La novela de cuatro cuartos
Capítulo octavo
On s’engage et puis on writ.
Napoleón
«¡Pero si fuera está lloviendo!».
«¡Pues la cabaña está ardiendo!
¡Y más vale un moño mojao
que acabar carbonizao!».
Canción de los pioneros
Planes napoleónicos
En un gran edificio de la city, un hombre joven alquiló un piso entero. Firmó el contrato a nombre de lord Bloomsbury y montó entre cuatro y cinco despachos. Utilizó unos muebles bastante viejos y deslucidos, que, sin embargo, daban a las oficinas una apariencia de empresa ya antigua y absolutamente honorable. Una mujer joven, de tez bronceada, le ayudó a instalar los muebles y a contratar al personal.
—¿Sabes una cosa? —le dijo cuando llegaron los muebles y él empezó a examinarlos con aire desaprobatorio—. Los negocios con solera ejercen una gran fascinación. Su edad demuestra que nunca han incurrido en fallos, lo que a su vez permite augurar que tampoco se dejarán pillar fácilmente.
La habitación más espaciosa fue acondicionada como sala de sesiones. Sobre la puerta vidriera que daba al vestíbulo se leía, en grandes letras doradas: SCC. Y debajo, en caracteres más pequeños: «Sociedad Central de Compras».
La sesión inaugural de la nueva sociedad fue breve. Dos abogados conocidos en la city, un señor O’Hara, el propio lord Bloomsbury y una señora Crysler eligieron al mayorista Macheath como presidente. Lord Bloomsbury quedó de vicepresidente. Macheath lo había conocido en una casa de Turnbridge donde solía pasar las tardes de los jueves. Pocos esfuerzos le costó contratar a aquel joven intrascendente, pero agradable, que estaba siempre en dificultades económicas y dependía totalmente de Jenny Month, la mejor ayudante de la señora Lexer. Era muy tonto, pero callaba con pasión y tenía una sonrisa de extrema superioridad y absolutamente inmotivada. Causaba una excelente impresión y vivía de ella.
La primera actividad de la empresa consistió en la firma de dos contratos. En uno de ellos, el señor O’Hara se comprometía a entregar a la SCC grandes partidas de mercadería barata. En el otro se concedía al señor Macheath una opción sobre las mercaderías suministradas por la SCC para sus almacenes B. A continuación, el señor Macheath cedió la presidencia oficial a su amigo lord Bloomsbury y pidió a los asistentes que, tal como habían convenido, no divulgasen que él era el verdadero presidente hasta recibir nueva orden.
Los señores se despidieron satisfechos, y las oficinas iniciaron su actividad bajo la dirección de la señora Crysler.
El trabajo consistía en mantener correspondencia con algunos agentes distribuidos en ciudades de provincia inglesas y en el continente. Tales agentes se encargaban de comprar a bajo precio, y para la SCC, las existencias de empresas en quiebra, y de enviarlas a un depósito en el Soho. Los resguardos de la mercadería ingresada y los recibos de los pagos efectuados eran cuidadosamente archivados, pero en distintos ficheros. Las entradas del depósito también eran contabilizadas por separado y tratadas al margen de los suministros a los almacenes B.
No hacía ni dos semanas que funcionaban dichas oficinas, cuando un día se presentaron en las oficinas del Commercial Bank dos caballeros, el señor Macheath y lord Bloomsbury, y pidieron hablar con los directores del banco.
El Commercial Bank era una institución que mantenía excelentes relaciones con los dominions y cuya sede quedaba en un lujoso edificio nuevo de la Great Russell Street Financiaba toda suerte de empresas comerciales, entre ellas la cadena de tiendas Aaron, el gran competidor de B. Chreston, además de una larga serie de establecimientos similares, aunque más pequeños, en provincias.
Los directores del Commercial eran personas muy honorables y versadas en el comercio al por menor. Recibieron a Macheath con una reserva extremada. Resultó que conocían asombrosamente bien la organización y situación de los almacenes B.
Macheath había adoptado una actitud muy concreta.
—El viejo National no me ha dado nada por mis existencias porque éstas no tenían un árbol genealógico de primera —le dijo a Bloomsbury antes de ir a la Great Russell Street—. Pero ahora ya tienen un árbol genealógico, aparte de que la competencia es fortísima. Eso ha hecho disminuir la curiosidad por conocer la procedencia de la mercadería barata. Tendré que decir que mis existencias son muy baratas, de lo contrario no creerán que pueda sacar beneficios del dinero que ellos me presten. Sin embargo, para poder enfrentarme al exorbitante tipo de interés que me exigirán, tendría que decir que las existencias son tan baratas que ellos acabarían interrogándome sobre su procedencia, o bien debería presentarme como un loco que se está arruinando. Les gusta la gente desesperada. Y créame, Bloomsbury, que en mi situación actual no me resulta muy difícil presentarme como un desesperado: estoy realmente perdido.
No se presentó Macheath, pues, como un frío hombre de negocios, sino como un hombre arruinado. Con la cara pálida y la frente cubierta de sudor, confesó que se había quedado sin recursos. Que lleno de confianza y con un proyecto bien elaborado se había dirigido al National Deposit Bank, y su sinceridad había sido ignominiosamente explotada. Aquella gente le había robado sus ideas con total sangré fría para ofrecérselas al consorcio Chreston. Y ahora se hallaba él en el dique seco con unas existencias gigantescas que se había comprometido a comprar y por las que la SCC le obligaba a pagar a diario unos alquileres e intereses exorbitantes.
Para ampliar sus almacenes y conseguirles créditos le hacía falta dinero, añadió. Las existencias podían ser inspeccionadas en los locales de la SCC.
La inspección se llevó a cabo en la Blacksmith Square y dio como resultado, en efecto, la presencia de importantes partidas. También pudieron presentarse recibos y resguardos de compra, algunos de empresas danesas y francesas.
Las caras de los directores del Commercial se fueron iluminando apreciablemente en el curso de la inspección.
Pero cuando al día siguiente Macheath y Bloomsbury regresaron al banco, vieron sentado junto a los señores Henry y Jacques Opper a un caballero gordo y de aspecto muy judío, el señor I. Aaron, propietario de la cadena de tiendas Aaron, con quien colaboraban los señores Opper, según explicaron ellos mismos.
—El señor Aaron —dijo el más joven de los Opper en tono obsequioso—, el señor Aaron, a quien conocerán ahora, se muestra muy interesado por sus ideas, caballeros.
Macheath se quedó un tanto perplejo.
L Aaron poseía como mínimo Una docena y media de grandes tiendas en los mejores barrios de la ciudad, y los almacenes B no eran, en comparación, más que un vulgar y pulguiento perrillo callejero junto a un gigantesco y bien cuidado terranova.
Durante unos instantes se preguntó Macheath si no sería mejor abandonar inmediatamente la habitación. Le bastó echar una mirada a los señores Opper para convencerse de que sin Aaron no llegarían a ningún trato con él. Tuvo la sensación de haber sido nuevamente engañado, una sensación que aún recordaría tiempo después. Pero su situación no le permitía dar marcha atrás. Necesitaba dinero.
Macheath repitió su historia, y el gordo Aaron dijo en tono jovial que eso era exactamente lo que él hubiera esperado de B. Chreston. En su opinión, que fue exponiendo en frases ingeniosas, Chreston aún era un hombre relativamente joven, sin ningún escrúpulo y con una sola pasión: ganar dinero. Pese a su juventud —o quizá gracias a ella—, era uno de esos comerciantes, ya algo pasados de moda, que pensaban conseguirlo todo estafando al público. Y eso que él mismo, Aaron, no era en absoluto un moralista, añadió, y que la inmoralidad hasta le hacía gracia, pero le parecía irrelevante en el mundo de los negocios: muy pronto se quedaba sin aliento.
—Su idea de fijar precios únicos no es mala —dijo de buen humor y dándole unas palmaditas a Macheath en la rodilla—, pero sus existencias —y al decir esto se dirigió a Bloomsbury, quien representaba a la SCC— son casi mejores. ¿Cómo así se dirigió al señor Macheath? ¡Debió venir a verme directamente! Pero ya entiendo que el camino ha de pasar por el señor Macheath. Hay que acoger al hermanito de los almacenes B.
Macheath lo escuchó de muy mala gana. Sus bromas le parecieron insulsas. No sentía el menor deseo de que Aaron tuviera participación en sus existencias. Y tuvo que dominarse mucho para seguir representando el papel del pequeño comerciante ofendido por el gran Chreston.
Aaron parecía divertirse mucho, pero Macheath se dio perfecta cuenta de que cada vez que pronunciaba el apellido Chreston, al otro se le enrojecían levemente las sienes. Algo tenía contra Chreston.
Y es que, en efecto, Chreston ya había subido demasiado. Lo cual también preocupaba a los señores del Commercial Bank. El National Deposit era para ellos lo que Chreston para Aaron. Los Siglo y medio se habían ocupado siempre de inmuebles. ¿Qué querían ahora en el comercio al por menor? ¡Una institución pequeña y aburrida con cajas de caudales ligeramente enmohecidas! El Commercial era demasiado importante para envidiar a sus competidores, pero tenía un concepto muy alto de su posición en el comercio al por menor. Se creía el árbitro de todo lo relacionado con ese sector. No sentía la necesidad de hacer negocios rápidos e inescrupulosos. Su misión consistía en velar por la moralidad en el comercio al por menor.
Era evidente que con individuos de la calaña de Macheath sólo se podía actuar con pies de plomo, aunque en este caso parecía que un hombre algo dudoso había sido tratado de forma incorrecta, por decir lo menos. Cualquiera podía ver que los nervios le fallaban. Daba la impresión de una persona profundamente afectada.
Macheath dio a entender claramente que sólo abrigaba sentimientos de venganza contra el NDB y el consorcio Chreston. Lo que más le importaba era darles un escarmiento a esos señores, aun a costa de sacrificios personales. Cautivado, al parecer, por su propia elocuencia, puso a disposición de I. Aaron sus existencias a un precio irrisorio para poder hacerle una competencia brutal a Chreston. Como compensación se limitó a exigir que también entrasen en el negocio sus almacenes B, con los cuales tenía compromisos. Y es que además se trataba de una serie de pequeños tenderos independientes que habían depositado en él su confianza, dijo.
La posibilidad de explotar la sed de venganza del Napoleón de los almacenes B —un disparate comercial que parecía delatar su bajo origen— animó a los caballeros del Commercial y al señor Aaron a interesarse más de cerca por el proyecto.
El señor Macheath recibió una invitación del presidente del Commercial Bank, el señor Jacques Opper, para que pasara el fin de semana con él en Warbom Castle.
Warbom Castle era para el comercio al por menor lo que Downing Street para la política exterior y Wall Street, en Nueva York, para otra rama de las finanzas. Allí convergían todos los «hilos».
Macheath llegó muy nervioso al despacho de la SCC y Fanny mandó llamar a Bloomsbury en seguida. Mac le dijo que no tenía idea de cómo se comía el pescado en Warbom Castle.
Los tres deliberaron sobre cómo ingeniárselas para que la invitación se hiciera extensiva a Bloomsbury, aunque éste también afirmó no saber cómo se comía el pescado en Warbom Castle. Los Opper aún no llevaban mucho tiempo allí.
Fanny arregló el asunto mediante una conversación sincera con Jacques Opper. Se dirigió al Commercial Bank con una cartera llena de muestras bajo el brazo y destruyó todas las posibles ilusiones de los Opper sobre los buenos modales de su jefe. Las personas acostumbradas a usar sus manos como palas para juntar dinero, dijo, también suelen usarlas para servirse carne en su plato. Si extendían la invitación también a Bloomsbury, tendrían a alguien menos genial que Macheath. Y Opper invitó a Bloomsbury.
Pero éste por poco lo echa todo a perder. No tenía tan buena opinión de los Opper como Macheath, pues entendía poco de dinero, y quería llevar consigo a Jenny. Se imaginaba que ésa sería la broma principal. Pensaba decir que Jenny era su hermana y luego bailaría con ella algún ritmo de moda. Así esperaba conseguir algo.
A Fanny le costó mucho disuadirlo.
Controló severamente la vestimenta de Macheath y le quitó su bastón-estoque.
—Ya no te hará falta —dijo.
Pero al último momento él se compró otro par de guantes de piel de color natural, con costuras muy gruesas. Fanny ya no los vio, pero Bloomsbury reparó en ellos muy complacido.
Durante el viaje a Warbom Casde, Bloomsbury convenció a Macheath de la absoluta necesidad de mantener los buenos modales de siempre, de lo contrario los Opper dejarían de tomarlo por un nuevo rico. El discursito con el que Bloomsbury formuló este consejo fue su única contribución al negocio que se inició con la entrada de Macheath en Warborn Casde.
El fin de semana fue mucho más agradable de lo que Mac se había imaginado.
Se pasearon sobre céspedes muy bien cuidados y comieron venado con vino de Oporto añejo. La biblioteca olía a cuero viejo y caro, y Mac pudo hacer gala de sus conocimientos en la materia, que Fanny le había ido inculcando a través de lujosas ediciones de obras pornográficas.
El jefe supremo del banco, Jacques Opper, que era soltero y se dedicaba a las bellas letras, trabajaba en ese momento en una biografía de Licurgo. La fuerza impulsora del negocio era Henry Opper.
La presencia de Bloomsbury resultó harto superflua. El problema del pescado no llegó a desempeñar ningún papel.
Mucho se sorprendió Macheath por la manera como se hablaba de negocios en Warborn Castle. El dinero jamás salía a relucir. Bloomsbury descubrió que el gran Aaron no había sido invitado porque hablaba demasiado de dinero para el gusto de Jacques Opper. Y éste no podía soportarlo. Decía: esas cosas deben solucionarse de alguna manera para hacer posible una vida relativamente llevadera. Y por la noche, tras una espléndida cena, volvió a hablar del tema.
—Es cierto que hay que comer para vivir. Pero haber comido no significa haber vivido. La verdadera fuerza motriz de la humanidad es la necesidad de expresarse, es decir, de eternizar su personalidad. El porqué y el cómo lo consiga es totalmente secundario. El jinete nato se expresa cabalgando. Que el caballo sea suyo o no, es absolutamente indiferente. Lo que él quiere es montar. Otro querrá fabricar mesas. Y será feliz cuando tenga su querida madera entre las manos y pueda encerrarse con sus herramientas en una habitación. Éste es todo el secreto de la economía. Quien no desee nada, quien lo haga todo sólo por ganar dinero, será siempre un pobre hombre, aunque se gane aquel dinero. Le falta lo esencial. Como él no es nada, tampoco querrá hacer nada.
Sin Henry Opper, no le hubiera sido fácil a Macheath llevar la conversación hacia el tema de los créditos y las cadenas de tiendas.
Sólo un buen rato después del café logró exponer lo que significaban sus principios sobre la autonomía de los tenderos. Como se fue animando, aprovechó para explicar asimismo cómo pensaba aplicar su principio, al menos parcialmente, en tiendas más grandes, como las de Aaron, por ejemplo.
Con gran insistencia les aseguró una y otra vez que era pura superstición creer que los máximos beneficios había que obtenerlos de la clientela. La verdadera fuente de ingresos era y seguiría siendo el empleado.
En realidad, la clientela sólo existía para permitirle al comerciante obtener beneficios de sus empleados y obreros.
Pero el verdadero móvil del empleado era su propio interés. ¿Qué le importaban al vendedor, exclamó Macheath, el bienestar o los problemas de la empresa? Le daba igual que el cliente se marchara sin comprar, siempre y cuando él cobrara su sueldo. La única solución era darle participación en el negocio. En pocas palabras, había que echarle algo en la boca, decididamente.
—¿Se refiere usted a una participación en los beneficios? —preguntó Opper aterrado.
—Así es.
—Pero eso resulta carísimo —dijo Opper.
—No comparto su opinión —replicó Macheath—. La participación se daría, naturalmente, en forma de vales de la misma empresa, y los vendedores se convertirían así en clientes.
Henry Opper masculló algo. Pero Jacques, el ratón de biblioteca, clavó en Macheath una mirada atenta y escrutadora.
Entre una cosa y otra, la velada transcurrió bastante bien. Todos se retiraron relativamente temprano a sus habitaciones. Mac, que no logró dormirse en seguida, le soltó a Bloomsbury un discurso sobre la indolencia de las clases altas.
—A esta gente —dijo paseándose por el cuarto con los tirantes caídos— le falta seriedad. Al oírlos se diría que sólo quieren ganar dinero por las emociones que eso conlleva. Exactamente como si un dogo caído en un remolino afirmase que el espíritu deportivo es lo único que le impulsaba a nadar hacia la orilla. Piensan que la penetración del Siglo y medio en el comercio al por menor les va a quitar el sueño. Chreston ha recibido dinero, lo cual significa que Aaron necesita dinero. Me invitan a venir aquí como si quisieran observar mi carácter, pero lo único que en realidad les interesa son mis depósitos de mercancías. Si no lo saben, peor para ellos. Sin mis existencias Aaron jamás podría bajar los precios de sus costosas mercaderías. Y pese a toda su cháchara sobre Licurgo, o como se llame el griego aquél, Jacques también escuchó muy atentamente lo que cuestan mis mercancías. Ya ni me preguntan de dónde las saco. El viejo dicho: «¿De dónde sacar sin robar?», ha sido superado hace ya tiempo, desde que robar cuesta tan caro. Yo ya veré cómo sacarles ese dinero que tanto desprecian.
Macheath desaprobaba mucho más a Jacques que a Henry, y lo tildó de limitado; pero en el mismo momento en que él se expresaba así de su colaborador, Jacques Opper le habló bien de él a su todavía indeciso hermano mientras se desabrochaba los tirantes.
—Ese hombre sencillo tiene ideas —le dijo—; y algo incluso más valioso: tiene instinto. Su intuición del valor de la competencia entre vendedores es casi griega. No ve simples liquidaciones como Aaron; en su imaginación ve carreras de carros. Su vale de participación es en realidad el laurel que le hace señas al mejor. Él no sabe nada de esto, pero lo siente. Y tiene toda la razón cuando exige una personalidad armónicamente desarrollada en todo buen vendedor. ¡Kollokakadia! Mientras él lo describía, yo veía ante mí al mismísimo Alcibíades. No está nada mal.
Antes de dormirse, el menor de los Opper aún vio a los vendedores de Aaron arrastrar hacia la caja a los clientes muertos, como Aquiles a Héctor.
Durante la semana posterior a ese week-end cristalizó el acuerdo entre el Commercial Bank, la cadena de tiendas Aaron y la SCC. A partir de entonces, Aaron recibiría de la SCC mercaderías al mismo precio que pagaban los almacenes B.
Los contratos que Bloomsbury tuvo que firmar por la SCC eran terroríficos.
Macheath no se atrevió a mirarlo a la cara.
Luego, ya en la calle, lo acometió un llanto convulsivo. Y Bloomsbury, consternado y no poco sorprendido, lo llevó a un salón de té cercano, donde pidieron unos panes con mantequilla. Muy lentamente fue recuperando Mac el dominio de sí mismo.
—A los precios que paga Aaron —le dijo a Bloomsbury cuando salieron del salón de té—, no podemos robar la mercadería. Será imposible aguantar esto mucho tiempo. A lo sumo podremos montar una semana publicitaria, como Chreston, que es lo que quieren los dos hermanos. Quieren tratar con nosotros el menor tiempo posible. Son demasiado distinguidos. ¿Ha visto usted qué casa, Bloomsbury? ¡Mármol y cobre! Nunca he entendido por qué el público lleva su dinero a unos edificios que han costado tanto y siguen costando un dineral. La gente debe de pensar que las empresas que pueden permitirse esos lujos de mármol y cobre ya no necesitan dinero, y, por lo tanto, el suyo estará allí seguro.
El viejo y pequeño National Deposit le agradaba más a Mac. Sus modestas oficinas parecían decir: Nosotras ganamos poco con nuestros clientes.
Pensaba con pesar en el National Deposit Bank, aquel anfibio viejo y traicionero. No estar con el National significaba estar contra él. Pero el National custodiaba la dote de su mujer. Recordarlo le dejaba mal sabor de boca. Tenía claro que su lucha se dirigía ahora contra esa dote que, dada su peculiar situación actual, él debería destruir con todas sus fuerzas si quería salir a flote. Era una lucha sin cuartel, que sólo se ganaría aniquilando al enemigo.
Macheath veía ante sí una temporada de trabajo muy duro.
Convertir la SCC en un señuelo para el Commercial había resultado caro, pero de haber podido ampliar ahora sus raquíticos almacenes B, seguro que habrían estado estupendamente atendidos y habrían vivido una temporada de esplendor. En vez de eso había sucedido lo peor: ¡se había visto obligado a aceptar a Aaron, la competencia, la todopoderosa competencia, en el negocio! ¡Había ampliado sus existencias para que se las robaran! Una vez más, no había avanzado un solo paso. A menos que algún azar providencial lo ayudara, seguiría estando perdido. Se asemejaba a un hombre descalzo sobre una plancha dé hierro incandescente. Ese hombre no dejará nunca de saltar para cambiar de sitio, aunque, de hecho, sólo pase a otro igualmente ardiente. Sus momentos de alivio eran los que pasaba con los pies en el aire.
De momento Macheath había podido conseguir un capital para sus almacenes B, que pudieron ser ampliados y contaron con nuevos créditos. También acabaron de pagar los sueldos atrasados de los «agentes compradores» de O’Hara.
Ante los tenderos de los almacenes B convocados precipitadamente en Newgate, Macheath pronunció un discurso en el que resumía sus principios.
Primero les comunicó que había decidido dedicar todas sus energías a ellos, los almacenes B. Que para ir menos cargado de trabajo dejaría de encargarse prácticamente de las compras y se las había encomendado a una empresa muy poderosa, la SCC. Esta empresa ofrecía artículos que sólo resultaban baratos si se compraban en grandes cantidades. También había tratado de evitar que hiciera ofertas igualmente ventajosas a otras tiendas. Sin embargo, añadió, los almacenes B solos nunca hubieran podido ocupar totalmente a la SCC.
Y prosiguió:
—Como seguramente habrán oído, los Almacenes B Reunidos han iniciado desde ayer una estrecha vinculación comercial con la cadena de tiendas Aaron. La Sociedad Central de Compras s.c.r.l., que en el futuro los proveerá a ustedes, también suministrará mercadería a la cadena de tiendas Aaron, señores. ¿Qué significa este paso sensacional del poderoso trust Aaron? Significa, señores, una victoria, una avasalladora victoria de los almacenes B. Y, lo que es aún más importante, de la idea de los almacenes B. ¿Qué idea es ésta? Es la idea, señores, de poner también al alcance de las capas pobres y paupérrimas de la población los productos de la industria moderna. Decir un hombre de la masa o un hombre del montón no suena muy decoroso que digamos. Pero además hay en ese juicio, señores, una buena dosis de ignorancia. Pues justamente la masa es la que decide sobre todo. El hombre de negocios que mira con desprecio ese céntimo que el trabajador se ha ganado con el sudor de su frente, comete un grave error. Ese céntimo es tan bueno como cualquier otro dinero. Y una docena es doce multiplicado por uno. Ésta es la idea de los almacenes B. Y esta idea de los almacenes B, una idea de ustedes, acaba de obtener una victoria total sobre el poderoso consorcio Aaron y sus docenas de grandes tiendas. Y en un futuro el consorcio Aaron también abrirá sus puertas a las capas más pobres, poniéndose así al servicio de la idea de baratura y progreso social. Pero ya me parece oír a algunos hombres de poca fe perdidos entre ustedes —pues criticones y derrotistas los hay en todas partes— preguntarse en voz baja: ¿Por qué el poderoso consorcio Aaron habrá querido colaborar a partir de ahora con nosotros, que somos pequeños comerciantes? Y a esto hemos de responder: ¡seguro que no por la hermosa cara ele los almacenes Baratura! ¡Miremos a donde miremos, nada ocurre en la naturaleza sin que haya intereses materiales de por medio! Cuando alguien le dice a su prójimo: te aprecio mucho, trabajemos juntos, etc., éste tendrá que ir con mucho cuidado. Pues los hombres son precisamente humanos y no ángeles, y se preocupan ante todo por ellos mismos. ¡Nada, absolutamente nada se realiza por puro humanitarismo! El más fuerte sojuzga al más débil, de ahí que en nuestra colaboración con el consorcio Aaron también debamos preguntamos: a pesar de la amistad, ¿quién es aquí e\ más fuerte? ¿Conque hay lucha, eh? ¡Pues sí, señores, hay lucha! ¡Pero una lucha pacífica! ¡Una lucha al servicio de una idea! El hombre de negocios con sentido común no rehúye la lucha. Sólo la teme el débil, por encima del cual pasa la rueda de la historia. El consorcio Aaron se unió a nosotros no porque le gustara nuestra hermosa cara, sino porque tenía que hacerlo, porque admira y respeta la labor tenaz, constante y sacrificada de los almacenes B, y considera deber suyo fortalecerla. ¡Nuestra fuerza se funda en nuestra capacidad de trabajo y nuestra moderación! Saben que, llegado el caso, nosotros arrimamos el hombro. ¡Y por todo esto he decidido consagrar en el futuro todas mis energías a ustedes y a los almacenes B, no movido por el interés material, sino porque creo en la idea y porque sé que el comercio minoritario autónomo es la espina dorsal del comercio en general y, además, una mina de oro!
El discurso fue escuchado por medio centenar de personas de ambos sexos y unos cuantos periodistas, y causó una profunda impresión. Entre los oyentes había no pocas personas débiles o de aspecto debilitado, pero es sabido que cuando se apela al esfuerzo individual de la gente, raras veces se cae en el vacío.
Macheath podía estar contento con su éxito, pero abandonó la reunión en compañía de Fanny Crysler y de algún modo Polly se enteró.
Un día él se la encontró, a una hora bastante avanzada, ante la puerta de su casa en Nunhead. Ella había averiguado la dirección en uno de los almacenes B y llevaba ya varias horas esperando ante la reja. Estaba muy abatida y en seguida le dijo que no podía seguir viviendo sin él.
Mientras abría la puerta, Mac la fue iniciando en los secretos de la nueva vivienda, en la que de momento sólo había una habitación amueblada. Y cuando ella estuvo arriba, sentada en la única silla y con su maleta a los pies, él le explicó por qué había dejado la casa grande.
Le dijo en tono serio que la actitud de su suegro le había creado toda suerte de dificultades. Le confesó abiertamente que había contado con la dote, o, como mínimo, con una ampliación de su crédito.
—Espero —añadió— que no te decepcione tener un marido que cuente cada penique. Toda mi vida he trabajado muy duramente, y ahora que por fin diviso tierra necesito algo de dinero para arreglar mis cosas. Un hombre como yo no puede casarse a ciegas. Ha de saber dominarse. Y su mujer deberá serle una ayuda. Cuando descubrí mis sentimientos hacia ti, mantuve la cabeza bien serena y me pregunté fríamente: ¿será ésta la mujer que te conviene? Mi instinto me dijo: sí, y las averiguaciones que realicé discretamente y bajo cuerda me demostraron que mi instinto no me había engañado. Ya decía Kipling que el hombre enfermo muere y el hombre fuerte combate.
De ahí que, por otro lado, él mirase ahora fríamente la nueva situación.
Había vuelto a vender el apartamento, añadió. Por ahora se instalarían allí, si ella no prefería volver a casa de su padre, cuya enemistad no le convendría a él para nada por los motivos antes mencionados.
Polly lloró un poco y habló luego de las impertinencias del señor Coax, a las que estaba irremediablemente expuesta. Él lo entendió en seguida, y cuando ella le comunicó que se sentía embarazada y un pequeño Macheath empezaba ya a crecer en su vientre, Mac se portó como un perfecto caballero.
Y al instante le permitió quedarse con él.
El tono en que le dijo esto era distinto, y empezó a tratarla con cierta lacónica superioridad que a ella le encantaba.
Dichosa, Polly le confesó que siempre había esperado que él iría a verla cualquiera de esas noches. No era difícil treparse por el balcón. Y él, ingratamente sorprendido, le replicó que no tenía por qué treparse a un balcón en plena noche para ver a su propia esposa. Aquello le parecía totalmente incorrecto.
Y ella lo admitió.
Aún pasó Mac un buen rato echado junto a ella, despierto, con las manos cruzadas bajo la nuca y la mirada fija en la incierta luz de las cortinas.
«Le llamaré Dick», soñaba, «y le enseñaré de todo, le diré todo lo que sé. Y yo sé mucho. Muchas de las cosas que yo tuve que aprender con grandes esfuerzos él las escuchará simple y llanamente de mis labios, sin ningún esfuerzo. Lo cogeré por la manila y le explicaré cómo se dirige un consorcio y se le puede sacar algo a la gente, a esos tipos infames y traicioneros que rehúyen cualquier trabajo. Cuando quieran robarte la papilla de tu plato, ataca a cucharazo limpio hasta que el otro comprenda, le diré. Cuando veas una puerta entornada, mete el pie sin vacilar y ¡adelante!, introdúcete en el edificio con todo el ímpetu del que seas capaz. Todo menos acobardarse y esperar a que caiga el maná del cielo. Le enseñaré estas cosas con mucha paciencia, pero también con gran rigor. Tu padre era un hombre inculto, pero ningún profesor de historia universal fue capaz de enseñarle cómo despellejar a la gente. Podrás estudiar, pero nunca olvides quién te dio la posibilidad de hacerlo. El dinero para tus estudios tuvo que sacarlo tu padre penique a penique de los bolsillos de unos cuantos desalmados. ¡Aumenta ese capital! ¡Incrementa tu saber, pero también sus fundamentos!».
Se quedó dormido con una profunda arruga en la frente, pero muy contento con Polly.
A partir del día siguiente ella empezó a ir a la lechería a buscar la leche, aprendió a prepararle el hígado de carnero como a él le gustaba y lo ayudó a arreglar las otras habitaciones.
No habló de Fanny Crysler aquella primera noche ni más tarde. Macheath temió al principio que Fanny, con quien sus relaciones se habían vuelto más íntimas en los últimos tiempos, pudiera crearle problemas, pero, con gran alivio por su parte, Fanny no mostró cambio alguno en su comportamiento al ver que él regresaba a su casa por la noche. No quería indisponerse con ella, pues le suponía una gran ayuda en la SCC. La había metido en el negocio porque creía que Fanny se sentía vinculada a él por razones físicas.
La necesitaba.
Durante una reunión que tuvo lugar en la gran sala de sesiones del Commercial, entre paredes revestidas de caoba, decidieron librar la batalla decisiva contra Chreston tres semanas después de la semana publicitaria anunciada por éste con bombos y platillos, y hacerlo con una semana publicitaria de los almacenes Aaron y B, que ya había que ir anunciando desde ahora.