La novela de cuatro cuartos
Todo por la hija
Y después de avanzar unos pasos en silencio, prosiguió, acongojado:
—Es terrible comprobar cómo nos persigue la competencia. No hay negocio, por sucio que sea, que otra persona no asuma en cuanto uno lo deja. Hay que tener un estómago a prueba de balas. Si uno cede a consideraciones de tipo humanitario, aunque sólo sea un segundo, acaba inevitablemente devorado. Hacen falta una disciplina férrea y un riguroso control de sí mismo. Por otro lado, tampoco se puede pedir algo sin dar nada a cambio. Si uno quiere seguir siendo lo que se dice una persona honesta, tendrá que acarrear basura o trabajar en la construcción. Pues sí, en cuanto uno supera el nivel de vida medio, se ve abrumado por preocupaciones que el hombre de la calle y sin bienes ni se imagina.
Todo por la hija
Mucho preocupó al señor Peachum la ausencia del señor Coax durante la inspección. No pudo dormir y pasó una noche angustiada.
Había participado en la compra de tres barcos inservibles; su parte representaba el valor de medio barco, aproximadamente, y ahora dependía del señor Coax el que hubiesen tirado o no el dinero a la calle. Pero para un personaje como Peachum, «estar en las manos de alguien» significaba lo mismo que para un conejo estar bajo la protección de una boa. Las preguntas que se hacía eran: ¿Volvería a vender esos barcos el señor Coax? ¿Por qué no había participado en la inspección o, al menos, en la firma del contrato? Lo habían eliminado del negocio: ya no era copropietario, sino un mero intermediario.
En algún momento se levantó Peachum a ver si todas las luces estaban apagadas; lo hizo, sin embargo, impulsado más que nada por su propio desasosiego. No estaba en condiciones de aguantar la menor pérdida de dinero. Y lo peor de todo era que, en caso de pérdidas, y por mínimas que éstas fuesen, él perdía automáticamente la confianza en sí mismo. Si no confiaba en nadie ¿por qué habría de confiar en sí mismo?
Todas las luces estaban apagadas, pero la ventana del cuarto de Polly que daba a la galería había quedado abierta. En la oscuridad, Peachum distinguió a su hija echada en la cama y, molesto, cerró la ventana desde fuera.
«¿Por qué haré yo todo esto?», se preguntó mientras volvía a acostarse. «Sólo por la niña. Tengo que echar a la callé a otras dos chicas de la sastrería. Aquello es el reino de la pereza. Y no puedo seguir manteniendo a toda esa gente. Cosen y cosen sin preocuparse si los trapos se venden o no. No corren ningún riesgo. Además, ya va siendo hora de que Polly trabaje un poco. ¿Qué se ha creído? Ese Coax no me inspira la menor confianza. No hemos debido pegarle la tostada. Es un mal bicho, y esto le servirá de pretexto para dejarnos en la estacada. Claro que yo le retorcería el pescuezo, pero ¿de qué serviría?».
Y se incorporó en la cama, bañado en sudor
«¡Oh, qué imbécil soy! ¡A este paso acabaré durmiendo bajo los puentes! ¿Cómo he podido hacer un negocio con un hombre al que soy incapaz de torcerle el pescuezo?».
A la mañana siguiente, Peachum fue a casa de Eastman y ambos se dirigieron al despacho de Coax en la city. Y, en efecto, la joven clorótica les salió con que Coax estaba de viaje. Además, la oficina, en la que Peachum aún no había estado hasta entonces, le causó una impresión deprimente. ¡Era la oficina de un estafador!
El resto de la mañana fue espantoso para Peachum.
Se había embarcado en ese negocio porque iban a timar al gobierno, lo cual le inspiraba una confianza ciega. Ese tipo de negocios solían ser seguros. Timar a otra gente podía ser realmente la honesta intención de un comerciante. Pero resulta que el mundo era mucho peor de lo que uno podía imaginarse. Para la maldad no existe límite alguno. Tal era la convicción más profunda de Peachum, la única, en realidad.
Pero después del almuerzo llegó Eastman con la noticia de que todo estaba en perfecto orden, que Coax había regresado —o quizá no se había ido de viaje—, y que esa tarde pensaba inspeccionar los barcos con su amigo del Ministerio de Marina: rogaba a los señores que lo esperasen en un restaurante.
¡Inspeccionar los barcos! ¡Otra noticia funesta! Los siete hombres que esperaban en el restaurante parecían más bien condenados a embarcarse en el «Optimista».
Y a las cinco y media llegó Coax con una nueva corbata de un rojo encendido y una pinta de indeseable y estafador realmente alarmante, y sacó del bolsillo de su americana un contrato firmado y sellado por el Ministerio de Marina junto con un cheque por 5000 (cinco mil) libras, pagadero de inmediato a la «Compañía para la explotación de barcos de transporte con responsabilidad limitada».
El secretario de Estado no había tenido tiempo para acudir a la inspección.
—Dada la confianza que existe entre nosotros, estas formalidades no tienen la menor importancia —dijo Coax como si tal cosa—. Por cierto, he hecho un anticipo de 2000 libras a cuenta de ustedes, poniéndolas a disposición de Hale para su fondo de ayuda a las viudas y huérfanos de funcionarios de categoría mediana. Él opinaba que con mil bastaría, pero yo pensé que una máquina bien lubricada funciona mejor.
Coax estaba de un humor excelente. Aquel mismo día había vuelto a ir a Southampton y conseguido una opción sobre los cargueros allí anclados. Todo parecía ir sobre ruedas. El señor Coax había decidido dar una lección de moral a los caballeros de la «Compañía para la explotación de barcos de transporte». Y veía avanzar hacia él los barcos de Southampton a velas desplegadas.
Los pasos a dar, explicó Coax a los caballeros, eran los siguientes: entregar oficialmente esos barcos al gobierno lo antes posible, tras lo cual podrían reanudarse las reparaciones. Eso sí, el gobierno sólo pagaría el resto cuando las embarcaciones estuviesen totalmente a punto.
Todos estuvieron de acuerdo.
Decidieron iniciar en seguida los trabajos de reparación de los barcos «Bella Anna», «Joven Marinero» y «Optimista». Una pequeña revisión y una mano de pintura, entre otras cosas, se hacían impostergables.
—Después de todo —dijo Coax muy serio—, esos armatostes tendrán que aguantar un viaje de varios miles de millas.
La tarea fue encomendada a Eastman. Podría costar algunos cientos, o quizás algunos miles de libras. Advirtieron que había una preocupación general; de ahí la proclividad, incluso por parte de Peachum, a actuar ahora con cierta largueza.
Hasta allí todo fue bien, tan bien que Peachum se quedó de una pieza cuando, al cabo de unos días, el criador de ovejas lo buscó y le confesó que no podría seguir adelante con el negocio, pues necesitaba todos los fondos disponibles para atender unos pedidos del ejército. Tras un largo regateo, Peachum le compró su parte y se quedó así con dos séptimas partes del capital invertido. ¡Un golpe de suerte inesperado!
Pero un día llegaron noticias alarmantes del Ministerio de Marina.
El portador fue, una vez más, Eastman, que se había encontrado con Coax en un restaurante. Según éste, al secretario de Estado le habían sugerido encargar a una comisión de ingenieros la elaboración de un dictamen sobre los barcos adquiridos. El secretario de Estado se había opuesto hasta entonces a esa medida, pero ahora quería hacer como mínimo una inspección ocular de las embarcaciones. Y lo importante era que esto ocurriera cuando los trabajos de reparación y restauración estuviesen ya bastante avanzados.
Esta noticia fue la causa de que, poco antes del picnic, Peachum volviera a casa con todos los síntomas de una indisposición física y se metiera en cama con un ladrillo caliente y una infusión de manzanilla.
Transcurrió una semana de vertiginosas negociaciones que se complicaron todavía más porque Coax no daba su dirección. Cuando se la pedían, decía que estaba a punto de mudarse.
Todos los socios de la Compañía se pasaban los días yendo y viniendo de sus casas a los muelles. Y los trabajos de reparación avanzaban muy lentamente. En el casco del «Bella Anna» se hicieron descubrimientos que pusieron los pelos de punta a los carpinteros. El «Joven Marinero» dejó al descubierto un interior espantoso. Y el estado del «Optimista» era tal que los ingenieros dudaban de si se podía apoyar una escalera en las paredes sin que hubiera peligro para los obreros.
A ello se sumaron una serie de rumores y habladurías que recorrían la zona de los muelles. Los carpinteros de cubierta no ocultaban sus descubrimientos cuando se sentaban a comer. Las advertencias de Eastman de que se harían culpables de un delito de alta traición sólo provocaban carcajadas. Aquellos carpinteros estaban todos contaminados por el socialismo.
Resultaba evidente que las reparaciones costarían entre cinco y seis mil libras como mínimo.
Durante esa semana, Peachum se encontró con Coax en casa de Eastman y lo invitó a cenar en la intimidad familiar. Todo dependía ahora más que nunca de Coax, cuyo aspecto inspiraba, por lo demás, bastante confianza en líneas generales. En el curso de aquella cena, a la que también asistió Eastman, Coax conoció a Polly. Por cierto que el Melocotón lo impresionó. Coax era un mujeriego de la peor especie, es decir, de los que se hacen reproches a sí mismos.
Peachum se había ido informando poco a poco sobre los negocios de Coax, que se desarrollaban todos en los ambiente más bajos y rozaban siempre el borde de la indagación judicial. De haber sabido todo esto a tiempo, no se habría embarcado en un negocio con Coax. Los hombres de negocios que no tienen la cabeza exclusivamente centrada en el negocio están perdidos. De todas formas, y tal como iban las cosas, ya sólo quedaba darle carta blanca a Coax.
Polly sacó a relucir sus mejores prendas y conversó con Coax como toda una damita. Después del café hasta se sentó al piano y entonó una canción patriótica con su voz hermosa y un tanto metálica.
Acabada la cena, Coax no quiso volver a su casa y convenció a Eastman, e incluso a Peachum, de que recorrieran con él unos cuantos bares. Se puso el sombrero de terciopelo gris algo ladeado y en sus magras mejillas grises apareció un rubor malsano. El señor Peachum caminaba a su lado como quien va a un entierro. Hubiera preferido darse una vuelta por los muelles, donde ahora también se trabajaba de noche con un notable incremento de los gastos. En los clubes nocturnos, Coax se portó como un libertino y no como un hombre de negocios. Y pagó todas las cuentas.
Al día siguiente llegó con la noticia de que Hale, el del Ministerio de Marina, había adquirido oficialmente los barcos «Bella Anna», «Joven Marinero» y «Optimista», sin inspección previa y contra el pago de tres mil libras a la CEB.