La novela de cuatro cuartos
Capítulo segundo
Ya se iban a la guerra
desprovistos de cartuchos,
pero hubo gente amable
que los obsequió con muchos.
«Sin municiones no hay guerra»
«¡Llévate éstas, hijo mío!
que a luchar vais por nosotros,
y a defender nuestra tierra».
Mucha munición juntaron,
y otra guerra les faltó,
pero hubo gente amable
que pronto se la inventó.
«¡Venga, hijo mío! ¡Al frente!
¡Tu patria en peligro está!
¡A luchar por tus parientes,
por el trono y el altar!»
Canción de guerra
Un deseo del gobierno de Su Majestad
William Coax era corredor de comercio. Según su tarjeta de visita, en algún rincón de la city tenía un despacho al que casi nadie había ido nunca y que él mismo frecuentaba raramente. Tampoco hubiera servido de mucho, pues en él sólo había una señorita pálida y esmirriada y una máquina de escribir vieja y con el teclado hecho una ruina, cosa que no importaba, pues no estaba ahí para escribir. La joven tampoco tenía otra misión que recibir la correspondencia, y ésta llegaba allí para que el señor Coax no tuviera que darle su dirección particular a nadie. Pues él no recibía a nadie en su domicilio, sino que despachaba todos sus asuntos en restaurantes.
Solía decir:
«No necesito tanto bombo. Yo sólo hago grandes negocios». No tocaba nada que estuviera sucio, y siempre usaba guantes. Además, se ponía unos llamativos trajes de confección color gris claro, que combinaba con calcetines violeta y corbatas de un rojo chillón. En su opinión, tenía la talla para llevar trajes normales, aunque era alto y delgado. Creía que la gente lo tomaba por un militar vestido de paisano, y se mantenía siempre bien erguido.
Aunque no pagaba empleados caros, la verdad es que tampoco carecía totalmente de ayuda. En ciertos ministerios había gente que, como mínimo, le resultaba igual de útil que unos cuantos contables ociosos y desvergonzados.
Uno de esos hombres trabajaba, por ejemplo, en el Ministerio de Marina.
Por él se enteró un día de que el gobierno de Su Majestad tenía un deseo. Deseaba barcos para el transporte de tropas a Ciudad del Cabo. Y Coax decidió hacer todo lo posible por satisfacer aquel deseo.
Como se trataba de un asunto marítimo, preguntó en una taberna frecuentada por marineros de baja ralea —marineros de confección— dónde podría encontrar barcos realmente viejos. Le mencionaron unos cuantos, pertenecientes a la empresa de armadores «Brookley & Brookley», una especie de compañía naviera de confección.
Por entonces había en Londres mucha gente que no se tomaba muy en serio las solicitudes que el gobierno dirigía a los hombres de negocios pidiendo ayuda para la guerra contra Sudáfrica. Estaban dispuestos a venderle mermelada al gobierno, pero no a comérsela ellos mismos. El señor Coax no era uno de ellos. No pretendía enriquecerse con la desgracia de su país ni verse envuelto en indagaciones que, aunque inofensivas, eran larguísimas y requerían oficinas y máquinas de escribir. Cualquier otro, con sus relaciones, le hubiera ofrecido al gobierno los barcos sobre los que le habían hablado en la taberna aquella. Eran espaciosos y, según una pesquisa realizada con cautela en «Brookley & Brookley», también baratos.
En la breve entrevista que el corredor de comercio mantuvo con la casa «Brookley & Brookley» sobre los barcos en venta sólo se habló del tonelaje y del precio. Ni el señor Coax hizo más preguntas, ni los armadores sacaron a colación el estado de los navíos. Los tres señores hubieran podido jurarlo en cualquier momento y ante cualquier tribunal.
Pese a su capacidad de carga y bajo precio, los barcos de los señores «Brookley & Brookley» no entraban para nada en los planes de compra del señor Coax. Conocía a mucha gente en Londres dispuesta a adquirir barcos de carga a buen precio. Los fletes eran muy elevados debido a la guerra, aparte de que había muy pocos barcos en venta, y esos pocos eran carísimos. Sin embargo, alguien que necesitara barcos en buen estado no se habría dirigido, claro está, a una empresa como «Brookley & Brookley».
El señor Coax siguió buscando afanosamente barcos en buen estado, aunque no para el gobierno, sino por encargo de empresas privadas. El deseo del gobierno de conseguir navíos con gran capacidad de carga era para él un asunto secundario y sólo cobraba cierto interés en relación con sus propios negocios. Se pasó una semana entera buscando.
Y descubrió otras tres embarcaciones aptas para el transporte, más nuevas y fiables en todo sentido. Para ello tuvo que hacer varios viajes —uno hasta Southampton—, y cuando por fin dio con las embarcaciones, resultó que eran de distintos propietarios y bastante caras, pero al menos tenían cierta semejanza con aquello que se denomina un barco.
El señor Coax tomó buena nota de ellas y regresó a Londres.
Allí volvió a preocuparse por satisfacer el deseo del gobierno, aunque, según se verá, no por ello descuidó sus propios intereses. Éstos se centraban de manera unívoca en la adquisición, al mejor precio posible, de unos cuantos barcos de carga en buen estado, como los que había visto en Southampton.
En Londres, el señor Coax habló sobre el asunto del gobierno con varios hombres de negocios convocados a tal efecto. No era difícil encontrar personajes así. Londres abundaba en gente ansiosa de hacer cosas. La city ardía en deseos de ayudar al país en su lucha contra los boers. Y el gobierno era un cliente francamente ideal
El señor Peachum se enteró del deseo del gobierno de Su Majestad junto con otros cuatro o cinco caballeros, no menos ansiosos que él de interpretar como una orden el deseo del gobierno.
Se reunieron todos en un modesto restaurante de Kensington. Y resultó que entre ellos había un auténtico baronet, un corredor de apuestas, el director de una fábrica textil de Gales del Sur, el dueño de un restaurante, un propietario de varias casas, un criador de ovejas y el propietario de un gran negocio de instrumentos musicales usados.
Cada uno pidió algo, y el señor Coax pronunció un pequeño discurso:
—La situación de nuestro país —declaró— es grave. Como saben, la guerra en Sudáfrica empezó porque unos pacíficos ciudadanos ingleses resultaron agredidos de buenas a primeras. Las tropas de Su Majestad, que se pusieron en marcha para protegerlos, fueron atacadas por todas partes de la forma más inicua, y sus intentos por resguardar bienes británicos han sido constantemente objeto de sangrientas provocaciones. Todos ustedes han leído en la prensa los ataques a los que nuestro gobierno se ha expuesto gracias a su exagerada longanimidad y aun amor por la paz rayano en lo incomprensible. Hoy en día, a los pocos meses de iniciada la guerra, Inglaterra lucha contra un puñado de granjeros enloquecidos y lo hace ni más ni menos que por conservar todas sus posesiones de ultramar. En la ciudad de Mafeking las tropas inglesas sufren el asedio de un poderoso ejército bóer y luchan por sobrevivir. Aquel de ustedes que tenga algún trato con la Bolsa sabrá qué consecuencias suele traer todo esto. ¡Señores, se trata de romper el cerco y liberar a la ciudad de Mafeking! (Aplausos). ¡Caballeros, esta difícil hora también exige del mundo empresarial británico sangre fría, valor e iniciativa! Si éste no cumple con su cometido, el heroísmo de nuestra juventud resultará infructuoso. Pues ¿quiénes hacen realmente las guerras? ¡El soldado y el hombre de negocios! ¡Cada uno en su puesto! El gobierno no entiende nada de negocios. Eso es asunto nuestro. El gobierno dice, necesitamos barcos de transporte. Y nosotros le decimos: ¡Aquí tiene usted barcos de transporte! El gobierno nos pregunta: A ver ustedes, que son especialistas: ¿cuánto cuestan los barcos de transporte? Podemos averiguarlo, replicamos nosotros: los barcos de transporte cuestan tanto. El gobierno no regatea; sabe que el dinero se queda en el país. Entre hermanos no se regatea Da lo mismo que el dinero lo tenga uno o el otro, pues el gobierno y los hombres de negocios forman una sola familia. Se tienen mutua confianza y dependen unos de otros. «Tú no sabes hacer esto», le dice el uno al otro, «déjame hacerlo a mí. Y cuando yo no sepa hacer algo, lo haces tú». Así surgí la confianza y se crean intereses paralelos. «Mira, Billy», me dice el secretario de Estado X mientras nos fumamos un cigarrillo, «mi mujer ya no da abasto para atender las doce habitaciones de la casa ¿qué puedo hacer?». «No te preocupes por esas nimiedades», le digo yo, «¡piensa en tu cargo!». Y asunto arreglado. Luego se entera uno por el periódico de que el secretario de Estado ha pronunciado tal o cual discurso en beneficio del país y nos ha hecho avanzar un buen trecho en el mundo, y que en África o la India o qué sé yo dónde ha ocurrido algo importante, relacionado con nuestro patsy sus intereses, que son realmente generosos. «¡Has de tener la cabeza despejada, Charles!», le digo, «¡por nuestro interés! ¡Nada de perderse en fruslerías ni preocupaciones pecuniarias! Yo soy un simple hombre de negocios sin mayores pretensiones, no aspiro a salir en los periódicos ni a ningún reconocimiento oficial. Más bien quiero facilitarte, discretamente y en forma anónima, la gran tarea que has asumido por el bien del país». Y al igual que yo, caballeros, miles de empresarios actúan en silencio y, casi diría, sin pena ni gloria, pero con tenacidad e inventiva. El hombre de negocios consigue el barco y el soldado se embarca en él El hombre de negocios es hábil si soldado es valiente. Caballeros: ¡fundemos, sin gastar demasiada retórica, una empresa para la explotación de barcos de transporte!