Inmisericorde
El barón de Bidasoa
Arlette Geneve
Inmisericorde
ePub r1.0
Titivillus 16.10.2018
Arlette Geneve, 2013
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.0
El barón de Bidasoa
Quinto mandamiento: No matarás.
Batalla de Alcolea, 7 de junio de 1808
Un ejército compuesto por más de siete mil infantes, tres mil caballos y veinticuatro piezas de artillería, al mando del general Dupont, entró en Andalucía con la intención de arrasarla por completo, sin embargo, en el puente de Alcolea se encontró con una resistencia de tres mil soldados españoles, muchos de ellos labriegos, mineros y muchachos que poseían más valor en sus almas, que años en sus cuerpos.
Todos esperaban al ejército francés con la única defensa de doce cañones, pero seguían con tenacidad las órdenes del coronel Pedro Agustín de Echevarri. Aunque el ejército español rechazó en un primer momento el embate francés, la superioridad, tanto numérica como material de los galos, hizo que el ejército español se replegara hacia atrás perdiendo terreno y, posteriormente, la batalla.
El General Dupont, una vez vencida la débil resistencia española, pudo entrar en la ciudad cordobesa por la puerta oeste y se dedicó, en represalia, a saquear por completo la hermosa ciudad del Guadalquivir. Y lo hizo durante nueve días que a los cordobeses les parecieron eternos.
Arrasó sin piedad iglesias, conventos, casas. Robaron todo tipo de carros, caballos y dinero.
El ejército vencedor se ensañó especialmente en conventos, donde violaron y mataron a mujeres inocentes que habían buscado refugio entre los muros sagrados de los templos. Robaron las imágenes religiosas, enseres y dinero que pertenecían a varios palacios, entre ellos el de Viana, donde se apoderaron de un total de ochenta mil reales.
Tras el desafuero perpetrado en Córdoba, las tropas imperiales abandonaron la ciudad cuando conocieron la capitulación de la Armada francesa en la bahía de Cádiz, así como la formación del ejército de Andalucía comandado por el general Castaños, que venía hacia el sur acompañado de las tropas del general Reding.
Unos días más tarde, el mismo general Castaños hizo su entrada en la ciudad vencida, saqueada, y allí comenzó a preparar la batalla que lo enfrentaría más tarde al ejército imperial de Napoleón Bonaparte.
Córdoba se convirtió en la base de la guarnición militar del sur de España.
Miguel Vílchez de Soriano, conocido por todos como el Barón, se sentía indignado por la invasión extranjera por parte del ejército de Napoleón, y lo enfurecían las enormes atrocidades que cometían los soldados galos contra gente inocente. La falta de respeto hacia la santidad de la vida y la ausencia de piedad a la hora de provocar la muerte, le resultaban repulsivos. Aborrecibles. Las calles de Córdoba habían sido sembradas de cadáveres, y esa impotencia y rabia que masticaba, lo impulsó a comandar una guerrilla de valientes cordobeses para hacer frente a las tropelías invasoras. Por ese motivo, con premeditada frialdad y orgullo desmedido, atacó y derrotó a una guarnición de cincuenta y cinco dragones en las inmediaciones de Cerro Muriano, y le dio muerte a un total de diez soldados e hizo prisioneros a los restantes. Poco después penetró en el pueblo, con el deseo de avivar el espíritu de lucha que había sido mermado con premeditación, y para que no se dejaran vencer por el desánimo. Los imperialistas, sabedores de la intrepidez del noble y la ausencia de cobardía claramente demostrada, trataron de darle caza y muerte, pero los guerrilleros que guiaba el Barón no se amedrentaron por las continuas emboscadas.
Ayudados por vecinos cercanos de otros pueblos que portaban trabucos viejos, además de otros labriegos armados con hoz y cuchillos, se posicionaron en las mismas calles de Cerro Muriano donde comenzaron una sangrienta batalla. Los franceses trataron de huir ante el despliegue de valor y voluntad hispana, aunque no pudieron esconderse en la mina del Cerro Vértice como era su intención, y todos terminaron muertos a cuchillo.
No obstante, la guerra contra Francia iba a resultar larga y devastadora, e iba a dividir creencias y posturas. Familias y amigos.
El muchacho, de apenas quince años, miró detenidamente a Julio Peña, uno de los guerrilleros más feroces que componían el grupo que comandaba su padre. Sujetaba por los cabellos a una mujer, al mismo tiempo que apretaba la hoja afilada de su navaja contra el cuello femenino. El miedo era visible en la expresión demudada de su rostro.
Una partida de guerrilleros, bajo el mando de Julio Peña, había entrado en la población de Lucena y habían capturado a un destacamento de Granaderos franceses que estaba acuartelado en el pueblo. Junto al destacamento galo, encontraron a una mujer que había cometido el fatal error de casarse con el oficial al mando, el capitán Louis Caillere. Cuando los detuvieron, los llevaron hasta la plaza y los asesinaron a todos, salvo a la mujer a quien habían desnudado y apaleado hasta el punto de la inconsciencia. Y ahora pretendían darle muerte como ejemplo para el resto de mujeres cordobesas.
—¡Suéltela, Peña! —Diego Vílchez utilizó un tono firme, que no admitía discusión, como había escuchado infinidad de veces a su padre.
El guerrillero sostuvo la mirada al joven con insolencia. El hijo y primogénito del Barón sostenía un trabuco cargado en sus escuálidos brazos, y apuntaba directamente al pecho del guerrillero sin un titubeo.
—Es una perra traidora —espetó Julio en un tono ácido que corroía.
El joven parpadeó una sola vez.
—El Barón decidirá si lo es, pero nosotros no somos asesinos de mujeres y niños. Defendemos una causa justa, y matar inocentes no es una de ellas.
Una carcajada generalizada le hizo entrecerrar los ojos alerta. Varios guerrilleros secundaban a Peña, y Diego lamentó que su padre no estuviera en el campamento para evitar el asesinato impune de una mujer.
—¿Crees que ellos tendrían piedad de ti? —le preguntó Peña completamente alterado, y sin soltar los cabellos de la mujer que gemía aterrorizada—. Te rajarían el cuello y te sacarían las tripas —le escupió con desdén.
—Posiblemente tenga razón —le respondió el muchacho convencido—, pero los hombres cabales no asesinan a indefensos, ni a mujeres asustadas.
—Eres un crío insensato y poco patriota que defiende al enemigo. Eres mucho peor que ellos.
El joven Diego sujetó el trabuco mucho más fuerte.
—¡Mírela, Peña! —lo instó con voz fuerte, voz que todavía no había madurado y alcanzado el tono y la gravedad masculina propia de los hombres—. Es una mujer y es cordobesa. Es un ser indefenso y tenemos la obligación moral de protegerla, no de matarla.
—Es una perra traidora —escupió nuevamente el guerrillero. Peña tiró fuerte del pelo femenino, y la mujer gritó por el dolor que le causaba—. Una furcia que se abre de piernas para un gabacho. Que lo ha seducido con mentiras para obtener privilegios. ¡Merece la muerte!
Diego redujo sus oscuros ojos a una línea, estaba decidido a disparar contra el bandolero si no deponía su actitud. A pesar de su juventud, había visto suficiente horror para seguir siendo inocente de espíritu, su padre le había enseñado muy bien a respetar a los indefensos, a mantener el honor actuando siempre con equidad, y lo que esos hombres pretendían hacer con la mujer no tenía nada de honor ni de decencia.
—Si la mata, será igual de despreciable que ellos. Tan miserables como los invasores y no merecerá el perdón ni la piedad divina —le respondió determinante.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Matarme? —le preguntó Julio con cólera resabiada—. Yo no soy el enemigo ¡niño estúpido! —Diego respiró profundamente porque no lograba hacerlo recular en su postura.
—Dice bien, Peña, si bien las mujeres son inocentes en esta guerra, no merecen que las tratemos sin piedad. Ahora, ¡suéltela!
Como respuesta, el cuchillo fue apretado más fuerte contra la garganta femenina, hasta el punto de marcar con una línea roja la tersa piel.
—Dispárame, entonces, porque no pienso dejar a esta perra con vida.
Diego apretó los labios porque sabía que estaba en clara desventaja.
Él solo no podría hacer frente a los guerrilleros, y tampoco podía permitir semejante atrocidad. Apuntó mejor, y cuando iba a disparar, otro de los guerrilleros lo sujetó por los brazos obligándolo a errar el tiro.
—¡Maldito cabrón señoritingo! —exclamó Peña al comprobar que, efectivamente, el muchacho le había disparado—. ¡Sujétalo, Curro! —Diego se debatía entre los fuertes brazos de Curro que lo agarraba desde atrás. Manuel, otro guerrillero, ayudó a Curro a inmovilizarlo y a mantenerlo en el sitio—. El desgraciado va a aprender una valiosa lección que no olvidará en la vida —dijo Peña soltando a la mujer que quedó hecha un guiñapo y aterrorizada en el suelo.
El guerrillero caminó directamente hacia Diego. Lo sujetó del cabello y le cruzó las mejillas con dos bofetadas. Diego le escupió en el rostro y recibió en represalia un fuerte golpe en el estómago que lo hizo doblarse en dos. Al estar sujeto por los otros dos guerrilleros, solo pudo mover las piernas para tratar de alcanzar el vientre de Julio y golpearlo, aunque sin resultado positivo.
—¡Juro que le mataré! —lo amenazó.
Julio se rio en su cara y miró al muchacho con pedantería.
—Ahora, vas a ver con tus propios ojos lo que hacemos los cordobeses con las putas traidoras.
Julio Peña regresó sobre sus pasos, y descargó el puño sobre el rostro femenino que lloraba de forma incesante. Todos pudieron oír de forma clara el crujido del hueso del mentón al quebrarse, pero la mujer no obtuvo el consuelo de la inconsciencia. Peña cogió su navaja, y sacando la lengua femenina con los dedos, se la cortó de un tajo.
—¡No! ¡No! —Diego se debatía como un poseso, y sin darse cuenta, comenzó a llorar porque no le permitían girar el rostro y cerrar los ojos para evitar contemplar la salvaje escena.
La mujer ya no gritaba, emitía sonidos agónicos mientras la sangre corría por su cuello y escote como si fuese un río. Julio cortó uno de sus pechos, y lo metió en la boca femenina. Unos segundos después, la degolló.
El cuerpo femenino, salvajemente mutilado, quedó a los pies del guerrillero.
Curro y Manuel lo soltaron, pero las piernas no sostuvieron a Diego que cayó al suelo y vomitó con estertores. ¡Había fracasado estrepitosamente! No había podido ayudar a un ser inocente cuyo único pecado había sido seducir a un hombre para casarse con él y obtener privilegios.
Sin embargo, el muchacho ignoraba que ser testigo presencial de un acto tan brutal y macabro cometido contra una mujer indefensa iba marcar su destino, y moldear el carácter del futuro barón de Bidasoa.