La novela de cuatro cuartos
Capítulo tercero
Pues ¿de qué vive el hombre?
¿Que de qué vive el hombre? Torturando
Despojando, atacando, devorando a otros hombres. El hombre sólo vive olvidando,
Y al prójimo, mejor que no los nombres.
Señores, no os hagáis ilusión:
¡Al hombre le gusta la perversión!
Final de cuatro cuartos
Los almacenes B
Había en Londres un gran número de tiendas de idéntico aspecto donde las mercaderías eran más baratas que en otros sitios. Se llamaban almacenes B, lo cual significaba, supuestamente, almacenes Baratura, aunque algunos, sobre todo tenderos, leían almacenes Baratería. En ellos podía comprarse desde hojas de afeitar hasta enseres domésticos, todo a precios extraordinariamente bajos, y la administración era, en líneas generales, bastante honesta. La gente pobre compraba gustosa en esos almacenes, que los dueños de otras tiendas y los pequeños artesanos miraban, en cambio, con gran indignación.
Aquellos almacenes pertenecían al señor Macheath. También tenía éste otros apellidos, pero como propietario de los almacenes B se llamaba exclusivamente Macheath.
Al principio sólo había pocas sucursales, dos o tres en la zona del puente de Waterloo y una media docena más hacia el Este. Funcionaban de maravilla, pues los precios eran tan bajos que no tenían realmente competencia. Pero no es fácil encontrar mercadería tan barata, y el señor Macheath tuvo que realizar una ardua y peligrosa labor de organización antes de pensar en ampliar el negocio.
Esa labor debía hacerse, además, con suma discreción. Nadie sabía de dónde proveía sus tiendas ni cómo conseguía cosas tan baratas.
A quienes se devanaban los sesos intentando adivinarlo, él podía probarles fácilmente que en Londres y otros sitios siempre había pequeñas tiendas que quebraban y, como habían comprado buena mercadería a precios de mercado, a la hora del derrumbe se alegraban de que alguien se la comprase al precio que fuera. «La vida es dura —decía entonces Macheath—, y no debemos ser débiles».
Le encantaban las frases grandilocuentes. Pero no tenía resguardos igualmente buenos para toda su mercadería. Además, esas compras ocasionales apenas si bastaban para tener siempre llenos de objetos tan sorprendentemente baratos casi una docena de almacenes.
En el barrio comercial había asimismo otra tienda que no estaba organizada según el sistema B. En ella podían comprarse antigüedades, joyas y libros antiguos a precios más elevados, aunque todavía razonables; se rumoreaba que también pertenecía al señor Macheath, y que con los beneficios que le producía éste financiaba los almacenes B. Todo esto era, a decir verdad, poco probable, y siempre quedaba la incógnita de cómo se las ingeniaba para proveer de mercadería aquella tienda.
En el verano de 19…, y con gran satisfacción por parte de los demás comerciantes, el señor Macheath también acabó envuelto en serias dificultades y tuvo que pedir ayuda a un banco, el National Deposit Bank.
Sin embargo, una investigación realizada por el banco reveló que la empresa Macheath gozaba de buena salud. Particularmente sano era el sistema gracias al cual los distintos almacenes funcionaban de forma independiente, y sólo con reservas podían llamarse propiedad del señor Macheath. Éste se había dado cuenta de que para mucha gente humilde lo más importante es conservar la independencia. No eran nada proclives a hipotecar globalmente su fuerza de trabajo como obreros o empleados normales, sino que preferían confiar en sus propias aptitudes. No querían saber nada de esas aburridas igualaciones. Estaban dispuestos a trabajar más que otros, pero a cambio deseaban poder ganar más. Y no aceptaban que alguien tuviera derecho a impartirles órdenes o a tratarlos mal.
En varias entrevistas periodísticas, el señor Macheath había comentado este decisivo descubrimiento suyo sobre el instinto de independencia del hombre.
Él mismo lo calificaba de instinto primigenio de la naturaleza humana, aunque también expresaba la suposición de que el hombre moderno, el hombre de la era tecnológica sobre todo, entusiasmado por el triunfo total e inaudito de la humanidad sobre la naturaleza, deseaba, con una especie de espíritu deportivo, demostrarse a sí mismo y a los demás la excelencia de sus propias aptitudes. Esta aspiración era para el señor Macheath moral en grado sumo, pues bajo la forma de la competencia, que todo lo abarata, redundaba en beneficio de todos los hombres por igual. Los pequeños querían participar ahora en la lucha competitiva de los grandes. Y al mundo de los negocios le incumbía, por tanto, someterse a este rasgo característico de nuestra época y sacar provecho de él. No debemos actuar contra la naturaleza humana, exclamaba el señor Macheath en sus artículos sensacionalistas, sino de conformidad con ella.
La organización de los almacenes B era el fruto de este descubrimiento. En vez de empleados o simples vendedores, la empresa Macheath tenía tenderos independientes que operaban dentro de su sistema de ventas. A estos comerciantes —cuidadosamente elegidos—, la empresa les daba primero la posibilidad de abrir un almacén B. Les montaba las tiendas y les otorgaba un crédito para la compra de mercaderías. Cada semana recibían una remesa de mercancías a las que debían dar salida. Tenían plena libertad de acción, y mientras pagaran sus intereses y la mercadería, nadie podía meter las narices en su contabilidad. Su único compromiso consistía en mantener los precios de venta bajos, ya que el sistema debía favorecer al máximo a la gente de escasos recursos.
En general, los tenderos se abstenían de contratar mano de obra cara. Toda la familia trabajaba en el almacén. Nadie escatimaba horas de trabajo ni mostraba esa típica indiferencia del empleado que no se interesa por los beneficios. ¡Los primeros interesados eran en este caso ellos mismos!
«De este modo», escribía el señor Macheath en otro artículo, «se puede prevenir también esa fatal disolución de la familia que tanto lamentan los filántropos. La familia entera participa en el proceso laboral Corno todos sus miembros tienen un único y mismo interés, reina entre ellos una paz y armonía absolutas. Y así desaparece la separación —tan peligrosa en muchos aspectos— entre trabajo y vida privada, esa separación que lleva al individuo a olvidar a su familia cuando trabaja, y a su trabajo cuando hace vida familiar. También en este aspecto los almacenes B son ejemplares».
Muy fácil le resultó al señor Macheath convencer al banco de que sus dificultades, en el fondo, no eran tales. El dinero que necesitaba, lo necesitaba para ampliar su empresa. Pese a todo, el banco aún tenía dudas, pues no acababa de ver claro qué tipo de persona era el señor Macheath.
A decir verdad, en la city corrían rumores no muy favorables sobre su persona, unos rumores que, si bien nunca se condensaban en acusaciones, merecían ser tomados en cuenta. Y no se referían precisamente a sus métodos para adquirir mercaderías, aunque éstos también desempeñasen un papel.
Dos o tres veces se había visto envuelto en escándalos, pero siempre había podido demostrar su inocencia. Y ninguno de los casos llegó a los tribunales. Sin embargo, nunca faltaba en la city gente que, sin tener realmente tiendas ni estar emparentada directa o indirectamente con los tenderos, aseguraba — cierto es que no en público— que el señor Macheath no era un caballero. Algunos hubieran preferido ver procesos en vez de arreglos extrajudiciales; otros consideraban que los abogados del señor Macheath eran, simple y llanamente, demasiado buenos.
Las negociaciones con el National Deposit Bank se prolongaron más de lo que Macheath había imaginado. Y empezó a arrepentirse de haber recurrido al banco, pues un fracaso volvería a alimentar los viejos y ya olvidados rumores sobre su persona. Hubiera preferido retirarse.
Por razones muy concretas utilizaba los servicios de varios abogados del Temple. Por uno de ellos se enteró un día de que entre los clientes más respetables del National Deposit Bank figuraba un tal Jonathan Jeremiah Peachum, quien tenía una hija casadera. Macheath logró conocerla, y viendo que se le abrían nuevas perspectivas, se dedicó de lleno a cortejar a Polly Peachum, aunque ello le costara mucho tiempo y desgaste nervioso. El hecho de que se presentase ante Polly y su madre como Jimmy Beckett se debió exclusivamente a razones de cautela.
Se aseguró una vez más sobre la situación del negocio de Peachum. Era una organización de mendigos bastante ramificada, cuyos métodos parecían calculados con gran astucia y cuidadosamente verificados. Un hombre que conocía a Peachum le explicó, por ejemplo, por qué los mendigos de la casa Peachum no se limitaban a llevar algunos cuadros y exponerlos, sino que ellos mismos dibujaban con tizas de colores paisajes o retratos de personajes conocidos en las aceras. En el caso de obras de arte que llegaban ya listas, el público nunca sabía si el mendigo que terna delante era el verdadero artista. Además, los cuadros pintados en la acera eran perecederos; las pisadas de los transeúntes los dañaban y la lluvia los borraba del todo, ¡y ahí llovía a diario! ¡Cada día había que pintar de nuevo aquellos cuadros y pagarlos en el momento! Tales prácticas revelaban un profundo conocimiento de la naturaleza humana. Llevado así, el negocio de la mendicidad tenía que rendir jugosos beneficios.
A mediados de junio, Macheath decidió dejar de lado ciertos escrúpulos de segundo orden e insistir en sus pretensiones. Tema que apostar muy seriamente por el matrimonio y demostrar su existencia burguesa.
Preguntó por carta a la señora Peachum cuándo podría recibirlo. Había interpretado correctamente el nerviosismo de la dama la primera vez que las visitó.
Ella lo citó en el «Calamar» para «cambiar impresiones». Las insinuaciones que allí hizo la señora sobre las veleidades de la juventud moderna le pusieron los nervios de punta al señor Macheath, alias Beckett.
—Los jóvenes de ahora —se quejó la señora Peachum enjugándose de los labios la espuma de su cerveza— no tienen la menor idea de lo que quieren. Son como niños. Conozco a mi Polly al revés y al derecho, pero sobre su corazón no sé absolutamente nada. Quizá aún sea demasiado joven. Nunca ha tenido trato con hombres. Quizá sepa diferenciar un macho de una hembra tratándose de perros, pues tiene cierto contacto con ellos, aunque tampoco estoy del todo segura. No piensa nunca en esas cosas. ¡Tenga usted en cuenta que jamás se ha bañado sin camisón! Si algún jovenzuelo impertinente le hiciera piruetas con su bastoncillo, ¡sabe Dios qué sentimientos podría despertar en ella! ¡Los jóvenes son tan románticos! ¡No se imagina la de novelas que devora esa niña! Y ahora tiene al señor Smiles metido entre ceja y ceja, aunque yo sé perfectamente que está prendada de usted. Una madre sabe esas cosas. ¡Ay, señor Beckett!
Y lo miró de hito en hito tras comprobar que en su jarro de cerveza no quedaba ya nada, y que, fuera de ellos, no había nadie más en el jardín del hotel.
Cuando el señor Beckett le comunicó formalmente que no se llamaba Beckett, sino Macheath, que era el propietario de los conocidos almacenes B y tenía intenciones de lo más serias, ella no pareció darle particular importancia, como si de él hubiera esperado cualquier cosa, y se limitó a rozarlo con una mirada entre ausente y meditativa, que más bien era evasiva.
—¡Ay! —suspiró distraída—, ¡que mi marido no se entere de esto, por Dios santo! Él tiene sus propios planes con esta chica. Ya podrá usted imaginarse. Siempre anda diciendo: «Todo por la niña». Y lo dice en serio. Anteayer, sin ir más lejos, se nos presentó con un cierto señor Coax, una persona, al parecer, muy bien situada. ¿Conoce usted al señor Coax?
Macheath conocía al señor Coax. Era todo un personaje en la city.
A nivel personal, Macheath no había oído comentarios muy favorables sobre el señor Coax.
Era una mujeriego de baja estofa. Fueran cuales fueran las intenciones de tipo material de Macheath, que andaba siempre con la cabeza llena de contrariedades financieras, la simple mención del apellido Coax le produjo una punzada en el corazón. Estaba más comprometido con el Melocotón de lo que él mismo se confesaba.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó con voz ronca.
—Yo también quisiera saberlo —dijo la señor Peachum pensativa y lo escrutó con una mirada tan fría que Macheath se estremeció—. Las jóvenes de hoy son francamente veleidosas. Tienen la cabeza llena de ideas románticas.
Pero luego puso su mano pequeña y regordeta sobre la de Macheath y llamó al camarero para pagar.
En el breve trayecto por entre las mesas de hierro, Macheath sólo pudo enterarse de que todo debería hacerse con la máxima discreción y sin que Peachum lo supiera. Esa misma tarde se encontró con el Melocotón y obtuvo permiso para acompañarla un trecho.
Curiosamente, la joven bajó por la Old Oak Street en dirección a los Meath Gardens, aunque en verdad tenía que ir a clase.
Macheath pensó que quizás tenía allí una cita y lo abandonaría en cuanto llegasen. Polly miró un par de veces a su alrededor mientras bajaban, pero no hizo el menor ademán de despedirse, sino que incluso se sentó con él en un banco, entre los arbustos.
Lucía muy bonita y tranquila en su vestido ligero. Y eso que no era precisamente una muñequita, sino una joven alta y bien plantada. Era una porción entera, no una media.
Se negó a hablar de Smiles y de Coax.
—La noche es demasiado bonita para eso —dijo. Además, el que Macheath conociera a Coax parecía divertirla; y se rió.
Cuando volvieron, él no había sacado nada en limpio, pero habían ocurrido muchas cosas. Sin embargo, Macheath no estaba contento, pues ella no se había dejado hacer h principal, pese a no llevar prácticamente nada bajo el vestido. Esto no le hizo ninguna gracia al señor Macheath, y el hecho de que encima no hubiera ido a su clase lo sumió en sombrías meditaciones. ¡De modo que en esa escuela no controlaban la asistencia de las alumnas!
Al igual que la vez anterior, cuando volvían del picnic, ahora tampoco sabía si de verdad había dado un paso adelante, y eso lo mortificaba muchísimo. Ese tipo de cosas deberían significar algo para ella. Y sobre su inocencia no tenía la menor duda.