La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 22 de 44

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La novela de cuatro cuartos

Donativos patrióticos

Macheath aún tenía grandes existencias de lana y lencería. Poco antes de que la SCC decidiera frenar el suministro de mercadería a los almacenes, Mac había recibido importantes remesas de lencería provenientes de un robo en una fábrica textil de Gales. Y no sabía qué hacer con ellas.

En los periódicos volvía a hablarse mucho de la guerra en Sudáfríca.

No sólo en Londres se combatía encarnizadamente, sino también en Sudáfríca, y no sólo las luchas de los grandes intereses en Londres afectaban especialmente a las clases pobres (piénsese en los Tom Smiths y Mary Swayers de los almacenes B, que andaban buscando mercaderías desesperadamente), sino también las luchas de los grandes intereses en Sudáfrica.

Y allí había que ayudar.

Se formaron comités de ayuda. Las damas de la alta sociedad se lanzaron al ataque. Viejas y jóvenes rivalizaban entre sí. En las casas de postín y en los colegios había hermosas manos que convertían los retales de lencería en vendajes para los heridos. También se cosían camisas para los recios combatientes y se tejían calcetines. La palabra «sacrificio» adquirió nuevas resonancias.

Macheath envió a Polly a varios de esos comités y consiguió buenos contratos para su lencería, que también incluían lana.

Polly se pasaba así las tardes en talleres de costura improvisados, donde las damas cosían camisas de hombres mientras tomaban el té. Todas ponían caras muy serias y las conversaciones se hallaban bajo el signo del sacrificio.

—¡Qué contentos se pondrán al recibir estas camisas tan blancas y bonitas! —decían las damas.

Y hablaban de la grandeza de Inglaterra mientras alisaban con la uña del pulgar los dobladillos.

Cuanto más viejas eran las damas, mayor era su sed de sangre.

—Pienso que se gastan demasiados cumplidos con esos bribones que, desde sus emboscadas, matan a tiros a nuestros valientes tommies —dijo una dama mayor y muy distinguida junto a Polly—; deberían cogerlos y fusilarlos para que sepan lo que significa meterse con Inglaterra. ¡No son seres humanos! ¡Son fieras salvajes! ¿No ha oído usted decir que envenenan las fuentes? Sólo nuestra gente es siempre noble, y no debería serlo con semejante gentuza. ¿No le parece, mi querida amiga?

—Nuestra gente —suspiró otra aún más vieja, que llevaba unas gafas enormes— sale a combatir con gran valor, según dicen. Avanzan bajo una lluvia de balas como si estuvieran en un campo de maniobras. Les da igual morir o no. Un corresponsal de guerra los interrogó y todos respondieron lo mismo: «No importa nuestro destino. Lo importante es que Inglaterra se sienta orgullosa de nosotros».

—Se limitan a cumplir con su deber —dijo la primera en tono severo—. ¡Cumplamos nosotras con el nuestro!

Y siguieron cosiendo con renovado fervor.

Dos jovencitas rompieron a reír solapadamente. Se ruborizaron e hicieron esfuerzos por no mirarse una a la otra, pues hubieran estallado en carcajadas. Sus madres las hicieron callar, indignadas.

Una de unos veinte años dijo con voz tranquila:

—Cuando lees en los diarios lo que está pasando en el frente y piensas en todos esos muchachos guapos con su uniforme de soldado, la cosa ya no te hace mucha gracia.

Las dos jovencitas resoplaron con fuerza, aunque sin abandonar un instante la lucha contra su naturaleza juguetona; tragaron saliva, pues, desesperadamente, y mientras el cuerpo les temblaba de risa, ellas intentaban poner cara seria y se curvaban bajo el esfuerzo que esto les suponía.

Una dama joven acudió en su ayuda.

—No sé —dijo iniciando una nueva conversación—; cuando veo a nuestros valientes tommies en sus uniformes sudados y raídos y pienso en las batallas y pejigueras que han tenido que soportar, les juro que podría besarlos tal como están, sin haberse bañado, empapados en sudor y sangre.

Polly le lanzó una mirada fugaz.

«¡Cuánta razón tiene mi padre! —pensó inclinando aún más su cara redonda sobre su labor de costura—. Después de las victorias hay que mandar soldados herídos, miserables y harapientos a mendigar, pero después de las derrotas han de ser muchachos guapos y limpios como una patena. Ése es el secreto».

La conversación derivó hacia los donativos patrióticos.

Las damas solían enviar al frente paquetitos con tabaco, chocolate y cartas breves, todo ello atado con unas preciosas cintas de color lila y rosa.

—En la tienda Aaron de la Miller Street es donde más tabaco te dan por un chelín —dijo una de las chicas muy entusiasmada—. Tal vez no sea muy bueno, pero ellos prefieren la cantidad a la calidad, lo dicen todos.

Los soldados agradecían en unas cartas que las chicas mostraban a todo el mundo. Había en ellas deliciosas faltas de ortografía y el contenido era bastante romántico.

—Lástima que no se puedan remitir también las camisas y calcetines junto con las cartitas —dijo la chica que compraba en la Miller Street—; sería mucho más divertido.

La vieja de las gafas se volvió de pronto hacia Polly y dijo con una voz que le temblaba por la rabia:

—Cuando pienso que esta impecable tela inglesa quizá esté pronto teñida con la sangre de un joven británico, sería capaz de matar con mis propias manos a esos asesinos.

Polly miró aterrada a la vieja dama, cuya mano reseca temblaba en el aire sosteniendo la aguja, y cuya mandíbula se le había caído sin fuerzas.

Se sintió mal y tuvo que salir de la habitación.

Las damas la asistieron entre ayes y lamentos.

—Está embarazada —susurró una de ellas dirigiéndose a las otras.

Cuando Polly volvió a la habitación, aún algo pálida, y se sumó en silencio al coro de las sanguinarias costureras, una que tenía un par de ojazos dulcemente vacunos dijo:

—¡Ojalá sea un varón! ¡Inglaterra necesita hombres!

La conversación derivó luego hacia otros temas.

Una gorda con un vestido de seda floreado, cuyo esposo, como todas sabían, era almirante, dijo:

—La actitud de las clases bajas es digna de admiración. Yo estoy también en otro comité, donde confeccionamos vendajes. Deberían ir alguna vez. Es un círculo muy agradable. El martes pasado se presentó una buena mujer que visiblemente no nadaba en la abundancia, y nos dio una camisa bien lavada y con varios remiendos. Mi marido tiene dos más —dijo—, y he leído que por ahí hay gente con unas heridas espantosas. Cuando se lo conté a mi marido, me dijo: ¡Ésa es una madre británica! Más de una duquesa podría aprender de ella.

Y miró muy orgullosa a su alrededor.

—¡Cada cual en su lugar y según sus medios! —repuso en tono displicente la anciana sentada junto a Polly.

Esta pudo contarle luego a su marido que había recibido una serie de invitaciones para ir a casas de postín. Macheath estaba muy contento de haberse liberado tan ventajosamente de sus existencias, y animó a Polly a seguir participando con entusiasmo en la gran campaña de ayuda a los combatientes británicos.