más desolada.
Diego inspiró profundamente antes de responderle.
—Salvo estas dependencias, el resto puedes considerarlo de tu propiedad. Sin embargo, es mi deseo que respetes la privacidad que te solicito.
¡Diego había pedido siempre tan poco!, se dijo a sí misma.
Las lágrimas se agolparon en los bellos ojos femeninos, no obstante él no reculó en su postura intransigente. Durante unos minutos largos, espesos de decepción, la vio dudar y, finalmente, hacerle un gesto afirmativo con la cabeza.
—No volveré a molestarte, tienes mi palabra.
Violet abandonó la alcoba con la derrota pintada en el rostro, sin embargo, antes de salir por la puerta, se giró hacia su esposo con el rostro bañado en lágrimas que ya no se molestó en contener.
—Buenas noches, amor. Para ti siempre, buenas noches.
Las palabras afectuosas fueron para Diego un sorbo de veneno que le quemó las entrañas, pero la puerta se cerró al fin tras ella. Él comenzó a desabrocharse la camisa que se había impregnado del perfume femenino, un aroma que detestaba, no podía tolerarlo desde aquella maldita noche.