La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 27 de 44

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La novela de cuatro cuartos

El señor Macheath no desea abandonar Londres

Contrató Peachum, pues, a un buen abogado que actuase como acusador privado en nombre de los huérfanos de la Swayer y entregase el material obtenido a la fiscalía. Peachum podía hacerlo, pues era procurador de los pobres.

El abogado, Walley, estuvo totalmente de acuerdo con Peachum en cuanto a la coartada del señor Macheath. Le dijo:

—Según lo que sabemos, también yo considero imposible que su señor yerno tenga algo que ver con la muerte de la Swayer. Debido a ello, es altamente improbable que tenga una coartada. Nos saldrá con excusas tales como que «estuvo en el restaurante» o «en el teatro», o que se niega a «comprometer a una dama». Esto último quizá sea lo más conveniente para usted, dadas las circunstancias. Una buena coartada ha de estar bien preparada, y eso sólo lo hace quien planea algún crimen. Es una parte, y una parte esencial, de la acción criminal misma. ¡Piense usted en la política! Cuando se organizan guerras, por ejemplo, siempre hay coartadas. ¡Y no hablemos de los golpes de Estado! El culpable es siempre el agredido. ¡El agresor tiene su coartada!

El material consistía en la nota manuscrita de Macheath, la declaración del ex soldado George Fewkoombey y la de dos mendigos callejeros que afirmaban haber visto a Macheath la noche del sábado, a eso de las nueve, paseando por la zona de los muelles de las Indias Occidentales en compañía de la Swayer.

 

El señor Macheath no desea abandonar Londres

Macheath no fue detenido hasta el jueves siguiente. En cuanto recibió el aviso de Brown, citó a su mujer en un hotel de la zona este de la ciudad. O’Hara pasó a buscarla y los tres cenaron juntos. O’Hara había investigado el asunto, del que se había enterado demasiado tarde. Fanny Crysler había mantenido un extraño silencio, aunque sin duda debió de tener noticias de la muerte de Mary.

O’Hara había ido personalmente a ver a Brown, quien también había descubierto demasiado tarde que aquel asunto concernía a Macheath. Las primeras investigaciones las llevó a cabo un tal Beecher, de Scotland Yard, un sabueso loco al que nada detenía cuando se lanzaba en pos de una pista. Beecher supuso primero que se trataba de un suicidio. Y las indagaciones efectuadas entre otros tenderos de los almacenes B, relacionadas con ciertos artículos de El Espejo sobre las maniobras más recientes de Macheath que habían provocado un descalabro en los almacenes, también habían revelado la existencia de motivos suficientes para justificar un suicidio. Pero tras la enérgica acusación presentada por Peachum a través del abogado Walley, Beecher presentó una carta inconclusa de la Swayer encontrada entre las ropas de la difunta. En ellas reconocía haber enviado en forma anónima unos recortes de periódicos relativos al «Cuchillo», y preguntaba al destinatario si no estaría dispuesto a portarse «un poco mejor» con ella. La carta tenía por encabezamiento las palabras: «Querido Mac».

O’Hara sabía además la hora exacta en que debió de morir Mary: hacia las nueve de la noche. Cuando lo dijo, Macheath lo miró fugazmente a los ojos. Las nueve era una hora muy incómoda. Precisamente a las nueve Mac había estado en la reunión de directorio de la SCC. Y bajo ningún concepto debía ventilarse en público lo tratado en esa reunión, ni tampoco la presencia de Mac en la sede de la SCC. De lo contrario, toda la acción coordinada de los últimos días se iría al agua. Bloomsbury era un tipo joven y bonachón, pero seguro que no llegaría a mentir ante el tribunal declarando que los señores habían pasado el rato jugando al bridge.

Era, pues, imprescindible que, al menos hasta que Brown lograra anular la investigación o se cerrase el negocio con el Commercial Bank, Mac desapareciera y se mantuviera oculto en el extranjero. O’Hara era partidario de que Macheath viajara a Suecia junto con Grooch y Fanny para organizar allí las «compras».

O’Hara quería un poder para atender los negocios, pero Macheath prefería dárselo a Polly. Discutieron un rato, y al final O’Hara se marchó.

Pálida, Polly había escuchado la discusión sin preguntar nada. Se dio cuenta de que todo no era sino una maniobra de su padre contra Macheath. En cuanto al caso Swayer, estaba convencida de que ésta se había lanzado al agua sólo por vengarse de Mac Pero lo que bajo ningún concepto estaba dispuesta a permitir era que Mac viajase a Suecia con Fanny Crysler.

Después de cenar volvieron a casa en silencio. Cuando ella, furiosa, habló del viaje con Fanny al tiempo que se desvestía, Mac se rió y le prometió dejar a la Crysler en Londres. Le aseguró que Fanny se entendía con Grooch. Pero Polly desconfiaba. A Mac le creía todo, excepto las cosas relacionadas con mujeres.

Macheath se despertó ya muy avanzada la noche porque la oyó sollozar. La joven se puso a hablar sin ton ni son, y al final, cuando él le prometió que no se enfadaría, le confesó que había tenido un sueño muy tonto hacía cosa de una semana. Soñó que se había acostado con O’Hara. Sollozando le preguntó si aquello era muy malo, mientras Mac se quedaba como un trozo de hielo a su lado.

—Ya ves —dijo ella—, ahora te has enfadado. No debí decirte nada, nunca hay que decir nada. No soy culpable de mis sueños. Y éste fue muy breve y no estoy nada segura de que el personaje fuera O’Hara. Tal vez no era él. Simplemente me lo pareció al despertarme; y me asusté. No quiero dormir con nadie sino contigo. Y además no soy culpable de mis sueños. En seguida pensé: ¿y ahora qué hago? Se lo contaré a Mac y todo acabará bien. Pero después pensé que no lo entenderías y quizá pensarías que me gusta O’Hara, lo cual no es cierto. No me gusta nada. ¡Dime que todo esto no tiene importancia, Mac! ¡Me siento tan infeliz por haber tenido ese sueño! Si no tuvieras que ausentarte ahora, no te habría dicho nada. Desde entonces no he vuelto a soñar nada tan estúpido. Y si he soñado, ha sido contigo.

Mac se quedó un rato tumbado, sin responder. Luego, haciendo caso omiso de los intentos de Polly por arrimársele, tieso como un huso, la interrogó con voz ronca y en frases breves. Que cómo había ocurrido todo aquello exactamente. Si había sido en la cama. Si ambos se habían encamado expresamente. Si él se había limitado a abrazarla o había sucedido otra cosa. Y si ella también había colaborado, si se había percatado al instante de que era O’Hara. Y por qué no lo había dejado cuando, ya al final, se dio cuenta de por dónde iban los tiros. Si había sentido placer. Y si no había sentido placer por qué no interrumpió todo en cuanto reconoció a O’Hara. Qué entendía ella por «ningún placer especial», y otras preguntas por el estilo. Hasta que Polly, cansada de tanto llorar, se quedó dormida.

Al final volvieron a hacer las paces, como es natural, y Macheath se alegró mucho cuando ella, de nuevo en un tono fogoso, le arrancó la promesa de que no viajaría con Fanny Crysler. Él la persuadió de que se friera a vivir a casa de sus padres, arguyendo que desde allí podría ayudarle mejor. Podría comunicarle lo que su padre planeaba hacer contra él. Y ambos se durmieron, consolados.

A la mañana siguiente se despidieron. Al salir, Macheath llevaba otra vez sus guantes de piel y en la mano su viejo bastón con estoque. Su tren no salía hasta muy entrada la noche, pero él tenía aún mucho que hacer. Los hombres de O’Hara estaban de un humor de perros, y había que buscar a Aaron o a uno de los Opper.

Pero primero fue a ver a Gawn, el hombre al que en su momento entregara aquel material comprometedor contra el corredor de comercio Coax, el socio de Peachum. Hasta entonces no habían publicado nada. Gawn no estaba en su casa. Le dijeron que había ido al Correspondent. Allí lo encontró rodeado de periodistas que intentaban sacarle pronósticos para las carreras de caballos. Cuando entró Macheath, se produjo un extraño silencio.

—¡Ah! —dijo uno de los jóvenes con una voz no exenta de amabilidad—. ¡Macheath! ¡Sin duda querrá protestar ante nosotros por su detención! ¿O quiere que lo detengan aquí? ¡Muy correcto de su parte!

Gawn, que estaba mascando media libra de chicle en medio de ellos, fue el primero en darse cuenta de que Mac no sabía nada y sacó un periódico del bolsillo de su americana.

Ya estaban buscando a Macheath. Su hito y su nombre aparecían en las ediciones matutinas. Beecher había concedido una entrevista en la que hablaba de la carta inconclusa de la asesinada.

Gawn cogió a Macheath por el brazo y se lo llevó a un bar.

El material contra Coax, le explicó, era en realidad un material contra Hale, el del Almirantazgo, pues se trataba de su mujer. La campaña se desataría de allí a pocos días.

No le dijo que había utilizado sólo para una jugosa extorsión el material que le confiaron. Aquello le había costado un montón de dinero al señor Peachum. Y la dote de Polly no se vio precisamente incrementada.

Macheath volvió a explicarle que no necesitaba un escándalo público, sino una adecuada intimidación de todo el grupo que rodeaba al señor Coax. Gawn le prometió hacer cuanto estuviera a su alcance y sólo le pidió una entrevista.

Y ambos prepararon una.

Apareció en la edición vespertina. El mayorista Macheath se mostraba muy sorprendido por las acusaciones de la policía.

—Yo soy un comerciante —decía—, no un delincuente. Y tengo algunos enemigos. El éxito y el auge incomparables de mis almacenes B los ha animado a entrar en liza. Pero no suelo atacarlos cuchillo en mano. Intento derrotarlos trabajando infatigablemente al servicio de mis clientes. Dentro de unos días todas las inculpaciones que se me hacen recaerán sobre quienes las difunden. Espero que ninguno de mis amigos que comercian al por menor, y cuyo bienestar me es tan preciado, tenga dudas sobre mi persona. Yo mismo conocía muy poco a la tal Swayér. Hasta donde sé, dirigía uno de los pequeños almacenes B en la zona de Mulberry Street. Con ella no tenía yo más relación que la que tengo con varias docenas de tenderos. Parece ser que se quitó la vida, cosa que yo lamento como lo haría cualquier comerciante honesto. Ahora mismo hay motivos de sobra para sentirse deprimido, y nadie sabe esto mejor que los comerciantes. Las condiciones de vida de la señora Swayer parecen haber sido particularmente penosas.

Después de esta entrevista, Macheath se dirigió al Commercial Bank.

Allí se encontró con Henry Opper.

Los diarios matutinos ya habían publicado su nombre en grandes titulares y Opper parecía muy desconcertado.

Escuchó a Macheath en silencio y luego dijo:

—¡No debe usted ir a la cárcel por ningún motivo! Culpable o inocente: ¡nunca hay que haber estado en la cárcel! ¡Váyase al extranjero! Desde allí podrá seguir dirigiendo sus negocios. En la SCC tiene usted amigos, y nosotros seguiremos velando por la buena marcha de todo, si así lo desea. ¡Pero márchese ahora mismo! Aaron también acaba de pasar. Estaba fuera de sí.

Macheath se fue muy pensativo. El afán de Opper por mandarlo al extranjero le daba mala espina. Pasó por la Blacksmith Square, donde entró en una barbería sórdida. En aquel recinto de techo bajo y olor a humó congelado reinaba una gran agitación. Por él circulaba la mitad del hampa londinense. En ningún otro lugar podía uno oír más novedades que allí.

Los sillones de afeitar estaban todos ocupados. Macheath se sentó en un banco, entre los que esperaban tumo. Frente a ellos, en el suelo, había una gran vasija de latón en la que podían escupir sus colillas o trozos de chicle.

Mac no vio ninguna cara conocida.

Un hombrecillo arrugado hablaba a voz en cuello de las vejaciones que infligían los aduaneros en un puerto danés.

—No quieren que entre nada barato —se quejaba—. La gente modesta no tiene por qué comprarse brillantes. ¡Una auténtica infamia! El hombre ha de tener carbón y patatas, pero si se le ponen tantas trabas con los brillantes, al final acaba diciendo: «Pues nada, ¡que se vayan todos al diablo!».

Macheath se fijó en ese hombre: le cayó bien.

El peluquero, un coloso deforme con una cabeza diminuta pero coronada por una muestra de peluquería artística, lanzó a Macheath una mirada breve y astuta cuando éste se sentó. Había convenido con Mac en que, cada vez que apareciese en la barbería, haría derivar la conversación hacia su persona. Y lo hizo. Todo el local empezó a hablar del asesinato de la Swayer.

La opinión general era que el mayorista no podía estar relacionado con la muerte de Mary Swayer.

—¡Un hombre como él no hace esas cosas! —dijo un contrabandista con aires de suficiencia—. Anda ocupado en otros menesteres. ¡No os podéis imaginar la de asuntos que un hombre así tiene que arreglar en un día de trabajo! Dicen que ella lo amenazaba. ¿Cómo hubiera podido hacerlo? Lo que una mujer como ella pueda decir sólo provocaría su detención inmediata por delito de lesa majestad y estupidez intolerable.

—¡Y al parecer no tiene coartada! Seguro que ha ofrecido una recompensa de diez libras a todo el que afirme no haberlo visto a la hora crítica. ¡No! Lo que quiere es pasarse una temporada observando con sus prismáticos quiénes se reirán cuando lo detengan. ¡Así es!

No se dijo más.

Macheath no esperó a que le llegara su tumo. Con su grueso bastón bajo el brazo recorrió a pie dos o tres callejas hasta llegar ante una casa ruinosa, de un solo piso, en la que habían instalado una carbonería. En un pizarrón negro el carbonero había anotado los precios con tiza.

Macheath leyó que la antracita valía 23 y siguió caminando. Entró en una casa que tenía el número 23 tras golpear la puerta con su bastón. La antracita valía unas veces 23 y otras 27 y hasta 29, según el lugar en que la banda tuviera su cuartel general. Los verdaderos precios del carbón, le dijo una vez Macheath a O’Hara, también dependían de una larga serie de circunstancias que nada tenían que ver con el carbón. Además, aquel carbonero tampoco vendía antracita.

Los pasos de Macheath resonaron en dos patios formados por barracones que servían de depósitos. Al llegar a un tercero, Mac entró en una oficina iluminada de la planta baja.

Grooch y Father estaban sentados sobre unas mesas de caoba con sendas botellas de cerveza al lado, mientras Grooch le dictaba cartas a una jovencita elegantemente vestida. En las habitaciones contiguas había gente embalando cajas.

Grooch se puso en pie cuando entró el jefe. Father permaneció sentado.

—¡Qué bueno que de vez en cuando pase por aquí a echar una ojeada, jefe! —dijo Father malhumorado—. Lo que nos falta son ánimos. Sólo hay espíritu de oposición y rebeldía.

Sin decir nada, Macheath cogió de una estantería de madera sin pulir pegada a la pared un grueso infolio y se sentó con él sobre uno de los brazos de un sillón estilo Imperio que había visto días mejores y compañía más, refinada. La SCC tenía sus despachos oficiales en la city. Aquí quedaban sus depósitos. Entre ambas dependencias no había comunicación de ningún tipo, salvo a través de grandes rodeos.

Macheath se negaba a hablar mientras Father siguiera sentado encima de la mesa, de modo que Grooch inició su informe.

La inactividad tenía efectos funestos. Los barracones aún estaban parcialmente llenos de mercancías. O’Hara había dado a su gente libertad para trabajar por su cuenta hasta que pudieran volver a utilizar nuevas remesas, pero no les había proporcionado las herramientas, que eran propiedad de la Sociedad. Sin embargo, los técnicos de O’Hara ya no querían ni podían trabajar con las herramientas viejas y primitivas. Hasta para asaltar tiendas se necesitaban, como mínimo, camiones. Y sobre todo planes muy precisos para el trabajo en equipo. La gente no sabía, pues, muy bien qué hacer. Oscilaban entre la abulia y la agresividad.

Macheath se echó a reír.

—Ya sabía yo que una existencia de funcionario con ingresos seguros no era lo más adecuado para ellos. No en vano querían hacerse a la mar y ser libres e independientes —dijo en tono displicente—. Siempre están alborotando y nunca se sorprenden cuando acaban imponiendo lo que quieren. Cuando yo impongo mis exigencias, me temo siempre lo peor.

—Ya se las apañarían si tuvieran las herramientas —dijo Father en tono brusco.

—Si las tuvieran… —replicó Macheath aburrido.

Father volvió a la carga:

—Quite quiere comprarnos el nuevo taladro. Dice que ha reunido el dinero y que, aparte de él, nadie sabe manejarlo.

—Yo no vendo mis herramientas —dijo Macheath fastidiado—; y, dicho sea de paso, los tableros de mis mesas no son para sentarse.

Cogió el plano de los depósitos, cuidadosamente desplegado sobre una caja de cartón, y le hizo una seña a la joven para que se fuera.

—¿Por qué siguen estando llenos los depósitos? Se había decidido vaciarlos todos, salvo los del 23.

Grooch miró a Father, que se había levantado refunfuñando.

—O’Hara no nos ha comentado nada —dijo sin apartar la mirada de Father.

Macheath no dejó traslucir su sorpresa. Se puso a hojear uno de los catálogos para ganar tiempo.

Luego prosiguió en tono sereno:

—Hay que vaciar los barracones del 29. Es posible que un día de éstos O’Hara tenga que hacer ver que los depósitos están vacíos.

—¿Y adonde llevamos las cosas? Hay tabaco y hojas de afeitar, principalmente. Pero aún deben seguir almacenadas, todo es demasiado fresco. Entre ellas está lo de Birmingham. Los periódicos aún siguen escribiendo artículos kilométricos sobre el tema. Y hay también cuero y lana, cosas que bien pueden necesitar los almacenes B.

—Todo eso debe desaparecer. Que no se venda un solo artículo. Lo mejor es que les prendáis fuego. Los depósitos están asegurados.

Grooch se asustó de verdad.

—Pero ¿no podrían utilizarlo los mismos muchachos? Les sabrá muy mal tener que destruir algo que, después de todo, ellos mismos han reunido.

Macheath empezaba a aburrirse.

—Pienso que ya se les pagó por eso. Y por destruirlo todo también les pagaré horas extras. No quiero que esa mercadería empiece a circular. Además, que compren su tabaco en los almacenes B, por ejemplo. Y otra cosa; los papeles que se necesiten los firmará mi mujer y no O’Hara. ¿Algo más?

Se levantó y se puso los guantes, pero Grooch lo detuvo.

—Honneymaker no nos deja en paz un segundo. Está dispuesto a aceptar cualquier trabajo. Se ve que lo de la cerradura de seguridad le salió mal.

—¿No era segura? ¿O quizá demasiado segura?

—No, todo fue bien. Pero la fábrica lo estafó con la patente.

Macheath volvió a reírse. Honneymaker había sido una figura relevante dentro del ramo, un efractor de primera. Cuando empezó a declinar físicamente —por entonces la gente no hacía deporte—, se dedicó a inventar cosas e inventó una cerradura de seguridad. Para ello puso en práctica todas sus experiencias, producto de una vida activísima y rica en estudios e iniciativas. Y ahora, en la conocida fábrica de cerraduras a la que había ofrecido su invento, se había encontrado con alguien mejor que él.

—Se le podría confiar algún almacén lo —dijo Macheath y salió sonriendo con soma.

Pero no estaba de buen humor.

Sus decisiones no se llevaron a la práctica. En cualquier momento podía ocurrírsele a Aaron la idea de visitar los depósitos. Y Fanny, convencida de que los habían vaciado tal como acordaran, no vería ninguna razón para no mostrárselos. Y resulta que estaban llenos hasta los topes.

Una vez solo en la calle, Macheath dudó un momento entre ir en seguida a casa de Fanny Crysler o donde la señora Lexer en Turnbridge. Era su jueves.

Y recordó que aún podría encontrarse con Fanny en la estación, donde ella estaría esperándolo, y que en Turnbridge probablemente encontraría a Brown, quien, al igual que él, iba allí todos los jueves. Solían jugar una partida de damas juntos.

Las relaciones de Macheath con las damitas en casa de la señora Lexer en Turnbridge exigían, según creía él mismo, algún tipo de excusa, aunque en realidad bastaba con el carácter tan especial de sus negocios. Allí se enteraba mejor que en cualquier otro sitio de todo lo relacionado con la vida privada de la banda. A veces había aprovechado esas relaciones de carácter puramente comercial para permitirse ciertas diversiones a las que, dentro de unos límites razonables, se hallaba autorizado por su condición de soltero. Refiriéndose a este aspecto íntimo, solía decir, sin embargo, que apreciaba las visitas regulares y de una puntualidad escrupulosa que hacía siempre al mismo café de Turnbridge sobre todo porque eran hábitos, y cultivar y fomentar esos hábitos era prácticamente el objetivo principal de toda vida burguesa. Tras unas cuantas turbulencias juveniles, Macheath prefería cubrir sus verdaderas necesidades sexuales allí donde podía combinarlas con ciertas ventajas de tipo doméstico o comercial, vale decir con mujeres que tuvieran una posición económica más bien holgada o mantuvieran alguna relación de negocios con él, como Fanny.

Sabía perfectamente que su matrimonio lo había perjudicado en los medios donde efectuaba sus compras. Seguro que la muerte de Mary Swayer no les había hecho ninguna gracia a ciertas personas. Ahora estaban todas juntas y decían: Mac está engordando. A lo mejor cree que ya llegó arriba.

No había casi nadie que pudiera jurar de verdad que siempre se había llamado Macheath, pero tampoco nadie capaz de probarle que había ido bajo tal o cual nombre a tal o cual escuela, o que había sido estibador, oficinista o pensionista en tal o cual lugar. De todas formas, cualquier día podía difundirse el rumor de que era un pequeño burgués común y corriente, y en ese caso hubiera sido necesario un baño de sangre de grandes proporciones, costoso y peligrosísimo, para restablecer esa penumbra en la que se puede engordar tranquilamente. Y lo cierto es que ya estaba algo rechoncho y sólo servía para hacer trabajos de tipo intelectual.

Se fue, pues, a Turnbridge, a ver si se enteraba de algo y se encontraba con Brown.

No entró en las habitaciones de la planta baja, sino que subió a la cocina por una escalera destartalada. Allí había unas cuantas muchachas tomando café y una vieja gorda en pantalones que planchaba ropa interior. Junto a la ventana vio gente jugando a tres en raya. Una chica delgada y de nariz aguileña estaba zurciendo un cerro de medias. Todas iban ligeras de ropa y sólo una llevaba puesta una bata floreada.

Cuando entró Macheath se oyó un ¡hola! general. Las mujeres habían leído los periódicos, y la entrevista con Gawn también estaba sobre la tabla de planchar. El hecho de que, pese a ello, Macheath se presentará allí como cada jueves, las dejó a todas impresionadas.

Brown aún no había llegado.

Le sirvieron su café a Macheath, que, sin quitarse los guantes, cogió displicentemente el periódico.

—Esta noche salgo de viaje —dijo sin dejar de leer—. Y me puse a pensar: ¡qué lástima que hoy sea precisamente jueves! ¡Es terrible eso de ser un hombre de costumbres! Pero no estoy dispuesto a renunciar a mis hábitos más inveterados por culpa de los polis aquellos. De no ser así, ya me hubiera ido este mediodía. Por cierto, ¿qué es de Brown?

Sonó un timbre en una de las habitaciones. La mujer gorda dejó la plancha en un soporte de hierro fundido, se puso una bata de algodón y salió a atender a un cliente. A los cinco minutos volvió, probó la plancha con el dedo a ver si aún estaba caliente y continuó planchando.

—Lo de la Swayer no lo habrás hecho tú —dijo en un tono que a él le pareció despectivo.

—¡Hmm! —respondió Mac mirándola atentamente.

—Pensábamos que ya te habías vuelto demasiado fino para esas cosas.

—¿Quién lo ha pensado? —preguntó Macheath interesado.

La gorda lo tranquilizó:

—Tranquilo, Mac. Son puros cotilleos.

Mac tenía un oído muy fino. Había moros en la costa. Una especie de repugnancia se apoderó de él súbitamente.

Y allí, sentado en aquella sórdida cocina, mientras miraba planchar a esa mujer gorda, se puso a pensar sobre su situación como no había podido hacerlo hacía tiempo.

El suelo sobre el que se había apoyado y había luchado siempre empezaba a ceder bajo sus pies. Esa gentuza encargada de hacerle las compras no quería someterse, a la larga, a una dirección espiritual. Y recordó una cantidad de detalles mínimos en los que apenas había reparado unas semanas antes. Ciertas órdenes estrictas y bien calculadas que no se habían cumplido con total exactitud, por ejemplo. Y algo más: los dirigentes de la organización le habían ocultado luego aquellas negligencias. Sobre todo desde que se frenaron las «compras» le había oído hablar a Grooch, por ejemplo, del «descontento» imperante entre los chicos de la banda. Aquella chusma era incapaz de aguantar operaciones de gran envergadura.

¡Y ahora venía a enterarse de que O’Hara ignoraba simple y llanamente órdenes de vital importancia!

Hacía tiempo que la actitud de O’Hara no era la misma de antes. Un buen día quiso tener el poder. Cuando se lo dieron a Polly, él no protestó mayormente. ¿Por qué?

Una cálida oleada de recelo se apoderó de Macheath de un momento a otro.

«Polly», pensó. «¿Qué había realmente entre Polly y O’Hara? Ahora ella tenía el poder. ¿Qué haría con él?». Y de pronto cayó en la cuenta de por qué aquel incidente al regresar del picnic a orillas del Támesis lo había torturado tanto desde un principio.

«Una mujer que tolere algo así, y con alguien a quien conoce tan superficialmente», se dijo en tono amargado, «no ofrece ninguna garantía de convertirse en la auténtica compañera de un hombre. Es demasiado sensual Y esto no es sólo un asunto de índole erótica, sino ante todo comercial según se ha demostrado. ¿Qué hará con un poder firmado por su esposo entre las manos si no está segura ni de sus propias piernas? ¡Y es precisamente allí donde la fidelidad de la mujer adquiere su sentido más profundo!».

¡Qué rápidamente se mostraron los dos de acuerdo con su partida! Ni siquiera se oyó un «cuánto-te-voy-a-echar-de-menos». Era gente demasiado sensata para ello. ¡Mil gracias por ese tipo de sensatez!

Cargado de amargura, Macheath se levantó y se dirigió cansinamente hacia las oficinas. Eran unas habitaciones bastante espaciosas con austeros muebles de escritorio, mesas pequeñas con carpetas y sofás corrientes. También había habitaciones sin sofás, donde se utilizaban mesas con papel secante verde. Uno de los atractivos de la casa era que se podía despachar en ella la correspondencia. Las chicas eran todas muy buenas taquígrafas.

La casa era frecuentada sobre todo por hombres de negocios.

A Macheath le hubiera gustado dictar algunas cartas, pero sólo Jenny estaba familiarizada con su correspondencia y conocía sus costumbres. En caso de necesidad, era capaz de redactar una carta valiéndose de unas pocas notas.

Pero Jenny no estaba. Se había ido a la costa con Bloomsbury. Al parecer, nadie le tomaba a mal su carrera ascendente.

De pie, Macheath abrió una ventanilla oculta tras el empapelado de la pared y escuchó un dictado en la habitación vecina.

«… y no podemos, pues, comprender su punto de vista. O bien entrega usted el Santos a 85 1/5 fob Amberes, o bien rebaja aquel precio exorbitante, subrayado exorbitante, y la aduana ya correría por cuenta nuestra».

Macheath volvió malhumorado a la cocina, donde se sentó con desgana.

Aún seguía esperando a Brown. De la entrevista con él dependería que se fuera o no de Londres. Todo estaba preparado para su fuga. Grooch lo esperaría en la estación, probablemente con Fanny. Pero pasó media hora, empezó a oscurecer y tuvieron que encender la luz de gas. El negocio se fue animando lentamente, y Brown no aparecía. Nadie se preocupaba ya de Macheath, que se quedó en el salón, sombrío y adormilado.

No podía viajar en esas circunstancias.

Terna que hacerse nuevamente con la SCC y disolverla. ¡Qué vida aquella que no le permitía a uno largarse tranquilamente cuando la policía le pisaba los talones!

Además, rodeado como estaba de granujas y gente nada fiable, siempre podría manejar mejor las grandes transacciones comerciales con el Commercial Bank desde la cárcel que estando en el extranjero.

Lo invadió una verdadera sed de solvencia. Tratándose de negocios importantes, resultaba imprescindible cierta dosis de honradez y de fidelidad a lo pactado, de confianza humana, sencillamente. ¿Sería acaso la honradez algo tan apreciado si se pudiera prescindir de ella? Al fin y al cabo, la burguesía entera se fundaba en ella. Había que exprimir al máximo a los propios empleados y hacer luego negocios con honradez y decencia. Pero si no se podía confiar ni en el propio socio, ¿cómo podía uno concentrarse en el negocio?

A eso de las siete llegó finalmente Brown.

Aquella casa había sido siempre el mejor lugar para encontrarse. Nadie seguiría a Brown hasta allí. Se hubiera considerado una grosería seguirle la pista a un funcionario de Scotland Yard en semejante establecimiento. ¡La vida privada debía quedar fuera del juego!

Brown lo abrumó en seguida con reproches.

—¡Cómo es que todavía estás aquí! —chilló recorriendo la habitación de un extremo a otro como un tigre enjaulado—. ¡Te he mandado decir que tu asunto va muy mal! La investigación la está llevando Beecher, y es el funcionario menos fiable que tengo. En cuanto husmea una pista, se le olvida cualquier disciplina y no hay forma de pararlo. Arrestaría hasta a su compañero de juegos. Esta tarde se practicó la autopsia judicial. Tras las declaraciones de Beecher, se dictaminó un homicidio. La sospecha principal recae sobre ti. Lo peor de todo es esa carta en que la Swayer te amenaza directamente con hacer declaraciones sobre el «Cuchillo». ¿Qué sabía ella realmente?

—Nada —repuso Macheath sentado en un sofá con el periódico vespertino en la mano—. Tenía sospechas.

—¿Y el Fewkoombey aquel?

—Es el mayordomo de mi suegro, un soldado licenciado. Parece que últimamente andaba detrás de la Swayer.

Brown anotó algo en el puño de su camisa.

—O’Hara dijo que teníais una coartada, pero que no podíais utilizarla.

—Así es. Las actas de una reunión del consejo administrativo que no debió celebrarse.

—Lo único bueno es que los estibadores que se encontraron con la Swayer dicen que no iba acompañada. Aunque la nota en que le dabas una cita aquella noche es terrible y figura en las actas.

Brown empezó a chillar nuevamente que Macheath debería irse en seguida.

Mac le lanzó una mirada cargada de reproches.

—Esperaba otra cosa de ti —dijo en tono sentimental—; esperaba que cuando yo, acosado y traicionado por todos, me dirigiera a ti lleno de confianza, Freddy, tú reaccionarías de otro modo. Dada nuestra relación de amistad supuse que me dirías: ¡Tranquilo, Mac, que aquí encontrarás un refugio! ¡Instálate aquí! Ya que has perdido el honor, al menos debe quedarte una oportunidad de salvar tu fortuna.

—¿A qué te refieres? —preguntó Brown exaltado.

Macheath lo miró con aire sombrío.

—No puedo seguir dirigiendo mis negocios desde el extranjero. ¿No te das cuenta? Opper me dice que mi reputación se iría al agua si acabo en la cárcel; pero también he oído decir que me robarán todo si abandono el país. Debo permanecer en mi puesto. Tendré que ir a la cárcel y reanudar mi trabajo. ¡Moriré al pie del cañón, Freddy!

—Ni hablar —dijo Brown, aunque parecía algo indeciso.

—Recuerda —le dijo Macheath con voz asordinada— que una multitud de gente humilde me ha confiado su destino. Y tú eres uno de ellos. Tu dinero también se evaporará si yo me voy a Londres. Cierto es que tú podrías soportarlo, pero hay otros que sucumbirían.

Brown volvió a rezongar.

—La culpa es de mi suegro —se quejó Macheath—, que no me puede ver. Nunca he tomado muy en serio sus hostilidades. Era como una muela que empieza a latir y uno la ignora, pensando que quizá se arreglará sola. Te niegas a pensar en ella. Y un buen día amaneces con la mejilla hinchada como masa de hornear.

Se pasaron una larga hora charlando, y Brown le contó, muy preocupado, lo que sabía del señor Peachum, el causante de todo el mal.

El señor J. J. Peachum no era ningún santo, y la policía lo conocía muy bien. Su tienda de instrumentos había sido muchas veces el tema central de serias conversaciones en la jefatura. La primera vez hacía unos doce años largos. Ya entonces quisieron cerrarle el negocio, mas no lo consiguieron. Brown le contó la historia a Mac:

—Sabíamos perfectamente cómo funcionaba su tienda de instrumentos, y él sabía que pensábamos asestarle un buen golpe. Y un buen día se presentó en la jefatura y nos lanzó un discurso insidioso y desvergonzado sobre el derecho de los pobres a apestar y otras cosas por el estilo. Claro está que lo echamos fuera y continuamos con la acción proyectada. Pero pronto advertimos que no se chupaba el dedo. En esos días se iba a desvelar justamente en Whitechapel, en la zona más miserable del barrio, un monumento a cierto filántropo que había perpetrado toda suerte de estupideces contra el abuso del alcohol; creo que repartía limonada con ayuda de unas jovencitas que también habían sido rescatadas de algún modo. A la inauguración del monumento, una mole enorme y blanca, debía asistir la reina. Arreglamos un poco el lugar, pues tal como estaba era una incitación permanente al consumo de alcohol por parte de los moradores y no se hallaba en condiciones de acoger a una reina. Varios hectolitros de pintura blanca obraron maravillas. Transformamos aquel lugar vergonzoso en una especie de alameda. De unos vertederos de basura hicimos parques infantiles, varias casas de alquiler ruinosas adquirieron un aspecto amable, y los lugares más horribles quedaron cubiertos con guirnaldas. Desde agujeros que cobijaban entre doce y quince personas empezaron a colgar banderas de ocho metros de largo. Aún recuerdo cómo los inquilinos se quejaban de que las astas les quitaban demasiado espacio. ¡Esa gente ya no sentía vergüenza ni de los tugurios donde vivían hacinados! Desalojamos a las inquilinas de una casa de citas y pusimos un letrero en el que se leía: «HOGAR PARA JÓVENES PERDIDAS», cosa que también era. En fin, hicimos todo lo posible por crear un ambiente agradable, humanamente digno y tranquilizador. Pero durante la visita previa que hizo el primer ministro se produjo el estallido. Entre los ramos de flores de las casas recién enjalbegadas fueron surgiendo las conocidas y repugnantes caras de los mendigos profesionales del señor Peachum. Eran cientos y cientos. Y cuando el ministro pasó por debajo, empezaron a cantar el himno nacional. Nosotros ya ni intentamos disfrazar a los niños del barrio. Cualquier intento por disimular su flacura estaba condenado al fracaso: no hay terciopelo que oculte la delgadez de esos miembros raquíticos. ¿Y de qué hubiera servido utilizar a los hijos de los policías si de pronto aparecía un niño auténtico en medio de los importados, y cuando el gordo y sonrosado ministro le preguntase su edad, él, en vez de responderle cinco años, que era lo que por su talla aparentaba, le diría dieciséis? Al lado mismo del monumento había adolescentes desde cuyos ojos hundidos sonreían sardónicamante todos los vicios del mundo. Salían del burdel en pequeños grupos, llevando globos y caramelos. Pues nada, la inspección terminó en una estridente disonancia y le dimos su concesión al señor Peachum. Preferíamos no tener nada que ver con él. ¡Y ese hombre es tu suegro! ¡No deja de ser inquietante, Mac!

Brown estaba sinceramente preocupado. Se había preparado para una difícil lucha. Tenía innumerables defectos, pero era un buen compañero. Él y Mac habían hecho el servicio militar juntos en la India. Macheath podía contar con su lealtad.

«La lealtad», solía decir el inspector general y viejo soldado en sus círculos más íntimos, «la lealtad sólo se encuentra entre soldados. ¿A qué se deberá? La respuesta es muy simple: a que el soldado depende de la lealtad. De una persona leal se dice que con ella puede uno robar caballos. Y así es. Un soldado debe poder robar caballos con sus compañeros. Donde no se roban caballos, no hay lealtad. ¿Está claro? Cuando hay que avanzar con la bayoneta calada, muchas veces sin una causa bien justificada, cuando uno tiene que golpear, clavar y estrangular a diestra y siniestra, debe saber que está rodeado de auténticos compañeros, de bayonetas que golpean, clavan y estrangulan por uno. Sólo en situaciones así pueden desarrollarse virtudes tan excelsas. Al soldado la lealtad le viene dada por la misma profesión. No sólo es leal a un determinado amigo, sino que no puede elegir su batallón. Por eso debe ser leal sin más ni más. Y eso es algo que los civiles no entienden. No entienden, por ejemplo, cómo un general puede ser leal a su rey y luego a la república, como es el caso del mariscal Mac Mahon. Mac Mahon será siempre leal. Si cayera la república, volvería a ser leal al rey. Y así hasta la eternidad. Solamente esto puede llamarse lealtad».

Cuando Macheath se retiró, Brown ya estaba bastante reconciliado con la decisión de su amigo de irse a la cárcel. Algo aliviado, se apresuró a dictar una carta para el director del centro penitenciario.

Habían acordado que Macheath se presentaría en la Jefatura. Pero al subir al ómnibus, ciertas ideas relacionadas con Polly que venían acosándolo secretamente hacía ya varias horas, lo hicieron cambiar de parecer y dirigirse a Nunhead.

Ahí llegó a las ocho. Vio, asombrado, que en la habitación de Polly había luz. Hacía rato que la joven hubiera debido estar en casa de sus padres.

Frente al jardincillo se paseaban un par de inspectores de policía.

De pronto se iluminó una segunda ventana. Polly debía de estar buscando algo en la cocina. Quizá quería pasar la noche ahí.

Macheath avanzó con paso decidido hacia la puerta de entrada. Fue detenido en la puerta del jardín. Agachó la cabeza cuando sintió que alguien le ponía una mano en el hombro. Los policías estuvieron de acuerdo en que hablase con su mujer.

En efecto, Polly estaba junto a la cocina. En seguida comprendió quiénes eran los hombres que acompañaban a Mac, pero se sorprendió de que éste se hubiera quedado en Londres.

—¿Aún no has vuelto a tu casa? —le preguntó él, enfadado, desde la puerta de la cocina.

—No —repuso ella tranquilamente—, he estado donde Fanny Crysler.

—¿Y qué? —preguntó Mac.

—Se va a Suecia —dijo Polly.

—Pues yo no —replicó él con aire sombrío—. Hazme un paquete con ropa interior.

Se iba muy preocupado a la cárcel, y preocupado por Polly.

A la mañana siguiente lo visitó Walley por encargo del señor Peachum. Le habló de divorcio y dejó entrever que en ese caso podría haber para él material de descargo.

—¿Qué necesidad tiene usted de este proceso? —preguntó el abogado—. Sus negocios están florecientes. Divórciese y no habrá proceso. El material decisivo está en nuestras manos. El señor Peachum quiere recuperar a su hija, eso es todo.

Macheath lo rechazó bruscamente. Insistió en que su matrimonio era un matrimonio por amor.