La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 1 de 44

Páginas del PDF

La novela de cuatro cuartos

El cobijo

 

«Y él aceptó cuanto le dieron,

que es muy dura la necesidad; mas luego les dijo (porque

tonto no era):

“¿Por qué me dais cobijo? ¿Por qué me dais pan? ¡Ay! ¿Qué pensáis hacer conmigo?”»

De El fin del caballero Aigihn,

antigua balada irlandesa.

 

Durante la guerra de los bóers, un soldado llamado George Fewkoombey fue herido de bala en una pierna y tuvieron que amputársela hasta la rodilla en un hospital de Ciudad del Cabo. Regresó a Londres y le dieron setenta y cinco libras esterlinas, a cambio de las cuales tuvo que firmar un papel donde se comprometía a no reclamarle nada más al Estado. Invirtió las setenta y cinco libras en una pequeña taberna de Newgate que, según pudo ver en los libros de contabilidad, unos cuadernillos escritos a lápiz y manchados de cerveza, había dado hasta poco antes un rendimiento de unos cuarenta chelines largos.

Una vez instalado en la minúscula trastienda, y después de pasarse unas semanas despachando bebidas en compañía de una vieja, se dio cuenta de que su pierna no le había resultado particularmente rentable: los ingresos quedaban muy por debajo de los cuarenta chelines previstos, aunque el soldado no escatimara muestras de amabilidad en su trato con los clientes. Se enteró de que en los últimos tiempos se había construido mucho en aquel barrio, de suerte que los albañiles habían contribuido a animar la taberna. Pero las obras ya estaban concluidas y con ellas se había esfumado también la nutrida clientela. Según le dijeron, el nuevo comprador hubiera podido advertir eso fácilmente en los libros de contabilidad, pues, contra todo lo que enseña la práctica del oficio, los ingresos habían sido mayores los días laborables que los feriados; pero ocurre que hasta entonces el hombre sólo había sido cliente, y no patrón, de ese tipo de establecimientos. No pudo, pues, mantener su taberna más de cuatro escasos meses, ya que encima perdió mucho tiempo tratando de dar con el domicilio del propietario anterior, y un buen día se encontró en medio de la calle.

Durante una temporada halló refugio en casa de la joven mujer de un combatiente, a cuyos hijos les contaba cosas de la guerra mientras ella atendía su tiendecita. Un día le escribió el marido diciéndole que iría a verla aprovechando un permiso, y la mujer le pidió al soldado, con el que entretanto ya había dormido, como suele ocurrir en las viviendas estrechas, que se fuese de la casa lo antes posible. Él se hizo el remolón unos días, pero al final tuvo que marcharse. Aún la visitó varias veces estando ya el marido de vuelta, y hasta logró que le dieran algo de comer. Pero cada vez fue cayendo más bajo y acabó sumándose a esa interminable caravana de menesterosos a los que el hambre arrastra día y noche por las calles de la capital del mundo.

Una mañana se hallaba en unos de los puentes del Támesis. Llevaba dos días sin comer nada sólido, pues la gente a la que se acercaba en las tabernas con su viejo uniforme de soldado le pagaba una que otra bebida, pero nada de comer. Y de no vestir el uniforme no le habrían pagado ni las bebidas, por eso se lo ponía expresamente.

Aquella vez iba nuevamente de paisano, con la ropa que solía usar cuando regentaba la taberna. Pues se había propuesto mendigar y sentía vergüenza. No se avergonzaba de haber recibido un balazo en la pierna ni de haber comprado un bar nada rentable, sino de tener que pedir dinero a gente totalmente desconocida. A su juicio, nadie le debía nada a nadie.

Mendigar le resultaba penoso. Era un oficio para quienes no habían aprendido nada, aunque al parecer también había que aprenderlo. Abordó una tras otra a varias personas, pero lo hizo con una expresión más bien altiva, cuidando de no cerrarles el paso para que no se sintieran asediadas. Además, elegía frases relativamente largas, que concluían cuando los interpelados ya habían pasado, y no les tendía la mano. Por eso, después de haberse él humillado un día cinco veces, casi ninguno notó que le había pedido limosna.

Sin embargo, otro sí que lo había advertido, pues de pronto oyó que una voz ronca decía a sus espaldas:

—¡A ver si te largas de una vez, desgraciao!

Su sentimiento de culpa le impidió volverse. Siguió caminando con la cabeza gacha, y sólo al cabo de un centenar de pasos se atrevió a mirar atrás y vio a dos mendigos harapientos de la más baja estofa que lo seguían con la mirada, de pie uno al lado del otro.

Y que empezaron a seguirlo cuando él se alejó cojeando.

Sólo al cabo de varias calles los perdió de vista.

Al día siguiente, mientras vagaba por la zona de los muelles, sorprendiendo de rato en rato a personas de condición humilde al intentar abordarlas, alguien le dio una palmada en la espalda al tiempo que le metía algo en el bolsillo. Cuando se volvió no había nadie, pero de su bolsillo sacó una tarjeta plegada varias veces e inefablemente mugrienta, con una dirección impresa: «J.J. Peachum, Old Oak Street 7», y debajo, emborronado a lápiz, lo siguiente: «Si en algo estimas tus güesos, ves a esa direcsión». Lo habían subrayado dos veces.

Lentamente cayó en la cuenta de que esa labor de espionaje guardaba relación con su mendicidad, pero no sintió el menor deseo de ir a la Old Oak Street.

Esa tarde, frente a una cervecería, fue abordado por un mendigo en quien reconoció a uno de los dos individuos del día anterior. Esta vez parecía más conciliador. Aún era joven y la verdad es que no tenía mal aspecto. Cogió a Fewkoombey por la manga y se lo llevó consigo.

—¡Venga, maldito perro! —empezó diciendo con voz amable y serena—. ¡Muéstrame tu número!

—¿Qué número? —preguntó el soldado.

Y mientras caminaba a su lado, siempre amable, pero sin soltarlo un instante, el joven le fue diciendo, en la jerga de los de su clase, que su nuevo oficio estaba tan bien organizado como cualquier otro, y quizá incluso mejor, que se encontraba no en un lugar salvaje y abandonado por la gente civilizada, sino en una ciudad grande y organizada, en la capital del mundo, y que para ejercer su nuevo oficio necesitaba, por tanto, un número, una especie de permiso que podía conseguir en tal o cual lugar —no en vano existía una asociación con sede en la Old Oak Street, a la cual tenía que pertenecer legalmente.

Fewkoombey lo escuchó sin preguntarle nada. Luego, con la misma amabilidad (estaban atravesando una calle muy concurrida), le replicó que se alegraba de que existiera una asociación semejante, igual a la de los albañiles

La novela de cuatro cuartos y peluqueros, pero que él, por su parte, prefería hacer lo que le viniera en gana, pues en su vida ya había soportado demasiadas órdenes, como lo demostraba su pata de palo.

Dicho esto le tendió la mano a su acompañante para despedirse. Éste lo había escuchado con la expresión del que oye las explicaciones, sumamente interesantes para él, de un hombre experimentado cuya opinión no puede, sin embargo, compartir del todo, y, rompiendo a reír, le dio unas palmaditas en el hombro como a un viejo conocido antes de cruzar la calle. Su risa no le gustó nada a Fewkoombey.

En los días siguientes las cosas le fueron de mal en peor.

Resultaba que para conseguir limosnas con cierta regularidad había que instalarse en un lugar determinado (los había buenos y malos), y él no conseguía hacerlo. Siempre lo echaban. Ignoraba cómo harían los otros. Pero el caso es que todos tenían un aspecto más mísero que el suyo. Sus ropas eran auténticos harapos que dejaban entrever los huesos (más tarde se enteró de que, en ciertos círculos, un traje que no permitiera ver partes carnosas era comparado con un escaparate que tuviera los cristales empapelados). También su aspecto físico era peor, tenían defectos más graves y numerosos. Muchos se sentaban directamente sobre el frío suelo, y el transeúnte tenía así la total seguridad de que acabarían cogiendo alguna enfermedad. Fewkoombey se habría sentado muy a gusto sobre el frío suelo si se lo hubieran permitido, pero no todos tenían derecho, al parecer, a ocupar aquel asiento atroz y deplorable. Continuamente era incordiado por policías y mendigos.

Los rigores que tuvo que soportar terminaron provocándole un enfriamiento que le afectó los bronquios, y anduvo un tiempo con punzadas en el pecho y fiebre alta.

Una noche volvió a encontrarse con el joven mendigo, que en seguida empezó a seguirlo. Dos calles más allá se le unió otro pordiosero. El soldado echó a correr, y los otros dos también.

Se internó por unas callejuelas más angostas para deshacerse de ellos, pero cuando ya creía haberlo conseguido, los vio de pronto frente a él en una esquina, y antes de que pudiera cerciorarse bien, ambos lo atacaron a bastonazo limpio. Uno de ellos se lanzó incluso al pavimento y tiró de la pata de palo hasta hacerlo caer de espaldas y golpearse la nuca. Pero en ese preciso instante lo soltaron y echaron a corren por la esquina había aparecido un policía.

Fewkoombey pensó que el policía lo ayudaría a levantarse, cuando a su lado mismo, por una puerta falsa, salió en un carrito un tercer mendigo que, muy excitado, señalaba a los que huían mientras trataba de explicarle algo al policía con una voz empañada. Cuando Fewkoombey, levantado en vilo y despedido con un puntapié por el agente, echó a andar a trompicones, el mendigo lo siguió muy de cerca, haciendo avanzar su carrito metálico con ambos brazos, como si remase.

Parecía no tener piernas.

Al llegar a la esquina, el mutilado cogió a Fewkoombey por los pantalones. Se encontraban en el barrio más sudo, donde el ancho de las callejas no superaba la altura de un hombre. Junto a ellos se abrió un angosto pasaje cubierto que desembocaba en un patio oscuro. «¡Por aquí, entre!», ordenó el lisiado con su voz empañada. Y como al mismo tiempo golpeó con su vehículo, que tenía una palanca de acero a uno de sus lados, la espinilla de Fewkoombey, y éste se hallaba debilitado por el hambre, lo empujó de hecho hasta aquel patio, que no tendría más de tres metros por lado. Y antes de que el sorprendido joven pudiera mirar a su alrededor, el mendigo, un hombre algo entrado en años y de enormes mandíbulas, salió de su carrito como un mono y se precipitó sobre él. Tenía sus dos piernas sanas y enteras.

Le llevaba una cabeza de altura a Fewkoombey y sus brazos recordaban los de un orangután.

—¡Quítate la chaqueta! —exclamó—, ¡y demuéstrame en una lucha noble y abierta si estás más capacitado que yo para ocupar el rentable puesto al que ambos aspiramos! Mi lema es: «¡Vía libre a los capaces!» y «¡Ay de los vencidos!». Lo cual es de gran provecho para toda la humanidad, pues sólo los capaces acceden así a la cumbre y toman posesión de todo lo bello que hay en este mundo. No emplees, eso sí, medios sucios, ni des golpes en el bajo vientre ni en la nuca, ni utilices la rodilla en el juego. Para ser válido, el combate deberá ajustarse a las normas de la Asociación Británica de Boxeo.

El combate fue breve. Física y mentalmente destruido, Fewkoombey avanzó deslizándose detrás del viejo.

No se volvió a hablar de la Old Oak Street.

Pasó una semana bajo la férula del viejo, que lo instalaba en una esquina determinada, vistiendo nuevamente su uniforme de soldado, eso sí, y le daba de comer por la noche, después de hacer cuentas.

Sus ingresos jamás superaban un límite muy bajo. Tenía que entregárselos al viejo, por lo que a veces ni sabía si esos pocos peniques cubrían el coste de los arenques asados y la taza de aguardiente de la peor calidad que constituían su comida principal. El viejo, cuyo defecto físico parecía muy grave y en realidad era inexistente, tenía mucha más clientela que él.

Con el tiempo, el soldado llegó a la conclusión de que su jefe sólo quería que el lugar situado enfrente de él, sobre el puente, estuviese ocupado. La principal fuente de ingresos era la gente que pasaba regularmente por ese sitio, cada mañana al ir al trabajo, o, de noche, al volver a casa. Sólo daban limosna una vez al día y, en general, utilizaban siempre el mismo lado de la calle, aunque a veces, tras largas temporadas, acababan por cambiar. De todas formas, jamás se podía confiar plenamente en ellos.

Fewkoombey sentía que ese puesto suponía ya un progreso, aunque todavía no era el apropiado.

Al cabo de esa semana, y al parecer por culpa de él, el viejo tuvo dificultades con la misteriosa asociación de la Old Oak Street. Tres o cuatro mendigos los atacaron por sorpresa una mañana, cuando se disponían a abandonar su refugio en un barracón del muelle, y los obligaron a recorrer varias calles hasta llegar a una casa con una tienda pequeña e indescriptiblemente mugrienta, en cuyo letrero se leía: «Instrumentos».

Detrás de un mostrador apolillado había dos hombres. Uno de ellos, bajo y enjuto, de cara ordinaria, vestido con unos pantalones que en su momento debieron de ser negros y un chaleco del mismo color, estaba junto al escaparate en mangas de camisa y con un sombrero hongo abollado en la coronilla, las manos en los bolsillos del pantalón, contemplando la turbia luz de la mañana. No se volvió ni demostró el menor interés. El otro era gordo y tenía la cara roja como un tomate y un aire, si cabe, aún más ordinario.

—Buenos días, señor Smithy —dijo saludando al viejo con aparente sorna y lo precedió por una puerta revestida de hojalata que daba a la habitación contigua. El viejo miró a su alrededor con aire inquieto antes de seguirlo junto con los hombres que habían ido a buscarlo. La cara se le había puesto gris.

Fewkoombey se quedó en la tienda, como si lo hubieran olvidado. De la pared colgaban varios instrumentos de música: viejas trompetas abolladas, violines sin cuerdas, cajas de organillo rasguñadas. El negocio no parecía ir muy bien; los instrumentos estaban recubiertos de una espesa capa de polvo.

Más tarde se enteraría Fewkoombey de que esos siete u ocho cachivaches musicales no tenían mucho que ver con el negocio en el que acababan de entrar. Incluso la fachada de la casa, angosta y con sólo dos ventanas, anunciaba de forma totalmente imperfecta la dimensión de los inmuebles que representaba. Y el mostrador, con su tambaleante caja de caudales, tampoco decía mucho más.

En el viejo edificio con fachada entramada, que comprendía tres casas muy espaciosas y dos patios, se habían establecido una sastrería en la que trabajaban media docena de muchachas, y un taller de zapatería con un número no menor de especialistas de primer orden. Pero, sobre todo, en algún lugar había un fichero con unos seis mil apellidos de hombres y mujeres que tenían el honor de trabajar para esa casa.

El soldado aún distaba mucho de entender cómo funcionaba aquel negocio tan extraño y sospechoso; para ello tuvieron que transcurrir varias semanas. Se hallaba, sin embargo, demasiado desmoralizado como para no darse cuenta de que para él sería una suerte poder entrar en esa gran organización, tan poderosa y enigmática.

El señor Smithy, el primer amo de Fewkoombey, no volvió a presentarse esa mañana, y, más tarde, el soldado sólo volvió a verlo dos o tres veces como mucho, y únicamente de lejos.

Al cabo de un rato, el gordo entreabrió la puerta de hojalata y gritó hacia la tienda:

—Tiene una pata de palo auténtica.

El bajito, que parecía ser el amo, se acercó a Fewkoombey y con un gesto rápido le levantó la pernera para verle la pata de palo. Luego volvió al escaparate falso con las manos en los bolsillos, miró hacia fuera y dijo en voz baja:

—¿Qué sabe usted hacer?

—Nada —repuso el soldado también en voz baja—. Pido limosna.

—Es lo que todos quisieran —dijo el hombrecito con sorna y sin dignarse volver la cabeza—. Tiene una pata de palo. ¿Y porque tiene una pata de palo quiere usted pedir limosna? ¡Ah! Conque perdió su pierna sirviendo a la patria, ¿verdad? ¡Tanto peor! ¿Que eso puede ocurrirle a cualquiera? Claro que sí. (Salvo que sea ministro de Defensa). ¿Que uno pasa a depender de los demás cuando pierde una pierna? ¡Indiscutible! Pero no es menos indiscutible que a nadie le gusta dar nada. Las guerras son casos excepcionales. Y nadie tiene la culpa de que haya terremotos. ¡Como si no supiéramos las marranadas que se haced con el patriotismo de los patriotas! Primero se ofrecen todos como voluntarios, y luego, cuando desaparece una pierna, resulta que nadie es culpable. ¡Y no hablemos de los innumerables casos en los que algún repartidor de cerveza que perdió una pierna mientras se ganaba la vida de modo habitual, es decir repartiendo cerveza, se desgañita hablando de la batalla tal y cual! Y algo más todavía, algo esencial: por eso resulta tan meritorio combatir por la patria, por eso se cubre a esos valientes de honores y de aplausos ¡porque al final se quedan sin pierna! Si no existiera este pequeño riesgo —bueno, digamos este gran riesgo— ¿a santo de qué vendría luego la profunda gratitud de la nación? En el fondo es usted un manifestante antibelicista, no intente negarlo. Al ir así por el mundo, sin hacer el menor esfuerzo por disimular su muñón, quiere usted pregonar «¡Ay! ¡Qué cosa tan terrible es la guerra, en la que uno puede perder una pierna!». Debería avergonzarse, caballero. Las guerras son tan necesarias como terribles. ¿O es que nos lo han de quitar todo? ¿Le gustaría que gente extraña, enemiga, viviera a sus anchas en las Islas Británicas? ¿Le gustaría vivir rodeado de enemigos? ¿Ve? ¡No le gustaría! Pues nada, no debería ir vendiendo de casa en casa su miseria, hombre. No tiene usted dedos de organista.

Cuando hubo terminado, se dirigió, pasando junto al soldado sin mirarlo, al despacho que había tras la puerta de hojalata. Pero el gordo salió llevándose a Fewkoombey —«debido a su pierna», según dijo— a través de un patio hasta un segundo patio interior, donde le encomendó cuidar una perrera.

A partir de entonces, el soldado solía salir a cualquier hora del día o de la noche a uno de los patios a vigilar los perros de los ciegos, que eran muy numerosos y no habían sido seleccionados en función de su aptitud para guiar a personas ciegas (apenas habría allí cinco de esos desgraciados), sino según otros criterios, por ejemplo el de si inspiraban suficiente lástima, es decir si su aspecto era lo suficientemente penoso, lo cual también dependía, en parte, de la alimentación. Y la verdad es que su aspecto era muy penoso.

Si algún funcionario del censo le hubiera preguntado a Fewkoombey qué profesión ejercía, éste se habría visto en apuros, al margen del temor de llamar, eventualmente, la atención de la policía. No se hubiera dado el calificativo de mendigo. Era empleado de una empresa que vendía material para practicar la mendicidad callejera.

No se hicieron nuevos intentos para convertirlo en un mendigo más o menos rentable. Los especialistas de la casa se dieron cuenta en seguida de que nunca llegaría tan lejos. Había tenido suerte. No poseía ni uno sólo de los atributos que suelen hacer a un mendigo, pero tenía —y no todos allí podían decir eso de sí mismos— una pata de palo, lo cual bastaba para conseguir trabajo.

De vez en cuando lo hacían ir a la tienda para que mostrara su pata de palo a algún agente de la comisaría más cercana. Para eso no hubiera hecho falta que fuese tan auténtica como por desgracia lo era. El otro apenas si la miraba. En esos casos, casi siempre estaba presente en la tienda la señorita Polly Peachum, la hija del jefe, que sabía tratar con funcionarios.

De todas formas, el ex soldado pasó el medio año que aún le cupo en suerte viviendo entre los perros. Luego perdería esa vida mezquina de manera harto curiosa, con una soga al cuello y entre los aplausos de una enorme multitud.

El hombrecito al que viera junto al escaparate aquella mañana de su estancia en esa interesante casa era el señor Jonathan Jeremiah Peachum.