La novela de cuatro cuartos
Una catástrofe nacional
Los periódicos informaron detalladamente sobre los combates. Las descripciones coincidían más o menos todas bajo titulares como: LAS JÓVENES TROPAS, ANSIOSAS POR ACUDIR EN AYUDA DE SUS COMPAÑEROS EN MAFEKING, TIENEN QUE CONQUISTAR SUS BARCOS DE TRANSPORTE CON LA BAYONETA CALADA.
La puesta a punto de los barcos no duró ya mucho tiempo. Las dificultades consistían principalmente en el cúmulo de formalidades administrativas destinadas a proteger a la nación del engaño y la explotación.
Un día viernes se entregaron los barcos a la comisión gubernamental, y una semana más tarde se hicieron a la mar.
Era un día de mucha niebla. Aunque sólo se trataba de uno de los reducidos transportes de tropas que zarpaban cada semanaria rada estaba llena de militares, de familiares de los soldados que se iban y de representantes del gobierno y de la prensa. No se veía gran cosa de lo que pasaba; la gente a duras penas lograba ver su propia mano entre la espesa niebla.
«—¡Estimados amigos! —dijo el secretario de Estado en su discurso—. El futuro de Inglaterra reposa en el espíritu de sacrificio y la valentía de su juventud. Toda Inglaterra celebra el momento en que estos dos mil jóvenes, la flor y nata de la nación, se embarcan en estas naves de Su Majestad para dar un ejemplo de valor y patriotismo. La fuerza ciega de los elementos los rodea, y se hallan amenazados por enemigos astutos e inescrupulosos. Sólo el genio de Britania los acompaña; están en las manos de Dios, y con esto queda dicho todo».
Los cuerpos enormes e imprecisos de los tres barcos soltaron amarras y se adentraron en la niebla que todo lo envolvía, entre los sones de una marcha militar y los sollozos de las madres y las novias.
Once horas más tarde, el «Optimista», aún en el canal de la Mancha, se fue a pique con toda su tripulación.
Una catástrofe nacional
La noche tempestuosa ha pasado,
y en el fondo reposa ya el barco.
En torno al solitario arrecife
sólo nadan delfines y tiburones saciados.
De todos esos hombres tan llenos de vida,
ni uno sólo a la muerte ha escapado,
y allá abajo, en el fondo del mar,
con pálidos labios dormitan ahora.
Y el mar les repite su vieja canción:
¡Ten cuidado, marinero, ten cuidado!
¡Escucha las voces del viento y del mar!
¡Duerme tranquilo! ¡Duerme tranquilo!
¡También tú entre corales dormirás algún día!
Fortuna marinera
Peachum oyó el vocerío chillón de los vendedores de periódicos al bajar una mañana por la Oxford Street en un ómnibus con imperial. Se apeó y leyó en una de las ediciones extraordinarias que el «Optimista» se había hundido y que por la city corrían rumores sobre actos de sabotaje contra los transportes de tropas. Los barcos habían salido del puerto en un estado que no podía calificarse de «apto para navegar». Sé esperaba que la policía exigiría cuentas a los elementos irresponsables que estaban implicados en el caso y amenazaban la seguridad de Gran Bretaña.
Volvió a su casa en seguida.
Las ediciones extraordinarias también habían llegado a la Old Oak Street Beery tenía una en la mano cuando entró Peachum. Estaba pálido y temblaba.
Peachum pasó a su lado y le lanzó una mirada torva y terrible, pero Beery se limitó a mirarlo como a una aparición.
La señora Peachum lo recibió con la amabilidad que sacaba a relucir cada vez que había estado en el sótano. Aún no había oído nada.
Peachum se dirigió a la habitación donde guardaba el fichero de reserva y se encerró. Su mujer lo oyó caminar de un extremo a otro durante varias horas. Cuando fue a buscarlo para cenar y llamó a su puerta, no obtuvo respuesta. Él no tocó la cena que le puso ante la puerta. Estaba esperando su detención.
Hacia las once de la noche, es decir, catorce horas después de que apareciera la edición extraordinaria, bajó a su despacho y llamó a Beery. Lo mandó a la taberna más cercana a comprar periódicos, pues el tipo aseguraba no tener ninguno.
En los diarios se leían grandes titulares del tipo: «UNA DESGRACIA NACIONAL» y «NIEBLA CAUSA HUNDIMIENTO DEL “OPTIMISTA”», así como varias descripciones de la catástrofe, en la medida en que ya se tenían. Lo que no había eran alusiones a las posibles causas, como las que aparecieron en la edición extraordinaria. Sólo se decía que el Almirantazgo había iniciado una investigación.
Peachum lo leyó todo a conciencia, sin saltarse una línea. Luego pasó a la acción.
Junto con Beery elaboró un plan para transformar por completo sus talleres. Más de la mitad del personal debería vestir uniforme y lucir heridas de guerra. Desde la perspectiva del negocio de la mendicidad, esa desgracia nacional equivalía a una victoria. No cabía duda de que Londres, con la descripción de la tragedia ante los ojos, estaría dispuesta a sacrificarse. Durante los días siguientes, cualquier hombre uniformado y con heridas más o menos visibles sería colmado de atenciones.
Peachum trabajó varias horas y se levantó tras un breve descanso. Los talleres —carpintería, sastrería y talabartería— empezaron a confeccionar uniformes y muñones a las seis de la mañana.
Esa misma mañana, después de darse una vuelta por el Almirantazgo, donde conversó cinco minutos con Hale, se encaminó a la Jefatura superior de policía.
Hale le había causado una excelente impresión. Su educación militar permitía al viejo funcionario soportar con serenidad los golpes del destino. Reinaba gran actividad en la secretaría. Las órdenes de Hale eran escuetas y precisas. En dos días más se celebrarían los funerales oficiales. En cuanto al segundo contrato con el gobierno, que garantizaba la compra de los barcos de Southampton, no veía Hale peligro alguno mientras no estallara un escándalo en relación con el primero.
El inspector jefe recibió a Peachum con una evidente desconfianza que sólo se disipó cuando éste se presentó como presidente de la «Compañía para la explotación de barcos de transporte», eliminando así cualquier duda que pudiera relacionar su visita con el caso Macheath, cuyo proceso iba a ventilarse en esos días.
Peachum le consultó qué debía decir a la prensa sobre la supuesta causa de la catástrofe. Brown se mostró muy dispuesto a darle información. Aún no se había averiguado la causa del hundimiento, pero tenían noticias de que también el «Joven Marinero» había sufrido serias averías. Probablemente ambos barcos habían colisionado debido a la mala visibilidad.
Peachum se fue rápidamente a ver a Eastman. Con él y con Moon — Finney aún seguía en la clínica, convaleciendo de su operación— se pasó el resto de la mañana preparando la liquidación final. Ninguno de los dos señores estaba de humor para enfrascarse nuevamente en los detalles del negocio. Además, nunca habían visto los barcos de Southampton, que suponían en alta mar bajo los nombres de los viejos barracones siniestrados, y temían una investigación.
En el camino de vuelta Peachum se lo tomó con más calma. Deambuló indeciso por distintas calles, tratando de pescar diálogos al vuelo. Todo el mundo hablaba de la catástrofe.
Ante un almacén lo oscuro y diminuto, el tendero estaba conversando con un grupo de transeúntes.
—Con el viento y las olas no se puede bromear —decía—. Ahí no hay previsión humana que valga. El hombre es impotente ante la niebla. Son fuerzas de la naturaleza, elementos destructores. Todos tenemos nuestras preocupaciones, pero eso de irse a pique así como así, y en medio del canal… ¡Es una gran desgracia nacional! El viernes se celebrarán los funerales en la iglesia de la Trinidad. ¡Apuesto a que han sido los comunistas!
Por la tarde Peachum siguió trabajando con Beery.
Crearon nuevos modelos de cartas para las peticiones. Con mano temblorosa, algunas viudas de guerra cuyos maridos «reposaban en el frío fondo del mar» pedían una ayuda para abrir un pequeño negocio, y por cierto que fue ésa la primera vez que se mencionaron los almacenes B en las cartas petitorias salidas de la fábrica Peachum.
Las direcciones fueron cuidadosamente seleccionadas de los ficheros, que contenían los nombres de personas caritativas junto con sus debilidades particulares.
La fábrica Peachum demostró estar a la altura de la desgracia nacional.
Al atardecer, Brown mandó llamar a Peachum.
Lo recibió con aire sombrío en una habitación donde había otros dos altos funcionarios de la policía.
Era un salón grande. Encima del escritorio se veía, sobre un papel secante verde, un Atlas de bronce de un pie de altura que sostenía en la nuca un reloj de tic-tac sonoro. En la esfera se leía: Ultima multis. De la pared colgaba un retrato de Wellington.
—Señor Peachum —dijo el inspector jefe iniciando el diálogo—, según las investigaciones efectuadas hasta el momento, cabe suponer que el barco de transporte «Optimista» presentaba graves desperfectos internos. Como mínimo hubo una rotura de timón. Debo comunicarle que Hale, el secretario de Estado en el Almirantazgo, ha recibido de sus superiores inmediatos la orden de no abandonar su domicilio particular hasta nuevo aviso. La orden debe mantenerse en secreto. Supongo que usted deseará dar su opinión sobre el caso.
El señor Peachum se quedó con la mirada fija en el vacío.
—Sí que lo deseo —dijo—. Creo que se trata de una acción criminal.
El inspector jefe lo examinó con una de esas miradas penetrantes propias de las autoridades, cuya finalidad no es percibir, sino ser percibidas.
Tras un breve y expresivo silencio, Peachum prosiguió:
—Señores el timón debió de haberse roto; sin tempestad, sin que el timonel tuviera la culpó, con escasa visibilidad, aunque con un mar en calma. No hace falta una investigación, sino reflexionar un poco solamente. Basta con conocer nuestro sistema administrativo y los sistemas administrativos de todos los países civilizados. Sólo una breve meditación sobre la manera como elegimos a nuestros funcionarios, encargados de velar por el bienestar del Estado, sobre la manera como los educamos y como ellos mismos se ponen a disposición de la nación. También es necesaria, para llegar a la conclusión de que unos barcos como ésos estaban irremediablemente condenados a hundirse, una fugaz reflexión sobre el objetivo para el que fueron construidos, la manera como fueron vendidos y los beneficios que debieron producir. En cuanto hayamos reflexionado sobre estos puntos, tendremos que llegar a ese convencimiento —lo queramos o no— al que me refería cuando dije hace un momento: creo que se trata de una acción criminal
Los señores de la habitación se miraron unos a otros. Se habían levantado, mientras Peachum, sentado, continuó diciendo:
—Reflexionando sobre otros puntos, caballeros, también llego a otros resultados. Partiendo de la excelencia de nuestro gobierno y de la honradez de nuestros comerciantes y nuestras empresas, del carácter justo de nuestras guerras y del altruismo de todos nuestros conciudadanos que comen razonablemente, viven como Dios manda y se visten con decencia, llego a la conclusión, en relación con el hundimiento de uno de nuestros medios de transporte bélicos en un mar en calma y sin ningún tipo de investigación, o quizá después de ella, llego a la conclusión, repito, de que una acción criminal queda excluida y es probable, o quizá seguro, que haya sido un accidente. En ese caso diré: no creo que se trate de una acción criminal, sino de un accidente.