La novela de cuatro cuartos
La batalla en los muelles de las Indias Occidentales
El abogado alzó unos momentos la mirada, fijándola en la araña de cristal que colgaba del techo.
—Ya oigo su objeción —prosiguió en voz baja— de que la Swayer era una persona muy pobre, francamente indigente, que apenas llevaba unos cuantos peniques consigo. Ya le he explicado que yo creo en la posibilidad de una escena, de un intento, que fue demasiado lejos, por ejercer presiones sobre el comportamiento de la desdichada Mary. ¡Pero también puede haberse tratado sólo de esos pocos peniques! ¡También esto es posible! ¿Cómo? ¿Una vida humana por cuatro peniques? ¿Será posible? ¡Señorías! (Arrebatado por su propia locuacidad, el abogado se olvidó de que estaba en su casa). Una simple mirada sobre nuestra ciudad nos revela cosas terribles e increíbles: ¡sí, es posible! ¿Qué son para ustedes, caballeros, unos cuantos peniques? ¿Qué son para ustedes unas cuantas libras? ¿De qué debería tratarse para que ustedes…?, no quiero desarrollar la idea. ¿Saben lo que es una noche bajo los puentes? ¡Ahórrenme la descripción!
De pie, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla, el abogado estaba a dos pasos de Peachum. Inclinó la mirada hacia él y concluyó tranquilamente su discurso con aire un poco ausente, como si estuviera memorizando en la región occipital los puntos básicos de su extraordinaria improvisación para la defensa oral:
—Resumiendo: lo que hubiera podido llevar a Mary Swayer al suicidio, su miserable situación material, incitó al soldado Fewkoombey, aún más pobre que ella, a matarla. Pues cuando tengo que buscar al autor de un delito, siempre me pregunto: «¿Quién tenía necesidad de este delito? Aquel que lo necesitaba, señorías ilustrísimas, es quien lo ha cometido».
Y la primera autoridad en el ámbito de la miseria lo escuchaba dándole su aprobación.
La batalla en los muelles
de las Indias Occidentales
Impávido lucha el barco entre las olas
de la noche tempestuosa.
¡Qué tétrica aquella campana!
Negros arrecifes oculta el oleaje,
y todos ellos con el mar
por su patria dispuestos van a luchar.
¡La muerte está cerca! ¡La muerte está cerca!
Y todos a bordo sin miedo la aguardan.
Más fuerte comienza a tañer la campana,
la nave hace aguas, ya todo se acaba.
¡Estad preparados! ¡Estad preparados!
¡Ahora zarpamos a la eternidad!
¡Que Dios nos proteja!
La paz en el fondo del mar nos espera.
¡Que Dios nos proteja!
Fortuna marinera
Sólo tres días después de su asesinato fue encontrado Coax por su hermana en un depósito de cadáveres de Poplar.
La prensa comentó la muerte del corredor de comercio William Coax en relación con la huelga de los obreros portuarios, que cada vez preocupaba más a la opinión pública.
«No puede caber la menor duda», escribían los periódicos, «de que William Coax ha caído por su patria. Todas las investigaciones policiales dan por seguro que en este caso los obreros huelguistas han llegado hasta el crimen. En colaboración con el gobierno, Coax había conseguido barcos para el transporte de tropas a Ciudad del Cabo. Si al gobierno le falta voluntad o capacidad para proteger a quienes trabajan con él por el bien del país, pronto no habrá un solo hombre de negocios que esté dispuesto a hacerlo. Resulta trágico que este hombre de gran mérito perdiera la vida en circunstancias directamente relacionadas con una noble manifestación de soldados inválidos. Precisamente aquel martes se manifestaron en los muelles varios cientos de ex combatientes mutilados contra la irresponsable huelga de los trabajadores portuarios, por culpa de los cuales podrían sucumbir los soldados ingleses que, asediados en Mafeking esperan refuerzos. Como se sabe, el motivo de la huelga son unos cuantos peniques. Ninguno de los obreros huelguistas podría comprarse otro par de botas con unos cuantos peniques más por semana. La crítica situación que atraviesa el país es, pues, vanamente utilizada aquí para extorsiones que no benefician ni a los mismos extorsionistas. Los mejores cerebros de nuestra industria trabajan día y noche para reducir al mínimo el coste de vida. Hace pocos días, un sensacional proceso nos dio la oportunidad de observar cuán incansablemente se esfuerzan nuestros hombres de negocios por abaratar, incluso a costa de grandes sacrificios, los artículos de primera necesidad Poniendo en juego todas sus fuerzas, la cadena de establecimientos Chreston, el consorcio Aaron y docenas de pequeñas tiendas y talleres independientes, reunidos bajo el conocido sistema de los almacenes B, han rebajado los precios de sus artículos. ¿Cómo sería esto posible si una parte de la población insistiera en sus reclamaciones? Nadie impugnará que los obreros tienen los mismos derechos que cualquier otro estamento a que se les retribuya en forma justa su trabajo. Pero los medios empleados en este caso no tienen justificación de ningún tipo, y menos aún en un momento en que el imperio lucha por su existencia y todo el mundo debe sacrificarse. Esperemos que el gobierno actúe por fin con mano férrea. El asesinato del comerciante William Coax es una señal flagrante que nos indica el grado de deterioro al que hemos llegado en Inglaterra».
Pero aún habrían de ocurrir otras cosas para que el gobierno se diera cuenta de cuál era su deber.
Como presidente de la CEB, Peachum concedió una serie de entrevistas. Expresó el profundo dolor de la Compañía por la pérdida del insustituible socio y resaltó los criterios elevados y patrióticos del fallecido. Desde que descubrieron el cadáver de Coax hasta que lo enterraron, Peachum se dedicó a estudiar el aspecto puramente comercial del negocio de los barcos.
Revisó en nombre de la señorita Coax los papeles del extinto, le prometió el pago de la comisión por valor de 12 250 libras y se apoderó de unos documentos relacionados, con asuntos internos de la CEB y firmados por dos de sus socios, así como de la opción sobre los barcos de Southampton.
También encontró los papeles de compra-venta de las viejas carracas, que le hacían falta para la CEB.
Por último, hizo un descubrimiento sensacional entre los papeles del finado: encontró un segundo contrato con el gobierno, relativo a los nuevos barcos de Southampton. El difunto, que a través de la CEB había adquirido a muy bajo precio tres barcos en buen estado, no había vacilado un instante en ofrecérselos al gobierno.
¡Los beneficios derivados de esta operación debían de ascender a más de 120 000 libras! Peachum sintió un vértigo.
Por un instante temió caer víctima de un ataque de apoplejía.
En la habitación de al lado —la puerta se hallaba entreabierta— estaban Polly y la señorita Coax cosiendo vestidos de luto. Durante unos minutos Peachum luchó con su deseo de pedir un vaso de agua. Pero el peligro de que la señorita Coax advirtiera que algo extraño ocurría era muy grande. Fueron quizá los minutos más trágicos de su vida. Y salió triunfador. Respirando con dificultad, la mano puesta sobre el corazón desbocado, temiendo derrumbarse en cualquier momento, decidió renunciar al trago de agua.
Cuando recuperó su aspecto normal —lo estuvo controlando en los cristales del armario-biblioteca— se despidió de la señorita Coax con palabras muy sentidas y se dirigió al Almirantazgo.
Allí obligó a Hale a transferirle los dos contratos con el gobierno. Para ello le bastó con amenazar al secretario de Estado diciéndole que enviaría al gobierno el recibo de mil libras que, en concepto de anticipo, él mismo le había entregado a Coax. Hale estaba muy afectado por la desaparición de su viejo amigo, ausencia de la que, según dijo, jamás se repondría del todo.
Los beneficios de la primera operación con los barcos ascendieron para Peachum a unas 29 000 libras.
Su cuenta definitiva con la CEB fue como sigue:
Los siete socios —uno de los cuales, cuya parte había asumido Peachum en su momento, se había retirado— contabilizaron un total de 77 450 libras en concepto de gastos por los tres barcos viejos, su reparación, los sobornos, la comisión de Coax y las tres embarcaciones nuevas (estas últimas costaron 38 500 libras). Como ingresos figuraban las 49 000 libras pagadas por el gobierno. Peachum dedujo además de los gastos 2100 libras por los barcos viejos que, supuestamente, había vendido a través de Brookley & Brookley. Y Crowl, antes de partir hacia la eternidad, ya había apoquinado las casi cuatro quintas partes de su cuota de pérdidas.
Por lo demás, los barcos de Southampton sólo costaban 30 000 libras, según comprobó Peachum al leer la opción.
Cuando volvía andando a su casa por los slums tras asistir a la incineración de Coax, Peachum se entregó a sus pensamientos por primera vez en esos turbulentos días:
«¡Resulta curioso observar —pensaba— cómo los negocios más complicados se acaban convirtiendo en prácticas sumamente simples y ya utilizadas desde tiempos inmemoriales! ¡La verdad es que nuestra tan celebrada civilización no se halla demasiado lejos de la del hombre de Neandertal, que tenía que abatir a su enemigo a golpes de porra! ¡La cosa empezó con contratos y sellos oficiales y al final ha habido que recurrir al crimen! ¡Con lo que detesto yo el asesinato! ¡Qué aborrecible barbarie! Pero los negocios lo hacen necesario. No se puede prescindir completamente de él. Hay castigos para quienes lo cometen, pero también los hay, y más terribles incluso, para quienes no los cometen. Crowl, por ejemplo, fue castigado con la muerte por su actitud fatalista en este difícil negocio de la Compañía para la explotación de barcos de transporte. Una caída en la miseria de los slums como la que nos amenazaba a mí y a toda mi familia no es menos terrible que un encarcelamiento. ¡Los slums son prisiones perpetuas! Es indudable que la cultura va en aumento y las conciencias se sensibilizan más y más (la imagen de Coax se nos aparecerá a menudo en sueños a mí y, sobre todo, a su asesino, aquel Fewkoombey), pero la cultura, la bondad y el humanitarismo no son lo bastante fuertes por sí solos ni bastan para eliminar el crimen en cualquiera de sus formas. ¡Demasiado grandes son los premios que lo recompensan, y demasiado duras las penas con las que se castiga su omisión! ¡Aunque lo asesinaron, aquel Coax murió en realidad de muerte natural! ¡Con él todo hubiera llegado a ser atroz; sin él, todo, o casi todo, acabará muy bien! ¡Cierto es que el crimen es el último recurso que aún puede emplearse, el último de todos! ¡Y pensar que él y yo sólo hacíamos negocios!».
A la mañana siguiente volvió a los muelles, donde las cosas iban de mal en peor. Había apenas media docena de obreros trabajando. La hostilidad de los trabajadores que hacían guardia ante los barcos para que nadie pidiera trabajo le afectó profundamente.
—¡La misma violencia en todas partes! —les dijo en tono amargo a unos empleados que, de pie en tomo a él, espiaban los muelles a través de los ventanucos de un barracón—. No quieren trabajar por el salario que les pago, de acuerdo. Pero ¿por qué no dejan trabajar a quienes sí quieren hacerlo? ¿A los que necesitan con urgencia ese dinero porque sus familias pasan hambre? ¿Por qué atentan contra esa gente paupérrima y no la dejan trabajar? ¡Cada cual debería ser libre de hacer lo que quisiera!
Peachum estaba desconcertado.
Y entonces se llevó una sorpresa por parte de su hija y su yerno.
La noticia de la muerte de Coax había creado una atmósfera muy peculiar en el seno de la familia Peachum.
Aunque bastante nerviosa, Polly estaba contenta de poder consolar a la señorita Coax y ayudarla en todas las diligencias necesarias para el entierro del corredor de comercio. Esas actividades ejercieron un efecto tranquilizador sobre ella.
Los informes sensacionalistas que publicaban los periódicos sobre la huelga en los muelles le hicieron ver además las dificultades que estaba atravesando su padre. Por intermedio de su madre le preguntó si necesitaba gente capaz de proteger a los que quisieran trabajar, pues su marido podría proporcionársela con mucho gusto.
—Es como si el gran pesar que le ha tocado compartir en estos días le hubiera abierto los ojos a las preocupaciones ajenas —dijo la señora Peachum a su marido—. Quiere saber si puede ayudarte.
Peachum masculló algo parecido a:
—¡Ese tipo es el estafador más grande que hay en esta ciudad!
Pero al final mandó decir a su hija que hablara del asunto con Beery. Y ella lo hizo.
—No debemos dejar que el odio nos guíe cuando hay un capital en juego —le dijo Macheath cuando ella le transmitió el encargo—. Nuestros sentimientos son contrapuestos, pero las circunstancias exigen urgentemente un acuerdo.
O’Hara mandó a los muelles a unas cuantas docenas de sus hombres, que en seguida introdujeron un sistema en la lucha contra la huelga. Trataron a los huelguistas con tal brutalidad que hasta los policías se asustaron. Hicieron gala de un marcado sentido del orden, rompiendo cuanto hueso se interponía en su camino y golpeando cualquier cara de aspecto famélico. Refiriéndose a ellos, el ingeniero constructor le dijo a Peachum que en todos esos brutos había, sin embargo, un fondo bueno, que todo dependía siempre de para qué los contrataban.
Los esquiroles cobraron nuevos ánimos.
Los hombres de O’Hara convencieron entonces a un grupo de forajidos de que asaltaran varias tiendas de víveres en las inmediaciones de los muelles.
Y se produjo una auténtica batalla que entró en los anales de la SCC como la «batalla en los muelles de las Indias Occidentales» y selló la derrota de los obreros portuarios.
En presencia de un muro de obreros silenciosos, Bully y los suyos destrozaron primero los cristales de unos cuantos escaparates. Pero cuando penetraron en el interior les cayeron encima los huelguistas, que no querían saber nada de actos de pillaje. La gente de la SCC cogió jamones y trozos de carne y empezó a golpear con ellos a los hambrientos. Un obrero esmirriado fue abatido por una pierna de buey entera. Otros recibieron potes con carne en salmuera en sus enjutas caras, y al no poder ver nada caían, ciegos, en manos de la policía que iba llegando a toda prisa. También se utilizaron panecillos como proyectiles que hirieron a varios niños raquíticos. Las barras de pan se convirtieron en armas terribles. Con un pan de cinco libras le rompieron a una anciana el brazo en el que sostenía su cesto de la compra vacío. El brazo roto testimonió más tarde contra ella ante los tribunales.
Los periódicos informaban indignados sobre los pillajes y, en particular, sobre la manera como «el pueblo» destrozaba los víveres.
«Ésos son los horrores de la anarquía», escribían, «de los instintos desencadenados. Los señores socialistas deberían tener bien presentes escenas como éstas cuando pergeñan sus artículos hipócritas contra el orden social establecido».
A partir de ese momento, las autoridades pasaron a actuar con el máximo rigor contra la huelga y las reivindicaciones salariales de los trabajadores.
A los dos días enviaron contingentes militares contra los huelguistas. Las jóvenes tropas, que estaban destinadas a Sudáfrica, acordonaron los muelles y brindaron su protección a los esquiroles. Aún se produjeron tiroteos aislados los días siguientes, pero se pudo asegurar la puesta a punto de los barcos de transporte.
La batalla decisiva había sido breve y encarnizada.
Eran casi todos reclutas que habían luchado allí por primera vez. Estaban mejor alimentados que los obreros, pero si a ellos les hubiesen puesto monos de trabajo, y a los obreros, uniformes, habría sido muy difícil distinguir a los combatientes entre sí. Todos se parecían porque eran de la misma clase. La verdad es que, sin armas ni uniformes, los jóvenes soldados se hubieran masacrado unos a otros.
Tampoco hay que olvidar que hablaban el mismo idioma, un inglés con el acento de las clases bajas. Los insultos que se lanzaban eran los mismos. Si a un soldado le arrebataban el fusil que estaba blandiendo, el obrero que se lo había quitado lo blandía con idéntica pericia, pues estaba acostumbrado a manejar martillos de herrería. Y aunque los obreros estuvieran menos adiestrados en este tipo de lucha, sí que habían mamado con la leche materna la certeza de que, si no se defendían, jamás conseguirían una sola patata. También por la misma fuente los soldados sabían que no cobraban su paga para estar papando moscas. Y así, una vez sueltos, combatieron todos entre sí del mismo modo que combatían juntos la pobreza, el hambre y las enfermedades, todo aquello que les ofrecían las ciudades y con lo cual los amenazaba el campo.