Inmisericorde

Arlette Geneve · Capítulo 24 de 27

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Inmisericorde

Capítulo 22

 

Estaba feliz de estar de nuevo en Córdoba.

En esas semanas había extrañado muchísimo la ciudad, sobre todo, llevarle flores frescas a Miguel y al Cristo, no obstante le había hecho bien pasar un tiempo con su primo y sus pequeños. Adoraba a esos niños alegres y risueños.

Retornaba a Córdoba llena de ilusión y de fuerza.

Clavó sus ojos en el espejo que le devolvía una imagen de su rostro con algo de color. Ya no estaba tan pálida, gracias a los largos paseos a caballo y al cálido sol granadino, tan parecido al de Córdoba. Y gracias también a las risas de unos niños maravillosos.

Trató de prenderse las flores en el moño pero le resultó imposible. Necesitaba la ayuda de Ana.

—¿Me ayudas a sujetarlas?

Ana miró las flores de tela e hizo un gesto de desagrado.

—No quedan bien con el vestido —le replicó sin molestarse en ocultar su opinión delante de su señora—. Parecen las flores que adornan a un muerto.

Violet apretó los labios medio ofendida. Eran los lirios más parecidos a los reales que había podido encontrar.

—Son blancos como el vestido.

Ana frunció los labios mostrando la misma actitud de antes.

—Las flores no destacan en su pelo rubio. Está mucho más claro —Violet se dijo que era cierto, el sol granadino había tostado su piel y aclarado el color de su cabello.

—¿Te he preguntado si te gustan? —le replicó con cierta impaciencia—. Recuerdo que te pedí ayuda para prenderlos, nada más.

—¿Por qué no usa los capullos de rosas amarillas que le regaló el marqués de Montenegro?

—Porque no es apropiado que una mujer casada utilice el regalo de otro hombre que no sea su marido.

Ana chasqueó la lengua de forma impertinente.

—Usted no tiene marido. Tiene un apellido que no le sirve para nada, salvo para lamentarse.

—¡Ana! —exclamó Violet incrédula—. No puedo creer semejante insolencia por tu parte.

Pero Ana no se disculpó, todo lo contrario, la atacó con mucha más fuerza.

—Esas rosas fueron un regalo de los niños del orfanato, aunque las recibiera de las manos del marqués.

Violet claudicó.

—Tráelas pues. Si con ello evito escucharte, merecerá la pena.

Ana las sacó de la caja que estaba guardada en el ropero, sujetó unos rizos con ellas, y las colocó de una forma elegante y bonita. El rostro de Violet había cambiado por completo.

—Tiene que admitir que apenas destaca el color sobre su pelo, aunque quedan mucho mejor. —Violet lo admitió a regañadientes—. Montenegro se alegrará de verla ataviada con ellas. —Los ojos de Ana bajaron hasta el vestido y volvió a arrugar el ceño—. El blanco no le favorece, pero ya se lo he dicho.

—Cientos de veces —le replicó Violet que ya alcanzaba la capa blanca de terciopelo y los guantes—, no obstante pienso vestir de blanco pese a tu opinión.

—Al menos el corte es bueno.

—Claro que es bueno, lo hizo una modista granadina muy talentosa.

Ana ya no replicó más. Siguió por la escalera a su señora para abrirle la puerta. El carruaje de alquiler la esperaba fuera. El cochero la ayudó a subir y aseguró la puerta antes de subir al pescante y conducir el coche hacia el palacio de Montenegro.

La sorpresa que recibió al ver a Diego entre los invitados la dejó mareada y confusa. Habían pasado poco más de tres meses desde que lo vio por última vez, y su corazón sufrió el mismo sobresalto de siempre al verse reflejada en el brillo de sus ojos, porque no dejaba de mirarla con un tormento que la sobrecogía. Seguía igual de delgado, y lo más preocupante, él no hizo ningún intento de acercarse a ella, lo cual podría suscitar comentarios. Al momento se amonestó. Muchos de los presentes en la cena ya conocían que vivían separados. Violet se prometió que si él no hacía amago de saludarla, lo haría ella antes de que comenzase la cena.

Buscó con los ojos a Isabel, pero no la vio entre los invitados, y se descorazonó todavía más, aunque varias matronas que participaban con ella en recaudar fondos para la escuela y el hospital se mostraron amables y conversadoras. Con ellas pudo capear el tiempo previo a la cena, y no se movió del lugar donde esperaba con el estómago encogido. Tenía la misma copa de vino blanco en la mano, no sentía ninguna necesidad de tomarlo, y buscó una bandeja donde dejarla, pero hacerlo implicaba moverse del lugar donde estaba, y no se atrevía. En ese lugar apartado estaba prácticamente oculta por una enorme planta de grandes hojas verdes que casi parecía un árbol. Al otro lado tenía una escultura romana casi tan alta como ella. Violet se dedicó a observar los rasgos esculpidos y decidió que podría pasar por una escultura del maestro Miguel Ángel, y junto a la estatua fría, se sentía a salvo de miradas indiscretas y de comentarios subversivos.

—¿Qué haces aquí sola? —La voz de Luis en su espalda le hizo dar un brinco casi cómico—. Perdona, no pretendía asustarte.

Ella le sonrió de forma trémula.

—No te había visto —le dijo azorada.

¿Cómo había llegado hasta ella sin que se percatara?

—Estaba detrás de la planta, igual que Diego, ¿verdad primo? —La mano morena de Diego apartó parte de las grandes hojas verdes.

Violet se dio cuenta de que estaba de pie en la misma posición que ella, pegado a la pared entelada. Por eso no lo había visto.

—¿Cómo estás? —inquirió Diego.

¿Por qué había sonado su voz tan fría?, se preguntó ella. A pesar de su nerviosismo le mostró una sonrisa de afecto genuino. De amor inconmensurable.

—Regresé ayer de Granada. Mi primo y su esposa te envían saludos.

Un pequeño tic en la sien de él le indicó que le había molestado su falta de respuesta a su preocupación sobre su bienestar, por ese motivo rectificó de inmediato.

—Me encuentro muy bien, gracias por preocuparte.

Luis miraba a uno y a otro, y no podía creerlo. Se hablaban sin mirarse, como si el solo hecho de contemplarse les resultara intolerable. ¿Qué demonios les ocurría?

—¿Deseas un refresco? —le preguntó Luis, y ella pensó que su sugerencia no podía llegar en peor momento, aunque sentía la garganta reseca, ¡no podía quedarse a solas con Diego!

—Te lo agradezco, pero todavía no me he tomado el vino.

Luis observó la copa que ella sostenía desde hacía mucho rato y no lo pensó dos veces. La tomó de entre las manos femeninas. Los ojos de Violet se abrieron por la sorpresa.

—La dejaré en la mesa y te traeré un poco de sangría.

—¡No! ¡Por favor! —exclamó de inmediato—. No es necesario. —Sin embargo Luis ya se había dado la vuelta.

Violet se quedó a solas con el amor de su vida, también con el mayor tormento de su existencia.

—No sabía que estarías en la cena —le dijo Diego en voz baja. Ella tragó el nudo que sentía en la garganta—. Pedro no me dijo nada sobre tu asistencia.

—Ignoraba que regresé ayer por la tarde. Venir a la cena fue una decisión de última hora.

Violet trataba de tragar la saliva espesa y rancia. Allí estaban los dos, como si fueran extraños manteniendo una conversación trivial sobre algo sin importancia.

—Estás muy hermosa —le dijo de pronto con esa candencia en la voz que la volvía loca. Con ese timbre tan varonil que hacía volver cada cabeza femenina cuando lo escuchaban—. Me alegro de que estés bien.

Diego se había girado hacia ella y la miraba de una forma que le hacía temblar las rodillas. Casi no podía sostenerse en pie de la ansiedad que sentía, y cuando iba a responderle, anunciaron que iban a servir la cena. Montenegro la buscó con sus ojos hasta que la ubicó en la estancia, pero antes de que llegase hasta ella, Diego había desaparecido entre los invitados.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó Pedro. Ella hizo un gesto leve con la cabeza sin responderle, todavía tenía el nudo en la garganta y el corazón lleno de desasosiego. Ver a Diego, le había causado una honda impresión—. Está muy pálida.

—Posiblemente sea el calor —se justificó—, hacía mucho tiempo que no estaba entre tantos invitados.

—¿Ha visto a Diego? Me pareció verlo cerca de usted —la pregunta de Montenegro le cayó como un jarro de agua fría, porque comprendió por qué motivo no le había dicho a Diego que ella asistiría: para que no pudiera negarse.

—Hemos estado conversando hasta hace un momento —le confesó aturdida.

A Montenegro pareció agradarle su respuesta, porque le sonrió.

—La he sentado entre sus dos familiares. Me ha parecido lo más apropiado.

—Por supuesto —le contestó ella.

Violet pensó que iba a ser la cena más larga de su vida, y efectivamente lo fue.

Apenas probó bocado a pesar de la animada conversación con Luis. Afortunadamente frente a ellos, Pedro había colocado a dos militares que se enfrascaron en una conversación sobre política y guerras, que le hizo soltar un suspiro de alivio. No estaban pendientes de ella que traspiraba llena de incomodidad.

Cuando pasaron a la sala de música después de larga cena para escuchar una melodía al piano como colofón, respiró profundamente. Habló con la condesa de Azuel hasta que su esposo el conde la reclamó para llevarla a uno de los asientos situados en primera fila. La sala había sido adecuada para el concierto. Diego se mantenía justo en el otro extremo de la sala, de pie, como ella y varios invitados más. Apenas podía separar los ojos de su marido. Luis se situó a su lado y le ofreció una copa de champán frío que aceptó ella sin ser consciente.

La música era preciosa y Diego la miraba de forma premeditada, como si se debatiera entre dos decisiones muy importantes sin saber cuál elegir. La contempló durante minutos sin apenas pestañear. Montenegro se acercó hasta él y mantuvieron una pequeña conversación en voz baja para no molestar a los invitados que escuchaban la música del piano. Unos momentos después, Diego le hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Solemne.

El marqués se acercó al pianista y le susurró algo al oído que hizo silenciar el instrumento unos minutos después.

—Señoras, señores, es un gran honor para la casa Montenegro que mi amigo Diego nos deleite con un poco de su arte. Ha consentido tocar una pieza con la guitarra.

El eufórico aplauso generalizado la dejó sorprendida. ¡Diego no tocaba desde hacía tiempo! ¿Qué lo habría impulsado a aceptar?, se preguntó con enorme curiosidad.

—No puedo creerlo —dijo de pronto Luis, y su voz se advertía atónita.

Había detenido la copa a medio camino de la boca. Ella tenía la suya intacta en la mano, la alzó y la bebió de un trago.

—Debo irme —dijo de forma apresurada.

Luis la retuvo de la mano.

—Sería una descortesía por tu parte marcharte en mitad de la actuación.

Las palabras de Luis la dejaron clavada al suelo porque eran ciertas. Si se marchaba justo cuando Diego se disponía a tocar un poco de música, lo iba a convertir en el centro de las murmuraciones, y no se lo merecía. Decidió quedarse a escucharlo. ¡Ansiaba hacerlo!

Diego ya tenía la guitarra en las manos y estaba sentado en el centro de la sala. Comenzó a templar las cuerdas, e inició una serie de rasgueos largos y espaciados, paró un momento como si meditase en el sonido. Cuando estuvo convencido de que la guitarra estaba afinada como le gustaba a él, comenzó primero solo el punteo de la primera parte de la melodía, después hizo una demostración con los bajos, y unos segundos después, siguió con el arpegio y las primeras cejillas.

Violet no podía apartar los ojos de las manos que tocaban de forma tan magistral.

—¿Sabes por qué es tan bueno? —La pregunta de Luis le llegó entre brumas, pero desvió los ojos un instante de su marido para fijarlos en él—. Lo que hace excepcional a Diego cuando toca es su forma de interpretar.

—Lo hace bastante bien —reconoció ella con un timbre orgulloso.

—El buen uso de la dinámica, de la intensidad y el volumen es técnica no talento. Lo que me admira es su ingenio innato, su forma de expresar y hacernos llegar lo que siente. Diego nació tocado por la varita de los genios de la música, porque seduce a la guitarra con sus dedos. La enamora y logra una unión magnífica, sublime. —Ella estaba completamente de acuerdo—. Al tocar más rápido y más cerca del puente — continuó Luis—, logra un sonido más nuestro. Y de esa forma, Diego hace rememorar a todo aquel que escucha, la herencia y la influencia omnipresente del duende que vive y perdura en las calles de Córdoba, en las cuevas misteriosas y en los fructíferos montes.

Luis paró un momento su charla, porque Diego había intensificado la rapidez de sus dedos. Los oyentes estaban absortos, extasiados.

Violet evocó el mismo instante que lo vio por primera vez. En una estancia llena de invitados que conversaban y reían. Se parecía bastante en amplitud al salón de música del palacio Montenegro. Allí, entre un gentío ensordecedor, Diego le dedicó una mirada correcta, amable e inesperadamente gentil, y fue el inicio de su perdición como mujer que se iba a enamorar completa e irremediablemente. Desde aquella sonrisa, ardió en un anhelo que no había podido superar ni enfriar el tiempo y la distancia, distancia que Diego había interpuesto entre ambos durante tres largos años.

Después de aquella primera sonrisa, de aquel primer baile, su pensamiento regresó una y otra vez a la persona que le había dejado una huella profunda e imborrable. Evocó los paseos a caballos, la risa abierta y relajada de un hombre que exudaba puro magnetismo. Recordó la primera carrera que ganó, otras que perdió y el amor, que sin proponérselo, había prendido en su corazón y la había arrastrado a tomar unas decisiones erróneas que había pagado muy caro.

Diego seguía siendo un hombre excepcional, y ella lo amaba con locura.

—Nadie toca como él —confesó Luis lleno de orgullo, Violet pensó que tenía motivos para sentirse así. Esas manos maravillosas no creaban música, sino magia.

Diego paró de pronto la melodía rápida que tocaba, para inspirar profundamente. Los invitados rompieron a aplaudir con euforia, y Violet se preguntó por qué lo hacían, para ella resultaba claro que no había terminado la pieza, pero tras unos instantes de quietud y de silencio que respetaron todos, de nuevo sus dedos comenzaron un rasgueó, y en esta ocasión, completamente diferente al anterior, mucho más lento y emotivo.

Era como un diálogo entre la guitarra y el seductor que la desnuda para llegar hasta su mismo corazón. Entonces, se lo arranca sin mostrar la más mínima compasión y se lo ofrece a los sumisos que escuchan la melodía. Y para sorpresa de todos, incluida ella misma, la voz de Diego, grave, profunda, y con un timbre inconfundible que removía la fibra más sensible del corazón, comenzó a llenar de palabras desgarradoras la estancia.

 

Ni siendo profetizado me lo hubiera creído,

que iban a estar separados, y cada cual por su lado,

¡amor! tu cariño y el mío.

Debíamos ser uno, defendiendo la verdad,

pero el maldito orgullo, cegó mi realidad.

Cada cual por su camino ¡Cristo mío, qué dolor! No es de rosas, que es de espinos, el sendero de los dos.

Te alejas en la distancia, y muero, poquito a poco tú, no le das importancia, y yo me vuelvo loco.

 

La voz fue silenciada durante unos momentos y los dedos maravillosos comenzaron un rasgueó devastador que emocionó a todos los presentes por igual. El corazón de Violet sufrió un vuelco en el pecho al escuchar la letra desgarradora, pasional. La implicaba tan íntimamente que no podía mostrarse indiferente, y de nuevo, la voz aterciopelada, profunda y especial, comenzó a hacerse sentir.

 

Quiero amor que regreses, pero de mis brazos huyes

es una sensación extraña, y el corazón se me para porque el despecho me consume.

Te juro que siempre rezaré sin tregua lo mismo que tú,

y seguiré penando bajo el peso de esta inmensa cruz. Cada cual por su camino. ¡Cristo mío, qué dolor!

De amargura, y tormento es la sangre de mi corazón. Te alejas en la distancia, y muero, poquito a poco

tú, sin darle importancia, y yo me vuelvo loco.

Los ojos de Diego seguían clavados en los de ella mientras cantaba, y la mirada ardiente, llena de un profundo anhelo, le expresaba el tormento que se sentía. Le mostraba lo infeliz que vivía en la distancia, y le decía lo mucho que la necesitaba, pero ella siguió escuchando la letra dolorosa, completamente en silencio.

Tras un final hiriente, encarnizado, Diego cesó de tocar.

Violet se había quedado sin respiración, sumida en un torbellino de contradicciones que la golpeaban y le provocaban unas heridas sangrantes. La letra de la canción había sido tan explícita, tan intensamente conmovedora que le arrancó un tardío gemido preñado de remordimiento. Él seguía con la mirada oscura clavada en su rostro, sin moverse de su posición sentada, a pesar de las felicitaciones que recibía de los diversos invitados. Violet parpadeó varias veces tratando de aclarar la visión porque la tenía empañada por las lágrimas. Las pupilas masculinas se le clavaban en el alma con una fuerza arrolladora, aniquiladora, y le producían una hemorragia de sentimientos imposibles de contener.

Diego solo tenía ojos para ella.

Estaban a varios metros de distancia, y parecía que sus cuerpos estuvieran pegados, tocándose. Respirando el mismo aire, y con la misma vehemencia de siempre. Su mirada caliente de anhelo, la engullía por completo, hasta el punto de la negligencia racional. Cuando Diego dio el primer paso directamente hacia ella, Violet trató de darse la vuelta, pero tenía los pies clavados en el sitio, el cuerpo desangelado, y las manos tan frías que apenas las notaba. Subió una de ellas para posarla en su garganta y la dejó allí, incapaz de hacer nada más. El estómago se le rebeló con una sacudida y la mente se alió con su corazón para provocarle un malestar general que no sabía cómo controlar en medio de tantos invitados.

Diego dio otro paso más, pero antes de llegar hasta ella, Violet cayó desvanecida a los pies de Luis que no pudo sujetarla a tiempo.