La novela de cuatro cuartos
Capítulo decimotercero
Ultima ratio regis
Inscripción en los cañones prusianos
Decisiones graves
Apenas habría llamado la atención el señor Peachum sentado en una habitación entre cinco o seis hombres de negocios. Al verse obligado a sacar cuentas hasta el último céntimo con todo el que se le acercaba, tenía, para la gente de su entorno inmediato, un rostro muy definido: el de un comerciante duro y difícil de engañar. Pero quien considera estafadores a todos los demás, dista mucho de tener confianza en sí mismo. Y el señor Peachum no era, en absoluto, un hombre de carácter. Un miedo intenso y quizás exagerado a los cambios rápidos de la fortuna humana, así como la idea, profundamente arraigada en él, de que todo era perversidad y rigor extremo en la ciudad donde vivía (y en todas las demás ciudades), lo impulsaban a adaptarse con peculiar celeridad a cualquier nueva exigencia que surgiera en su medio. Sus conciudadanos sólo podían imaginárselo como el propietario de las «Guardarropías para mendigos J. J. Peachum», pero él hubiera estado dispuesto a abrir en cualquier momento otro negocio que fuera más rentable y menos peligroso, o bien, en lo que a duración respecta, más seguro. Era un hombre pequeño y amojamado, de aspecto raquítico, aunque ni siquiera esto era definitivo en él. Si la situación del negocio no hubiera ofrecido perspectiva alguna para hombres pequeños y amojamados, de aspecto raquítico, seguro que hubiera podido verse a un señor Peachum sumido en hondas meditaciones y capaz de transformarse en un hombre de mediana estatura, entrado en carnes y optimista. Su pequeñez y su aspecto amojamado y raquítico eran tan sólo una propuesta suya, una oferta sin compromiso que podía ser retirada en cualquier momento. Había en ella algo penoso, pero que a la vez constituía todo el secreto de su éxito, sin duda bastante considerable. Hacía negocios con la lástima, incluyendo la suya propia. Pero también había peligros, como aquéllos a los que debía enfrentarse en ese momento en su lucha por la vida y que lo llevaban a superarse a sí mismo. Amenazado con la pérdida de su existencia, y espoleado al mismo tiempo por la perspectiva de obtener grandes beneficios, en el curso de pocas semanas se transformaba en un tigre, incluso exteriormente. Por la época en que llevó a término los asuntos de la CEB en nombre de Coax, su aspecto era brutal y carnoso.
En mangas de camisa y con las manos en los bolsillos del pantalón recibió a Hale, quien venía a darle un sablazo por cien libras que había perdido jugando. Peachum no le dio ni un penique.
La Compañía estaba agonizando a ojos vistas.
Tras su entrevista con Hale, Peachum había convocado a una nueva reunión. Acudieron todos. Moon, normalmente muy tranquilo, protestó por la elección del establecimiento de baños como lugar de encuentro. Se presentó antes de la hora y fue parando en el umbral a todos los que llegaban. Indignado, se puso luego a vociferar en plena calle que ya estaba harto de esa olla de grillos. Fue así como la última sesión de la Sociedad se celebró en un restaurante próximo a los baños.
Peachum informó sobre la maniobra extorsionista de Hale, insistió en la necesidad de ceder y no ocultó que debían estar preparados a afrontar otros sablazos similares. Declaró que a él ya se le había agotado la paciencia y les pidió autorización para terminar aquel asunto en solitario después de que un balance general e inmediato estableciera cuánto tenía que pagar cada uno. Él garantizaba un arreglo satisfactorio siempre que nadie más se inmiscuyera.
Su propuesta fue aceptada.
Gon una dureza extrema procedió Peachum a cobrar las cuotas de pérdida establecidas.
Al baronet le aceptó unas letras que lo ataron por siempre —o al menos por algunos meses— a la cama de la americana. Su último pretexto de que era homosexual fue rechazado por Peachum. Eastman pagó con relativa docilidad porque podía hacerlo: poco antes había aumentado los alquileres de los bloques de viviendas que poseía en el norte y en los que vivían sobre todo obreros que no podían permitirse los gastos de una mudanza.
Moon, cosa sorprendente, necesitó un tratamiento especial antes de pagar. Era corredor de apuestas, y sólo cuando advirtió que una multitud cada vez mayor de mendigos formaba filas en su oficina de apuestas, algunos con carteles en los que se leía: «El que apuesta, tiene, y el que tiene, puede dar» y «Aquí aposté yo también», se dignó apoquinar ochocientas libras en efectivo y el resto en pagarés.
Crowl, en cambio, desertó al ultimo momento.
Se presentó una mañana en la Old Oak Street y preguntó por Peachum. Juntos repasaron su situación. Crowl dijo: «Vale más que me pegue un balazo en la cabeza». Peachum le dio la dirección de la oficina de Coax. Le pareció que sería una buena lección para Coax ver hasta dónde podían llevar sus vejaciones.
El dueño del restaurante irrumpió esa misma tarde en la oficina de la city y dijo a la secretaria que tenía una cita con el corredor de comercio y deseaba esperarlo. Esperó más de dos horas y Coax no apareció. Claro está que no sabía nada de aquella cita, como se aclaró más tarde. Cuando la muchacha se disponía a cerrar la oficina, él murmuró algo incomprensible, se volvió hacia la pared, donde había un paragüero, y se descerrajó una bala de revólver en la boca. En su casa, sobre la mesa, su mujer encontró una carta en sobre cerrado dirigida: «Á mi mujer, para que la abra no antes de las ocho de la noche, si es que no he vuelto». En la carta había escrito sólo: «Queridos míos: unos delincuentes sin escrúpulos me han arruinado. Perdonadme, pues yo quería lo mejor para vosotros. Albert Crowl, restaurador».
Finney fue quien opuso, al final, las mayores dificultades.
Cuando se enteró del suicidio de Crowl, decidió hacerse operar de inmediato. Pero Peachum aún logró enterarse a tiempo y se precipitó a casa de Finney, que ya se había ido al hospital. Peachum tuvo que recurrir prácticamente a la violencia física para que el ama de llaves le diera la dirección del hospital. Se encontró con Finney media hora antes de la operación.
Su ira no tenía límites, pero también Finney estaba verde de rabia y decidió despedir a su ama de llaves en el acto. Peachum se puso a dar tales alaridos que todas las enfermeras del pabellón acudieron. Él dijo entonces a la jefa:
—Este hombre no podrá pagar ni su escupidera. Se hace operar sólo porque tiene que pagar unas enormes deudas pendientes. Aquí en el bolsillo llevo un periódico con la noticia del asesinato del restaurador Crowl, que quiso abandonar el mismo negocio de forma muy parecida a la de este caballero. Ya veremos qué comentan los periódicos sobre los tejemanejes a los que se presta vuestro cirujano. Aunque quizás así tenga una amplia afluencia de suicidas.
Finney no pudo soportar tanta infamia y pagó antes de que lo llevaran al quirófano.
En apenas una semana ya tenía Peachum una visión bastante exacta de las cantidades que podría sacar de la CEB.
El caso Crowl fue la señal de alarma para Macheath.
Fanny le llevó los periódicos de la mañana con la noticia del suicidio del restaurador en la oficina del corredor de comercio William Coax.
Hacía ya un tiempo que Macheath había puesto a Fanny sobre las huellas de Peachum. El negocio de los barcos de transporte entre su suegro y el corredor de comercio Coax le interesaba cada vez más. Polly le había revelado que, por culpa de Coax, su padre estaba al borde de la ruina, según confesión propia. El suicidio de Crowl arrojó cierta luz sobre el oscuro trasfondo de aquel negocio.
A través de Polly se enteró también Macheath de que la noche aquella Coax había ido a ver a Peachum y se había pasado media hora vociferando en el despacho. Parece ser que lo acusó de haber tramado cosas contra éL Era evidente que Peachum y Coax se hallaban enzarzados en una lucha a vida o muerte, aunque no se sabía bien si entre ellos dos o bien contra terceros.
Al filo del mediodía regresó Fanny. Ya había estado en el apartamento del suicida.
Y se había enterado de muchas cosas. La viuda de Crowl era una mujer fea y muy llorona que no lograba dominarse. En un lapso de cinco minutos hizo a todo el mundo responsable de la muerte de su marido.
Indignada, Fanny contó que la mujer había gritado en presencia de su anciano padre: «¿Y ahora qué hago con este vejestorio? Se le ha acabado la pensión de jubilación y ya se hace todo encima».
Macheath meneó la cabeza condenando semejante falta de tacto. Pero estaba preocupadísimo.
Fanny había averiguado que la CEB, al parecer dirigida ahora por Peachum, se encontraba en una situación muy difícil. Coax parecía tener a Peachum en sus manos, «un poco como tú a Hawthome», dijo Fanny. En un futuro muy próximo, prosiguió, la compañía iba a necesitar grandes sumas de dinero, en realidad ya hacía semanas que las necesitaba. Pero Peachum parecía haber planeado algo que volvería superfluos esos gastos, para él insostenibles. Sólo así se explicaba el que aún no hubiese retirado su dinero del National Deposit Bank.
Macheath sabía que Peachum había confiado en divorciar a su hija para ofrecérsela al corredor de comercio. Al no conseguirlo, debía de estar pasando un muy mal rato. En cualquier momento podía presentarse en el National Deposit.
El propio Macheath aún no estaba al frente del National Deposit Bank, pero las formalidades ya estaban a punto de concluir. Todo dependía, para él, de ganar tiempo. Debería conservar la dote y entregar a la mujer, al menos de momento. Así no perdería a Polly, cuyo embarazo la mantendría ligada a él.
Tenía que llevar a término su plan.
Esa misma noche hizo llamar a Walley, el abogado de Peachum, y le dijo que aceptaba el divorcio.
Coax seguía frecuentando la casa de los Peachum, y en los últimos tiempos llevaba siempre a su hermana, por lo que las relaciones entre ambas familias no podían ser más íntimas. La señorita Coax estaba encantada con la señora Peachum y su hija. Las señoras se ponían a jugar whist en el salón mientras Polly trabajaba en un bordado que representaba a Lord Nelson en Trafalgar. Una noche llegó el comisionista a buscar a su hermana y se sentó unos minutos para hacerle compañía a las damas. Como de costumbre, pidió al Melocotón que le tocase algo al piano, cosa que ella hacía muy bien. También tenía una voz preciosa, y al tocar se le resbalaban las mangas de tul, dejando al descubierto sus hermosos brazos.
Al verla tocar el piano, Coax comprendió que alguna vez hasta hubiera pensado casarse con ella. La joven tenía grandes cualidades.
«¿Será en verdad tan importante», escribió en su diario, «el hecho de haber poseído ya a una muchacha? ¿Qué significa esa primera posesión, por lo general tan imperfecta? Sin duda cabe pensar en un instinto dominador del hombre que encuentra su placer principal en someter a la mujer, en vencerla. ¿Cómo se explica, si no, esa indiferencia una vez consumada la posesión? ¡Una indiferencia que aparece incluso cuando ni siquiera se trata de una desfloración! ¿O es acaso cierto que las consideraciones de orden económico desempeñan un papel tan importante en la vida psíquica? ¿Podría ser tan decisiva la influencia de esos factores para que yo deje de considerar seriamente a la Peachum como un buen partido tras las pérdida que ha sufrido su padre? Después de todo, soy yo quien le ha cornado esas pérdidas… Aunque quizás el instinto no quiera saber nada de la culpa y se atenga sólo a los hechos… En cualquier caso, empiezo a descubrir en mí una sensación de total y absoluto distanciamiento».
Tales sensaciones debían ser disimuladas frente a Peachum.
Y él las disimulaba. Los ramos de claveles que enviaba a Polly eran cada vez más grandes.
A finales de septiembre se enteró de que la hija del señor Peachum estaba casada con un tal Macheath desde hacía medio año. Se sorprendió, calló y guardó la noticia en su corazón.
Luego se produjo el suicidio de Crowl y Coax tuvo una buena razón para enfadarse oficialmente. De hecho, el asunto le había acarreado muchas dificultades. Por razones de negocios era miembro de cierto club muy distinguido y se había visto obligado a renunciar cuando los periódicos publicaron la noticia del incidente ocurrido en su despacho. Y más desagradable aún era pensar que si se producía un escándalo por culpa de los barcos, su nombre quedaría indisolublemente asociado a ese asunto.
El caso Crowl ofreció a Coax la posibilidad de hacerle el vacío a Peachum. Pero siguió visitando con su hermana a la señora Peachum y a Polly. Eso bastaba para tranquilizar a Peachum con relación a las futuras intenciones del corredor de comercio. Más tarde, cuando estalló la huelga de los obreros portuarios, el trabajo en común volvió a acercarlos en el plano humano.
Gracias a una serie de tejemanejes, Peachum había logrado rebajar varias veces los salarios de los trabajadores en los astilleros. Y una mañana, de los doscientos se presentaron sólo cinco en su lugar de trabajo. Los demás se apostaron en las puertas de entrada para impedir que otros obreros ofrecieran sus servicios.
Aquello era desagradable y hasta peligroso. Cierto es que con el pretexto de la huelga se podía aplazar la entrega de los barcos. Pero la atmósfera de intimidad generada entre ambos socios por las dificultades comunes llevó a Coax a contarle que el deseo del gobierno de conseguir barcos a través de la CEB para el transporte de tropas no había sido particularmente intenso. Disponía de unidades suficientes para fletar. Fue Hale quien observó que en las altas esferas tampoco pondrían reparo alguno a la adquisición de unidades suplementarias. Pero una vez firmado el contrato, y más que nada para evitar preguntas engorrosas, Hale consiguió a través de amigos en el Estado Mayor que se efectuase un pequeño transporte de tropas en los barcos recién adquiridos. Claro que esas tropas también se hubieran podido embarcar en otras naves, pero la opción de Coax sobre los barcos suplementarios anclados en Southampton, que era preciso tener a mano hasta que finalizara todo el arriesgado negocio, no tardó en caducar. Hale había perdido por completo los estribos y podía intentar cualquier día nuevas extorsiones. Peachum hizo lo posible porque se reanudaran los trabajos. Sobre todo buscó apoyo en las entidades públicas hablando de «extorsión por parte de los trabajadores en un momento de emergencia nacional». Hasta llegó a pensar en una posible intervención del ejército.
A toda marcha hizo confeccionar uniformes en sus talleres. En un principio pensó organizar una gran manifestación de soldados inválidos contra los huelguistas. Tendría que causar una profunda impresión, especialmente en las columnas de los diarios, que un grupo de ex combatientes, mutilados de guerra, representaran los intereses de toda la nación.
En medio de esos esfuerzos llegó, a través de Walley, la noticia de que Macheath había aceptado finalmente el divorcio. Así parecía eliminado el terrible obstáculo para que Peachum se asegurase a Coax definitivamente y diera un giro feliz a aquel funesto negocio que lo tenía en vilo hacía ya más de tres meses.
Y fue entonces cuando su hija, que escuchó de boca de su padre la noticia de su inminente divorcio, le confesó a gritos:
—¡Estoy embarazada!
Peachum quedó fuera de sí.
—¡Pues te divorciarás! —le respondió también a gritos—. ¡Te divorciarás e irás a ver a un médico! ¿Crees que voy a permitir que me arruines? Yo también tengo nervios y no me dejaré pisotear. Y si me lo ponéis muy difícil, me meteré en mi cama de cara a la pared y dejaré que todo se vaya al diablo. ¡Y ya podéis buscar sitio en el asilo, marranos!
Durante aquellos días no miraba a la derecha ni a la izquierda. Seguía las huellas como un perro feroz.
Sabía demasiado poco.
De haber sospechado que Coax estaba al tanto hacía tiempo del infeliz matrimonio de su hija, de haber sabido tan sólo lo que ocurrió durante la última visita de su hija al apartamento del corredor de comercio, seguro que habría actuado de otra manera.
Aquella misma noche fue Polly a ver a su marido a la cárcel.
Él, por supuesto, le dijo que todo aquello era sólo pura «formalidad». Un divorcio duraba un tiempo determinado, y bastaba con señalar que uno de los motivos del divorcio no era válido para que todo el proceso diera marcha atrás en el último momento. Pero no podía evitar pedir el divorcio porque Peachum lo acosaba muchísimo y lo tenía totalmente en sus manos.
—¡Puede mandarme ahorcar y lo hará! ¡Tú lo conoces!
Polly repuso en seguida que tendría que ir a ver a un médico y abortar. En su excitación le había confesado a su padre que estaba embarazada.
Macheath se asustó. No había contado con eso. Con voz ronca y sin mirar a su mujer, dijo que eso no podía ser, que no podía sacrificar a su hijo, al menos no sin que una necesidad imperiosa se lo exigiera.
Y, de hecho, se pasó media noche dándole vueltas al asunto en su celda cuando Polly se marchó, bañada en lágrimas. Le gustaba la idea de ser padre de familia y llegar a tener un hijo. Y mientras pensaba en éste con emoción torturada empezó a creer, antes de dormirse, que la idea del pequeño lo había impulsado precisamente a lanzarse a todos sus negocios.
«¡Ah!», pensaba, «¿para qué tanto ajetreo si en cualquier momento podemos irnos y no hay nadie que se haga cargo de todo? ¿Qué haría yo en esta celda si no fuera por mi hijo? ¿De dónde sacaría fuerzas para superar todo esto? Llevándolo de la manita me pasearé con él por los almacenes que algún día serán suyos y le diré: ¡Hijo mío, esto me ha costado grandes penas y esfuerzos, no lo olvides! ¡Tu padre ha sudado sangre para dejártelo! No trabajó pensando sólo en él mismo ni te pide que se lo agradezcas; no, eso no; pero sí te lo dice para que veas que tú y tu padre estáis unidos por muchos lazos. Tu padre morirá cuando le llegue la hora, y tú seguirás trabajando en memoria suya, sí, en memoria ele quien… trabajó por ti. Yo se lo diré y él lo entenderá. Y lo llamaré Dick».
Estaba realmente afectado. Pero sólo al mediodía siguiente le mandó decir a Polly que fuera a ver al médico, que era necesario. Contaba con que ella retrasaría la visita unos dos o tres días como mínimo, y hasta entonces esperaba haber conseguido algo que evitase la operación, aunque de todas formas Polly debía hacerse a la idea y no dar el menor pábulo a la desconfianza dé su padre.
De hecho, Mac no podía permitir que le acortaran el respiro que se había concedido al aceptar el divorcio, y que le serviría para dar su golpe de mano contra el National Deposit Bank.
Volvió a presionar a Hawthorne y a Miller para que aceleraran los cambios dentro del banco.
Los dos señores tuvieron que aguardar media hora en la sala de espera. Macheath lo había dispuesto así. Víctimas de una depresión indescriptible, se quedaron allí sentados entre los familiares de los presos, personas de ambos sexos desconsoladas o depravadas, o desconsoladas y depravadas.
Macheath les dijo a gritos que la cosa ya duraba demasiado y no entendía por qué lo hacían esperar tanto para entrar en una empresa totalmente corrupta.
Luego discutió con ellos el asunto Chreston.
Chreston había concluido su liquidación sin solicitar más dinero. Aún seguía sorprendido por la competencia que le había comprado todas sus existencias. De todas formas, los precios estuvieron muy por debajo del promedio…
La tan ruidosamente anunciada semana publicitaria de los establecimientos Aaron y los almacenes B lo tenía muy preocupado, pues la expectativa del público era enorme. Aún no sabía nada sobre el inminente ingreso de Macheath en el banco.
Y éste le mandó decir entonces que parte de las mercancías que había vendido en su semana publicitaria eran sospechosas. Coincidían con la descripción de un lote de mercaderías robadas en Birmingham. Y le pedía los resguardos respectivos.
Poco después se presentó Chreston.
Era un señor enjuto de un metro noventa de estatura, que sentía aversión por los platos de carne, el clero e I. Aaron. Estaba muy asustado.
—Señor Chreston —le dijo Macheath en tono reservado—, el asunto que le ha traído hasta aquí es muy penoso. Debo decir que no daba crédito a mis oídos cuando me dijeron que en su liquidación se habían vendido grandes partidas de artículos de dudosa procedencia. Espero que tenga usted los resguardos.
El señor Chreston no tenía un solo resguardo.
Había comprado las partidas porque eran baratas y las necesitaba debido a la fuerte competencia Pero no le habían dado resguardos. Parecía un delincuente sorprendido in fraganti, más o menos como si contra su más íntima convicción se hubiera comido una chuleta fresca
Macheath se mostró duro con él. Con voz untuosa se refirió a la necesidad de jugar limpio en la competencia y a la sabiduría de la ley que castiga por igual al encubridor, al revendedor y al ladrón. Si él, Macheath, vendiera ahora esas partidas en su semana publicitaria, le dijo, dispondría de resguardos: las facturas de Chreston. Pero Chreston no tenía resguardos. Después le hizo saber en forma breve y brutal que muy pronto asumiría la dirección del National Deposit Bank, y le enumeró las condiciones bajo las cuales sus tiendas podrían integrarse en un consorcio dirigido por él, Macheath, y abastecido por laSCC.
El larguirucho señor Chreston pareció recibir un mazazo en la cabeza al enterarse de que la competencia había entrado en el banco del que él dependía por completo. Comprendió su situación rápidamente.
Los señores pidieron al guardián que les trajera papel y lápiz, y empezaron a anotar cifras que señalaban con sus puros. En una de las paredes Macheath había clavado un plano de Londres color azul verdoso. Sin dejar de fumar sus gruesos puros, con un lápiz rojo fue marcando ciertos distritos, subrayando nombres de plazas y trazando una complicada red de líneas sobre toda la ciudad y sus suburbios. Era el esquema de distribución de los almacenes B-C (Baratura-Chreston).
Algunas de las tiendas Chreston deberían ser eliminadas, fusionadas con otras o convertidas en dinero. Macheath las iba tachando inexorablemente con su lápiz rojo. Su banco necesitaba ese dinero.
—No olvide que el banco pertenece a una niña —le dijo a Chreston—. Esa fortuna ha sido despilfarrada irresponsablemente, y hay otras que también se han visto afectadas. Esto no puede seguir así. Debo ser capaz de asumir toda la responsabilidad frente a una propietaria que es menor de edad. No soy sentimental, pero no toleraré que me acusen de desvalijar a una niña. Los niños son el futuro de Inglaterra, no hay que olvidarlo un solo instante.
Los precios deberían volver a subir gradualmente, y en la publicidad habría que introducir la palabra «cualidad».
Macheath relató a Fanny su entrevista con Chreston y le hizo una descripción del personaje.
«Fue una especie de diálogo mudo entre él y yo. Le pregunté: “¿Se siente usted responsable de lo que ha hecho?”. Y él me respondió en seguida: “No”. “¡Ah! ¿De modo que quiere defender su independencia cueste lo que cueste?”, volví a preguntarle. “Cueste lo que cueste, no”, me contestó. “¿O sea que prefiere darse por vencido y rendirse a mis pies?”. “Pues la verdad es que me resulta más barato”, fue su respuesta. “Él no es lo que se llama un hombre de gran personalidad es muy sensato. Hoy en día no tiene ya mucho sentido crearse una personalidad”».
Aún tuvo Macheath que darle otro disgusto a Miller… y a Hawthorne. Se veía obligado, dijo, a exigirle a Miller que firmase una declaración reconociendo haberse apropiado, bajo su propia responsabilidad y sin que lo supiera Hawthorne, de los depósitos de Peachum con fines especulativos. El banco debería quedar libre de toda sospecha.
Miller se derrumbó por completo. Apoyó su anciana cabeza en el respaldo de la silla y rompió a llorar. Después se sobrepuso, se levantó y dijo con dolida dignidad:
—No puedo hacer eso, señor Macheath. Jamás podría firmar que he utilizado con fines especulativos unos depósitos confiados al banco. ¿Sabe usted lo que significa «confiados»? Que usted ha puesto en mis manos un dinero ganado con grandes esfuerzos y me ha dicho: Señor Miller, aquí tiene mi fortuna, todo lo que poseo, se la entrego porque sé que queda en buenas manos y usted me la administrará según su leal saber y entender. ¡Confío en usted! Yo soy un hombre honrado y usted también. Y ahora me pide usted que diga: ¡pues se ha esfumado! ¡Yo sigo estando aquí, pero el dinero se ha esfumado! Jamás, señor Macheath, escúcheme bien: ¡jamás diré una cosa así!
—Pero es que usted sigue estando allí, señor Miller, y el dinero se ha esfumado.
—Así es —dijo Miller y se sentó con cara de niño asombrado.
Por último salió meneando la cabeza y mascullando algo entre dientes, tras haber pasado cinco minutos más en la celda sin intercambiar una sola palabra.
Dos horas más tarde, el viejo Hawthorne trajo la declaración. En la parte inferior se leía el apellido de Miller, escrito con una letra clara y precisa, como de colegial
Con voz emocionada, Hawthorne pidió a Macheath que Miller siguiera ocupando su puesto en el banco —sin goce de sueldo, claro está—, pues el anciano no sabía muy bien qué decirle a su mujer y a sus vecinos.
Macheath le dio su consentimiento.
Aquel mismo día hizo su entrada en el National Deposit Bank, tras quitarse un peso enorme de encima. Por fin podían enterarse Aaron y los Opper de que el presidente de la SCC se llamaba Macheath, pues el director del National Deposit Bank también se llamaba ahora Macheath, como el nuevo socio de Chreston.
Polly fue a ver a la señora Crowl después de almorzar.
La enviaba su padre, pues ya llevaba un tiempo asumiendo algunas de las obligaciones de Peachum como procurador de los pobres.
La señora Crowl se emocionó mucho al ver la canastilla de víveres y la botella de sidra que le llevó Polly. Se quejó amargamente de la CEB, que le había embargado todos los muebles no «indispensables», y de su propio padre, que la escuchaba con aire desconsolado.
—No sé qué hacer con él —se lamentó—; es peor que los niños, que al menos ya no se ensucian. Su jubilación la dilapidó mi marido especulando, y ahora no tenemos en qué caernos muertos.
—Si al menos pudiera usted juntar algo, señora Crowl —dijo Polly con voz compasiva—, quizá yo podría convencer a mi marido de que le confíe uno de sus pequeños almacenes B. Allí trabajaría usted por su cuenta y nadie la mandaría. Pero por supuesto necesita un pequeño capital inicial.
Estuvo muy amable con la señora Crowl. La desolada habitación se alegró mientras ella estuvo ahí sentada, sonriendo y con la canastilla vacía en el regazo.
La señora Crowl titubeó. Su opaca mirada se deslizó sobre los míseros muebles sin rozar al anciano. Y de pronto dijo:
—Aún me queda una posibilidad. Él tiene una hermana que quizá podría invertir alguna pequeñez —más tampoco tiene— en una cosa tan absolutamente segura…
Y volviéndose hacia el anciano, le preguntó:
—¿Tú qué opinas?
El hombre no respondió. Seguro que ni había entendido. Su cabeza ya no parecía funcionar muy bien.
Las dos mujeres aún comentaron unos minutos más el asunto. Cuando Polly se levantó, ya había hecho la firme promesa de pedirle a su marido la concesión de un almacén para la señora Crowl. Aunque al llegar a la escalera se le había olvidado. Una de sus pasiones era hacerse querer por todo el mundo.
De vuelta en su casa, le dijeron que fuera al despacho de su padre. Peachum le comunicó en tono seco que Macheath había aceptado la solución del aborto. Se lo había hecho saber directamente a través de un tal Grooch. En su habitación la esperaba un mensaje.
Polly lo leyó y quedó profundamente afectada. ¿Tan poco estimaba Mac a su hijo? Pues para él era su hijo, ya que ignoraba lo de Smiles. ¡Era monstruoso! Se ofendió tanto que esa misma tarde le dijo a su madre que quería ir al médico, que ella conocía uno que cobraba quince libras.
La señora Peachum quiso probar primero con quinina.
El primer día había que tomar tres cápsulas, el segundo, cuatro, y así hasta llegar a siete. No se debía sobrepasar esa dosis, pero tampoco interrumpir el tratamiento ni escupir el medicamento si se presentaban palpitaciones, zumbidos en los oídos y náuseas.
La señor Peachum se enteró de que ya no estaba en el primer mes y no quedaba nás remedio que ir al médico.
Y fueron inmediatamente después del té. El médico no pareció reconocer al Melocotón, quizá porque tenía muchísimas pacientes. Además, esta vez le tocó tratar con la madre y, para él, las pacientes eran aquellas personas con las que discutía sobre sus honorarios. Sentado en medio de sus armas, se acarició la hermosa y suave barba, no del todo libre de bacterias, y dijo:
—Señora, permítame recordarle que lo que se propone usted hacer no está en consonancia con la ley.
Manejaba su voz tan hábilmente que la citada «consonancia» se convertía en una especie de música de las esferas. Pero la señora Peachum lo interrumpió con un seco y tajante:
—Sí, ya lo sé, cuesta quince libras.
Treinta años de convivencia con su marido y el abundante consumo de bebidas espirituosas le habían enseñado a conocer al ser humano.
—No sólo se trata de que cueste quince libras, suma que no sé de dónde ha sacado usted, por lo demás; la operación se sitúa en un plano más alto — repuso el doctor en un tono exageradamente solemne—, es «una cuestión de conciencia».
—Dice usted que la operación se sitúa en un plano más alto —replicó la señora Peachum—. ¿A qué altura?
—Digamos… unas veinticinco libras, mi estimada señora, pero sobre todo tiene usted que tomar una difícil decisión y preguntarse si está realmente dispuesta a destruir una vida embrionaria, es decir, si de verdad se trata de una necesidad imperiosa e incondicional, como lo es, por ejemplo, la de mis pacientes pobres, que sencillamente no pueden costear la manutención de un hijo, cosa que, si bien no justifica la intervención como tal, la hace humanamente comprensible, ¿verdad?
La señora Peachum lo miró con atención y le dijo:
—Se trata precisamente de una necesidad de ese tipo, señor doctor.
—En ese caso todo cambia —dijo el doctor al ver que la madre y la hija se ponían en pie—; les ruego estar mañana aquí a las tres de la tarde. Los honorarios se pagan en el acto, para evitar que le lleguen recibos a su casa, señora. A sus órdenes.
Las dos mujeres se fueron a comer una tarta. Como aún era muy temprano para volver a casa, se metieron en un cine.
Era uno de esos establecimientos pequeños y tristes que ofrecen películas en sesión continua. Tenía la forma de un pañuelo alargado, y la pantalla era minúscula. Una lluvia incesante diluía las imágenes, y los personajes se movían como agitados por el baile de San Vito.
La película se titulaba ¡Madre, tu hija te llama!
En la escena inicial se veía a una dama todavía joven y muy distinguida preparándose para asistir a una velada. Con ayuda de su criada estaba abrochándose un corsé larguísimo y colgándose varias libras de diamantes en las orejas y en el cuello. Después se admiró en un espejo de pared y entró en el dormitorio de su hija, una niña de unos tres años que yacía enferma en su camita. El médico, un hombre serio y barbudo, le estaba tomando el pulso junto a la cabecera. Luego intercambió unas cuantas palabras —al parecer muy graves— con la joven madre, que se rió frívolamente, abrazó un instante a la niña y se fue como alma que lleva el viento.
En medio del pasillo estaba, de pie, el narrador, un señor gordo.
—La frivolidad y la lascivia —dijo con una voz de bajo un tanto ronca— llevan a esa joven madre a abandonar a su hija gravemente enferma para precipitarse al vértigo de los placeres.
Luego apareció un salón extraordinariamente elegante y lujoso en el que se veía un gran grupo de damas y caballeros bailando.
—La crema y nata de la sociedad divirtiéndose por todo lo alto —explicó al mismo tiempo el bajo.
La joven madre hizo su entrada. Un criado de librea la anunció. Los caballeros se levantaron presurosos y pidieron champán. La joven madre se sentó en un túrgido sofá de terciopelo entre dos señores. De rato en rato se levantaba para bailar y volaba de brazo en brazo.
—Volando pasan las horas —explicó el narrador al público.
Luego volvió a verse la habitación de la niñita en la casa. La criatura empeoraba a ojos vistas. Sentada en su camita, estiraba los brazos hacia su madre ausente. De pronto se desplomó hacia atrás.
—¡Oh! —dijo el bajo—. ¡Se está muriendo, se ha caído hacia atrás! ¡Todo ha terminado!
Volvió a aparecer el salón de baile. Inclinada hacia delante, la joven madre bebía a sorbos el champán de una copa. De pronto, la pared del fondo del salón se volvió transparente y surgió la habitación de la niña. Transparente también, la pequeña muerta se levantó de la camita hasta quedar totalmente erguida. Tenía dos alitas en los hombros, pues ya era un angelito, y echó a volar hacia su madre joven y ausente, es decir, salió por la pared del fondo en dirección al salón y llegó hasta la mesa de mármol a la que estaba sentada la joven mujer, divirtiéndose. Al llegar ante la mesa, la niña cayó al suelo y se desvaneció.
—En una visión —dijo el narrador con voz de trueno— la aterrorizada madre ve a su hija, ya muerta, que se aleja para siempre de ella convertida en ángel. ¡Ah, qué conmovedor!
La joven madre se desmayó. Aún se la vio unos segundos en el vestíbulo, poniéndose velozmente un abrigo.
—¡Ojalá no sea demasiado tarde! —susurró la infeliz, y las manos le temblaron al abrigarse.
Después volvió a aparecer la habitación de la niña. La madre entró precipitadamente, cayó de rodillas junto a la camita y abrazó a su hija muerta retorciendo las manos. Todos intentan consolarla, pero al parecer no pueden mitigar su dolor ni los reproches que se hace a sí misma.
El bajo concluyó entonces con voz apagada:
«¡Muy tarde! ¡Muy tarde! ¡Ya dicha no habrá!
¡No te desesperes, que no volverá!».
Durante la función, las dos mujeres fueron compartiendo la emoción del público. En la caja se habían comprado un chocolate, pero a poco de iniciarse el melodrama ya habían dado cuenta de él. La película las fascinó.
Cuando la niñita murió sola, lejos de su frívola madre, Polly sintió un dolor punzante en el pecho. Le cogió la mano a su madre en la oscuridad. Las lágrimas bañaban los ojos se ambas mujeres cuando la pequeña muerta entró volando en el salón de baile, con sus bracitos estirados y sus claros rizos.
Salieron del cine profundamente conmovidas por aquella obra de arte.
—¡Lo que es yo no pienso llevarte allí mañana por la tarde! —dijo la señora Peachum con voz apagada en cuanto estuvieron en la calle. Polly tampoco lograba explicarse cómo así había querido sacrificar a su hijo. ¿No estaba actuando como aquella madre frívola y criminal en el salón de baile?
Sólo por la noche se recuperaron las dos de los efectos del arte. Caminando con medias de algodón, la señora Peachum entró en el dormitorio de Polly y, sentándose al borde de la cama, le dijo:
—No vayas a comer nada mañana al mediodía. De lo contrario vomitarás con la anestesia.
Polly vio la colección de armas del doctor durante toda la noche.
El señor Peachum estaba muy ocupado.
Aquella noche recibió al abogado White y a Fanny Crysler. Peachum había insistido en que su yerno le nombrase a la persona que juraría ante el tribunal que había habido adulterio. Tenía que ir sobre seguro.
Macheath había propuesto a una chica de la casa de citas de la señora Lexer en Turnbridge, y el gordo White la había llevado a la Old Oak Street. Ella se expresó con toda franqueza, pero el señor Peachum se escandalizó y rechazó el testimonio. Dijo que jamás toleraría que su hija fuera humillada públicamente de esa manera, pero en realidad temía que el tribunal impugnara el testimonio de la prostituta.
Macheath tuvo un ataque de rabia.
—¿Con cuántas mujeres tendría que haberme acostado según la opinión y el deseo de mi suegro? —exclamó.
Sin embargo, aceptó nombrar a Fanny Crysler.
Aunque ya estaba en la dirección del banco, la quiebra de Peachum no le parecía aún deseable: ahora lo miraba como a un cliente. Y si ese cliente lograba llegar a un arreglo con su adversario sin verse obligado a retirar su dinero, mucho mejor para el banco.
La idea de divorciarse realmente de Polly cruzó aquellos días más de una vez por la mente de Macheath.
Frente a Grooch, con el que, indiscreto como siempre, discutió la presentación de Fanny Crysler como testigo, se expresó en los siguientes términos:
—Podrían ocurrir ciertas cosas que me separasen de mi esposa. En ese caso, lo más inteligente por mi parte sería propiciar una ruptura. Pero si ahora confieso mi relación con Fanny, ello no supondría, ni mucho menos, romper con mi mujer. Al fin y al cabo espera un hijo de mí y no puede ceder a cualquier capricho ni largarse por una tontería. Solamente razones de mucho peso podrían obligar a una mujer a abandonar a su marido en semejante situación. Ésa es la ventaja de que estén embarazadas. Sólo entonces se dan cuenta de lo que valemos. La naturaleza, Grooch, es muy astuta. Acaba consiguiendo lo que quiere. ¿Y por qué? Porque se las sabe todas.
Acurrucado en su colchón, Grooch fumaba y asentía con aire circunspecto.
—Sólo hay un caso en el que mi mujer podría tenderme una trampa — prosiguió Macheath pensativo—: si aceptara renunciar realmente al niño que lleva dentro. Pero sería un acto de tanta sangre fría que después la ruptura me resultaría indiferente. Lo he dejado a su buen criterio, y no me he pronunciado ni a favor ni en contra. Con ello he querido darle a entender que es ella quien debe decidirlo todo. Es una prueba muy dura para Polly, una prueba de fuego. Y francamente no sé cómo se las arreglará para superarla. Ni siquiera sé si ya está todo decidido. En este momento ignoro si aún lleva al niño en su vientre o no. Me he guardado muy bien de preguntárselo. Aparento no preocuparme del asunto. Pero llegará un día en que le preguntaré: ¿dónde está tu hijo? ¿Qué has hecho con él? ¿Significaba tanto para ti que por nada del mundo te hubieras separadlo de él? ¿O quizá no? ¡Ese momento será el decisivo!
Grooch había vuelto a asentir con la cabeza, y en ese instante Mac creyó de veras en lo que estaba diciendo. Era algo muy suyo eso de dar instrucciones estrictas y responsabilizar luego a quienes las cumplían.
Y White acompañó a Fanny Crysler a casa de Peachum.
Éste los recibió de pie en su pequeño despacho.
Fanny se comportó con total naturalidad y, como siempre, dio una impresión de gran dama. Declaró estar dispuesta a hacerle al señor Macheath el favor que le había pedido. No estaba atada por ningún compromiso ni le preocupaba el «qué dirán».
—¡Alto ahí! —la interrumpió bruscamente Peachum—. ¿Debo entender que está usted dispuesta a jurar en falso por complacer al señor Macheath? La verdad es que no nos serviría de nada.
Fanny miró muy sorprendida al abogado, que a su vez clavó una mirada confusa en un rincón del mísero despacho. Ella era la única de los tres que estaba sentada y encendió un cigarrillo.
—¿Quiere que le diga —repuso— si realmente me he acostado con su yerno?
—Así es —corroboró el señor Peachum.
Ella se rió, pero no de forma desagradable. Luego se volvió hacia White:
—No sé si al señor Macheath le hará gracia que yo hable sobre esas cosas, White.
Suprimió adrede el tratamiento de «señor» para demostrar que socialmente se hallaban al mismo nivel, es decir, que ella era una de las clientas de White.
—Le haga o no gracia al señor Macheath —dijo Peachum amargado—, yo tengo que saberlo. Y mi mujer también, si no tiene usted inconveniente. Esto no es una broma.
Y abriendo la puerta de hojalata, llamó a su mujer a gritos.
Ésta no parecía haber estado muy lejos, pues llegó en seguida. Se quedó mirando a la visita con curiosidad, las manos cruzadas sobre el vientre. No era una dama.
—Te presento a la señorita Crysler —dijo Peachum señalando a la dama, que dejó inmediatamente su boquilla, pero mantuvo las piernas cruzadas y una sonrisa indefinida—. La señorita Crysler ha venido para comunicarme que ha tenido relaciones íntimas con el señor Macheath hasta hace muy poco tiempo, o sea incluso después de su boda. ¿Verdad que sí?
—Así es —dijo la señorita Crysler ya muy seria esta vez. Y por cortesía hacia la mujer desconocida añadió como quien no quiere la cosa—: Yo dirijo uno de los negocios del señor Macheath y trabajo continuamente con él.
Luego se levantó, guardó su boquilla en el bolso, se despidió con una leve inclinación de cabeza y salió. White le abrió la puerta con una sonrisa de circunstancias.
Aquella noche Peachum durmió tranquilo por primera vez en varios meses. Quería organizar la entrevista decisiva con Coax para la mañana siguiente. Quería revelarle el desliz de Polly y a la vez el consentimiento de Macheath en cuanto al divorcio. Ya no hacía falta comprar los barcos de Southampton; el dinero para hacerlo estaba disponible, salvo la parte de Peachum.
Pero a la mañana siguiente, cuando Peachum se estaba afeitando para ir donde Coax, éste irrumpió en su casa y le gritó, agitando una carta en la mano:
—¡Oiga, caballero! ¿Quién se ha creído usted que soy? Intenta convencerme de que me case con su hija y se pasa meses organizándome encuentros con ella. De esta manera pretende asegurarse una posición privilegiada en nuestro negocio y me impide actuar contra usted como lo hago con los otros estafadores entre los que usted mismo se cuenta. Y esta mañana me entero de que su hija está casada hace ya tiempo y va a divorciarse, y de que su marido es un delincuente que, según me dicen, está preso. ¿Ha perdido usted el juicio, señor Peachum?
Con la cara llena de espuma de jabón y el brazo con la navaja en alto, Peachum estaba de pie ante un espejito que había colgado en la manija de la ventana. Los tirantes de sus pantalones le caían por detrás hasta el suelo. De pronto lanzó un gemido sordo.
—¿Es ésa su respuesta, caballero? —prosiguió Coax en tono gélido—. ¿Es eso todo lo que tiene que decirme? ¿Un gruñido? ¡Qué cara tiene!
Peachum bajó la navaja. Tenía una cara ordinaria, pero su dolor era tan grande en ese momento que casi parecía noble.
—Coax —dijo con voz apagada—. ¡Coax, cómo puede hablar así!
Y su expresión de dolor era tan auténtica que Coax se limitó a decir lo estrictamente necesario.
—Dentro de dos horas, Peachum, dos horas, deberá usted entregar el dinero para la CEB y me lo entregará a mí en mi despacho. Y que luego no lo vuelva a ver, o dentro de cinco horas estará en la cárcel haciéndole compañía a su impecable yerno.
Y salió muy erguido, topándose con Polly y su madre, que habían acudido a toda prisa al oír el ruido. Cuando pasó junto a ellas, dijo en tono cortante:
—¡Buenos días, señora Macheath!
La señora Peachum se dirigió directamente al despacho, y al ver a su marido pálido junto a la ventana, supo lo que había ocurrido.
—Esperemos un poco más antes de ir al médico, Polly —le dijo a su hija un cuarto de hora más tarde.
Peachum se quedó de una pieza. Había contado firmemente con la concupiscencia del corredor de comercio. Y estaba tan seguro de ella porque a él, como buen puritano, le parecía inmunda. Había confiado plenamente en que Coax sacrificaría sus intereses materiales a su lascivia y por eso lo había despreciado. Pero lo había subestimado…
Tras la jugada de Coax, los acontecimientos se precipitaron vertiginosamente.
Peachum se dirigió a su banco y escuchó toda suerte de evasivas cuando quiso retirar sus depósitos. Receloso, pidió hablar con Miller, y viendo que lo hacían esperar, irrumpió sin más ni más en la oficina. En ese mismo instante entraba Hawthorne, presuroso, por la otra puerta. Una simple mirada al Siglo y medio y Peachum lo supo todo, o casi todo.
Una breve entrevista disipó sus últimas dudas.
Tendría que tratar con el señor Macheath si quería disponer de su dinero. Desde el día anterior el señor Macheath era el director gerente, aunque, eso sí, desde la cárcel.
Peachum dejó a los dos viejos y voló a la oficina de Coax. Ya eran las once.
Coax escuchó su informe en silencio, y luego le dijo en tono áspero:
—Le doy de plazo hasta mañana ál mediodía. Para entonces deberá tener el dinero o documentos que lo garanticen. Como usted dice, su yerno es el director del banco. Entrégueme ahora mismo el contrato con el gobierno y la declaración en la que Crowl y el baronet confiesan sus delitos y, por tanto, los de todos los demás.
Peachum volvió a salir y regresó con los documentos exigidos por Coax. Parecía estar en trance. Luego, de vuelta ya en su casa, se encerró en el despacho. No comió nada. A eso de las dos mandó buscar a Fewkoombey al hotel.
El ex soldado se veía bien alimentado, con la cara casi gorda. Sólo el color de su tez era enfermizo. Mientras Peachum hablaba con él, mirando como de costumbre hacia el escaparate falso, el cojo se quedó de pie, inmóvil, junto a la puerta de hojalata, sosteniendo la gorra entre sus gruesas manos.
Peachum le dijo en pocas palabras lo siguiente:
Que su fábrica había sufrido varios atracos y tenía que reducirse sustancialmente, por lo que él se veía obligado a poner en la calle a parte se su personal. Entre ellos también estaba él, Fewkoombey.
El señor Peachum se pasó un rato hablando del terrible problema de la desocupación:
—Soy perfectamente consciente de lo que significa poner al personal en la calle. Particularmente terribles son las consecuencias morales de este fenómeno. El típico desocupado suele perder muy pronto cualquier asidero moral Muy raras veces es capaz de mantener intactos sus principios éticos contra las influencias devastadoras del hambre y del frío. Su autoconciencia se quebranta. Se da cuenta de que él es una carga. Y en ese estado de ánimo se vuelve presa fácil de agitadores irresponsables que intentan convertirlo en enemigo del orden social Yo sé todo esto, pero ¿qué debo hacer?
Había, sin embargo, una posibilidad de que no tuviera que despedir de inmediato a parte de sus empleados, entre ellos a Fewkoombey. Por Londres circulaba un señor llamado William Coax, que llevaba en el bolsillo interior de su americana un documento sobre el que no tenía derecho alguno. Al tal Coax había que eliminarlo antes de la mañana siguiente. Tenían preparada una coartada para quien se encargase de esta diligencia y evitase así el despido de un buen número de empleados. En cuanto acabara su misión, esa persona tendría que ir a un sitio determinado y pasar en él la noche.
—Es un asunto de negocios —concluyó el señor Peachum filosóficamente —. Es la continuación del mismo negocio con otros medios. Piense un poco en la guerra, usted que es soldado: cuando a los hombres de negocios se les acaba la cuerda, entra a tallar el soldado. Es cierto que en el mundo de los negocios empleamos por lo general otros métodos, más pacíficos. Lo cual sólo significa que hoy en día existen otras posibilidades, además de un cuchillo bien manejado, para conseguir lo que deseamos. Por desgracia, aún quedan excepciones.
El soldado conocía al corredor de comercio Coax. Algunas veces le había llevado cartas.
La señora Peachum aún lo vio en el patio después de la entrevista.
Fue la última vez que lo tuvo ante sus ojos, y más tarde solía contar que le había parecido siniestro. De pie entre la ropa colgada, el hombre se había quedado un buen rato mirando a los perros sin acercarse a ellos, aunque no habían comido y estaban aullando de hambre.
—Sabe Dios qué pensamientos sanguinarios habrán cruzado por su mente mientras estaba allí —dijo sollozando.
Y en realidad no estaba pensando en nada que no fuera calcular cuánto podía valer aquel lugar protegido de la lluvia, mas no del frío, bajo la barraca techada con cartón alquitranado donde él había encontrado un refugio. Muy breve había sido el tiempo que pasó allí. No había podido acabar el medio tomo de la enciclopedia.
Cuando salió de la tienda de instrumentos de la Old Oak Street llevaba una navaja en el bolsillo trasero derecho del pantalón. Aún no había tomado una decisión.
Casi al mismo tiempo, la señora Polly Macheath mantenía una entrevista con el señor O’Hara en casa de éste.
La señora Macheath le contó en tono muy vehemente que acababa de encontrar en su habitación una carta de su marido donde éste le escribía que no tenía por qué intranquilizarse, pues jamás llegarían al divorcio (la palabra «divorcio» estaba subrayada); que llegado el momento acusaría simplemente al comisionista Coax de adulterio con ella: tenía un material muy comprometedor que demostraba a todas luces que Coax era un crápula. Ello le quitaría a éste, por muy inocente que fuese en este caso, cualquier interés en un pleito de divorcio.
Y le enseñó el papel, escrito presurosamente a lápiz.
O’Hara no pareció muy impresionado.
—¡Coax deberá comparecer como testigo! —repitió Polly indignada.
—¿Y qué? —preguntó O’Hara sin levantarse siquiera del sola, pues ya había comido y estaba leyendo el Times, concretamente la sección deportiva.
—¿Y qué? ¡Pues no me da la gana!
—¿Has cometido tú adulterio con él?
—Por supuesto que no.
—¿Entonces por qué no quieres que declare?
—Porque no. ¿No basta con esto? Y como no me da la gana, vale más que desaparezca antes del proceso.
—Si te he entendido bien, lo que quieres es que se lo carguen.
—Noj por supuesto que no.
Hubo una pausa en la que O’Hara reanudó su lectura.
—¿Entonces qué? —preguntó Polly—. ¡Deja ese periódico! ¿Qué manera es ésa de tratarme? ¡Te he hecho una pregunta!
—¡Ajá! —repuso O’Hara—. Pues muy bien. Que desaparezca. ¿Y qué pasaría si no desapareciera?
—En ese caso yo misma presentaría a un testigo con el cual he cometido adulterio —dijo Polly marcando cada silaba.
—¡Ajá! Conque tú misma presentarías un testigo…
—No tienes por qué sonreír así. No entiendes nada.
Yo jamás compareceré ante un tribunal público con un personaje tan ridículo como Coax. Si he cometido adulterio, que sea al menos con un hombre relativamente aceptable. ¿Has visto alguna vez a Coax? Es un chivo viejo, pero no un hombre como para cometer adulterio.
Tú tampoco es que valgas gran cosa, pero al menos tienes cierta presencia. La suficiente para un tribunal, en todo caso.
O’Hara se llevó una impresión más que desagradable. Su nada exigua experiencia con mujeres le decía que el motivo que aducía Polly para nombrarlo a él, O’Hara, en caso de necesidad, es decir, en caso de que el corredor de comercio no desapareciera, era decisivo para ella. Para él significaría, en cambio, la ruptura anticipada con su jefe Macheath, el fracaso de sus planes y, posiblemente, cosas aún peores. Conocía a Macheath desde la época en que todavía se llamaba Beckett Y no siempre había sido gordo y pacífico.
O’Hara dobló cuidadosamente el periódico y se levantó.
—Y ahora cierra el pico —dijo en tono grosero—, ya has cotilleado bastante. Puedes irte.
Había comprendido que ahora le tocaría pagar. Polly se fue para no irritarlo más. De acuerdo con la moda imperante, llevaba uno de esos sombreros grandes como ruedas de carreta, con plumas teñidas, un velo de tul, un parasol y un corsé que le marcaba el trasero. Iba muy emperifollada y se contemplaba en cada escaparate. Y de paso también veía qué hombres se fijaban en ella o la seguían. Se dirigió a la cárcel a ver a su marido.
Estuvo encantadora con Mac. Se sentó coquetamente en la litera, cruzó las piernas y se puso a taladrar agujeros en el aire con el parasol. Elogió a Mac por querer nombrar a Coax, pues así todo el proceso se iría al agua. Ella señalaría al comisionista con el parasol en presencia del tribunal y diría: ¿Pretenden ustedes que yo me haya acostado con este caballero? Y simplemente se reiría. De hecho se rió mucho cuando describió esta escena.