La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 31 de 44

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La novela de cuatro cuartos

Capítulo duodécimo

 

Cuando el río suena

agua lleva.

Antiguo refrán

 

¿Tiene el señor Macheath a Mary Swayer

en la conciencia?

El asunto Swayer empezó a causarle quebraderos de cabeza cada vez mayores a Macheath.

Walley, el abogado de Peachum, había convocado una reunión urgente de todos los tenderos de los almacenes B. Se instalaron en la parte de atrás de un restaurante de cuarta categoría y tramaron una serie de desgracias.

El proceso había puesto en evidencia ante todo el mundo la situación de los almacenes B. El gordo Walley propuso la fundación de una asociación de tenderos perjudicados. Les informó asimismo que el mayorista sospechoso del crimen vivía en una habitación principesca de la cárcel, cubierta de alfombras persas.

Un zapatero tísico y larguirucho aludió a la extraña «amistad» del mayorista con la asesinada y exigió indignado una investigación sobre las relaciones entre empleadores y empleadas del sexo femenino. «¡Es allí donde se producen los abusos de poder!», exclamó.

Otros, más mesurados, pidieron moderación.

Una mujer ya mayor propuso aplazar todos los pagos pendientes con el señor Macheath hasta que se dictase sentencia, e intentar endilgarle los alquileres de octubre. Encontró un solo partidario, que aprobó la medida porque «le haría ver al señor Macheath que hemos perdido la confianza en él».

Sin embargo, los representantes de la facción moderada dominaron rápidamente la situación. Se decidió dejar de lado los aspectos económicos, pues nada tenían que ver con el asunto y sólo empañaban los nobles postulados éticos de los presentes. La decisión fue aceptada por unanimidad. La mujer mayor también estuvo de acuerdo.

Y no se habló más de asuntos económicos. A la gente humilde le encanta contemplar su propio hundimiento desde una posición elevada.

Se decidió única y exclusivamente protestar contra la desprotección de los tenderos y exigir que se actuara sin miramientos contra el asesino, «sea cual sea la clase social a la que pertenezca».

Pese a todo, las consecuencias de esta reunión fueron desfavorables para Macheath. La animadversión contra él empezó a proliferar por todas partes.

En los periódicos aparecieron fotos de los hijos de la asesinada. En una de ellas podía verse el letrero del escaparate. «Esta tienda es administrada por la mujer de un combatiente».

Pero la idea más extravagante surgió de Peachum, quien instaló mendigos frente a varios almacenes B, unos individuos famélicos que llevaban letreros colgados al cuello con la inscripción: «Comprar aquí es comprar en mi almacén». Los tenderos no hicieron nada contra ellos y los periodistas también los fotografiaron.

En grandes titulares plantearon la pregunta: «¿ES MACHEATH EL ASESINO DE LA SWAYER?».

Pero Macheath tenía que conseguir la anulación de su proceso sin necesidad de revelar su coartada.

Todo dependía de que el suicidio de la Swayer resultase verosímil.

Mac había doblegado al Siglo y medio y tenía material contra Chreston. No obstante, las formalidades para su ingreso en el banco requerían tiempo, y no podría aprovechar plenamente el material contra Chreston mientras no estuviera instalado en el directorio del banco.

Por otro lado, sólo evitaría revelar su coartada si lograba que el suicidio de la Swayer resultase verosímil, aunque un suicidio arrojaría una luz bastante siniestra sobre los almacenes.

La noche anterior a la audiencia ante el jurado de acusación fue Brown a ver a Macheath y le comunicó, muy abatido, que a los estibadores que habían visto a Mary sola al borde del agua poco antes de su muerte se los había tragado la tierra. Brown había hecho todo lo posible por encontrarlos, pero alguien debió de llevárselos. Walley llegó a decirle con soma al jefe de la policía que ambos tipos habían hecho declaraciones falsas y ahora temían tener que jurar. Macheath pudo imaginarse, pues, quién había eliminado a los testigos. Probablemente vivían en el mismo hotel que Fewkoombey.

—¡Ay! —le dijo a Brown, que lo escuchaba entristecido—. ¡De qué me sirve tu lealtad si lo que cuenta es la habilidad! Me recuerdas al viejo Skiller, ese buen hombre que siempre tenía la mejor voluntad del mundo y, sin embargo, jamás se caigo a nadie porque le faltaban aptitudes para hacerlo. Estaba dispuesto a molerles los huesos a sus enemigos, pero cuando los reconocía ya era demasiado tarde. No lo asustaban cuatro vigilantes de banco juntos, pero era capaz de olvidar sus herramientas en casa, por desgracia. Tú también eres así; si pensaras en la época que pasamos juntos como soldados no vacilarías en quemar en la estufa las actas que pudieran comprometerme. ¡Pero quién sabe si no olvidarías unas cuantas páginas! ¡Son grandes debilidades, Freddy! Vosotros, los funcionarios, sois devotamente leales al Estado y a quienes lo dirigen, pero es una lástima que, en general, sólo aspire a ocupar cargos estatales gente incapaz de defender su puesto en el mercado libre de trabajo. Por eso tenemos tantos jueces que, aunque animados por la mejor de las intenciones, son algo cortos de inteligencia. Están dispuestos a aplicar las leyes con el máximo rigor contra los muertos de hambre y los comunistas, pero raras veces consiguen engañarlos debidamente, cortarles a tiempo la palabra o simplemente tenderles un lazo. Por otro lado, se dan perfecta cuenta de que el acusado fulano o mengano pertenece a sus círculos y simpatizan con él, aunque por pura incapacidad para aplicar e interpretar debidamente la ley, o a veces por pereza mental o escrupulosidad exagerada, se hallan totalmente incapacitados para sacar a su hombre de apuros, o, si lo sacan, su torpeza hará que nuestra maquinaria judicial parezca llena de fallos y lagunas. Y, sin embargo, es una maquinaria de primera, absolutamente eficaz, que sólo requiere ser manejada con lógica e inteligencia para no hacerle daño a nadie. No hace falta violar la ley para dejar tranquilo al prójimo; basta simplemente con aplicarla. ¡Oh, Freddy, sé que eres muy atento conmigo, pero la verdad es que no eres muy capaz!

Pasaron un buen rato juntos esa noche, evocando más de un recuerdo agradable vinculado a sus andanzas comunes. Sólo minutos antes de irse se atrevió Brown a confesarle a su amigo que hasta su empleada Fanny Crysler declararía en contra de él ante el juez. En la sesión anterior había admitido que Macheath y Mary tuvieron una entrevista en su tienda.

La sesión del jurado de acusación tuvo lugar en una sala acogedora y bien iluminada. El juez era un hombre bajo y enjuto, de grandes ojos azules, una figura que armonizaba muy bien con aquella estancia clara y soleada, de cortinas blancas y paredes encaladas.

Las declaraciones del forense y de los inspectores de la brigada criminal no llevaron mucho tiempo. El juicio se centró muy pronto en Macheath, sobre quien recaía la fundada sospecha de haber asesinado a la tendera Mary Swayer.

Walley, pagado por Peachum, representaba a los hijos de la Swayer en calidad de acusador privado. Macheath, defendido por Rigger y White, declaró ser comerciante mayorista de profesión.

Cometió un pequeño error cuando le preguntaron si tenía antecedentes penales. Como no tenía la impresión de haber sido castigado nunca, dijo:

—No.

Walley intervino en seguida:

—¿No fue usted condenado hace tres años a pagar una multa de una libra, acusado?

—No me acuerdo —repuso Macheath, desagradablemente sorprendido.

—¡Ajá! ¿Conque no se acuerda, eh? ¿Se le ha olvidado que no respetó la hora de cierre? No la respetó, pero no consigue acordarse. Permítame decirle en ese caso que sí tiene antecedentes penales.

Rigger se rió con soma.

—¡De modo que lo condenaron por no respetar la hora de cierre! ¡Pues ésta será la única condena que le impongan, Macheath!

Walley se había vuelto a levantar:

—No se trata del delito en sí, sino del extraño hecho de que el acusado intente ocultar delito y pena. La insignificancia del caso demuestra precisamente que, para Macheath, es ya casi un hábito ocultar todo cuanto pueda dejarlo mal parado ante la opinión pública. En el curso del proceso saldrán a la luz otras cosas similares.

Rigger protestó contra esa tentativa de influir sobre el tribunal, pero White le tiró de la manga. Era un hombre gordo y tenía su propia teoría acerca de la defensa, sobre la que no había logrado ponerse de acuerdo con Rigger. Quería basar su defensa en el suicidio de la Swayer, mientras que Rigger pensaba argüir homicidio cometido por desconocidos. En ningún caso se quería revelar la coartada.

Por desgracia, y como se pudo apreciar ya al comienzo, Walley parecía tener el encargo de llevar el proceso con el máximo rigor.

Los dos estibadores que, sobre las nueve de la noche, habían visto a una mujer dirigirse sola hacia el muelle no se presentaron, claro está, pero sí lo hicieron los mendigos que habían visto al acusado en compañía de la víctima por la zona del muelle. Uno de ellos, un viejo apellidado Stone, declaró lo siguiente;

—Recuerdo perfectamente al hombre que acompañaba a la muchacha. Es aquél que está sentado allí. Nosotros solemos fijamos en la gente. Ese tipo es de los que se lo piensan tres veces antes de aflojar un penique. Y lo hacen sólo cuando hay damas presentes. Se pasó tanto rato buscando una moneda suficientemente pequeña que yo le dije; más vale que vaya primero a su casa y lo registre todo de arriba abajo. Es posible que un medio penique falso se le haya escurrido detrás del diván, caballero. Recuerdo muy bien que se lo dije. El hombre parecía llevar sólo billetes grandes consigo, aunque al final encontró un penique.

La sala entera se rió. Rigger sacó una hoja de periódico de su cartera y se la entregó al jurado. Era la fotografía del escaparate con el anuncio de que en los almacenes B se hacían rebajas a los familiares de los combatientes.

—Esta fotografía ha sido publicada por nuestros enemigos —dijo Rigger indignado—; yo le pregunto: ¿actuaría así un hombre desprovisto de sensibilidad social?

Walley se reservó para más tarde el derecho a examinar la sensibilidad social del señor Macheath y se limitó a comprobar que el señor Stone había reconocido al acusado por aquel pequeño detalle. Por supuesto que, en su condición de millonario, el señor Macheath terna legalmente derecho a regalar también botones de bragueta a los mendigos. Lo que quizá fuera menos indiferente era saber de dónde los sacaba.

Éste fue el primer ataque contra los métodos comerciales del señor Macheath, quien se puso muy nervioso.

Repuso en tono brusco que los botones se producían en fábricas.

La cuestión, dijo Walley displicentemente, era saber si los fabricantes habían cobrado el precio total.

En ese momento se levantó Rigger de un salto y preguntó si el tribunal estaba dispuesto a tolerar propaganda comunista.

El juez tranquilizó a las dos partes. Lo esencial en la declaración del testigo era únicamente que reconocía en el acusado al señor que, la noche del crimen, había acompañado a la Swayer por los muelles.

Rigger prometió que volvería a interrogar al testigo y recordó que su declaración se contradecía con la de los estibadores. Luego hizo comparecer al comisario de la brigada criminal que había interrogado a los dos estibadores ausentes. Ambos habían hablado, en efecto, de una mujer sola.

—¿Qué mujer? —quiso saber Walley.

El comisario confesó: no se les había mostrado a esos estibadores ninguna foto de la asesinada.

Walley se levantó con aire triunfante.

—¡Pues vaya testigos! —exclamó—. ¡Vieron a una mujer sola caminando por los muelles! ¡Como si en esa zona no hubiese más que una!

Y a una señal suya salió de la habitación de los testigos una persona que, a todas luces, provenía de los más bajos fondos. Declaró ser prostituta y ejercer su oficio en la zona de los muelles. Aquel sábado por la noche había ido allí en busca de clientes y no había encontrado ninguno. No era una buena zona. Ella iba ahí sólo porque tenía la cara marcada por una erisipela y la mala iluminación la favorecía.

Rigger preguntó si aquel barrio no era más bien inseguro para mujeres solas debido a los sujetos de mal vivir que lo frecuentaban.

Ella dijo:

—Para nosotras no.

—Las mujeres que circulan por ahí no llevan riquezas consigo —precisó Walley.

Que también había asesinos perversos, insistió Rigger.

—Para nosotras están en cualquier parte —dijo la testigo, imperturbable.

Rigger quiso saber algo sobre la competencia entre las prostitutas. Si las chicas no se detestaban unas a otras debido a los clientes. Después de todo, y por muy siniestras que fueran sus intenciones, los hombres eran allí simples objetos de uso comercial para esas chicas.

—Tenemos nuestras zonas —dijo la testigo.

—Y también protectores, ¿verdad?

—Yo no.

—¿Por qué no?

—Porque rindo muy poco.

—¡Qué va! Las cabras también producen estiércol. No nos venga con cuentos. Y los protectores no están ahí sólo para defenderlas contra los clientes, sino también contra las otras prostitutas que salen a pescar en «territorio» ajeno, ¿o no es así?

—Tal vez —dijo la testigo.

—Quiero dejar constancia de todo esto —dijo Rigger muy ufano ante los miembros del tribunal—, porque considero posible que la Swayer perdiera la vida de una manera que puede deducirse de las declaraciones de la testigo.

White lo interrumpió.

—Sabemos perfectamente —murmuró inclinado sobre su expediente— cómo murió la Swayer. No insista, por favor.

Permitieron retirarse a la testigo. Todos tuvieron que admitir que ella podía haber sido «la mujer sola» vista por los estibadores. Y en ese caso la Swayer bien pudo haber estado en compañía de Macheath, como pretendían los mendigos.

Con gran nerviosismo por parte de los periodistas, Walley hizo llamar a Fewkoombey, que había desaparecido tras su primera declaración.

Rigger le preguntó en seguida dónde había estado.

Walley respondió por él:

—Sometido a una vigilancia especial. No queríamos que le ocurriera nada. ¡Ya sabemos lo que le ocurrió a la señora Swayer!

Fewkoombey relató con voz serena sus últimos encuentros con la difunta. Macheath le había dado una cita, y ella lo estaba esperando cuando él, Fewkoombey, se marchó. Sin duda Mary quería pedirle ayuda económica, y quizá también amenazarlo, pues sabía cosas de él.

Rigger se puso en pie.

—¿Le temía al acusado la señora Swayer?

—¿A qué se refiere?

—Si temía que él pudiera hacerle algo, tirarla de un empujón al agua, por ejemplo.

—Es muy poco probable; de ser así, no hubiera ido a encontrarse con él.

—Correcto, Fewkoombey, «de ser así, no hubiera ido a encontrarse con él». ¿O sea que no dio señales de miedo?

—No.

Esta vez se levantó el gordo White. Con su voz de falsete preguntó si la señora Swayer no tenía nada que temer del señor Macheath. Si no temía, por ejemplo, que él tomara medidas de índole comercial contra ella.

El ex soldado titubeó antes de contestar. Luego dijo tranquilamente:

—Pensaba, eso sí, que Mac no tendría ningún miramiento con ella a la hora de hacer negocios. Por ahí sí que le temía.

—Correcto —dijo White y se sentó con aplomo.

Walley, que había escuchado sonriente, dijo entonces:

—Pero aún queda un tercer punto. El deseo de Mary de obtener apoyo económico, su necesidad misma pueden haber sido mayores que su miedo a jugarse el pellejo. Acaban ustedes de oír la escasa importancia que las mujeres de vida airada conceden a su propio miedo ante los peores peligros. Yo estoy aquí representando a dos huérfanos, señorías. Del testimonio del señor Fewkoombey deducimos que esa madre no tenía miedo alguno cuando se trataba de conseguir comida para sus hijos.

Macheath confirmó luego, cuando se lo preguntaron, que la nota que le envió a la Swayer dándole una cita procedía de él. En cuanto a la letra de Mary, negó conocerla. Y de verdad no la conocía, porque si no habría identificado a tiempo a la autora de aquella carta sobre el «Cuchillo» que llevaba consigo hacía ya tanto tiempo.

El presidente del tribunal hizo una pausa al mediodía. Polly fue a ver a su marido a una habitación donde sólo estaban él y sus abogados, discutiendo en un rincón sobre los métodos de la defensa.

Mac y Polly se comieron un emparedado. El proceso había deprimido mucho a Mac Preguntó, entre otras cosas, qué había querido decir Walley con esa observación estúpida de que lo importante era saber si los fabricantes también recibían el precio total.

—Es una insolencia increíble —dijo Macheath—; por supuesto que estaba insinuando que mi mercadería era robada. Supongamos que vendo botones y se los compro a pequeñas empresas en quiebra. En efecto, es igual que si los robara, pues no estoy pagando el precio total. Y aunque se lo pagara a esas pequeñas empresas, ellas tampoco son los fabricantes. A los productores, es decir, a los que han hecho los botones, se les estaría robando la mercadería aunque se les pagara su trabajo. Naturalmente que no recibirán el precio total. ¿De dónde saldría en este caso el beneficio? Debo decir que no veo mucha diferencia entre robar y «comprar». Ya me las pagará el Walley aquel. Me ha perjudicado.

Polly le dio la razón.

En el ínterin se había puesto aún más bonita. Había nadado mucho, y tomado baños de sol durante el verano, claro que en lugares protegidos, debido a su estado. Aún tenía los brazos ligeramente bronceados, aunque cuando las mangas cortas y sueltas de su blusa se deslizaban hacia atrás, se los veía blancos por encima de los codos. Era sencillamente fascinante y ella lo sabía.

Por deseo de Walley, el proceso se reanudó con el interrogatorio de Fanny Crysler.

Ésta tenía ojeras y estaba muy nerviosa. La pérdida de su tienda de antigüedades la había afectado mucho.

Se limitó a declarar que la difunta le había pedido un préstamo al señor Macheath confiando en sus antiguas relaciones de amistad.

—Pero ¿no amenazó diciendo que sabía una serie de cosas sobre el acusado?

—Sin duda se refería a las circunstancias de su propio matrimonio —dijo rápidamente la testigo—; el señor Macheath había tenido algo que ver en él y quizá no le hacía mucha gracia que se lo recordaran públicamente.

—¿Qué sabe usted sobre el «Cuchillo»? —preguntó de pronto Walley.

Fanny palideció visiblemente detrás de su velo.

—Nada —repuso haciendo un esfuerzo—. Solamente lo que aparece en los periódicos.

—Pero Mary amenazó al acusado con hacer ciertas revelaciones vinculadas al «Cuchillo».

Fanny, que había recuperado su aplomo, dijo en tono indiferente:

—Ya no me acuerdo. Dijo muchos disparates porque estaba nerviosísima y se sentía postergada. Seguro que a Mac sólo le molestaba que quisiera hablar públicamente sobre sus relaciones cotí él.

White quiso saber de pronto cuál era la situación económica de la difunta.

—No era buena, pero tampoco peor que la de otros tenderos. Los almacenes van todos mal de momento.

—¿Es usted empleada del acusado? —preguntó Walley.

—Sí.

—Quizá la defensa prefiera presentar testigos propios que nos informen sobre el comportamiento comercial de Macheath —dijo Walley en tono irónico—, personas que no sean empleados suyos.

White se enfadó.

—Mi colega —dijo con aire importante— parece creer que en Inglaterra ya no queda gente capaz de decir la verdad sin tener en cuenta intereses de orden material. Debo decir que lo encuentro lamentable.

—¿Qué encuentra usted lamentable? —preguntó Walley no sin cierto placer—. ¿Que ya no haya gente así o que yo me lo crea?

Pero el juez cortó la discusión. Y Walley pasó a interrogar a un redactor de El Espejo.

Cuando éste declaró sin tapujos que la difunta había identificado al señor Macheath con el temible asesino apodado el «Cuchillo», Rigger vio el cielo abierto.

—Esto viene a demostrarle a toda persona inteligente, es decir, a todo el que no lea periódicos, lo penosamente débiles que son los fundamentos de la acusación —exclamó—. ¡Pretenden que el señor Macheath es el «Cuchillo»! ¡Como si nuestros mayoristas fuesen por ahí con linternas sordas, forzando cajas de caudales! Señores, sabemos perfectamente lo que puede la envidia. Pero todo tiene un límite. ¡La acusación entera se basa en la hipótesis de que el señor Macheath, uno de nuestros más conocidos hombres de negocios, no es, en realidad, un hombre de negocios, sino un delincuente: un asesino! Pues de lo contrario la acusación no tendría sentido. Si él no fuera un criminal, sino el conocidísimo propietario de los almacenes B, no tendría ningún motivo para temer las «revelaciones» de una persona sobre cuya moral preferimos no decir nada censurable porque está muerta. ¡Qué absurdo!

Tras decir esto se sentó ruidosamente.

Walley se volvió hacia el acusado:

—Señor Macheath, ¿cómo se explica usted las amenazas de la difunta contra su persona?

Macheath se puso en pie lentamente. Parecía francamente desconcertado.

—Señores —dijo a los miembros del tribunal mirándolos uno por uno—, me resulta un tanto penoso tener que hablar de estas cosas. Sólo puedo hacerlo de hombre a hombre, y como tal debo confesar que no me siento libre de culpa. Quizás ustedes puedan decir de sí mismos que siempre han actuado correctamente en sus relaciones con mujeres, que siempre han cumplido con ellas y jamás, ni siguiera inconscientemente, les han causado sufrimientos. Yo no puedo decir lo mismo. Yo no tenía «relaciones», como suele llamarse aquello, con esa pobre criatura que se llamaba Mary Swayer y murió a manos de algún miserable o quizá por su propia mano, como opina mi defensor, el señor White. Pero ¿tenía ella acaso relaciones conmigo? Yo era su jefe, por decirlo claramente, y admito que hace un tiempo llegamos a salir algunas veces juntos y quizás ella se hiciera toda suerte de ilusiones. Señores, ¿quién de nosotros, los hombres, sabe que acaso esté pecando sin darse cuenta al hacer estas cosas? Seguro que ustedes saben tan bien como yo lo difícil que a veces le resulta a un jefe conservar la debida distancia frente a sus empleadas. ¿Y quién podría tomarles a mal a esas pobres muchachas —que en general han de trabajar duramente y disfrutan poco de la vida— que se enamoren de sus jefes, pertenecientes a una clase más distinguida y culta que aquella que habitualmente frecuentan? Y de ahí a esperanzas secretas, y de éstas a amargas decepciones no hay sino un pequeño paso. Y ahora permítanme no añadir nada más a lo que acabo de decir.

Los periódicos vespertinos publicaron casi todos este discurso en composición espaciada. La actitud «digna y humana» del propietario de los almacenes B halló una excelente acogida. Sólo un periódico proletario salpicó de lodo al Napoleón de los almacenes B, pero no pudo ser tomado en serio, ya que contrariando todo espíritu deportivo, negaba a su adversario dignidad y humanitarismo, y exigía además la transformación violenta de todo el orden social.

Pero la audiencia no terminó con el breve discurso del señor Macheath.

—Según las declaraciones de la testigo Crysler, usted mismo se tomaba tan en serio sus relaciones que hasta le daba dinero a la Swayer —dijo Walley lanzando una mirada de satisfacción hacia el juez.

El juez era un hombre bajo y amojamado, que disfrutaba permaneciendo impasible ante discursos que causaran impresión.

Macheath respondió en seguida:

—Señores, me atrevería a decir que hay casos en los que uno da dinero sin recibir amenazas o incluso pese a ellas, cuando la persona que nos pide se encuentra en una situación difícil. Yo no lo hago. Sólo diré que me interesaba evitar incidentes como la visita de la extinta a la redacción de El Espejo, visita que de todas formas se llevó a cabo. Un hombre de negocios debe evitar que le caiga encima cualquier sombra de sospecha. Qué poco me importaba su amenaza puede deducirse del hecho de que no la tomé en cuenta ni fui al «Pescado frito».

—Pero sí citó allí a la Swayer.

—Lo hice por compasión. Y también hubiera ido por compasión, de no habérmelo impedido una reunión de negocios. Si se hubiera tratado de algo serio para mí, por supuesto que un motivo así no me hubiera detenido.

Walley se empezó a animar.

—¿Y qué reunión de negocios era aquélla? Si tuvo una reunión de negocios, también tiene entonces una coartada.

Macheath miró a sus abogados y dijo luego:

—Si no es indispensable, preferiría no hablar de esa reunión por razones de negocios.

—Quizá sea indispensable —dijo el juez en tono seco.

Pero Rigger y White negaron con la cabeza e hicieron comparecer a un testigo de descargo, el tabernero del «Pescado frito».

Éste declaró que la difunta había estado sola en su establecimiento, había esperado largo rato, dando cada vez más muestras de impaciencia y, al irse, no se había puesto el sombrero, sino que salió con él en la mano. Nadie había preguntado después por ella.

Walley le preguntó si desde la calle se podía ver el interior del local.

La respuesta fue que sí.

Y si el local tenía otras salidas aparte de las que daban a los muelles y a la Deph Street, donde la víctima pudo haberse encontrado con alguien que llegara tarde.

La respuesta fue que no.

Walley resumió: el acusado pudo haberle echado el guante a su víctima frente al «Pescado frito», o haberse encontrado con ella en el camino de regreso.

Encendieron los grandes globos de cristal, pues como el otoño ya estaba muy avanzado, oscurecía temprano.

Walley esperó a que terminaran y prosiguió:

—Hace un rato alguien preguntó —con mucho humor, por cierto— cómo esa modesta tendera pudo haber amenazado al mayorista Macheath. Ahora me gustaría interrogar a un testigo sobre el particular.

Y compareció un hombre endomingado, de brazos largos y oscilantes. Era un zapatero que vivía frente a la tienda de la Swayer y declaró que un día la difunta había admitido ante él saber la procedencia de las mercaderías que recibía. Y se lo dijo en un tono tal que a él, el testigo, no le quedó más remedio que suponer que el origen de esos artículos era francamente oscuro y no podía salir a la luz.

Macheath se levantó. Quiso responder en seguida, pero Rigger le tiró de la manga y le susurró algo al oído. Mac volvió a sentarse, y Rigger pidió al presidente del tribunal una pequeña pausa. Harto ya de tanta charlatanería, quería animar a su cliente a que revelara su coartada.

El juez aceptó.

Pero, ya en el pasillo, Macheath les dijo en tono enérgico que aún no estaba en condiciones de hacer pública la coartada.

Los dos abogados le respondieron que, en ese caso, él parecería sumamente sospechoso al término de la audiencia y tendría que hacer frente a una acusación de homicidio. De todas formas, White quería convencer al tribunal de que la Swayer se había suicidado. Y Rigger ya no tenía valor para contradecirlo.

La sesión se reanudó tras una interrupción de un cuarto de hora.

Los abogados de Macheath comunicaron al tribunal que, lamentablemente, su cliente no estaba en condiciones de precisar dónde se hallaba en el momento en que murió la Swayer. El motivo de su silencio era estrictamente comercial. El juez aceptó la excusa en un tono bastante seco. Después, White expuso su convicción de que la Swayer no había sido víctima de ningún asesino, sino que se había dado muerte ella misma. Y prometió intentar demostrarlo.

Para ello convocó a sus testigos y los interrogó. Eran tenderos de los almacenes B. Les pidió que describieran su situación.

Ellos lo hicieron. Unánimemente afirmaron que su situación era desesperada. Uno dijo que no era nada extraño que de pronto alguno se ahorcara por ahí. Ya no sabían qué hacer, sobre todo desde que se suspendiera el suministro de mercaderías. White les agradeció e hizo comparecer a los vecinos de la Swayer en la Mulberry Street.

Les preguntó:

—¿Saben ustedes algo sobre la forma como la difunta Mary Swayer llevaba su negocio?

—Pues sí, todo lo que puede saber un vecino.

¿Era hábil como comerciante?

—Era trabajadora.

—¿Se fijaba mucho en el dinero?

—No. Aunque no fueras muy bien provisto, te daba la mercadería.

—¿No era, pues, muy hábil en el sentido habitual del término?

—No lo sé; el hecho es que te daba calcetines nuevos cuando le enseñabas los tuyos rotos. Bastaba con ir a su tienda un día de lluvia.

—¿No era entonces lo que se dice una buena negociante?

El testigo guardó silencio.

—Señores —dijo White—, ya lo ven: si la muerte de esta desdichada mujer fue realmente, como creemos, voluntaria, la declaración que acaba de hacer este testigo vendría a demostramos hasta dónde pueden llevar la bondad y el espíritu caritativo.

El juez sonrió.

Una mujer mayor se acercó a la barra de los testigos.

—Explíquenos, por favor —le pidió el señor White—, qué le contó la difunta sobre la manera como se hizo cargo de su tienda.

La mujer se sonó ceremoniosamente. Sin duda deseaba mostrar su pañuelo rojo.

—Prácticamente se la regalaron.

—Yo creía que también había pagado algo.

—Muy poco. No terna casi nada. Su marido era soldado.

—Pero algo tendría, de todos modos. ¿Fue eso lo que dio?

—Al menos es lo que decía.

—¿Le dijo alguna vez la cantidad?

—Creo que unas dieciocho o diecinueve libras. Seguro que no tenía más y nunca llegó a tenerlas.

—Pero ésas sí las tenía. Y las invirtió en el negocio, ¿verdad?

—Quería arreglar un poco su vivienda por los niños. Así era ella, prefería gastar en esas cosas lo poco que tenía y guardar las apariencias.

—¿Y hubiera perdido esas dieciocho o diecinueve libras de haber tenido que dejar el local por no pagar el alquiler o la mercadería?

—Por supuesto. Ya podrá usted imaginarse.

—¿Y qué hubiera podido hacer en ese caso?

—Muy poco.

La mujer mayor sostuvo todo el rato su pañuelo en la mano, como si esperara estornudar de un momento a otro. Por último lo dobló.

La audiencia prosiguió lentamente. Se aclararon algunos detalles, pero no se discutió nada nuevo. Al preguntárseles qué sabían sobre la causa del fracaso de sus almacenes, varios tenderos declararon de consuno que los precios habían caído en todas partes, y que el mismo Chreston vendía a precios ridículos. Y para eso seguro que no había motivos. Era algo tan indefinible como, por ejemplo, el hecho de que un año lloviera mucho o poco en el campo. Lo grave era el corte del suministro, debido probablemente a que ya no se encontraban mercaderías baratas. El mismo señor Macheath había hecho esfuerzos por conseguir nuevas remesas, pues antes los había animado a contratar nueva mano de obra y hacer una publicidad especial, de suerte que las existencias se agotaron rápidamente. Pero al final no pudo encontrar nada y su Sociedad de Compras lo dejó en la estacada.

Por último, White resumió —Rigger había enmudecido extrañamente— todo cuanto pudiera hacer verosímil la tesis de un suicidio.

La situación del pequeño negocio en el que la señora Swayer había invertido sus ahorros se había vuelto insostenible. Y aquello era, en definitiva, un motivo suficiente para suicidarse.

—Mary Swayer, caballeros, no necesitaba un asesino —exclamó el abogado—. Para quien conozca las circunstancias en las que se veía obligada a vivir, su muerte no es ningún enigma insoluble. Quien conozca ese género de vida, la vida de una tendera de ínfima categoría, deberá admitir que una persona obligada a vivir en esas condiciones acabará diciéndose, tarde o temprano: ¡Basta ya! ¡Acabemos de una vez por todas! No hacía falta una decisión especial para poner fin a una vida así. Socavada por las deudas y una total ausencia de perspectivas, esa existencia no ofrecía ya, como tantas otras, ningún tipo de atractivo. Miren ustedes el habitáculo de esa mujer (no he dicho vivienda expresamente; ustedes tampoco se atreverían a llamarlo vivienda). ¡Miren a los hijos de esa mujer! ¡No, mejor no los miren! ¡Pésenlos! ¡Compartan la existencia cotidiana de una persona así y verán que para ella no hay domingos! ¡Y encima es amenazada en ese agujero! ¡Hay acreedores que siguen llamando a su puerta! No, Mary Swayer no necesitaba ser asesinada por el señor Macheath. Mary Swayer se quitó la vida ella misma.

—Si se objetara que la Swayer había sido una persona vital y alegre, podría argüirse que había perdido esa alegría de vivir precisamente por el mal curso que tomaron sus negocios y quizá también por la desilusión que le produjo la falta de ayuda proveniente del señor Macheath —añadió—. Y no es nada extraño que intentara echarle la culpa, sin duda con profunda convicción. Los pequeños comerciantes no tienen un conocimiento muy preciso de las leyes que rigen el comercio. Suelen echarles la culpa de todo a los mayoristas cuando sobreviene alguna crisis. Y ni se imaginan que éstos también dependen de procesos económicos muy concretos, regulares y, además, difíciles de prever. Acababa de estallar una crisis y las empresas pequeñas y débiles empezaban a hacer aguas.

Walley lo interrumpió cuando ya no sabía muy bien qué decir.

Que debía plantear nuevamente su pregunta anterior, le dijo, a raíz de la cual, una hora antes, el señor Macheath pareció por un instante dispuesto a revelar su interesante coartada. Según rumores que circulaban por la city, la procedencia de las mercaderías para los almacenes B se hallaba envuelta en un gran misterio. El señor Macheath afirmaba que, hasta donde él sabía, los artículos provenían de una SCC (Sociedad Central de Compras). ¿No querría el señor Macheath decirles algo sobre esa Sociedad?

—No —respondió Rigger tras un breve diálogo con Macheath—. El señor Macheath no desea hablar de ese asunto.

En cualquier caso, añadió, era una empresa debidamente registrada, en cuyo directorio figuraban un miembro de la alta nobleza y dos abogados. También era cierto que últimamente no había cumplido con sus compromisos frente al señor Macheath, aunque esto era un asunto entre él y la compañía, que no le interesaba a ese tribunal. Si él, Rigger, abordaba esa cuestión, era simplemente para que nadie pensara que el señor Macheath tenía la culpa del colapso económico de la Swayer. Su colega White acababa de aludir a la desastrosa situación de los almacenes B. Sin duda había sido desastrosa en los últimos tiempos, aunque no por culpa del señor Macheath, sino precisamente de la SCC, que había cortado el suministro de un momento a otro.

Rigger ofreció además testigos de cómo, en momentos críticos, el señor Macheath solía quitarse la americana en los almacenes y echarles una mano a los tenderos.

También Macheath volvió a pedir la palabra.

—Se ha dicho en esta sala —declaró— que la vida de la señora Swayer fue sumamente dura. De ahí que no se descarte la posibilidad de un suicidio. A ello quisiera añadir que, en efecto, en nuestros almacenes B solemos ir hasta el límite de nuestra capacidad de rendimiento. En el esfuerzo incesante por servir al público nos imponemos limitaciones que sólo los más fuertes de nosotros somos capaces de aguantar. Somos demasiado baratos. Nuestros beneficios son tan exiguos que nosotros mismos nos morimos de hambre. Tal vez seamos excesivamente fanáticos en nuestro empeño por ofrecer al comprador modesto buena mercadería a precios asequibles. He de confesar francamente que, en estos últimos días, cuando todo ha empezado a recaer sobre mí, me he preguntado a veces si realmente podremos resistir. Quizá debamos subir otra vez los precios, después de todo. Y créanme de veras que la muerte de mi colaboradora me ha afectado profundamente.

El juez lanzó una mirada fría sobre los reporteros que escribían apresuradamente, volvió a preguntarle a Macheath si no quería revelar su coartada, y al recibir una respuesta negativa anunció que el jurado se retiraría a deliberar.

Al cabo de diez escasos minutos regresaron y se leyó el veredicto: en opinión del jurado, Mary Swayer había sido asesinada, y el comerciante Macheath era suficientemente sospechoso del crimen.

Los periódicos vespertinos abundaron todos en el «caso Macheath». Sus grandes titulares decían: «EL MISTERIO SOBRE LA MUERTE DE MARY SWAYER EMPIEZA A DISIPARSE. Y: ¿EN QUÉ MISTERIOSO LUGAR SE HALLABA EL MAYORISTA A LA HORA EN QUE MURIÓ SU EX AMIGA?».

Durante la semana que siguió al proceso, Macheath recibió noticias de Aaron. Por primera vez desde que lo encarcelaran, Fanny Crysler fue a verlo a la prisión para informarle que Aaron y el Commercial Bank hacían gala de una reserva muy particular en su relación con la SCC.

En el curso de una visita, dijo, Aaron había murmurado algo acerca de «cierta relación entre el asesinato de fulanita de tal y el corte del suministro de mercancías». En la Ride Street, varios individuos de aspecto sospechoso, probablemente empleados de una oficina de detectives, habían pedido información sobre los depósitos de la SCC.

El día anterior, Jacques Opper, el presidente del Commercial Bank, la había mandado llamar y le había pedido sin más trámites los resguardos de las últimas remesas enviadas al consorcio Aaron.

Macheath lanzó una mirada sombría. Tras unos instantes de reflexión, le encargó que se procurase nuevos resguardos y, por si acaso, hiciera también nuevas compras a crédito en Bélgica.

Al despedirse, ella le dijo:

—Si tu proceso se prolonga mucho tiempo, la situación se volverá insostenible. Espero que te hayas dado cuenta.

Era la última semana de octubre.

Los asuntos de los señores Peachum y Macheath se acercaban a una solución definitiva.

La «Bella Anna», el «Joven Marinero» y el «Optimista», maquillados y encorsetados, esperaban confiar nuevamente sus viejos cascos al océano. El «Optimista» con la sensación de estar viviendo sus últimas semanas. Peachum se imaginaba a su hija con el velo de novia avanzando hacia el altar del brazo del corredor de comercio. Macheath se la imaginaba en otro ambiente y situación. Los almacenes B habían perdido ya toda esperanza y aumentaban en sabiduría y conocimiento de la realidad. El comisionista Coax ya no llenaría muchas hojas más de su diario con signos extraños. Las actas del proceso contra el asesino de la tendera Mary Swayer habían sido escritas en vano y tampoco aumentarían mucho más. Y al soldado Fewkoombey aún le quedaban sesenta y cinco días de vida.