La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 10 de 44

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La novela de cuatro cuartos

Capítulo cuarto

 

¡Ser un hombre bueno! ¿Quién no lo quisiera?

Pero las cosas no son así.

Final de cuatro cuartos:

Sobre la inseguridad de las cosas humanas.

 

Deliberaciones serias

Como no todos saben, las guerras no sólo sirven para exaltar los ánimos, sino que también animan los negocios de forma nada despreciable. Dejan muchas desgracias como secuela, pero los hombres de negocios no pueden, en general, quejarse.

Peachum había esperado poder participar en los beneficios cuando entró en la «Compañía para la explotación de barcos de transporte». El hecho de que su hija estuviese en edad de casarse también contribuyó a acrecentar su deseo de ganar más.

El curso desfavorable que fueron tomando sus operaciones comerciales al desarrollarse en un terreno para él desconocido, llevó a Peachum a mantener una serie de deliberaciones muy serias con Beery, su administrador.

Se reunieron varias veces en el despacho, al que se entraba desde la tienda por la puerta con revestimiento metálico. Peachum, con su inseparable sombrero en la cabeza, se sentaba al escritorio americano que habían pegado a la pared, exactamente debajo de la diminuta ventanita; el rechoncho Beery lo hacía en la tambaleante silla de hierro del rincón.

Con la sucia camisa arremangada, Peachum apoyaba los brazos sobre el escritorio sin mirar a Beery, que no paraba de mascar la colilla de un puro pescado sin duda años atrás en algún arroyo.

—Beery —le repetía una y otra vez Peachum en aquellos días—, no estoy contento con usted. Por un lado, es demasiado zafío, y por el otro, no le saca suficiente provecho al personal. Por un lado, oigo quejas de que no trata usted con la debida cortesía a la gente, y por el otro, no hay ganancias. Las muchachas de la sastrería, por ejemplo, dicen que tienen que hacer horas extras y, sin embargo, no avanzan con los uniformes militares, y eso que son catorce en vez de nueve. Usted sabe que en mi empresa nadie debe hacer horas extras ni puede haber más personal del necesario. Los tiempos son difíciles, muy difíciles, Inglaterra está metida en una guerra muy dura, el negocio no aguanta la más mínima sobrecarga y usted actúa como si nadáramos en la abundancia. Si el carro se vuelca, todos los que se ganan el pan en esta empresa se quedarán en medio de la calle. Y eso puede ocurrir en cualquier momento. Espero que me haga usted propuestas.

—Es que si tomo medidas para ahorrar dinero, dirá usted que exploto al personal —dijo Beery obstinadamente.

—También lo hace. Hace poco se podía oír bramar a ese recién llegado a tres casas de distancia, y no hay derecho.

—Si le tapamos la boca con un cojín se nos ahoga, ¡y vaya lío el que armaría usted luego! Sabe perfectamente que no aflojarían un real si nos limitásemos a ponerles un cigarrillo en la boca y preguntarles: «¿Qué tal te va, viejo?». Y a ése sólo le ajustamos las clavijas pensando en los otros. Los de la nueva hornada ya no pagan regularmente. Además le dijimos que era debido a los otros, y en cuanto usted se marchó, lo tratamos muy humanamente.

—De todas formas, espero no tener que repetir muy a menudo mis advertencias, Beery. No tolero estas cosas. Y las aportaciones de los «soldados» también se han reducido. Nos estamos arruinando, Beery, ¡tendré que cerrar la tienda!

—Sí, es cierto que los soldados ya no rinden, señor Peachum. Yo mismo lo he verificado, el público no responde y no hay nada que hacer. Ya le dije que no deberíamos hacer política.

Peachum se quedó pensando. Clavó la mirada en una de las esquinas del polvoriento escritorio, y su cara adocenada perdió toda su insignificancia.

—Lo que ocurre es que su gente no está informada —dijo—. Publique usted en La Rama de Olivo unos cuantos artículos bien escritos sobre la vida militar y Sudáfrica, y sus soldados sabrán siquiera a medias de qué va la cosa.

En uno de los compartimientos del sótano se imprimía un periódico propio, La Rama de Olivo, que aparecía semanalmente y recogía una serie de noticias de tipo personal —defunciones, bautizos, matrimonios— para todas las parroquias. Era importante para la mendicidad a domicilio. La hoja contenía además muchos relatos breves de corte sentimental, proverbios bíblicos y en cada número un acertijo.

—Además —prosiguió Peachum—, nosotros mismos cometemos disparates. No deberíamos mandar gente a la calle cuando llevamos mucho tiempo sin tener noticias del frente. Es un grave error. Ahora han asediado Mafeking y la guerra está en un punto muerto, lo que no habla en favor de los militares. La gente se pregunta —y con toda razón— para qué pierden brazos y piernas sí con ello no consiguen nada. ¡La incapacidad jamás recibe apoyo! Y, sobre todo, a nadie le gusta que le recuerden la guerra cuando no es un éxito. Por no hablar de comentarios tales como: Ésos ya pueden sentirse dichosos de estar siquiera en casa, hay otros que lo tienen peor. Fue una buena idea uniformar a parte de nuestros jóvenes, pero no habría que mandarlos todo el tiempo a la calle, sobre todo cuando no hay triunfos que celebrar. Y ahora haga entrar a esa gente.

Beery los hizo pasar, al menos a los presentes. Llevaban uniformes raídos y tenían cara de malas pulgas. No ganaban nada.

Peachum los examinó en silencio. Tenía la mirada ausente y no se detuvo en ningún detalle. Largos años de práctica le habían enseñado a adoptar esa mirada.

—¡Éstos tampoco valen nada! —dijo de pronto en tono grosero, mientras Beery observaba sus labios como un perro fiel, pues conocía la infalibilidad de su amo—. ¿Qué es lo que ha seleccionado? ¡Éstos no son soldados ingleses! ¡Son mineros! ¡Mire a aquel de ahí, por favor!

Y señaló con la cabeza a un hombre alto, de mediana edad y aspecto amargado.

—¡Ése es un derrotista, un comunista! ¡No es de los que mueren por Inglaterra! ¡Y si lo hace será a trancas y barrancas y después de regatear su paga! Los soldados son gente joven y simpática que conserva su frescura y buen humor incluso en la desgracia. ¡Y esas mutilaciones horrorosas! ¿No me dirá usted que quiere verlas? Para eso basta con un brazo en cabestrillo. Y los uniformes tienen que estar limpios para que la gente diga: No le queda sino su uniforme, pero sabe llevarlo con honor. ¡Eso es lo que atrae y reconcilia! ¡Necesito auténticos caballeros! Un tono discreto y cortés, aunque no sumiso. Después de todo, una herida así es algo honroso. Aquel de allí puede pasar; los demás, que devuelvan los uniformes.

Los «soldados» salieron. Ni el alto ni ningún otro dijeron esta boca es mía. Había una negocio de por medio.