La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 39 de 44

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La novela de cuatro cuartos

Días de desasosiego

Fuera estaba lloviendo. Mientras recorría su celda de un extremo a otro, con las manos en los bolsillos del pantalón, Macheath escuchaba la lluvia. A ratos se detenía expresamente, bajaba su cabeza de rábano y escuchaba con particular atención. Por último dio un puntapié contra la gruesa alfombra y pensó, enojado:

«Me alegra que por ahora esté preso. Me han dicho que mis hombres se quejan de mi indecisión. Pero cuando hace falta, siempre sé encontrar la fuerza para decidirme. Yo sé mejor que nadie que a veces hay que intervenir con firmeza. Hay que estar informado de todo lo que ocurre en el negocio y dejar que las cosas maduren como un absceso purulento. Y un buen día hay que actuar súbitamente, como rayo caído de un cielo sereno, como un jefe. Y sacar a la luz toda la podredumbre, sin ningún miramiento, y que todo el mundo se quede petrificado. El jefe nos ha estado observando largo tiempo, pero al final ha intervenido. No ha dejado escapar ni a sus compañeros más viejos al advertir que algo andaba mal Así es él, no se le puede engañar».

Avanzó unos pasos, volvió a detenerse y se sumió de nuevo en sus cavilaciones.

«Poseer a una mujer se ha vuelto muy difícil», pensó. «Antes regresabas de una cacería dos horas antes de lo previsto y ahuyentabas de la cama de tu mujer a algún chicarrón corpulento. Pero ¿qué digo de la cama? ¡Bastaba verla de pie con un tipo en una habitación y todo quedaba aclarado! Hoy en día, el mundo de los negocios la obliga, le guste o no, a exponer sus pantorrillas a las miradas del mundo masculino, y en ciertas oficinas se hace el amor como quien se lava las manos, sobre todo para robamos a nosotros, los empresarios, unas horas de trabajo. Ya nadie piensa en hacer descubrimientos desde que el adulterio es algo tan poco llamativo e importante como lavarse las manos».

Macheath meneó sorprendido la cabeza, volvió a escuchar la recia lluvia de otoño y siguió caminando. Al poco rato se sentó a su escritorio y se puso a estudiar las actas de su proceso.

La vista debía celebrarse en unos cuantos días.

 

Días de desasosiego

Trabajar y no desesperarse

Carlyle

En la pequeña fábrica de la Old Oak Street se hacían horas extras y tumos de noche.

En la sastrería habían fijado a la pared con chinchetas un recorte de periódico que relataba la muerte heroica de la modistilla Mary Anne Walkley.

Mary Anne Walkley, de veinte años, empleada en un taller de modas, colaboraba en la confección de los vestidos de gala que las damas nobles iban a lucir en el baile de homenaje a la princesa heredera con motivo de su reciente presentación en sociedad Era la época de mayor trabajo de la temporada. La joven trabajaba veintiséis horas sin descanso junto con otras sesenta muchachas, distribuidas en grupos de treinta en sendas habitaciones que apenas contentan una tercera parte del airé necesario para respirar, mientras que por la noche dormían de a dos en cada cama, ocupando los distintos agujeros en que habían dividido el dormitorio utilizando tabiques. Un poco de jerez, vino de Oporto y café iban reponiendo esas energías cada vez menores que ella, en forma totalmente desinteresada y por una remuneración mínima, había puesto al servicio de la reina. Mary Anne cayó enferma el viernes, pero siguió cosiendo y murió el domingo. Es la suya una muerte no menos heroica que la de los héroes de Mafeking

Pero, más aún que este edificante recorte, lo que en verdad aceleraba el ritmo de trabajo era el método de Beery, consistente en echar simplemente a la calle a cualquier trabajadora débil o malhumorada.

Tú no tienes la culpa de estar tuberculosa —solía decirles—, pero yo tampoco.

Una vez se le ocurrió un invento. Según había podido comprobar, los operarios y operarías solían fumar a veces un cigarrillo en el retrete; desde el patio, Beery veía salir el humo por la minúscula ventanita cuando tardaban demasiado en volver a sus puestos de trabajo. Mandó entonces construir un tabique de madera oblicuo para que sólo pudieran sentarse inclinados. Cuando Polly volvió a casa de sus padres, solía contemplar aquel rinconcillo con su vista sobre los viejos arbolitos raquíticos del patio y sentía una enorme emoción: allí estaba en casa.

El trabajo avanzaba a buen ritmo. Pero en los periódicos iban apareciendo, en relación con los funerales por las víctimas del «Optimista» (que por cierto iban a celebrarse el mismo día, un jueves, que la vista principal del juicio contra el banquero Macheath), toda suerte de preguntas sumamente impertinentes sobre el curso de la investigación para dar con los culpables.

El inspector jefe guardaba un tenaz silencio. Peachum sabía que la policía estaba haciendo pesquisas en el puerto, y que había practicado también algunas detenciones. Estudiaba todos los diarios con febril desasosiego, pero ninguno traía declaraciones de la Jefatura superior.

En las proximidades de la casa de Old Oak Street merodeaban, en cambio, toda suerte de funcionarios de la brigada criminal.

Peachum se las vio negras en aquellos días.

«Es evidente que se viene lo peor», se decía a sí mismo, sobre todo cuando, de noche, se detenía unos instantes en los pasillos oscuros al pasar de unas habitaciones bien iluminadas y repletas de gente trabajando a otras no menos iluminadas. «Vivir es aguardar a que llegue lo peor. Y, sin embargo, puede que esta vez no intervenga la policía. El “Optimista” se ha ido a pique, no lo niego. Pero ¿debo ahora irme a pique yo también? Claro que para los familiares de las víctimas es, una desgracia innegable. Pero ¿sacarían acaso algún provecho si también lo fuera para mí?».

Sin embargo, la desdicha de esos días le inspiró una idea comercial basada en la reflexión siguiente:

«Catástrofes como las del “Optimista” son inevitables. Volverán a producirse una y otra vez. Totalmente inevitables son también las guerras, las tempestades, los terremotos, las aventuras comerciales y las malas cosechas. Quien conoce la naturaleza humana sabe que toda obra humana es imperfecta. La frase ya aparece en la Biblia, y expresa un temor que es preciso tener en cuenta. De hecho, nueve de cada diez hombres temen con razón el futuro. (A lo sumo, uno de cada mil tiene razones para no temerle). Habría que partir de aquí. Podría ser un negocio excelente. Pensemos en ciertas cosas temidas por todos: la enfermedad, la miseria, la muerte. Digamos a quienes tienen miedo porque conocen la vida y a su prójimo: os vamos a asegurar contra ese futuro inevitable. Vosotros nos pagáis periódicamente (así casi no os daréis cuenta) una pequeñez sacada de vuestros ingresos en la época de vacas gordas, y nosotros os la devolveremos (o a vuestros deudos, en caso de que hayáis muerto), cuando se produzca la inevitable catástrofe. ¿Os parece una buena oferta? Estoy seguro de que esta promesa será bien recibida. ¡Hay que ayudar a la gente! ¡Y quién no paga por recibir ayuda! Si logro salvarme de este lío, si por esta vez la policía no interviene con sus torpes manazas, llevaré esta idea a la práctica, seguro que sí. Pensemos sólo en los soldados que perecieron en el “Optimista”. Eran en gran parte jóvenes, aunque también había padres de familia. ¡Qué distinta sería ahora la situación de los familiares si esos soldados se hubieran asegurado contra posibles naufragios! Si al recibir la orden de embarcarse no hubieran tenido otra posibilidad que asegurarse lo más rápidamente posible. Pero ellos no lo hicieron. Sin embargo, quien haya leído en los periódicos descripciones de catástrofes como la del “Optimista”, debería estar a favor de la idea del seguro. ¡Y hay tantas catástrofes! ¡La vejez, por ejemplo, es una de ellas! ¡La vejez en las grandes ciudades! ¡Los últimos años de vida de los ya no explotables! ¡Años inevitables y, sin embargo, horrorosos! La desocupación es también otra de esas calamidades. Es el caso de mis empleados, por ejemplo. Yo me aprovecho de que ellos no sepan adonde ir si los echo a la calle. Los exprimo lo mejor que puedo y obtengo mis beneficios. Deben tener, me atrevo a suponerlo, una enorme necesidad de ayuda. Tal vez hasta se pueda sacar algún provecho de esa ayuda. Se podrían construir grandes edificios para administrar esos céntimos. Mientras esas cajas de seguros contra enfermedades no tengan que pagar nada, podrán florecer, pero en cuanto tengan que hacerlo, podrían irse a pique. De todas formas, si uno lograra meterse entre esa gente y sus empleadores y les consiguiera unos peniques más, podría quedarse con esos céntimos por la ayuda prestada. Sería un negocio redondo. Pues la mayoría de los que pagan mueren al pie del cañón o nunca pueden demostrar sus achaques, etc. En cualquier caso, es posible que los obreros prefieran recibir esos servicios de manos de sus iguales, es decir, de ex obreros… Pues sí, se podría contratar a unos cuantos, por aquello de guardar las formas. Quizás hasta se podría interesar al Estado en este tipo de seguros. E inventar leyes que obliguen a los trabajadores a pagar sus cuotas. ¡El propio Estado tendría que combatir así la imprevisión de las grandes masas, ese optimismo iluso y criminal que las lleva a creer que todo va a acabar bien, cuando sabemos perfectamente lo que les espera a empleados, obreros y a toda la gente humilde! No se pueden impedir las guerras ni las crisis. Hay que echar a los muchachos a la calle cuando su trabajo ya no resulte rentable; no se pueden construir viviendas más saludables si los alquileres no lo permiten, etc. ¡En pocas palabras, hay que procurar que sean previsores! Ante la infinita insensatez de esa gente ignorante y perezosa que acaba haciéndose soldado y obrero de fábrica, no queda más remedio que adoptar medidas legales. Hay que obligarlos a asegurarse. Más no pueden hacer, pero eso sí deben hacerlo. ¡Es un asunto de interés público y además un negocio! Claro que fundar una aseguradora así requeriría algo de capital. Si me sale lo de los barcos, ahí tendría el capital. Y por cierto que los nuevos barcos, los de Southampton, están en perfectas condiciones para hacerse a la mar. Creo que la cosa debe salir bien siempre y cuando la policía no se meta».

El miércoles por la tarde, nueve días después del hundimiento del «Optimista» y víspera de las exequias oficiales, viendo que la policía aún no había dado a conocer su postura, Peachum ya no pudo resistir la tensión nerviosa.

Presa de una especie de pánico, decidió presionar a la policía y envió a la Jefatura a Beery y a dos personas más con unas pancartas en las que se leía: «¿QUÉ OCURRIÓ CON EL “OPTIMISTA”? 200 SOLDADOS INVÁLIDOS PREGUNTAN: ¿CON CUÁNTO HAN SOBORNADO AL ALMIRANTAZGO? ¿Y POR QUÉ SE AHOGARON LOS DEL “OPTIMISTA”?». Una de las pancartas, pintada a mano, preguntaba incluso: «¿QUIÉN ES EL SEÑOR PEACHUM?».

Beery declaró que venía de parte del señor Peachum, el presidente de la CEB, y que las pancartas habían llegado a sus manos a través de unos mendigos que solían pedir en préstamo instrumentos musicales en su tienda. Al parecer se estaba preparando una manifestación con esas mismas pancartas y otras similares para la mañana siguiente.

Una hora más tarde Peachum se presentó personalmente en la Jefatura.

Brown lo despidió con brusquedad. Apenas escuchó su queja de que una manifestación de esa índole podría arruinarlo y de nada le serviría que algunos altos funcionarios del Estado también salieran mal parados.

Peachum se retiró desesperado.

Cogió el primer coche de alquiler y se dirigió a la redacción de El Espejo.

Pidió ver al redactor en jefe y tuvo una conversación muy seria con él, consiguiendo que le prometiera reservar, hasta las ocho de la mañana, dos columnas libres en la edición matutina para publicar una sensacional declaración del presidente de la «Compañía para explotación de barcos de transporte» sobre las Causas de la catástrofe del «Optimista».

Luego volvió a pie a su casa, dispuso la realización de la planeada manifestación para la mañana siguiente, se encerró con llave en su despacho y se pasó toda la noche escribiendo.

Brown, al que le había parecido bien mostrarse indiferente con Peachum, no se sentía, sin embargo, nada a gusto en su pellejo. Ordenó que esa misma noche practicaran una nueva redada (la séptima) en los muelles, interrogó a los veinte primeros trabajadores que cayeron en sus manos, y, muy deprimido, se trasladó luego a la prisión a visitar a Macheath.

Mac estaba solo, leyendo un libro.

Brown hizo salir a los guardianes y se sirvió cerveza de una de las botellas que había en un rincón de la celda.

Antes de que pudiera abrir la boca para contarle sus cuitas al amigo, éste le dijo, nervioso:

—¿Qué pasa con O’Hara? Estoy muy intranquilo. ¿Todavía no ha confesado?

—No —dijo Brown con aire cansado.

—¿Le has dicho que podemos probar su culpabilidad en el crimen si no mantiene el pico cerrado?

—Sí. Se lo dije todo. Y me respondió que prefiere que lo cuelguen a verte a ti libre. Creo que se lo ha tomado por el lado humano.

Macheath iba de un extremo a otro de la celda. La vista de su proceso debía celebrarse al día siguiente, y si tenía que confesar que era el presidente de la Sociedad Central de Compras, no podía aparecer envuelto en historias de robos con efracción.

Al cabo de un rato se sentó nuevamente y se tranquilizó.

—El hombre es un ser dotado de razón —dijo cogiendo un puro—. No se deja guiar por sus instintos ciegos, sino por motivos racionales. Yo creo en eso. El día que deje de creerlo, haré que me cuelguen. Las ciudades en las que vivimos, toda esta civilización con sus enormes ventajas constituyen la prueba del poder de la razón. Y ese individuo también combatirá su ciega sed de venganza y preferirá cuatro años de prisión —o mejor digamos tres, siempre podemos presentar unos recibos más— a morir en la horca.

Brown añadió que le había dado plazo a O’Hara hasta el día siguiente a las dos de la tarde.

—Sí, a las dos como mucho debo tener esa declaración —dijo Macheath —. Inmediatamente después de la audiencia tengo una entrevista con Chreston en el National Deposit Bank, a la que tal vez asistan Aaron y los Opper. Quisiera poder presentarles la confesión de mi proveedor, reconociendo haber cometido atracos.

Por fin pudo Brown hablar de sus propias y nada intrascendentes preocupaciones.

El caso del «Optimista» ofrecía muy mal cariz. Apenas quedaban dudas de que ese barco y las otras dos naves gemelas no habían sido entregados en buen estado. La empresa que los había vendido acababa de sufrir otra «desgracia». El corredor de comercio William Coax, asesinado en la zona de los muelles, había mantenido estrechas relaciones económicas con ella y su muerte aún distaba mucho de estar aclarada. Habían detenido a unos cuantos desocupados, gente despedida con motivo de la huelga y que había hecho declaraciones desafortunadas. Pero no habían podido probarles nada grave. El hundimiento del «Optimista» amenazaba con traer mucha cola. Brown no se tomó muy en serio las amenazas del señor Peachum relativas a los efectos inmediatos de la manifestación. El número de efectivos policiales desplegados para proteger la ceremonia fúnebre del día siguiente contra posibles disturbios era más que suficiente. Pero había otra cosa peor.

El inspector bajó la voz al hablar de ella.

Debido a algún fallo en el Almirantazgo, no se había despachado la orden que disponía el regreso inmediato de los otros dos barcos, uno de los cuales como mínimo, el que había colisionado con el «Optimista», debía de estar averiado. Las naves seguían en alta mar, rumbo a Ciudad del Cabo. El Almirantazgo no había actuado debidamente, por lo que el propio Brown estaba muy inseguro. A lo mejor valía más no provocar aquella manifestación. La policía tenía que vigilar el orden público.

Cierto es que no todo estaba en manos de Peachum, a quien se podía frenar fácilmente. También los comunistas planeaban hacer manifestaciones contra las exequias oficiales. Y no podían impedirse esas manifestaciones.

—Pero sin Peachum no tendrán pruebas —acotó Macheath, que acababa de encender un gran puro.

—Eso es cierto —dijo Brown un poco más tranquilo—. Hacen siempre el ridículo con sus eternas suposiciones que jamás pueden probar.

—Volverán a decir disparate y medio sobre la corrupción en los ministerios, y tal vez hasta insinúen que al mismo secretario de Estado le han untado varios miles. ¡Algo totalmente ridículo!

—¿Sabes una cosa? —dijo Brown sirviéndose también un puro—. A veces me hago mala sangre por culpa de esos cretinos. Todo el tiempo nos echan en cara que no respetamos las leyes con suficiente rigor. ¡Como si las leyes se hubieran hecho en beneficio de ellos! Son horriblemente quisquillosos con aquello de respetar siempre la legalidad Si hubiera una ley que le permitiera a Hale cobrar algún honesto tributo por el esfuerzo que supone hacerse la vista gorda, jamás le reprocharían los miles que supuestamente se ha embolsado. En ese caso no tendrían la sensación de que los están embaucando. Es francamente divertido. Ya se sabe que en la alta política y en las finanzas no todo es agua de rosas; siempre hay cosas que le resultan incomprensibles al pequeño contribuyente. ¡Y ahí entran en juego beneficios gigantescos, no sólo unos cuantos miles! ¡Cualquier fabriquilla textil se forra de manera muy distinta! ¡Pero nuestros «profetas» se aferran entonces a auténticas fruslerías y te salen con que los del Ayuntamiento son unos vendidos, que la policía no es imparcial y otras cosas por el estilo, quejamos pueden probar y en la mayoría de los casos no son ciertas! Y ese maniqueísmo simplista hace que todo lo que esos alborotadores proclamen sea, simple y llanamente, increíble.

—Si alguien escribiera ahora lo que estás diciendo —replicó Macheath pensativo—, también parecería maniqueísmo simplista.

—Increíble —dijo Brown con una sonrisa irónica—, ¡absolutamente increíble!

Hablaron un rato de política.

—La verdad es que no existe un partido que represente plenamente mis intereses —se quejó Macheath—. No llegaré al extremo de llamar al parlamento una tertulia de comadres, no es justo, claro que no. En el parlamento no solamente se habla, sino que también se negocia. Se hacen tratos sobre mil y una cosas, y eso es algo que tendrá que admitir todo aquel que no sea un revolucionario perdido. Pero la cuestión está en saber si el parlamento daría abasto en caso de necesidad. En mi opinión, y es la opinión de un hombre de negocios que trabaja seriamente, no tenemos la gente adecuada al frente del Estado. Todos pertenecen a algún partido, y los partidos son egoístas. Su punto de vista es unilateral. Necesitamos hombres que estén por encima de los partidos como lo estamos nosotros, los comerciantes. Vendemos nuestra mercadería a pobres y a ricos. Sin fijamos en quién es el cliente, le vendemos un quintal de patatas, le montamos una instalación eléctrica o le pintamos su casa La dirección del Estado es una tarea moral. Hay que lograr que los empresarios sean buenos empresarios, y los empleados, buenos empleados; en pocas palabras: que los ricos sean buenos ricos, y los pobres, buenos pobres. Estoy convencido de que llegará un día en que la dirección del Estado será así. Y yo me contaré entre sus partidarios.

Brown suspiró y dijo:

—Por desgracia, aún no tenemos ese partido. ¿Qué puedo hacer yo ahora?

—¿No has investigado qué pasó con los trabajos de reparación durante las huelgas?

—Por supuesto. Todos esos días. Fue lo primero que hice. Pero no pasó realmente nada.

—¿Cómo que no? Esos carpinteros que acaban de hacer una huelga sin éxito tenían toda la razón del mundo al intentar algo en este sentido. Jamás he comprendido cómo un hombre puede trabajar en semejantes condiciones. Son realmente seres infrahumanos.

—Pero cuando trabajan, lo hacen de verdad. No se les ocurriría echar a perder un barco una vez que han empezado a repararlo. En ellos hay una especie de pereza mental, ¿sabes? Pero nunca harían algo así.

—Pero poco después de la huelga tuviste a mi gente allí, o mejor dicho los tuvo Peachum.

—Quieres decir que…

—Por supuesto. Pueden dar testimonio de todo eso sin ningún problema. Mandaré llamar a Bully.

—¿Podrías hacerlo? —preguntó Brown un tanto consolado.

—Claro que sí —respondió Macheath cordialmente—. Lo haré por ti. Y de paso te recuerdo (sin querer influir en tus decisiones) que Peachum es mi suegro. Al fin y al cabo, la dote de mi mujer está en el National Deposit Bank. Y yo soy el director. Según he podido comprobar, los depósitos están en un desorden lamentable debido a la competencia. Los de Peachum han desaparecido; desde un punto de vista familiar, también los puedo llamar míos. Hay asimismo un sinnúmero de pequeños ahorristas, y si ahora, tras la catástrofe del «Optimista», se enteran de que sus depósitos se han hecho humo, armarían un revuelo tan grande que mermarían la ola de patriotismo surgida a raíz del hundimiento del barco. No son vínculos sentimentales los que me unen a mi suegro, pero créeme, será mejor que no lo metas para nada en el juego.

Brown salió convencido a medias e interrogó a otro par de carpinteros detenidos.

Pero esa noche durmió mal y hacia la madrugada tuvo un sueño.

Iba por uno de los puentes del Támesis. De pronto oye algo parecido a un gorgoteo y se asoma por la barandilla, pero no logra ver nada. Decide entonces retroceder y echar una ojeada al agua desde la orilla. Y esta vez también ve el puente, desde abajo. Por ahí hay un pequeño brazo de tierra que está siendo erosionado por las aguas del río. Sobre el puente ondean unas banderas negras y otras con los colores patrios. En el brazo de tierra que hay bajo el puente embanderado empieza a moverse algo de aspecto humano o similar que muy pronto se extiende y no se sabe de dónde sale, es como si allí hubiera otra oquedad más profunda. En cualquier caso son ya multitudes las que se desplazan hacia arriba a través del talud, y saltándose las barandillas recién pintadas se concentran sobre el puente mismo, justo debajo de las banderas. Sí, aquel islote va escupiendo un número infinito de gente a un ritmo incesante; una vez puesto en marcha, el torrente ya no cesa. Claro que ya ha llegado la policía dispuesta a acordonar el puente, y hay tanques que abrirán fuego y tropas que…, pero ya está ahí la miseria y empieza a formar filas, y avanza marchando en batallones compactos y del mismo ancho que las calles, ya va llenándolo y penetrándolo todo como el agua, pues no tiene sustancia. Cierto es que la policía se les echa encima blandiendo sus porras de goma, pero ¿de qué les sirven si al golpear atraviesan esos cuerpos sin materia?: formando una gran ola avanza la miseria hacia la ciudad dormida a través de la policía, los tanques en movimiento y las alambradas, avanza sin hacer ruido a través de los gritos de alto de la policía y el tableteo de las ametralladoras, y se vuelca hacia las casas como un río de lodo. Legiones de miserables transparentes y sin rostro avanzan en silencio a través de las paredes, imparables, y van invadiendo los cuarteles, los restaurantes, las pinacotecas y los edificios del parlamento y el palado de justicia

Brown se torturó el resto de la noche con este sueño. Por último se levantó muy temprano y se dirigió a su despacho. Detestaba soñar con periódicos de izquierda. Pero pensó que, en efecto, la presencia de varios cientos de soldados inválidos armando escándalo contribuiría muy poco a realzar los funerales.

Hizo salir de su oficina a las señoras de la limpieza, se sentó, acomodó debidamente su lámpara verde y escribió de su puño y letra una noticia para la prensa.

También el señor Peachum estaba en su despacho. Con el tintero delante, la pluma en la mano, él sombrero en la nuca y la camisa arremangada, se había pasado la noche entera de pie ante su pupitre o paseándose en su pequeña oficina excesivamente calentada por una estufa de hierro.

Estaba escribiendo un artículo periodístico en el que daba a conocer a la opinión pública los chanchullos cometidos por el corredor de comercio Coax y un alto funcionario del Almirantazgo.

Cierto es que a él también le interpondrían una querella criminal si se revelaban los pormenores del negocio de los barcos de transporte, pero las claras alusiones a la corrupción imperante en el Ministerio de Marina bastaban para reducir al mínimo el interés del gobierno en una querella criminal de esta índole. ¡El nuevo negocio, el verdadero negocio, se iría, eso sí, al agua!

De rato en rato interrumpía Peachum su trabajo para echar un vistazo a los talleres, donde había pancartas cuidadosamente pintadas en las que se leía: «¿NOS MANDAN A SUDÁFRICA SÓLO PARA GANAR CON EL TRANSPORTE?», o «¡YA QUE NOS MANDÁIS AL INFIERNO, AL MENOS PROCURAD QUE LLEGUEMOS!», o «¡LAS VÍCTIMAS DEL “OPTIMISTA” NO MURIERON POR ACCIDENTE, SINO ASESINADAS!».

A las cinco de la mañana aún volvió a bajar y les dictó un nuevo eslogan a los trasnochados pintores, que seguían arrodillados en los pasillos ante sus pancartas, bajo la luz de lámparas de petróleo: «PEOR QUE LA NIEBLA Y LAS TEMPESTADES ES LA CODICIA DE NUESTROS HOMBRES DE NEGOCIOS».

Aquella mañana dejó su «Confesión» en un sobre en el apolillado escritorio de Beery, mientras su gente, llevando las pancartas en carretillas, se dispersaba por los distintos barrios de la ciudad para organizar la manifestación.

Una hora más tarde leyó en un diario matutino la noticia de la detención de los comunistas que habían perforado las paredes del «Optimista».

Envió a Beery de inmediato a los puntos de reunión de su gente para que desconvocase la manifestación. Y acto seguido se sentó, muy aliviado, a tomar el té.

Los de la Jefatura de policía habían, pues, recapacitado. La noticia de que los obreros portuarios, excitados por la propaganda socialista, eran los culpables de la tragedia del barco, armonizaba mucho mejor con la ola de nacionalismo omnipresente en los periódicos que una noticia sobre la corrupción en el Ministerio de Marina.

La señora Peachum se acercó a la cama de Polly cuando aún estaba oscuro. Se sentó al borde de la cama y sorprendió a su hija contándole que con sus ruegos había conseguido que Peachum diera su conformidad al arbitrario casamiento.

Y le explicó, emocionada, el contenido de su discurso:

—No intentes separar —le decía yo todo el tiempo— a esos dos jóvenes unidos por el amor. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Piensa que nosotros también fuimos jóvenes e insensatos, aunque dentro de ciertos límites. ¿Podrías responsabilizarte acaso de que las penas de amor los consuman y una vida incipiente sea impíamente asesinada? No quieren otra cosa que ser el uno para el otro, juntos han pasado muy malos momentos, pero su amor lo ha vencido todo, y eso también tiene su valor. Los lazos de un amor tan grande no pueden romperse así como así. Yo sé que tú querías por yerno a Coax. Cierto es que era un hombre de presencia imponente y muy atractivo. Y tú lo apreciabas mucho precisamente por su habilidad en los negocios. Pero ahora está muerto y no puedes resucitarlo. ¿Qué es lo que aún tienes contra Macheath? Todo el mundo dice que también es muy hábil y le gusta el dinero. Que hace sudar la gota gorda a los tenderos de los almacenes B. ¡En sus locales no existe la pereza! Hará muy feliz a Polly. Yo he hablado con él y creo que será un marido excelente. Los hombres como él acaban siendo los mejores padres de familia. Tú siempre has tenido muy presente la felicidad de tu hija. ¿Por quién te matas trabajando de la mañana a la noche si no es por ella? Siempre has insistido en este punto. Macheath dio pruebas de poseer un hondo sentido de la unidad familiar cuando, pese a las tensiones existentes entre vosotros dos, te ofreció a su gente para los muelles de las Indias Occidentales. Con ese gesto dio a entender que el patrimonio familiar es para él algo sagrado y está por encima de todas las diferencias personales. La familia es y será el fundamento de toda moral, eso puede decírtelo cualquiera. Y el fundamento de la familia es el amor: esto te lo digo yo. Si no hubiera familias, nos devoraríamos los unos a los otros y no habría ningún comportamiento decente entre los hombres. Pase lo que pase, no siempre podemos ser como queremos, y ni siquiera en asuntos de religión se puede tocar a la familia. Por algo es un apoyo firme, y una mujer jamás podrá olvidar al primer hombre que la poseyó. Lo de ellos fue un amor a primera vista, y esto le es concedido a muy pocos. ¡Haz una excepción, Peachum! ¡Ellos nunca lo olvidarán! ¡Nuestra Polly no es el tipo de muchacha que pueda ser realmente feliz sin el consentimiento de sus padres!

Muy emocionada por sus propias palabras, la señora Peachum le prometió que asistiría al juicio.

—Y no te preocupes por el juicio —le dijo estando aún en el umbral—, tu padre ya lo ha arreglado todo.

En ese mismo instante, Peachum, abajo, se levantó de la mesa después de desayunar y se acercó a la ventana.

Aún estaba oscuro, pero una niebla espesa y blancuzca cubría las calles. Le asaltó el presentimiento de que tal vez no le sería fácil a Beery alcanzar a tiempo a los manifestantes con sus terribles pancartas.