La novela de cuatro cuartos
Capítulo primero
El amigo del mendigo
Para contrarrestar el creciente endurecimiento de la especie humana, el comerciante J. J. Peachum había abierto una tienda en la que los más miserables entre los miserables podían agenciarse un aspecto que conmoviera aquellos corazones cada vez más insensibles.
Dedicado en un principio a la venta exclusiva de instrumentos musicales usados que los mendigos y cantores callejeros le compraban o alquilaban, pasó a ocuparse más tarde, dado que sus ingresos eran insuficientes, de los pobres de la parroquia, y tuvo oportunidad de estudiar la situación de los más indigentes. La utilización de sus instrumentos por parte de los mendigos fue lo primero que le hizo reflexionar.
Es sabido que los hombres emplean estos instrumentos para conmover los corazones, lo cual no es del todo fácil Cuanto mejor situada está una persona, más le cuesta, en general, conmoverse. Estará dispuesta a pagar los precios más altos para asistir a conciertos que le prometan la tan ansiada emoción espiritual. Pero también los menos bien situados tienen siempre irnos céntimos para dejar que alguna cancioncilla enternezca sus corazones, endurecidos en la lucha por la existencia.
Jonathan Jeremiah Peachum, sin embargo, veía cómo sus clientes se retrasaban una y otra vez con el pago del alquiler de los viejos organillos. Hay, como hemos dicho, pocas cosas capaces de conmover al hombre de nuestra época, sólo unas pocas; pero lo malo es que, si se utilizan varias veces, dejan de surtir efecto, pues el hombre tiene la espantosa capacidad de volverse insensible a discreción, como quien dice, cuando descubre las consecuencias, para él perjudiciales, de su sentimentalismo. Así, por ejemplo, ocurre que un hombre que ve a otro hombre exhibiendo un muñón en una esquina estará dispuesto a darle la primera vez, bajo el efecto de su primer horror, una moneda de dos peniques, pero a la segunda ya sólo le dará una de medio, y, si lo ve una tercera vez, quizá lo denuncie sin el menor escrúpulo a la policía.
Peachum había empezado muy modestamente.
Durante una temporada ayudó a unos cuantos mendigos con sus consejos: mancos, ciegos y gente de aspecto muy viejo. Les buscaba puestos de trabajo, lugares donde la gente diera limosna, pues no en todas partes daban, ni a cualquier hora. Mejor que tocar música era, en junio por ejemplo, ir de noche a los parques y abordar a las parejas en los bancos: pagaban más complacidas.
Los mendigos que se confiaban a la protección de Peachum conseguían mejorar muy pronto sus ingresos, y aceptaban cederle parte de sus beneficios por los esfuerzos que desplegaba.
Y él, ya más seguro, proseguía sus estudios.
En un plazo relativamente corto se dio cuenta de que un aspecto miserable de origen natural impresionaba mucho menos que un aspecto enmendado artificialmente. Quienes sólo tenían un brazo no siempre poseían el don de parecer desdichados. Por otra parte, a los más talentosos solía faltarles el muñón. Y entonces había que intervenir.
Peachum se dedicó a fabricar deformaciones artificiales, miembros manifiestamente machacados, por ejemplo, es decir brazos y piernas en los que se apreciaban claramente las huellas de la violencia. Y tuvo un éxito asombroso.
Poco después pudo montar un pequeño taller para la fabricación de esos miembros deformes.
Ciertos comerciantes, sobre todo los que vendían manjares finos y tenían salones de moda, aunque también carniceros comunes y corrientes, pagaban gustosos al mendigo que se instalaba ante su tienda con esos miembros tan repugnantes un pequeño tributo para que se marchase. Y después ya sólo hacía falta un paso mínimo para obtener contribuciones más altas, pagadas para que los mendigos se instalaran frente a las tiendas de los competidores. Los pequeños comerciantes luchaban denodadamente por sobrevivir.
Cuando creció el fichero de Peachum, el «amigo del mendigo», como solía llamarse a sí mismo, fue posible monopolizar ciertos distritos para determinados mendigos. Los intrusos eran expulsados por la fuerza, en caso necesario. Y fue esto lo que dio su verdadero impulso al negocio de Peachum.
Sin embargo, el hombre no se durmió sobre sus laureles. Era infatigable en su empeño por mejorar la calificación del personal. En algunas dependencias de su tienda, ya notablemente ampliada por entonces, los mendigos, que cada vez se transformaban más en empleados, eran sometidos a un examen de aptitud rigurosísimo antes de recibir adiestramiento técnico en asignaturas tales como temblar, caminar a ciegas, etc. Peachum no toleraba treguas.