La novela de cuatro cuartos
Capítulo noveno
De la cabeza vives
Y no puedes vivir
Si tú de la cabeza vives
De piojo has de morir.
Pues en esta vida
Hay que ser casi genial
Y el que no se cuida
Acaba muy mal.
Primero traza un plan
¡Con toda inspiración!
Y luego traza un nuevo plan…
Así harás colección.
Pues en esta vida
Hay que obrar bastante mal.
Y el que se descuida
Termina fatal.
Si corres tras la suerte
¡No corras demasiado!
Pues todos corren tras la suerte
Sin ver que está a su lado.
Pues en esta vida
Hay que ser irracional
La ida o la venida
Viene a ser igual.
Canción de la inutilidad del esfuerzo humano
Luchas en derredor
También el señor Peachum luchaba denodadamente.
Se pasaba noche y día pensando en cómo quitarse de encima el negocio de los barcos. Con todas sus energías aspiraba a volver a su verdadera especialidad: la mendicidad en gran escala.
Su temor de ir a parar bajo los puentes, así como la sensación de haber sido engañado por un individuo más listo e inescrupuloso y con mayor capacidad de lucha, todo esto cristalizó dentro de él en la idea de ampliar su negocio de la mendicidad, que sólo medraba a partir de la opresión y el timo. Estaba acostumbrado a aprovechar también sus propias cuitas.
A veces se detenía en el patio, junto a la perrera, y se ponía a hablar con Fewkoombey como si fuera su socio. El cojo se sorprendió mucho al principio, hasta que advirtió que el señor Peachum quizá se dirigiera tanto a los perros como a él, pues nunca lo miraba a la cara.
—He leído en los periódicos —decía por ejemplo— que en los últimos tiempos hay demasiada mendicidad. Y eso que sólo se ve un mendigo cada dos o tres kilómetros, y es siempre el mismo. A juzgar por el número de pordioseros, podría creerse que no hay miseria. Muchas veces me he preguntado: ¿dónde están los miserables? La respuesta es: en todas partes. Se ocultan tras su condición de seres masivos. Además, existen ciudades gigantescas pobladas exclusivamente por mendigos que, en cierta medida, se esconden en ellas. No se dejan ver en los lugares bonitos y evitan las calles agradables. Por lo general trabajan, y es así como mejor se esconden. Nadie nota que no pueden comprar nada que aplaque su hambre, pues no aparecen en las tiendas para no comprar nada. Son pueblos enteros que languidecen en viviendas interiores. Su moderna forma de exterminio es casi imperceptible, además de anónima Son aniquilados, pero su aniquilación dura años. Alimentos adulterados e ingeridos en cantidad insuficiente, viviendas pestilentes y limitación de todas las funciones vitales, todo esto necesita mucho tiempo para acabar con el hombre. El ser humano es increíblemente resistente. Sólo muere muy lentamente, a trozos. Aún conserva largo tiempo su aspecto humano, y sólo al final se quita la máscara y se derrumba del todo. Esta singular manera de ir pereciendo dificulta la percepción de ese acabamiento masivo e inconmensurable. ¡Cuántas veces me he puesto a pensar cómo podría sacarse algún provecho de toda esa miseria, la verdadera miseria! ¡Sería un negocio increíble! Pero es imposible. ¿Cómo aprovechar la imagen, conmovedora de por sí, de una madre que, con una criatura enferma en brazos, mira resbalar el agua por las paredes de su habitación? Madres así hay cientos de miles, pero ¿qué hacer con ellas? No se pueden organizar visitas por los barrios pobres como se hacen por los campos de batalla También la visión de un hombre de cuarenta años que toma conciencia de que ya no puede resistir la competencia porque está agotado —y no es él, sino su entorno el que no ha sabido administrar sus energías—, esta visión es sin duda sobrecogedora, pero el hombre no la exhibe en público, por lo que no tiene valor comercial Son dos ejemplos entre miles.
Y el señor Peachum perdía de pronto las ganas de seguir hablando. Con un gesto ausente le señalaba a Fewkoombey su trabajo y se alejaba con aire inquieto y preocupado.
O bien decía:
—El negocio de la mendicidad es un tanto especial Al principio hasta a mí me resultaba difícil creer en él Pero luego advertí que el miedo que lleva a la gente a apropiarse de algo, también la induce a dar. Tampoco es que escasee la compasión, pero ocurre que con la compasión no puedes ganarte una comida caliente tan bien como sin ella. También sé por qué la gente no examina con más detenimiento los achaques de los mendigos antes de darles algo. ¡Están convencidos de que esas heridas son producto de sus propios golpes! ¿Cómo no va a haber gente arruinada allí donde ellos han hecho negocios? ¿Cómo no iba a haber familias que acabaran bajo los puentes cuando ellos velaban por sus propias familias? Desde un principio están todos convencidos de que, viviendo ellos como viven, tiene que pulular por todas partes gente mortalmente herida y sin ningún recurso. ¿Para qué darse el trabajo de examinarlos? ¿Por las cuatro perras que están dispuestos a darles?
Y en otra ocasión se limitó a decir:
—No vaya usted a creer que alimento mal a mis perros por crueldad. Si engordaran, me estropearían el negocio.
Y un día criticó la expresión serena de Fewkoombey en los siguientes términos:
—Se le ve demasiado contento. No me canso de decirles a mis hombres que deben tener aspecto de humillados y ofendidos: la gente paga con gusto para no ver ese odioso espectáculo.
Un buen susto se hubiera llevado Peachum de advertir que palabras como ésas, dichas en presencia de empleados, ponían de manifiesto una grave dolencia psíquica; pues sabía que la gente enferma no podía contar con ningún miramiento.
La obtención del dinero para comprar los barcos de Coax en Southampton resultó ser muy difícil.
Miller, el del Deposit Bank, se negó a conceder un crédito de 50 000 libras con los brazos en alto. Como no quería decepcionar a su cliente, se excusó esgrimiendo su responsabilidad ante la propietaria del banco, una niña de siete años. Dijo estar metido hasta el cuello en negocios con grandes consorcios, y admitió confidencialmente que se trataba de Chreston. Pareció muy asustado por el escaso capital de Peachum, y en verdad lo estaba más de lo que parecía.
Peachum tenía depositadas unas 10 000 libras en el National Deposit Bank, y no quería tocarlas bajo ningún concepto. Además, tampoco habrían alcanzado.
Finney afirmaba que tenía que operarse urgentemente y amenazaba todo el tiempo con internarse en el hospital al día siguiente. Sólo Eastman luchaba, aunque sin poder anotarse muchos éxitos.
Y entonces llegó la noticia de que Hale, el del Almirantazgo, estaba amenazado por un escándalo.
Coax se presentó personalmente en casa de Peachum y esperó en el pequeño despacho, detrás de la puerta de hojalata, a que fueran a buscar a Eastman.
Y les comunicó lo siguiente:
Hacía días que Hale venía recibiendo cartas amenazadoras. Dos años antes, su mujer había sido sorprendida con uno de sus amigos en un hotel de citas durante una redada policial.
El chantajista afirmaba tener el diario de ese amigo, del que se deducía que Hale estaba enterado del asunto… y no había actuado en consecuencia. Incluso seguía haciendo negocios con dicho amigo…
El corredor de comercio clavó una larga y penetrante mirada en Eastman, a quien más se había dirigido al hablar. Éste volvió su atormentada cara hacia Peachum.
Peachum parecía otra vez muy enfermo.
—¿Cuánto cuesta ese diario? —preguntó con gran dificultad y esquivando la mirada de Cóax.
—Mil libras —dijo Coax en tono displicente.
—Ya las tiene. La CEB le pagó 9000.
Esto lo dijo Eastman.
Y Coax añadió sin inmutarse:
—No tiene absolutamente nada. Su mujer tiene vestidos. De lo contrario, no conseguiría amigos ni para los hoteles de citas. El resto del dinero que recibió de la CEB tendrá que utilizarlo para impedir la investigación. El caso de ese hombre es trágico.
—¿Y qué ocurrirá si no paga? —preguntó Peachum.
—Pues tendrá que irse. Es terrible que la gente con la que uno mantiene tratos comerciales tenga, además, asuntos privados. Hale, en su desesperación, se dirigió en seguida a mí, pues yo soy su mejor amigo. De una ayuda no quería saber nada. Es tu arrogancia de funcionario, le dije. Pero tus dificultades son las mías. Caballeros, tenemos que encontrar alguna solución. No se puede echar por la borda a un hombre como Hale por semejantes fruslerías. Humanamente es inadmisible. Pero incluso por consideraciones puramente egoístas debemos ayudar a Hale, caballeros.
A la hora de despedirse en la tienda, Coax vaciló un instante.
—¿Verdad que la señorita Polly aún no ha vuelto de Chamonix? — preguntó arreglando su borsalino, que, por cierto, adquirió una forma atrevida y aventurera.
—No —dijo Peachum con voz ronca.
Le habían hecho creer a Coax que Polly estaba en Suiza para completar su educación. Y Peachum ya se había preguntado si, para completar la ilusión, no le convendría agenciarse algunas postales falsas de Chamonix. Pero no era aconsejable. Tarde o temprano habría que confesarle a Coax la penosa historia en su totalidad, vale decir, cuando todo estuviera arreglado. Y claro está que las mentiras no podían ser demasiado gordas.
Coax nunca se olvidaba de preguntar por Polly.
Peachum debería encontrarse con Hale y Coax el lunes siguiente en los baños. Por principio, Coax despachaba sus asuntos con la CEB en los Baños Feather y siempre los lunes, sin importarle el tiempo que allí perdiera.
Coax y Hale se encontraron media hora antes de que llegara Peachum.
Se desvistieron lentamente, sin ayuda de las muchachas. Y Hale, un cuarentón gordo, empezó diciendo:
—Sabes muy bien que siempre he desaprobado tus escapadas con Evelyn, William. Con eso sólo has conseguido distanciarla de Ranch. Sé que por tu culpa ha tenido unas escenas terribles con Ranch, lo sé perfectamente. Cualquier contrariedad anímica la tumba durante varios días. Y yo tampoco me siento bien cuando algo le falta. La quiero muchísimo. Además, eso de llevarla a un hotel de citas: ¡es algo enfermizo en ti! Lo que me extraña es que no haya cogido una urticaria. ¡En un hotel de citas, donde cada dos horas cambian la ropa de cama y ésta ha de estar inevitablemente húmeda! ¡Y sobre todo la idea de un hotel de citas! Evelyn es la criatura más sensible que conozco. ¡Esa ropa de cama debió de tener un atractivo francamente perverso para ella! ¡Es una chica tan natural normalmente! ¡Y ése es su mayor encanto! Jamás te lo perdonaré, y no lo digo por las consecuencias, que no me afectan en absoluto, tú ya me conoces. ¡Pero resulta que ahora debo presentarme ante esos mercachifles y mendigarles 1000 libras! ¡Y esto es algo que detesto! ¿Qué tienen que ver ellos con mi vida privada? Podrían decirme con toda razón: Caballero, con usted hacemos negocios, pero no pensamos pagarle sus baños termales. Preferiría retirarme ahora mismo. Después de todo, soy un funcionario.
Coax lo miró y le dijo:
—Sí, después de todo eres un funcionario.
—Me gustaría saber cómo ha conseguido ese tal Gawn tu diario — rezongó Hale al tiempo que acomodaba sus calcetines en un taburete.
Ambos se metieron en las bañeras de madera.
Hale tomó un baño de fango; Coax tenía unas hierbas medicinales en su cubeta.
—Piensa —prosiguió Hale en tono afligido— que los funcionarios somos muy meticulosos en cuestiones de honor. Podemos hacer negocios menores. No quiero hablar de los que hemos hecho hasta ahora en el Almirantazgo, no quiero mezclar a Gran Bretaña en este asunto, no sé nada ni quiero saber nada de ellos en mi condición de ciudadano inglés. ¡Pero piensa en los negocios que al otro lado está haciendo el señor Bismarck! ¡Ése sí que es un gran hombre! Ha sabido hacerse con una respetable fortuna y su país va de maravilla. A los políticos no siempre se nos juzga con justicia. Sólo se ve una que otra acción y se la juzga. Pero ¿qué se sabe de ellos? La gente dice que tal o cual misión diplomática ha sido desacertada, pero sólo porque contempla sus éxitos aparentes. ¡Una manera muy rudimentaria de ver las cosas! ¿Saben acaso cual fue su verdadero propósito? Cuando el Kaiser alemán telegrafió al presidente Krüger, ¿qué acciones subieron y bajaron en la bolsa? Claro que esto sólo se lo preguntan los comunistas. Aunque, dicho entre nosotros, no solamente ellos: también lo hacen los diplomáticos. Sin duda es un modo algo burdo de pensar, pero se trata de un pensamiento muy próximo a la realidad. Lo principal es aprender a pensar burdamente, que es como piensan los poderosos. La política es la continuación de los negocios personales con otros medios. Precisamente por eso hemos de cuidar que ninguna sombra empañe nuestro honor personal Si saliera a la luz este asunto del hotel de citas, me echarían ignominiosamente del Ministerio. Contra una sospecha así de nada sirven los méritos. Aunque, después de todo, tengo mi pundonor y éste no me permite negociar con esos mercachifles.
En ese momento fue interrumpido por la entrada de Peachum. Los tres señores tomaron juntos un baño turco.
Estaban tumbados en las tarimas para refrescarse, con las toallas húmedas por el vapor bajo la nuca, cuando Peachum empezó a hablar. Hablaba lentamente, como un enfermo, y de hecho lo estaba.
—Nuestro trabajo en común, señor Hale, no se ha visto muy favorecido por la suerte. Defraudando nuestras bien fundadas expectativas, no ha podido usted adquirir nuestros barcos para el gobierno, según nos han dicho, y esto supone una pérdida enorme para nosotros.
Hale masculló algo. Yacía estirado y se palmoteaba el pecho esponjoso con sus manos pequeñas y regordetas.
Peachum continuó hablando en voz cada vez más baja y con cierta dificultad.
—Somos todos pequeños comerciantes, muy pequeños, y sudamos mucho para ganamos el pan. Espero que lo habrá intentado todo.
Peachum giró la cara hacia un lado y miró al secretario de Estado, que ahora callaba y no ofrecía un aspecto particularmente imponente. Presentarlo sin ropa había sido un error de Coax. Así parecía simplemente un hombre obeso y falto de inteligencia, no un alto funcionario. Y algo en él llamó la atención del amigo de los mendigos.
En el tono de voz de Peachum se produjo un cambio casi imperceptible, pero evidente.
—El señor Coax nos ha dicho que tiene usted problemas personales que entorpecen su trabajo. Lo lamentamos mucho. ¿Le sería de alguna utilidad que lo liberásemos de sus preocupaciones?
Hale volvió a mascullar algo. Le hubiera gustado mirar a Coax. La conversación no seguía el curso esperado.
—Usted sabe —prosiguió Peachum— que tuvimos mala suerte con la compra de los barcos. No resultaron ser tan buenos como nos lo habían dicho. También hemos oído que podría usted tener complicaciones por culpa de ellos. Y nos imaginamos que por sus problemas personales le será aún más difícil enfrentarse a esas complicaciones. También yo quisiera hacer aquí un pequeño inciso de carácter privado: considero al señor Coax como a mi futuro yerno.
Coax se giró perezosamente. Con un ligero asombro miró al que acababa de hablar, y de pronto recordó un instante en la tienda de Peachum en el que éste le había preguntado por cuánto le permitiría dejar el negocio de los barcos. Aquella vez se había llevado una impresión extraña de él, que más tarde había vuelto a olvidar.
Entre tanto, Peachum reaundó su discurso:
—Deberíamos intentar —dijo con total tranquilidad— utilizar los barcos viejos pese a todo.
Los otros dos señores no abrieron la boca. Y Peachum se enteró en ese momento de algo que aún no sabía en Southampton: ¡esos señores seguían pensando utilizar los viejos barcos!
Coax soltó una carcajada discordante.
—¡Ajá! —dijo—. ¿O sea que a última hora quiere usted endilgarle sus carracones al gobierno por mil miserables libras?
Esta vez calló Peachum.
—¿Es esto lo que exige la CEB? —preguntó bruscamente Coax.
Peachum volvió hacia él la cabeza y dijo sin levantarse:
—No, soy yo quien lo exige.
Al cabo de unos minutos Hale empezó a quejarse de la niebla londinense y Peachum le dio la razón. Se dirigieron a las cabinas. Luego concertaron otro encuentro frente a los baños. Coax no volvió a abrir la boca.
Tras meses de andar a tientas en la oscuridad y de terribles temores, Jonathan Jeremiah Peachum empezó, por fin, a ver claro.
Cuando inició su conversación con el secretario de Estado no pensó en ningún momento que podría evitar la aprobación de unas reivindicaciones injustificadas o conseguir siquiera una retribución a cambio, por mínima que fuese. Tan sólo esa inveterada costumbre del comerciante que no concibe dar algo sin recibir nada lo había impulsado a buscar, al menos por aquello de guardar las formas, alguna cosa que pudiera exigirles. La humillación de dar dinero por nada le parecía sencillamente insoportable. Es así como el hombre de negocios medianamente hábil intenta quedarse aunque sea con el seguro de vida de su hermano arruinado, cuya ruina deberá impedir por razones de orden social. O bien ordenará al mendigo que, por la vieja corteza de pan que le da, le abra en el jardín un hoyo que más tarde hará tapar por otro. El mutismo de Hale había alterado muchísimo a Peachum. De pronto vio claro. Y vio claro sólo para sufrir.
No se entregarían al gobierno los nuevos barcos de Southampton, que significaban su ruina, sino los viejos y no aptos para navegar. De ese modo, Coax y el miserable de Hale exprimían sin ningún escrúpulo lo que aún quedaba en la débil, enfermiza y bonachona «Compañía para la explotación de barcos de transporte»: que compraran o no los nuevos barcos no terna nada que ver con el negocio del gobierno; la CEB tendría que pagarlos de todas formas. ¡Y todo aquello había sido planeado desde el principio!
Le asustó muchísimo que Coax no le hubiera revelado aquel plan. Por lo demás, el corredor lo trataba en todo como a un futuro suegro.
Al mismo tiempo, nada temía Peachum tanto como que Coax pudiera impacientarse debido a Polly. Pero el corredor de comercio no daba muestras de impaciencia.
Cuando Peachum le entregó el dinero para Hale en nombre de la CEB, derivó, angustiado, la conversación hacia su hija. Coax permaneció mudo al principio; luego le aseguró que no tenía intenciones de presionar a Polly. Quería que ella lo amara por él mismo. Y que Peachum tampoco se preocupara, añadió. Cualquiera que fuese la actitud de Polly, para él, Peachum seguiría siendo el padre de la joven. Era una gran alegría sacrificarse una vez en la vida, una vida tan llena de facetas desagradables, por un sentimiento tan puro y profundo.
El señor Coax pertenecía a esa especie tan extendida de los que no tienen pelos en la lengua.
Peachum lo escuchó con cara impasible y decidió por milésima vez llevar a término el matrimonio entre Coax y su hija. Los discursos del corredor le parecían demasiado etéreos y sus motivos demasiado bellos para ser duraderos. De todas formas, Coax ya había dado a entender que no desdeñaría el dinero de Peachum en relación con el negocio de los barcos.
Tras una conversación minuciosa se decidió en la Old Oak Street hacer un nuevo intento. Quizá podrían crearle dificultades financieras al señor Macheath.
Un día, en plena campaña publicitaria, le comunicaron a Macheath que un apreciable número de mendigos se había congregado de pronto en el interior y fuera de los almacenes. Revolvían la mercadería y no escatimaban críticas, mezclándolo todo y lanzando tacos a voz en cuello. En grupos de dos o tres se plantaban en las puertas de los almacenes y hablaban sobre las porquerías que vendían dentro. Como el público tenía que abrirse paso entre ellos para entrar en los almacenes y la cochambre de los mendigos era espantosa, muchos clientes daban simplemente media vuelta en dirección a la calle. Macheath fue a observar a los emisarios de su suegro frente a distintos almacenes. En un principio pensó pedirle a la policía que pusiera orden. Pero luego se le ocurrió algo mejor, y un viernes, cuando el movimiento era más intenso, mandó colgar en los escaparates letreros pintados a mano en los que se leía: