La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 11 de 44

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La novela de cuatro cuartos

Quince libras

Así que ya sabes, Beery. En primer lugar, sólo gente joven, simpática y bien plantada, que valga la pena enviar al frente y despierte compasión si le pasa algo. En segundo lugar, nada de mutilaciones crueles. En tercer lugar, uniformes impecables. En cuarto lugar, permitir que salgan esos tommies guapos sólo cuando, los comunicados oficiales anuncien algún progreso en la guerra, victorias o derrotas, da igual, ¡pero que sean progresos! Esto supone, claro está, que usted deberá leer los periódicos. Puedo pedirle a mi personal que esté a la altura de los acontecimientos y sepa qué ocurre en el mundo. El servicio continúa incluso fuera de las horas de trabajo. ¡Y usted baja la guardia, Beery, no me cansaré de repetírselo!

El administrador salió con la cara rubicunda y actuó enérgicamente los días que siguieron. Hubo despidos en los talleres y palizas en el despacho. Pero el señor Peachum sabía que no quedaba mucho por racionalizar en su empresa. Ya estaba racionalizada. Las pérdidas que amenazaban desde la «Compañía para la explotación de barcos de transporte» resultaban ya inseparables de la marcha del negocio.

Peachum intentó reconstruir la mirada con la que había visto a Coax examinar a su hija.

 

Quince libras

La señorita Polly Peachum no se encontraba bien. Se veía obligada a llevar personalmente su ropa interior a la cocina, y ya podía estar contenta de que los achaques cada vez mayores de Peachum impidieran a su madre ocuparse del lavado.

Varias veces había ido a ver al señor Smiles para pedirle consejo, pero el joven casi nunca estaba en casa.

Cuando por fin lo encontró, Smiles le dijo:

—Ya encontraremos una solución. Pero tendremos que cuidamos más en el futuro. ¿De qué sirven los anticonceptivos si no se utilizan?

Y acto seguido se puso a hablar del señor Beckett en términos sumamente hirientes, aunque el asunto no tuviera nada que ver con él.

En la casa vivía una criada vieja, y Polly, en su desesperación, le pidió ayuda.

Entre las dos subieron al cuartito de Polly la vieja bañera de cobre donde tomaban baños de asiento, y la joven empezó a pasarse horas escaldándose con grandes jarros de agua casi hirviendo en la región lumbar mientras gemía de dolor.

La criada vieja le atraía asimismo tazones llenos de brebajes verdes o marrones que Polly tenía que beberse. De vez en cuando introducía por la puerta su cabeza, muy parecida a la de una gallina, y preguntaba si ya le había hecho efecto. Pero nada.

George, el de la pata de palo, se había habituado a su nueva vida con los perros. En sus ratos libres se refugiaba en un pequeño cobertizo de hojalata del segundo patio, donde se había montado un catre de campaña entre todo tipo de herramientas y cubos, de basura. Allí se entretenía leyendo un viejo tomo de una edición ya agotada de la Enciclopedia Británica que había encontrado en el retrete. A duras penas quedaba la mitad del tomo, y no era el primero. Aun así uno podía enterarse en él de muchas cosas que, sin embargo, no bastaban para dar una formación completa. Pero ¿quién puede jactarse de tenerla?

El Melocotón lo sorprendió un día leyendo y le prometió no decir nada al señor Peachum. En opinión del soldado, el señor Peachum no era de los que mantienen a sus empleados para que se instruyan.

En cierta ocasión, Polly no encontró al cojo en el cobertizo y se llevó el libro a su habitación con la esperanza de encontrar en él algo que pudiera interesarle. Pero no conocía las entradas en las que sin duda figuraba lo que le hacía falta, o quizás aquella parte del saber humano estuviese en otro tomo. El caso es que no encontró nada.

George se asustó muchísimo al no encontrar su libro. Se quedó varios días en cama, triste y melancólico, y hasta se mostró poco cariñoso con los perros. Fue un grave error del Melocotón no devolver el libro a su lugar al acabar de leerlo. La más mínima preocupación aumenta la indiferencia de la gente bastante más de lo habitual.

Pocos días después se puso a conversar con George sobre los perros. Lo estaba ayudando a vendarle la pata a un lulú, cuando de pronto le preguntó, sin alzar la mirada, qué debían hacer las jóvenes cuando creían que algo malo les pasaba. Se lo preguntaba, añadió, porque una compañera de estudios le había tocado el tema.

George terminó de envolverle la pata al gimoteante chucho con la tira de un pañuelo y formuló luego una sentencia tan sabia como universalmente válida.

Aquella noche, sin embargo, se puso su traje de paisano para dar una vuelta y a la mañana siguiente le indicó a Polly por señas que se acercase a la perrera.

Le dijo que, si quería, esa misma tarde podría ir a Kensington donde un ginecólogo que tenía una gran consulta y no era nada tonto.

Su amiga, aquélla con la que había vivido mientras el marido estaba en el frente y a la que había visitado la noche anterior, le había dado la dirección. En realidad había dos direcciones: la del médico y la de una partera. Esta última era más bien para muchachas pobres. Fewkoombey pensó que al Melocotón le convendría más la del médico, que trabajaba en mejores condiciones higiénicas.

Como el Melocotón no quería ir sola, el soldado la acompañó.

El médico vivía en uno de esos grandes bloques de apartamentos de alquiler que rebosan de miseria y suciedad. Había que subir dos pisos por una escalera estrecha y pasar ante una larga serie de viviendas con las puertas abiertas de par en par, como si las habitaciones no pudieran albergar ya tanta miseria. Pero luego se quedaba uno asombrado al ver el aspecto tan confortable del piso del médico. Ya el vestíbulo era lujoso. En las esquinas había tiestos enormes con plantas ornamentales, y de la pared colgaban tapices provenientes, al parecer, de tierras exóticas. Tanto más raídos parecían, por contraste, los sobretodos y paraguas de los pacientes, que colgaban en perchas de hierro.

En la sala de espera había entre siete y ocho mujeres, todas de clase media. Cuando el médico abrió la puerta del consultorio para hacer pasar a la siguiente, le hizo una seña al Melocotón para que entrase primero, pues iba mejor vestida que las demás pacientes. Ella lo siguió compungida, y el soldado se quedó en la sala de espera.

El médico era uno de esos hombres que las mujeres llaman guapos, de frente alta y barba fina y bien cuidada. Su manera de cruzar las manos revelaba que se sentía particularmente orgulloso de ellas. Tenía, no obstante, una cara algo mustia, y en sus ojos leíanse muchas cosas desagradables. Su voz era un poco untuosa.

Mientras él anotaba el nombre y la dirección en su libro de consultas, Polly, presa de un terror secreto, paseó la mirada por la habitación. De las paredes colgaban todo tipo de armas, como venablos africanos, arcos, aljabas y puñales, pero también pistolas antiguas. En un rincón, varios instrumentos quirúrgicos lucían aún mucho más peligrosos dentro de una vitrina. Sobre el escritorio había una gruesa capa de polvo.

—Pues sí —empezó el médico, retrepándose en su asiento y cruzando sus manos blancas, sin que Polly hubiera dicho nada excepto su nombre—, lo que usted me pide es absolutamente imposible, señorita. ¿Ha reflexionado bien sobre lo que pretende exigirme? Toda vida es sagrada, sin contar con que también existen disposiciones policiales al respecto. Un médico que hiciera lo que usted me pide perdería su consulta y acabaría, además, en la cárcel. Me dirá usted —y esto es algo que nosotros, bs médicos, oímos muy a menudo en nuestras horas de consulta— que esas disposiciones son medievales. Pues bien, mi estimada señorita, le diré que no fui yo quien las creó. De manera que vuélvase tranquilamente a su casa y confiésele todo a su señora madre. Ella es mujer como usted y seguro que se mostrará comprensiva Además, es probable que ni siquiera tenga usted el dinero para una operación semejante. Aparte de que mi conciencia tampoco me permitiría embarcarme en un asunto tan delicado. Ningún médico puede poner en juego su existencia por quince o veinte miserables libras. No somos insensibles a las desgracias de nuestros semejantes. Como médicos llegamos a veces a calar hondo en la miseria social Si se pudiera hacer algo, si usted presentase algún síntoma… de tuberculosis, por ejemplo, entonces sí que le diría: «¡Venga! ¡Pasemos ahora mismo a la acción!». Y en cinco minutos estaría todo resuelto, sin ningún tipo de complicaciones ulteriores. Pero usted no tiene en absoluto pinta de tuberculosa; puede creérmelo. Cuando se entregó al placer con la inconsciencia propia de la juventud, debió también medir las consecuencias. Hay que ser cauto y no dejarse dominar así como así por los sentimientos, por muy agradables que sean. Después vienen los ayes y, ¡hala!, a correr donde el señor doctor y a llorarle: «Oiga, doctor, no me haga usted desgraciada, por favor». Pero ninguna piensa que el desgraciado podría ser el médico tratante cuando, pese a correr un riesgo mayúsculo, no se vea con fuerzas para negarle su ayuda por puro humanitarismo. ¡Qué egoísmo tan grande! Después de todo, se trata de una operación prohibida, y aunque se renuncie a la anestesia en interés de la paciente, la cosa no baja de sus buenas quince libras, pagaderas por adelantado, porque después muchas te salen con un: «¿Cómo? ¿De qué operación me está usted hablando?». Y el médico, que también tiene que vivir, se queda en la luna de Valencia. Y es que en estos casos tampoco puede llevar contabilidad ni hacer facturas, ya en interés de la propia paciente. Si es un tío sensato, preferirá no meterse en un lío que pueda arruinarlo. La vida que se está gestando es tan sagrada como cualquier otra, mi estimada señorita. No en vano tiene la religión muy serios reparos al respecto. Mi consulta estará abierta el sábado por la tarde, pero mejor piénseselo a fondo una vez más, piense si quiere asumir una responsabilidad tan grande, y si no, déjelo estar. Y no se olvide de traer el dinero, o será mejor que no venga. Por aquí es la salida, hijita mía.

El Melocotón salió muy abatida. ¿De dónde sacar esas quince libras?

La joven y el soldado echaron a andar a un pasito trotón, malhumorados.

—Aún tenemos otra dirección —dijo el soldado al cabo de un rato.

Y allí se dirigieron.

Era una mujer vieja y gorda, y discutieron el asunto en el salón. Polly se sentó en un sofá de felpa rojo.

—Cuesta una libra —empezó diciendo la mujer en tono desconfiado—; por menos no puedo hacerlo. Las muy cerdas te ensucian luego el sofá de sangre y te ocasionan gastos extras. Y al primer grito lo dejo todo y se me vuelve usted a casita. ¿Ha traído el dinero? En ese caso estaría todo listo en media hora.

Polly se levantó.

—No lo tengo aquí. Volveré mañana.

Y mientras bajaban la escalera, le dijo a Fewkoombey:

—Le eché una mirada a aquello. Es demasiado sucio.

—Es más bien para criadas —dijo el soldado. Y volvieron juntos a casa.

El Melocotón iba pensando en la caja de la tienda paterna.

Tenía cierta aversión al robo que le había sido inculcada desde niña junto con el robo. Le daban unos pocos peniques (para comprar guirlache) y muchos buenos consejos. Cuando metía el meñique en el pote de mermelada, le venían unos remordimientos espantosos. El sabor de la mermelada era dulce, pero la idea de la prohibición, amarga. Dios, le decían, lo ve todo y nos acecha día y noche. Y supuestamente veía todo lo que ella hacía, aunque mirar ciertas cosas no fuera muy delicado que digamos. Y cuando, según ella, se había hartado de ver cosas que no podía aprobar, ya había visto demasiado como para ponerse de parte del delincuente, aunque éste se esforzase en adoptar un comportamiento decente. La lista negra ya estaba repleta y no quedaba lugar para nuevos delitos que, por tanto, podían cometerse impunemente. Polly ya era un perdida y ahora podía permitirse cualquier acto infamante. Después de todo, era por pura pereza que los adultos ponían a Dios a vigilar los potes de mermeladas y las cajas fuertes como si fuera un perro guardián.

Pero entre sustraer unos cuantos peniques y robar quince libras había una gran diferencia.

Se equivocaba el Melocotón al considerar enormes las dificultades técnicas de un robo. Hubiera podido robarle a su padre con relativa facilidad. La caja de la tienda estaba bien asegurada, pero el señor Peachum andaba con mucho dinero en los bolsillos de sus pantalones. Se lo quitaba implacablemente a los más miserables de penique en penique, cambiaba éstos en monedas de plata y se las guardaba indolentemente en el bolsillo. En su opinión, ni ese dinero ni ningún otro podría salvarlo a la larga. Si no lo tiraba era por puros escrúpulos, unidos a una total desesperanza: no debía desperdiciar un solo centavillo. Y sobre un millón de chelines hubiera pensado lo mismo. Estaba convencido de que ni su dinero (ni todo el dinero del mundo) ni su cabeza (ni todas las cabeza del mundo) bastaban realmente. Y por eso no trabajaba, sino que recorría de un extremo a otro su tienda y sus talleres, con el sombrero puesto y las manos en los bolsillos del pantalón, controlando simplemente que todo funcionara.

En el curso de una semana su hija le hubiera podido sustraer tranquilamente las quince libras del bolsillo, de noche, por ejemplo, en el dormitorio; y aunque él la hubiera pillado, la cosa no habría sido tan terrible como quizás ella se imaginaba. Si Peachum se hubiera despertado, pongamos por caso, y hubiera visto a su hija en el preciso momento en que le vaciaba los bolsillos, seguro que no habría parpadeado, sino que hubiera seguido soñando. Habría castigado a su hija, pero su estima por ella no hubiera desmerecido. No había nadie cuya estima pudiera desmerecer a sus ojos.

Por desgracia, los seres humanos se conocen muy poco, y Polly se creyó incapaz de sustraerle a su padre aquellas quince indispensables libras.

Cuando le mencionó la suma al soldado, éste se ofreció, en el patio, a romperle la crisma al responsable del desaguisado. Hay huchas que es preciso romper para sacar el dinero. Pero el señor Smiles no era una hucha, por lo que Polly volvió a pensar con más intensidad en el señor Beckett.

Una vez en casa, y después de ocuparse de los perros, el soldado se tumbó en su catre de campaña. De haber podido ponerse a pensar, el hilo de sus pensamientos hubiera sido más o menos el siguiente:

«Una vez más, faltan quince libras. Y si no faltaran, sería una vez más inexplicable que naciera un ser humano. ¿Podría haber una mujer tan inhumana para traer un hijo a un mundo como éste si tuviera las quince libras que bastan para evitar que nazca? ¿De dónde saldría toda esta inmensa muchedumbre de hombres que viven destrozándose por unas cuantas bocanadas de aire fresco, por un techo que a veces no tiene goteras o alguna pitanza desabrida, si todo el mundo dispusiera de las quince libras para practicar el aborto? ¿Con qué personal se harían todas esas guerras inútiles y a quién beneficiarían? ¿A quién podría uno explotar si no hubiera explotado ya a su propia madre hasta dejarla sin las quince libras? Modificar las condiciones de la propiedad es imposible, dicen todos los profesores. No se puede eliminar a los propietarios, bien; pero ¿por qué no eliminar siquiera a quienes no lo son? La ley prohíbe el aborto, pero muchas infelices serían, al parecer, felices si pudieran abortar. Ellas luchan, pues, contra la ley. Desean que les revuelvan las entrañas con un cuchillo y les extraigan el fruto de su amor para arrojarlo a las letrinas. Pues bien: su deseo no puede cumplirse. Aparte de que es todo un escándalo. ¿No dice la Iglesia que la vida es sagrada? ¿Cómo pueden ponerla en peligro esas mujeres negándose a traer hijos a este pedregal hediondo y superpoblado, en el que resuena el clamor de los hambrientos? Deberían controlarse en vez de dejarse llevar por la corriente. Que se tomen un trago de whisky, aprieten los dientes y ¡a parir se ha dicho! ¡O si no, al final no habrá ninguna que quiera parir! Pues claro está que cada cual piensa primero en sí misma y lamenta que un hijo suyo deba venir a este mundo. ¡Y por supuesto que su hijo tiene que ser la excepción! ¡Maldito egoísmo! ¡Es una suerte que abortar cueste dinero! De lo contrario esto no lo piraría nadie…».

Más o menos así habría pensado el soldado, si hubiera pensado. Pero no pensaba: lo habían educado para la disciplina.

De todas formas, al poco rato se levantó y subió al piso de arriba para decirle al Melocotón algo que se le había ocurrido estando en su catre. ¿Por qué no llevarla a ver a su amiga? Seguro que ésta conocería otra salida.

Cuando entró en el cuartito pintado de rosa, el Melocotón yacía de espaldas en su cama, con las manos pegadas a ambos lados y la mirada fija en el techo.

Fewkoombey ya se disponía a hablarle, cuando vio un libro raído sobre una silla de mimbre. Era el tomo de la Enciclopedia Británica, o, mejor dicho, una parte del mismo que Fewkoombey había leído y releído durante tantísimas horas. Se sabía de memoria algunas páginas, pero ¡cuántas le faltaban todavía!

El hecho de encontrar allí aquel libro que tanto había echado de menos impresionó al soldado. No se alegraba de poder recuperarlo. Le impresionaba que se le hubiera perdido. A sus ojos, preciso es saberlo, tenía un valor inestimable. Hubiera podido adquirirlo en cualquier baratillo, suponiendo que por azar lo tuviesen. Aunque ¿por qué habrían tenido precisamente aquel tomo? Es algo que a lo sumo podía ocurrir una vez cada diez años. Para el Melocotón, ya lo sabemos, no tenía ningún valor. Para Fewkoombey, en cambio, quizá no había nada por lo que se hubiera dejado cambiar, excepto aquel tomo completo. Pese a ello, no podía abalanzarse sobre él y exclamar: «¡Ah! ¡Este libro es mío! ¿Cómo ha venido a parar aquí?». Semejante reacción hubiera paliado la cosa de forma absolutamente inadmisible. Al ver el libro en esa habitación, Fewkoombey cambió por completo de opinión sobre la señorita Peachum.

Y cuando ella le preguntó qué quería, él murmuró algo parecido a «saber cómo se encontraba» y abandonó la habitación sin lanzarle una sola mirada a ella ni al libro. Polly estaba demasiado abatida como para advertir lo extraño de su comportamiento.

Y con él se fue de su habitación una persona amiga, indispensable en aquel mundo y de todo punto insustituible, así como un consejo que acaso hubiera dejado huellas en su vida.

Polly volvió a visitar a Smiles en aquellos días. Como la patraña de éste empezaba a sospechar algo, se dirigieron al parque municipal. La joven quiso sentarse en un banco, pero Smiles insistió en que se instalaran entre los arbustos.

Polly interpretó aquello como una extorsión.

Pero él, enlazándole el talle con su brazo, le dijo que había hecho grandes esfuerzos por buscar una solución.

—No creas que no pienso día y noche en este asunto —le dijo pegando su mejilla a la de ella—. Me resulta terriblemente desagradable. ¡Y tú te has vuelto tan irritable desde entonces! ¡En vez de estarte aquí tranquilamente sentada, por ejemplo, entre estos arbustos tan preciosos! Mira un momento la luna, cariño, no siempre está así; pero es que ni siquiera la miras; no me cansaré de decírtelo, en vez de distraerte un poco, cosa que te haría un gran bien, vuelves siempre con la misma cantaleta. ¿Es que ya no sientes nada por mí? ¿Ya no te gusta que ponga mi mano aquí, sobre tus pechos? No me tienes confianza. Soy yo el que tengo que sacarte de esta situación en la que te he metido, aunque tú también colaboraste, cariño, tienes que admitirlo. Pues mira, se me ha ocurrido algo, ya sé lo que hay que hacer. Es relativamente simple y puedes hacerlo sola. Y no cuesta absolutamente nada. Coges una cebolla…

Ella lo miró sin comprender. Y él retiró el brazo y prosiguió:

—Coges una cebolla, una cebolla corriente, de las que hay en toda cocina, te la metes dentro y esperas a que empiece a brotar. Echará raíces por todas partes, unas raicillas muy finas, ¿sabes? Cuando haya echado raíces, cosa que dura entre dos y tres días, te la sacas y verás que junto con ella saldrá todo lo demás. Muy sencillo, ¿verdad que sí?

Polly se levantó indignada. Se sacudió un poco de musgo de la falda y se arregló el sombrero sin decir palabra. Viendo que él se había ofendido, añadió:

—¡Nadie pagaría quince libras si todo pudiera arreglarse con una cebolla! ¡Seguro que te desangras!

Salieron del parque a toda prisa. Al despedirse, él le dio a entender claramente que, por su parte, había hecho todo cuanto podía.

Polly sabía que el otro nombre de Beckett era Macheath y que era el propietario de los almacenes B. Él mismo se lo había contado. Como también comerciaba con maderas, tenía todo el derecho a llamarse maderero cuando le conviniera.

Polly se encontró con él varias veces, y un día,, a título de prueba, le contó su conversación con el corredor de comercio Coax. No le dijo que lo había buscado en su apartamento, ni mencionó la carta de su padre, pero sí le habló de unas fotos muy interesantes que él había prometido mostrarle. Y añadió que pensaba visitar pronto a Coax, pues su hermana parecía una mujer muy simpática.

El señor Beckett la escuchó con aire sombrío. Daba la impresión de estar a punto de tomar serias decisiones.

Al caer la tarde, Polly siguió a su madre hasta un pequeño sótano donde guardaban manzanas sobre unas estanterías de madera. Sabía que a la señora Peachum no le gustaba que la siguieran hasta allí. Pero Polly esperaba conseguir algo si hablaba con ella en ese sitio y no en otro. Cuando abrió la puerta, vio a su madre de pie entre las estanterías, asustada y con un vaso de whisky en la mano. La botella estaba sobre la mesa. Para la señora Peachum era muy doloroso que su marido la obligara a ponerse en una situación tan indigna frente a su hija, y todo por un ocasional vaso de whisky. Tenía cuarenta y seis años y su falta de libertad la hacía sufrir mucho.

Pero Polly prefería hablar con ella cuando sabía que se sentía culpable, pues en otra situación podía resultar bastante repulsiva. La joven le participó su deseo de casarse con el señor Beckett

—Ni siquiera se llama Beckett —dijo la señora Peachum indignada.

—Ya lo sé, se llama Macheath, o, mejor dicho, quizá se llame así —dijo el Melocotón con toda calma.

—¿Y Peachum? ¿Qué dirá Peachum de un hombre que quizá se llame así o quizá se llame asá? —preguntó la señora Peachum al tiempo que, con gesto rápido, ponía su vaso sobre la estantería más cercana—. No es un hombre que te ofrezca garantías. Yo también tengo un par de ojos y he observado cómo baila cuando él cree que no lo estoy mirando. Y encima se piensa que con cuatro o cinco copas del trago ese que te venden en el «Calamar» ya estoy que ni veo. Un hombre que tiene un negocio decente no coge de ese modo por el talle a una joven. ¡No me vengas con cuentos! Los motivos que puedas invocar para casarte con un hombre así no son nada sensatos, mi querida Polly. Para mí que hay otra cosa, de la que prefiero no hablar. ¡Te ha hecho perder la cabeza, eso es!

—Sí, me gusta.

—¿Ves? Ya lo decía yo —exclamó la señora Peachum en tono triunfante —. Has perdido la cabeza. Estás loca por él y eres incapaz de calcular cuánto es dos por dos.

Polly se enfadó.

—Deja ya de hablar tanto —repuso con dignidad—; díselo a papá y que él se encargue de hablarle.

Dicho lo cual dio media vuelta y volvió a su habitación.

La señora Peachum suspiró y vació su vaso, malhumorada. Esa misma noche habló con su marido. Conocía bien a Polly.

Aquella tarde, Peachum había tenido un terrible altercado con Coax. En la trastienda de un restaurante, el corredor de comercio había exigido abiertamente la compra de huevos barcos. Aquello había caído como un rayo sobre la «Compañía para la explotación de barcos de transporte». Eastman, que ya presentía muchas cosas desde hacía varios días, se derrumbó simplemente en su silla; el corredor de apuestas, en cambio, se levantó de un salto y empezó a mugir como un buey para acabar desplomándose bañado en lágrimas. De nada sirvió todo aquello. Según Coax, ya se habían dado los primeros pasos para constituir una comisión parlamentaria que investigara el contrato de compra. Y a Peachum, que representaba a dos partes, le encargaron que fuese con Coax a Southampton aquel fin de semana. Allí iniciaría negociaciones para la adquisición de barcos de transporte «en inmejorables condiciones».

Pese a todo, se dirigieron a los muelles para proceder a la entrega oficial de los barcos viejos a la comisión gubernamental. Tenían que entregarlos simplemente para no llamar la atención; ya los cambiarían más tarde. La reparación aún no había concluido; los trabajos proseguían bajo la dirección de la CEB. La comisión sólo estaba integrada por dos funcionarios de civil que liquidaron rápidamente las formalidades. Estuvieron apenas un cuarto de hora en un muelle ventoso. Llovía y hacía frío.

Y esa noche, cuando la señora Peachum le habló a su marido de Macheath en relación con su hija, Peachum tuvo un ataque de rabia.

—¿ Quién se os ha presentado? —chilló—. ¿Ese estafador de los almacenes B? ¿Y qué significa presentado? ¿Dónde diablos os metéis para que se os presenten hombres desconocidos? ¡Ese tipo es un timador conocido en toda la city! ¿Es así como cuidas a tu hija? ¡Yo me mato trabajando día y noche para ella y tú la relacionas con calaveras conocidos en toda la ciudad, que hacen antesala en los bancos para intentar sanear sus almacenes-baratería! ¿Qué es lo que le pasa a tu hija? Es un capítulo en el que tendré que poner orden muy pronto. En presencia de sus padres intercambió el otro día unas miraditas con ese Coax que… ¿De quién habrá sacado esa sensualidad?

—De ti seguro que no —repuso la señora Peachum en tono seco, la manta bajo la barbilla.

—Pues claro que de mí no —dijo Peachum, furioso, en la oscuridad—. No puedo darme ese lujo. Necesito tener clara la cabeza para no acabar desgarrado por aquellas hienas.

Y añadió con voz tajante:

—Y no se hable más. Yo decidiré sobre las relaciones de Polly.

Ya había tomado una decisión con respecto a su hija.

A la mañana siguiente la llamó a capítulo en su despacho. La interrogó sin miramientos sobre su visita a Coax, y la joven, llorando, le contó incluso lo de las fotografías. Todas de chicas desnudas, le explicó.

Después del interrogatorio, Peachum le dijo que consideraba falsas la mayoría de sus declaraciones. Que el señor Coax era un hombre de negocios realmente decente y ella podía estar contenta de que le demostrase interés e ignorase lo de su trato con otros hombres. Peachum no fue más allá de esta insinuación.

Cuando Polly se encontró luego con el señor Macheath, le dijo que su padre jamás la dejaría casarse con él, y que el señor Coax la había invitado a un picnic aquel fin de semana. Lo primero era cierto; lo segundo, mentira.

Cuando Macheath se enteró por el Melocotón de que el señor Coax era el elegido de los padres de la joven, vio muy claro que tenía que hacer algo contra el Coax aquel.

Después de pensar un rato, se dirigió en un ómnibus con imperial a una de esas mugrientas salas de redacción de dos habitaciones pobladas normalmente por personajes bastante desaliñados y ávidos de noticias, que hablan con una solemnidad exagerada.

Después de sacar y hojear unos cuantos tomos manchados y casi deshechos de periódicos viejos, el señor Macheath se subió a otro ómnibus con imperial rumbo a Blacksmith Square, donde, en un edificio lateral, le dio un encargo a un hombre gordo y de aspecto sospechoso, que lo recibió en mangas de camisa.

Seguidamente, y aunque aún era de día, volvió a su casa en un tercer ómnibus.

Tenía una pequeña casa unifamiliar en un suburbio de la zona sur. Situada detrás de un minúsculo jardincillo, la casa formaba parte de una serie de viviendas perfectamente idénticas. La había conseguido hacía poco y aún estaba instalándose. En una de las habitaciones tenía unos cuantos muebles, entré ellos un sofá nuevo en el cual dormía, y en la cocina había un hornillo de gas y una gran nevera. Pero no era una casa nueva. Macheath la consiguió por uno de sus socios que había hecho bancarrota.

De pie en la escalerilla de piedra de la entrada sacó un enorme manojo de llaves del bolsillo y probó primero unas cuantas antes de dar con la correcta. Luego entró silbando en el vestíbulo completamente vacío, donde no había ni un gancho para colgar el sombrero.

En su habitación del primer piso, en la que imperaba un orden ejemplar, se quitó las botas, se tumbó en el sofá y permaneció recostado hasta que oscureció.

Hacia las diez de la noche sonó el timbre. Macheath bajó e hizo pasar a un hombre gordo al que en el mismo recibidor le quitó lo que traía y lo volvió a hacer salir, sin decirle una sola palabra. El hombre se alejó refunfuñando. Al parecer conocía la zona.

Después de haber vaciado en su lavatorio un lío de cartas y papeles envuelto en papel de estraza y de examinarlo media hora a la luz de una lámpara de petróleo, Macheath, que vivía en aquella casa bajo el nombre de Milburn, se hizo una cama con unas cuantas mantas que sacó del armario y no tardó en quedarse dormido.

A la mañana siguiente tuvo una entrevista con el inspector general en la jefatura superior de policía.

Inclinados sobre el macizo escritorio vacío, los dos señores estudiaron el contenido del paquete envuelto en papel de estraza, sobre todo un cuadernillo rayado de tapas rojas: el diario del señor Coax.

El diario sólo contenía fechas relacionadas con la vida privada del corredor de comercio. Antes de que el inspector lo revisara, el señor Macheath le había asegurado que en d cuadernillo no había una sola anotación de tipo comercial, pues en este caso el señor Brown no hubiera estado en condiciones de inspeccionarlo.

El contenido del cuadernillo era, en general, de orden moral. No faltaban alusiones a ciertas visitas y otros hechos, pero en lo esencial eran consideraciones éticas, autorretratos sinceros, testimonios de una lucha incesante contra una sensualidad avasalladora. En el fondo, aquellas notas estaban muy por encima del nivel intelectual de ambos lectores, para los que tampoco habían sido escritas.

También había nombres, aludidos tan sólo por la letra inicial.

Casi cada dos o tres días (no faltaba un solo día, el diario había sido llevado con una minuciosidad extrema y apenas si había una palabra tachada) aparecían unos números escritos con tinta roja y pulcramente subrayados con regla: «2 veces» o «4 veces», por ejemplo. «4 veces» era más bien raro y no había ninguna cifra superior a «5 veces». Ocasionalmente se leía «1 vez», y en este caso el número no estaba subrayado, sino encerrado en un pequeño círculo.

Había asimismo otros dos signos diferentes cuyo significado lo explicaba una anotación en la cara interior de la tapa; deposiciones e ingestión de laxantes. También estos signos parecían dibujados. El señor Coax tenía una letra elegante, no desprovista de vuelo.

Integraban el resto del paquete unas fotografías de muy dudoso gusto y sumamente desgastadas por el uso.

Tras una lectura breve y silenciosa, Brown apretó un botón y entregó una esquela en la que previamente había escrito unas palabras a un empleado que acababa de entrar. Cuando éste volvió, dejó a su vez sobre la mesa un paquete que contenía expedientes e informes elaborados por la policía londinense.

Brown extrajo del paquete un documento oficial y comparó parte de él con una anotación del diario de Coax. Señalando con su grueso índice aquel pasaje, dijo en su tono de voz pausado y minucioso:

—Mi estimado Mac, a este tipo no podemos echarle el guante. No sabemos en qué negocios andará metido, y, por principio, nosotros no metemos la nariz en los negocios de la gente honrada. ¿Adónde iríamos a parar si no? El caso es que este hombre paga sus impuestos. Además, no entendemos nada de negocios ni nos ocupamos de la vida privada de ningún caballero. Y éste no ha cometido robos. Sólo quedaría una denuncia presentada hace dos años, cuando en el curso de una redada encontraron al señor en una casa de citas con la esposa de un secretario de Estado del almirantazgo. Pero será mejor que dejes este asunto en manos de algún periodista. Te daré los nombres de unos cuantos que podrían ocuparse.

Volvió a apretar otro botón y le trajeron una nueva carpeta, bastante gruesa, sobre la cual se leía «Extorsiones».

La examinó detenidamente, según su costumbre, y decidió:

—¡Elige a Gawn! ¡Es uno de los mejores!

Macheath cogió la denuncia, la introdujo entre su propio material, le dio una palmadita a su amigo en la espalda y dijo como quien no quiere la cosa:

—Si tuviera que casarme un día de éstos, oficialmente, ya me entiendes, ¿podrías asistir a la boda? Me interesaría por la gente del banco. No funcionan muy bien que digamos.

—Por poco que pueda, iría —dijo Brown con desgana—; siempre que no ocurra muy a menudo.

Macheath se marchó pensativo. Brown ya no era el mismo de antes en sus relaciones con los viejos amigos. Cierto es que seguía siendo fiel como un perro guardián, pero en los últimos tiempos le había caído encima una montaña de responsabilidades…

Macheath tampoco acababa de entenderse con el banco, que siempre le salía con nuevas salvedades.

Ya su propia gente le creaba problemas. Querían ver dinero. Y le abrumaba pensar que era responsable de casi 120 personas, en parte con familia. No se lo tomaba a la ligera.

Algo tenía que ocurrir, no cabía la menor duda. Cuando el dinero del viejo Peachum pasara a sus manos, lanzaría un suspiro de alivio.

Se dirigió a uno de sus almacenes junto al puente de Waterloo. No era un almacén B, sino una honesta tienda de antigüedades regentada por una mujer, Fanny Crysler, una persona que algo entendía de objetos de arte. Allí solía ir cuando tenía que reflexionar sobre un problema. Se sentaba en la oficina y hojeaba uno que otro libro.

Lamentablemente Fanny no estaba. Había ido a una subasta. Mac insistía en que algunos de los objetos puestos a la venta tuviesen una auténtica documentación de origen.

Los libros, que yacían apilados en el despacho y, según constaba en lápiz azul sobre la tapa de la caja, provenían de la biblioteca del párroco de Kingshall, contenían grabados extremadamente obscenos. Era algo que Mac no podía soportar. Él era contrario al arte en todos los aspectos. Asqueado, apartó de sí los valiosos volúmenes.

Y se puso a pensar en Polly.

Siempre que pensaba en ella en los últimos tiempos lo invadía una indescriptible inquietud. La joven era demasiado sensual.

Se levantó y se dirigió a la Old Oak Street.

Cuando pasó por segunda vez frente a la casa, Polly bajó y dio con él unas cuantas vueltas a la manzana.

La encontró muy dócil y también más pálida que de costumbre. Parecía preocupada. A Macheath le llamaron la atención sus ojeras. Al despedirse, ella no lo miró a los ojos.

Mientras hablaban, Polly le dijo de pasada que no iría a la escuela del hogar durante un tiempo, y, por lo tanto, no podrían encontrarse. Y ese domingo tenía el picnic con Coax.

Macheath se dirigió malhumorado a Turnbridge. Se había acordado de que era su jueves.

Tenía la costumbre de pasar la noche de cada jueves en cierta casa de Turnbridge. Rodeado de jovencitas, pidió una taza de café y se puso a charlar con Jenny. Como estaba deprimido, le pidió que le echara las cartas. Pero ella no le dijo nada interesante. Las chicas lo aburrían como siempre. Hacía más de cinco años que frecuentaba aquella casa.

Al día siguiente fue a ver a Gawn, quien escribía para varios periódicos de dudosa reputación, y le entregó el material contra William Coax.

Muy poco después, Miller, del National Deposit Bank, deslizó en el curso de una entrevista comercial cierta observación que animó al señor Macheath, más allá de todas sus posibles reservas, a fundar cuanto antes un hogar burgués y respetable, cosa que también respondía a los deseos de la señorita Polly Peachum.

La lucha contra el señor Coax se convirtió así en algo superfluo para Macheath, quien se olvidó del material comprometedor que había entregado.