La novela de cuatro cuartos
La semana publicitaria de Chreston
Un soleado día de otoño inició Chreston su semana publicitaria con el sistema de precios unificados.
A las siete de la mañana, dos horas antes de que abrieran, una multitud de compradores se agolpaba ya ante las rejas de hierro de los distintos establecimientos. Nada llamaba la atención en ellos, excepto el número relativamente elevado de hombres.
A la inauguración acudieron los señores Hawthorne y Miller del National Deposit Bank. Esperaban en la oficina de la sede central en compañía de Chreston, un hombre enjuto y larguirucho. Los dos ancianos estaban nerviosísimos. Chreston, en cambio, se mantenía muy sereno. Sus preparativos habían sido sumamente cuidadosos. Los empleados habían trabajado hasta altas horas de la noche para ultimar la reestructuración de los precios en cuatro categorías. A las nueve en punto se abrieron las puertas y el público pudo entrar.
Desde el primer momento se produjeron en todos los establecimientos Chreston una serie de incidentes sumamente raros y lamentables. El público se comportaba de manera extraña.
Nada más entrar, la gente se poma a comprar como loca. Nadie elegía. La compra se iniciaba en las mesas más próximas a la entrada y continuaba en las de al lado. Sin buscar mucho, todos echaban mano de grandes cantidades de artículos del mismo género, los metían en bolsos o incluso sacos, pagaban con billetes bastante grandes y se alejaban a toda prisa para volver al cabo de escasos minutos.
Chreston advirtió muy pronto lo que estaba ocurriendo. No eran compradores normales, no eran aquellos prójimos desconfiados, hostiles y descontentadizos que se pasan un buen rato eligiendo antes de comprometerse por toda la eternidad. Éstos utilizaban los codos sin ningún miramiento, apartaban bruscamente de las mesas a los compradores minuciosos e imponían un auténtico régimen de terror.
Los vendedores, que aquel día tenían participación en los beneficios — cosa, por lo demás, totalmente nueva—, se esforzaban, bañados en sudor, por satisfacer la demanda. Los artículos les eran arrebatados de las manos entre insultos y maldiciones. Sólo en las cajas se mostraba exigente aquel público. Exigían facturas selladas en las que constase el precio del artículo.
Chreston hizo llamar a la policía. Ésta llegó y comprobó la intensa demanda del público, así como la presencia de elementos ya fichados y de pésima fama, pero no pudo intervenir dadas las circunstancias. No podían impedir a cachiporrazos que el público comprara en una tienda con dinero en efectivo.
Entre tanto, Chreston, que había ido a otras de sus tiendas y observado en ellas el mismo espectáculo, mandó cerrar las puertas por unas horas. Pero cuando algunos reporteros le preguntaron por qué lo hacía, volvió a abrirlas.
Esa mañana y esa tarde, hasta ya entrada la noche, Polly y Grooch tomaron nota, en una pequeña taberna, de todas las compras facturadas. Eran realmente considerables.
Por la noche, Chreston leyó en los periódicos que su semana publicitaria había sido un éxito clamoroso y el público había comprado en un solo día la totalidad de sus enormes existencias.
Y, en efecto, sus tiendas ofrecían el aspecto de un campo de batalla arrasado. Era como si un gigantesco enjambre de langostas lo hubiese devorado todo. Chreston no lograba explicarse esta jugada de la competencia.
Por la noche, mientras los artículos comprados rodaban en carros y carretillas hacia algunos de los depósitos de la Blacksmith Square, Macheath recibió a O’Hara en su celda.
—Me gustan la independencia y la iniciativa —le dijo con voz tranquila —. Fue una excelente idea tuya ofrecerle a Chreston esa mercadería tan difícil de vender. Sin resguardos jamás nos la hubiéramos quitado de encima. Ahora tenemos los resguardos. Mandé que la volviesen a comprar toda. ¿Dónde está el dinero?
O’Hara estaba sorprendido. No se inventó muchos pretextos. Chreston le había dado unas letras y él se las entregó a Macheath. Chreston no había recibido ni exigido resguardos sobre la procedencia de la mercadería.
O’Hara no hizo ningún intento por aclarar las cosas más de lo que lo hiciera Macheath en su breve discurso. Dependía de Mac, quien a su vez dependía de él. Por pura casualidad había empezado Mac a hablar del asunto, aunque también hubiera podido hacerlo O’Hara. Nadie podía probar lo contrario. Hubiera sido muy feo suponer otra cosa. Realmente muy feo.
Cuando O’Hara se marchó —aún se quedó un rato sentado, pero sin decir nada—, Macheath hizo llamar a Brown.
Bebieron té con ron y fumaron. Macheath se había acurrucado en su litera y con la punta del pie levantaba la alfombra que Brown había hecho poner nuevamente. Le costaba mucho empezar, y lo hizo partiendo desde muy atrás.
—¿Recuerdas lo que me dijiste este verano cuando nos pusimos a hablar de las herramientas de Liverpool? Me mostraste un camino. Y desde entonces te he comprendido cada vez mejor. Tengo que liberarme de todos los vestigios de mi pasado; eso lo veo cada día más claro. Por la noche, cuando no puedo dormir, pienso en tus palabras y lucho contra lo que hay de malo en mí.
Hizo una pausa muy expresiva. Brown parecía bastante asustado.
—No olvides que yo también te ayudé con un dinero que aún no me ha sido devuelto —dijo en tono inquieto.
—Me gustaría —respondió Macheath algo dolido— que ahora no habláramos de dinero, Brown. Lo tienes tan seguro como que me llamo Macheath.
—Y a mí me gustaría que no hicieras estas bromas, Mac —gruñó Brown.
Macheath prosiguió imperturbable:
—Recuerdo tus palabras de entonces como si las hubieras dicho ayer. Tienes que deshacerte de ese O’Hara, dijiste. Tienes que buscarte otro ambiente. Me dejaste tiempo para hacerlo. Pues bien, lo he conseguido.
Miraba a Brown con aire serio y adusto.
—En mi Sociedad Central de Compras se han detectado irregularidades. Y las sospechas recaen sobre uno de mis hombres, O’Hara, a quien tú conoces.
—¿Te engatusaron?
—No, no directamente. Pero las mercaderías que se distribuyeron en mis almacenes y también al consorcio Aaron son, al parecer, de procedencia muy dudosa. Falta una larga serie de resguardos. Tengo que ordenar una investigación, pues si no la ordenará Aaron y estará dirigida contra mí. ¿Me entiendes?
—Sí, te entiendo. Pero ese O’Hara es un mal bicho. No te soltará tan fácilmente.
—Tal vez sí —dijo Macheath con aire ensoñador—, tal vez acepte soltarme. Tiene resguardos para ciertos artículos, pero no para todos. Y los que tiene están guardados en la SCC, bajo el control de Fanny.
—¡Ajá! —dijo Brown.
—Así es —repuso Macheath satisfecho.
—¿Y qué puedo hacer yo en este caso? —preguntó Brown un poco más tranquilo.
—Quizá logres averiguar algo más sobre él. Tendría que ser algo que pueda utilizarse o no, según el grado de sensatez que él muestre.
—Es factible —repuso Brown—, a mí tampoco me gustan los traidores.
—Su forma de vida también es repugnante —añadió Macheath—. Hace tiempo que vengo observando su comportamiento con las mujeres. Siempre he tenido muy en cuenta sus méritos. Pero nunca he podido frecuentar su casa. Y ahora se me ha agotado la paciencia.
Se quedaron otro rato juntos, fumando.
Luego se marchó Brown.
Y Macheath se durmió lentamente. Estaba preocupado.