La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 9 de 44

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La novela de cuatro cuartos

La bomba

También el señor Peachum observó aquella noche a su hija con mirada escrutadora.

Los asuntos de la «Compañía para la explotación de barcos de transporte» habían tomado un cariz francamente desesperado. El día anterior había estallado la bomba.

 

La bomba

Peachum había reñido con Fewkoombey en el patio. Al principio, y feliz de haber encontrado un refugio, el soldado cumplía a conciencia con sus obligaciones y mantenía a los perros en el estado conveniente.

Alimentarlos no era tarea fácil; su aspecto debía ser de lo más lamentable, por lo que había que mantenerlos siempre al borde de la inanición. Un ciego con un perro gordo tenía escasas probabilidades de despertar auténtica compasión. Cierto es que el público reacciona de manera totalmente instintiva. Casi nadie para mientes en el perro, pero si por casualidad éste se viera bien alimentado, una voz interior aconsejaría al transeúnte que no tirase su dinero a la calle. No hay que olvidar que, en su inconsciente, esa gente siempre busca algún pretexto para no desprenderse de su dinero. Así pues, un buen perro apenas debía tenerse en pie de pura debilidad.

De ahí que todo el tiempo controlasen el peso de los animales, y si éste variaba, la culpa era de Fewkoombey.

Peachum estaba en plena tarea de inspección y se disponía a comprobar si el cojo había alterado los números en la libreta de control de pesos con el único fin de no quedarse sin pan, cuando llegó el dueño del restaurante con la noticia de que Coax se había presentado de improviso a bordo del «Bella Ana» y estaba hecho una furia.

Los dos señores se dirigieron de inmediato a los muelles. Y, en efecto, allí estaba Coax en medio de escaleras y pintores. A su lado, Eastman, pálido, tenía los ojos clavados en las enormes y oscuras paredes del interior del barco. Al parecer, no se atrevía a mirar a la cara a los recién llegados.

La mirada fría con que Coax lo recibió dejó a Peachum estupefacto.

—¿Es éste uno de los barcos que ha vendido usted al gobierno británico?

Peachum pareció envejecer de golpe varios años.

Sin embargo, tampoco se quedó del todo sorprendido. Siempre había barruntado que algo cojeaba en aquel negocio. Y con respecto a Coax nunca se había hecho mayores ilusiones; aunque tampoco se esperaba algo así en tan poco tiempo.

Coax pensaba que el «Bella Anna» no estaba en condiciones de navegar. Peachum intuyó que de nada serviría ahora gastar largos discursos. Decirle, por ejemplo, que después de todo había sido el señor Coax quien les recomendó aquellos barcos. Peachum sabía, sin necesidad de dar muchos rodeos, que Coax alegaría simplemente no haberlos visto nunca. Pero ellos sí que habían inspeccionado todos los demás, ¡incluso en presencia de testigos!

Y en él se abrió paso un oscuro presentimiento relacionado con el giro que Coax pensaba darle al negocio (siempre había sospechado un negocio aparte). No contra el Estado, sino contra la «Compañía para la explotación de barcos de transporte» se dirigían ahora las maniobras de Coax como una monstruosa apisonadora.

Aún no se podía tener, claro está, una visión de conjunto de los detalles. El corredor de comercio aún no consideraba oportuno enseñar sus cartas. Ni siquiera hubo un intercambio de palabras.

El señor Coax giró sobre sus talones y se marchó en silencio, lanzando una mirada de profundo desprecio. .Visto de atrás, su traje parecía más que nunca de confección.

Peachum tampoco sintió la menor necesidad de comentar con sus compañeros de infortunio lo que se avecinaba. Vagamente le oyó decir a Eastman que había que convocar por correo urgente al fabricante de Gales del Sur y al criador de ovejas. ¡Al criador de ovejas! Peachum también se retiró sin decir palabra.

Esa noche tuvo fiebre alta y se aplicó paños fríos en la cama. No se levantó ni una sola vez. ¡Que la luz se quedara encendida! ¡Nunca más volvería a pagar la cuenta del gas!

A la mañana siguiente se dirigió a los muelles con aspecto de enfermo grave. No encontró un solo obrero. Los trabajos en el «Bella Anna» habían sido interrumpidos, sin duda por orden de Eastman. Lo cual permitía deducir su opinión sobre lo que estaba ocurriendo.

Cuando volvió a su casa al mediodía (y no precisamente para comer), oyó decir que dos señores habían preguntado por él y sospechó que la policía lo andaba buscando. Después de todo, la Compañía ya había aceptado el primer pago parcial del gobierno.

Pero un interrogatorio más minucioso reveló que sólo habían sido Eastman y el fabricante. Peachum se alegró de que no lo hubieran encontrado.

Ir al despacho de Coax no tenía ningún sentido. La secretaria clorótica enmudecía en cuanto le preguntaban la dirección del corredor.

Pero hete aquí que esa misma tarde, al volver a casa después de un vano intento de hablar con Eastman, Peachum encontró al señor Coax caminando en compañía de su hija por la Old Oak Street.

Coax se había encontrado con Polly y la había acompañado, aunque la joven no lo estimulara particularmente. Él le estuvo hablando de unos cuadros interesantes que hubiera querido mostrarle, pero ella no le entendió muy bien. El caballero no le resultaba simpático.

Cuando Peachum se unió a ellos, Coax se comportó como si jamás hubiera habido la menor diferencia entre ambos. Le tendió la mano enguantada y con la otra le dio unas cordiales palmaditas en la espalda, tras lo cual se despidió rápidamente.

Durante la cena, el señor Peachum se sintió más confundido que nunca.

Cuando acabaron de cenar, echó del comedor a su mujer, que no paraba de refunfuñar, e interrogó al Melocotón.

Sin esforzarse mucho se enteró de que el señor Coax le había revelado a su hija algo que les ocultaba a sus socios: su dirección. Se abstuvo, eso sí, de preguntarle para qué. Entró en su despacho oscuro y reducido, y durante unos minutos paseó su mirada ausente por el escaparate falso. Luego, tras escribir una carta a toda prisa, volvió al salón y le encargó a Polly que entregara esa carta lo antes posible en casa del señor Coax.

Polly se quedó muy sorprendida: ya eran las nueve y media.

Pero se puso el sombrero y fue a ver al señor Coax.

El corredor de comercio estaba en casa. Cuando le anunciaron que en una de las numerosas habitaciones había una joven con una carta que esperaba respuesta, puso, aturdido, la servilleta sobre la mesa y salió precipitadamente.

Coax vivía con su hermana, una mujer bajita y muy violenta que distaba mucho de apreciar a su hermano como éste lo hubiera deseado, y que tampoco solía disimular sus sospechas sobre las cualidades morales del caballero.

Tenía que aguantarle muchas cosas.

Coax poseía un gran talento para los negocios, y sus principios sobre la integridad de la vida privada también coincidían plenamente con los habituales en sus círculos sociales. En su opinión, que por cierto muchos compartían, existía una enorme diferencia entre la vida comercial y la vida privada. En la vida comercial era prácticamente una obligación aprovechar sin miramientos cualquier oportunidad de ganar dinero, exactamente como no debía tirarse ningún trozo de pan porque era un don de Dios. En la vida privada, sin embargo, nadie tenía derecho a incordiar a nadie. Hasta aquí, sus opiniones eran de lo más correctas.

Por desgracia, él no siempre tenía la fuerza necesaria para vivir de acuerdo con esos principios. Entre sus ideas sobre los deberes de un caballero para con el sexo femenino y las de su hermana no existía la menor diferencia; al igual que ella, e incluso con las mismas palabras, Coax condenaba sus propias, y por desdicha constantes, flaquezas en este terreno. A menudo solía decir, pensativo: «No soy dueño de mí mismo». El caso es que ni su hermana ni él mismo podían, como quien dice, abandonarse un solo instante a sí mismos.

Y para colmo de males, sus deseos propendían, socialmente hablando, a perderse en el abismo. Las mujeres más depravadas eran las que más lo atraían. Aunque tampoco era capaz de resistirse a las criadas.

Lo mismo ocurría con sus trajes. Tenía un gusto espantoso. Su modo de vestir provocaba un malestar físico en su hermana. Pero para él era algo tan irrenunciable como su afición a las sirvientas.

Su hermana le regalaba corbatas de muy buen gusto en todas las ocasiones posibles. Y él se las ponía. Pero luego, como poseído por un demonio, al llegar al recibidor se guardaba otra en el bolsillo y en la escalera ya le colgaba del cuello, roja y desvergonzada.

En su caso eran síntomas patológicos. Y él mismo los atribuía a una dolencia intestinal. Eran ataques de una sensualidad incontrolable que provenían de su estreñimiento.

Su hermana lo ayudaba con todas sus fuerzas en esa trágica lucha contra sí mismo. Pero a veces, cuando cogía impulso, perdía a tal punto la cabeza que parecía sentir la ayuda de ella como una injerencia y la rechazaba violentamente.

Por eso, cuando anunciaron a una señorita Peachum, la hermana no pudo hacer mucho más que ponerse a arreglar algo en la habitación contigua y toser muy fuerte.

Precisamente aquella noche atravesaba Coax un mal momento. Sus pasiones no lo habían dejado tranquilo en todo el día. Y en semejante estado no le quedó más remedio que mostrarle al Melocotón su colección de fotografías, integrada por toda suerte de desnudos. Lo hizo pretextando que era una remesa que acababa de llegarle.

Apenas las miró, el Melocotón se puso roja como un tomate. Eran unas marranadas espantosas.

Entretanto Coax leyó la carta, en la que Peachum sólo le pedía una entrevista personal.

Sobre el vidrio que cubría el escritorio había un gran broche de oro que había pertenecido a la difunta madre de Coax. Había mucho oro en él, pero lo principal eran tres grandes piedras azul claro de escaso valor. En líneas generales, Coax parecía haber heredado su mal gusto de la madre.

Cuando acabó de leer la carta, o quizá cuando le pareció que la Peachum ya había visto suficientes fotos, cogió el broche y, mostrándoselo, le preguntó si le gustaba.

—Muchísimo —dijo ella con una voz algo apagada.

—Puede llevárselo —replicó Coax mirando uno de los rincones de la habitación.

Claro que ella no le respondió. Se había vuelto a sentar con toda calma y hasta le sonrió muy cortésmente, como si él hubiera hecho una broma. Coax tuvo que hacer grandes esfuerzos para contenerse. Ya estaba pensando acompañarla de vuelta a casa, cuando su hermana, para la que había demasiado silencio en la habitación de al lado, entró y se puso a conversar con Polly.

Coax se sintió un poco incómodo por las fotografías que estaban sobre la mesa, pero Polly les fue dando la vuelta con gesto distraído mientras hablaba.

La joven sabía tratar muy bien con caballeros, y ese pequeño detalle le causó una impresión excelente al señor Coax.

Poco después pudo Polly retirarse y comunicarle a su padre que Coax iría a verlo al día siguiente.

La joven no sentía absolutamente nada por el caballero. Sin embargo, no se olvidó del broche, que la había impresionado muchísimo. A la mañana siguiente, cuando le llevó el vaso de leche a George, el mutilado de la pata de palo, le contó que un señor ya maduro le había regalado un gran broche y que se lo enseñaría pronto. Y no dejó de pensar en él una y otra vez, sobre todo por la noche, antes de dormirse.

En efecto, Coax se presentó a la mañana siguiente. Se negó a abandonar la semipenumbra de la tienda de instrumentos para entrar en el despacho. Llevaba un abrigo color amarillo chillón y habló muy seriamente y en voz baja.

Admitió haber perdido los estribos al ver el barco de transporte «Bella Anna». Aquella carraca era de todo punto inaceptable, dijo. Cierto era que él mismo había mencionado a la empresa Brookley & Brookley, pero lo había hecho sin haber visto nunca sus embarcaciones. A su amigo, el secretario de Estado, no podría ni siquiera mostrarle aquellos ataúdes flotantes. Y lo peor era, en su opinión, que la primera cuota ya había sido pagada y el almirantazgo contaba con los barcos. La compañía —a la que él gracias a Dios ya no pertenecía, todo hay que decirlo— podía ser acusada de estafa, pues era público y notorio que se había efectuado una inspección y existía un dictamen negativo elaborado por un perito de nombre Bile.

Coax insinuó que la única salvación que se le ocurría era la compra inmediata de otros barcos que estuvieran realmente en buen estado. Él podría encargarse de hacer quitar los nombres «Bella Anna», «Joven Marinero» y «Optimista» y sustituirlos por otros. En cualquier caso, su amigo no podría haber comprado nunca aquellos barcos.

Peachum parecía aquel día menos caquéctico que el anterior. Pero sabía, claro está, que como adversario no podría estar jamás a la altura de aquel hombre. El terreno en que él mismo era grande, e incluso terrible, era otro. Y él lo había abandonado. Imbuido por la oleada de patriotismo que inundaba el país, se había lanzado a algo nuevo. Ahora era tan inofensivo como un cocodrilo en la plaza de Trafalgar. No obstante, la certeza actual de tener que vérselas exclusivamente con la vileza humana le había devuelto, cosa extraña, una especie de seguridad y esperanza. En cualquier caso, se encontraba de nuevo entre los hombres.

Observó tranquilamente y casi con frialdad al locuaz corredor de comercio. Luego se limitó a comentar que, hasta donde él sabía, no había otros barcos disponibles.

Que sí, repuso Coax lentamente. En Southampton, por ejemplo, había uno.

Peachum asintió. «¿Cuánto me costaría retirarme de este negocio?», preguntó en tono seco.

Coax se hizo el que no había entendido y Peachum no repitió su pregunta. Ahora sabía que aquello era un gran negocio del señor Coax.

Tras una breve pausa, en la que recorrió la tienda y contempló los instrumentos cubiertos de polvo, el señor Coax añadió que era absolutamente necesario continuar los trabajos de reparación en los muelles con renovada energía. La inspección durante la transferencia oficial sería sin duda muy superficial, por lo que convenía que la superficie quedase al menos medianamente aceptable.

Ya en la puerta, dijo como al azar que el miércoles de la semana siguiente tenía algo que hacer en Southampton.