La novela de cuatro cuartos

Bertolt Brecht · Capítulo 6 de 44

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La novela de cuatro cuartos

Preocupaciones que el hombre de la calle ni se imagina

El discurso del señor Coax tuvo un gran éxito. El dueño del restaurante le agradeció la sugerencia en nombre de los demás caballeros y de Inglaterra, y tras algunas consideraciones de orden financiero, redactaron un contrato provisional. El camarero trajo pluma y tinta, y el corredor de apuestas lo escribió. Las tres embarcaciones de la casa «Brookley & Brookley» mencionadas por el señor Coax deberían adquirirse a la brevedad posible y ser totalmente reacondicionadas. El importe de la compra se dividiría en 8 (ocho) partes y se entregaría en efectivo.

Al llegar a este punto se hizo un gran silencio en la mesa. Ahora se trataría del reparto de los beneficios, sobre todo de la participación de Coax, que había sido el promotor del negocio. Los señores volvieron a pedir puros y cerveza.

El fabricante de textiles dijo entonces como si tal cosa, mirando el humo azul de su puro importado:

—Pienso que los beneficios netos deberían dividirse entre ocho, pues somos ocho ¿verdad? Y nuestro amigo Coax percibiría aparte una comisión de, digamos… el diez por ciento del precio que pague el gobierno.

Los señores dirigieron la mirada hacia Coax, aunque no todos, a decir verdad. Coax se retrepó en su silla y dijo sonriendo:

—Supongo que es una broma.

Y, para asombro de los presentes, sus pretensiones resultaron ser elevadísimas. Se pasaron más de dos horas discutiéndolas, al final de las cuales seguían sin conseguir una reducción sustancial Todos teman la impresión de que tampoco la conseguirían aunque discutieran dos años. La comisión debería ser de un veinticinco por ciento.

En cuanto los señores estamparon su firma en el documento, suspirando y con cara de haber firmado la sentencia de muerte de sus seres más queridos, se dispersaron rápidamente, cada cual en dirección a su ciudad.

Peachum se llevó una excelente impresión de todo el asunto, en especial de la intransigencia del señor Coax sobre el reparto de los beneficios netos. Así se regatea sólo cuando el negocio es seguro.

Preocupaciones que el hombre

de la calle ni se imagina

Una mañana brumosa tuvo lugar, en una de las innumerables y pequeñas oficinas de la city, desangelada y con muebles amarillos, una entrevista entre cinco señores. En la puerta de cristal opaco que daba acceso a la oficina se podía leer, escrito en letras doradas: «Brookley & Brookley, armadores».

Dos de los interlocutores eran Brookley y Brookley, unos personajes descoloridos cuya actitud indecisa reflejaba un miedo acaso exagerado a responsabilizarse de una decisión que los concernía a ambos. Sólo tenían en mente su bienestar recíproco, y parecían absolutamente convencidos de ser demasiado débiles para soportar esa responsabilidad también recíproca.

Todo el que conociera bien la city trataba con pies de plomo a estos hermanos. Y el señor Coax conocía bien la city. Hicieron un contrato según el cual los cargueros «Bella Anna», «Joven Marinero» y «Optimista» serían transferidos a la nueva sociedad por la suma global de 8200 (ocho mil doscientas) libras. La inspección se llevaría a cabo un día jueves, y una vez efectuada, se firmaría el contrato y se pagaría el precio convenido.

—Tendré mucho gusto en verlos por aquí —dijo uno de los señores Brookley—, aunque el motivo no tiene por qué ser esos barcos.

Todo estaba ya firmemente estipulado.

Brookley y Brookley quedaron muy sorprendidos cuando, a la mañana siguiente, el señor Coax se les volvió a presentar solo en la oficina y, por cuenta propia y tras asegurarles la máxima discreción, les hizo una nueva oferta por los barcos en caso de que la operación que habían discutido el día anterior no se llevara finalmente a efecto. Cierto nerviosismo se apoderó de los hermanos.

El miércoles por la tarde, uno de los señores Brookley se presentó en casa de Eastman, el propietario de varias casas, cuya dirección conocía, y, con aire agobiado, le preguntó si no sería posible dar marcha atrás en el negocio: habían recibido una nueva oferta y él no podía asumir frente a su hermano la responsabilidad de cerrar la operación al precio antiguo.

Eastman dijo que lo sentía mucho en nombre de la compañía, y Brookley murmuró algo acerca del jueves a las seis de la tarde, hora en que él volvería a quedar libre de compromisos si algo fallaba. Eastman informó inmediatamente a los otros y los exhortó a ser puntuales. Pero el jueves por la mañana, el señor Coax citó a Eastman en un restaurante y le confesó que no podría aportar el dinero hasta el sábado a primera hora.

Debido a esto, a las dos de la tarde, poco antes de que se iniciara la inspección, tuvo lugar en otro restaurante un acalorado encuentro en el que el fabricante de textiles exigió enérgicamente a Coax que aportase su parte o bien se renegociara otra vez todo. Al mismo tiempo se ofreció a asumir el compromiso y los beneficios del corredor de comercio.

Al juzgar la exclusión de Coax, Eastman, por su parte, distinguió dos aspectos: se sumó a uno de ellos, la exigencia, pero rechazó el otro, la oferta. Y también se declaró dispuesto a asumir la parte de Coax.

De los siete había varios dispuestos a hacer lo mismo. Que Coax perdería sus derechos si no aportaba, y de inmediato, su octava parte, era algo evidente para todos, salvo para Coax. Éste expresó algunas dudas, aunque sin insistir demasiado. Por último acordaron dividir el negocio en siete partes, en vez de ocho, y que Coax sólo percibiría su comisión.

El corredor quedó, al parecer, tan afectado que cayó enfermo y se marchó a su casa para meterse en la cama. Declaró que tampoco podría participar en la inspección.

Para efectuar ésta Eastman había contratado a un ex ingeniero naval, un hombre alto y enjuto llamado Bile, que había perdido todos sus empleos por su afición a la bebida. Se encontraron con él en las proximidades de los muelles y, por consejo de Eastman, lo invitaron en seguida a tomarse unas copas para que se animase y acabase denigrando los viejos carracones como Dios manda.

Luego se reunieron con los hermanos Brookley y Brookley en su oficina, que no quedaba muy lejos de los barcos.

Eran éstos unos carracones bastante siniestros de la época de Nelson. Siempre hay gente que guarda antiguallas, sombreros, cajas de fósforos o cochecitos infantiles, unas veces por sentimentalismo y otras por pura estupidez. Ese tipo de gente se habría enamorado de aquellos barcos. Sea como fuere, lo cierto es que aún se mantenían a flote sobre las turbias aguas, desafiando la opinión de que a todo le llega su hora.

Daban la impresión de no haber sido utilizados durante años o decenios. Pero ahora, en algún rincón del Transvaal, varios miles de tommies aguardaban ayuda, y había que molestar una vez más a esos barcos. De todas formas, seguro que les daría igual.

El «Joven Marinero» era el más próximo, y a él subió la comisión.

La escalerilla era de madera, no cabía duda. La cubierta no parecía muy acogedora, pero el piso también era de madera, como en un barco de verdad.

Ninguno de los visitantes era hombre de mar. Un auténtico marino se habría negado a utilizar la escalera por temor a romperse la crisma.

Por todo el casco de la nave correteaban las ratas como los corderos por las praderas de Gales, unos bichos grandes y gordos que, pese a su avanzada edad, nunca habían visto un hombre y no sospechaban, por tanto, su peligrosidad.

El ingeniero Bile se había propuesto desenmascarar, con una franqueza no exenta de cinismo, todos los trucos con que ciertos armadores inescrupulosos saben camuflar un ataúd flotante hasta convertirlo en un acogedor yate de lujo. «¿Pero esto qué es, señores?», había pensado decir al tiempo que arrancaba uno de los engañosos artilugios. Y hete aquí que de pronto se vio allí cansado y sin saber qué hacer, y no abrió la boca. Hasta un niño habría advertido lo que estaba ocurriendo.

Pues ni con la mejor voluntad del mundo se hubiera podido calificar de enfermedad lo que tema el «Joven Marinero».

Ninguno de los diez hombres se alejó un solo paso de la escalera de hierro. Y de haber tropezado con alguno de los objetos podridos que yacían desperdigados por todas partes, ninguno habría osado apoyarse en la pared del barco, por miedo a atravesarla simplemente con la mano.

De pronto, Eastman dijo en voz alta y muy contento: «Pues sí, pues sí». Y sus palabras resonaron como en un desván viejísimo.

Uno de los señores Brookley añadió entonces con voz serena:

—Después de todo, el aspecto exterior importa poco. Lo principal es que un barco pueda navegar y resista un poco.

Hay gente que tiene la capacidad de no poder compartir nunca los sentimientos ajenos, de permanecer totalmente al margen de los hechos reales y decir lo que piensa sin ninguna inhibición, sin el menor miramiento por el entorno o el momento en que lo dice. Esos hombres son caudillos natos.

La «Compañía para la explotación de barcos de transporte» volvió a tierra como quien sale de una pesadilla. Apenas si echó una mirada a la «Bella Anna» y al «Optimista», quizás el más destartalado de los tres.

Cuando todos estuvieron nuevamente en la oficina de Brookley & Brookley, uno de los señores Brookley pronunció un breve discurso:

—Caballeros —dijo mirando por la ventana—, tengo la impresión de que esperaban ustedes algo más, aunque ya conocían el precio, y de que ahora están decepcionados y no acaban de ver claro este negocio.

Paseó una mirada fugaz por los circundantes, y viendo que nadie le replicaba, prosiguió:

—Si así fuera, les aconsejaría que en ningún caso actuaran contra esa voz interior que les dice: «¡Salid de este negocio!». Si tienen prisa, les costará mucho encontrar por ahora otros barcos en Inglaterra, y sobre todo a este precio. Pero si disponen de tiempo para buscar y no les importa esperar unos meses, seguro que encontrarán algo que les convenga. Da la casualidad de que Brookley & Brookley puede vender sin ningún problema esos barcos a otro cliente; como ya le dije ayer al señor Eastman, tenemos una oferta en el aire y no nos sabría mal que ustedes retirasen la suya. Hasta podríamos hablar de una pequeña indemnización por parte nuestra. En este momento son las cinco y media, y a las seis y cuarto mi hermano y yo tenemos otra reunión. Podemos y debemos resolver, pues, este asunto muy rápidamente.

—Los barcos valen en el mejor de los casos doscientas libras y no están en condiciones de hacerse a la mar —dijo Bile tranquilamente.

El señor Brookley miró el reloj.

—Ya han oído lo que dice su especialista. No tenemos ninguna razón para contradecirle, ni mucho menos pretendemos imponerles a ustedes esos barcos. No estamos en condiciones de asumir ningún tipo de responsabilidad. Desde un punto de vista técnico, tal vez lo mejor sea venderlos como leña. En ese caso, las doscientas libras que ha mencionado el especialista serían más o menos la tasación correcta. De modo que piénsenlo muy bien, señores.

Dicho lo cual abandonó la habitación con su hermano.

Cuando ambos estuvieron fuera, Eastman dijo a media voz:

—Esos barcos son los únicos que podemos comprar. No lo olvidemos. Yo me retiraría si no estuviera convencido de que la otra oferta no puede venir más que de nuestro amigo Coax. Le hemos apretado mucho, y ahora quiere hacer el negocio con otros socios. Más tontos.

Varios de los presentes empezaron a ver claro. Y cinco minutos después estaban todos inclinados sobre el contrato, pluma en mano.

En el camino de vuelta a casa, Eastman dijo al ingeniero:

—A un profano le es imposible imaginar que alguien pueda hacerse a la mar en una de esas carracas. Involuntariamente pensaría que esos cascos podridos acabarán deshaciéndose en el agua como si fueran de papel. Pero resulta que la técnica moderna es prodigiosa y siempre logra sacar algo de la nada. Apostaría a que una vez pintados y mínimamente restaurados, los carracones lucirán de maravilla y cumplirán su cometido como cualquier otro barco. El profano ni sospecha de lo que es capaz la técnica moderna.