Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 9 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 8

 

Kanezaki podía tener sus defectos, pero, desde luego, a resolutivo no había quien le ganase. Se había puesto en contacto con el despacho de Vann en Phnom Penh para concertar una cita para aquel mismo día.

—Le he dicho que eres de una oenegé —había explicado por teléfono a Dox— y que tienes información de vital importancia para la labor que lleva a cabo Vann en la Iniciativa Mundial para Luchar contra la Trata.

—Desde luego, no gubernamental sí que soy —había respondido Dox— y la información que tengo parece vital, de modo que ni siquiera has tenido que mentir.

—Le he dicho que podía fiarse de ti. Con eso ya tienes mucho ganado, pero procura no soltarte demasiado la lengua. Lo último que quiero es que esto se me vuelva en contra.

—Entendido.

—Y llámame en cuanto acabes. Quiero estar al tanto de lo que averigües.

—¿Tú duermes en algún momento?

—Alguna que otra siestecita, aunque solo cuando es necesario.

Acudió al bloque de oficinas ante el que había pasado hacía poco y volvió a fijarse en las cámaras. En lo más hondo temía sufrir el ataque de otro espadachín, pero la calle estaba muerta. Necesitaba acabar con aquello y salir cagando leches de Phnom Penh.

Se acercó a una ventana con rejas contigua a una puerta de metal y presentó al guardia de uniforme del interior el pasaporte con el que había estado viajando.

—Soy Adam Johnson —dijo—. El señor Vannak Vann me está esperando.

El guardia examinó el documento antes de descolgar el teléfono y decir algo en jemer. Un momento después se oyó zumbar la puerta y Dox entró por ella. Al otro lado apareció otro guardia que lo llevó al interior del edificio. Lo hicieron pasar por un detector, lo cual no ofreció problema alguno, ya que había escondido sus armas blancas y el teléfono desechable debajo de un bloque de hormigón en una obra cercana. El hecho de no llevar consigo nada afilado hacía que se sintiera un pelín desnudo, sobre todo después del encuentro tan peliagudo que acababa de tener, pero la clase de cubertería que llevaba consigo a diario habría resultado preocupante a cualquier guardia de seguridad y, además, habría convertido su visita en algo memorable.

Dentro del edificio hacía calor. El sistema de aire acondicionado, fuera cual fuese, se había rendido ante el bochorno húmedo del exterior. A él, sin embargo, no le importaba, porque en su vivienda de Bali eran raras las veces que usaba el aire acondicionado.

Los dos subieron a la cuarta planta en un estrecho ascensor y recorrieron un pasillo de escasa longitud hasta el despacho ante el que aguardaba el mismísimo Vannak Vann, elegante pese al calor con un traje gris a juego con su exuberante mata de pelo.

Antes de marcharse, el guardia dijo unas palabras en jemer, a las que

Vann respondió con un [5] sampeah en señal de agradecimiento. Vannak Vann le tendió la mano al recién llegado para decir:

—Hola, señor Johnson.

Su inglés estaba teñido con un ligero acento jemer y su sonrisa transmitía la inmensa calidez que había percibido Dox por primera vez en el hotel Raffles. Por suerte para él, porque semejante afabilidad no se habría manifestado del mismo modo a través del visor nocturno AN/PVS-14, en cuyo caso lo habría matado sin más a partir de la información falsa que le había dado Gant.

—Hola, señor Vann —respondió él estrechándole la mano—. ¿Le han dicho alguna vez que se parece un montón al dalái lama?

Vann se echó a reír.

—Alguna. Cuando me quede calvo, no me extrañaría que empezaran a pedirme autógrafos. Pase, por favor. ¿Le apetece beber algo? Ya sé que aquí dentro no hace mucho menos calor que fuera.

—No, gracias —dijo Dox al entrar en el despacho—. No quiero robarle mucho tiempo.

Vann cerró la puerta tras de sí. El despacho resultaba atractivo, mucho más que el exterior del edificio. El escritorio, de madera oscura, tenía objetos de arte y artesanía jemer y estaba rodeado de estanterías de libros. Por la ventana entraba mucha luz natural, tanta que Vann ni siquiera se había molestado en encender la lámpara del techo, y la costumbre llevó a Dox a buscar en el exterior posibles emplazamientos para un tirador. Tras comprobar que no había nada alarmante, tomó asiento en la silla de madera que le ofrecía Vann con un gesto de la mano. Él ocupó la de delante, de modo que quedó frente a él sin que mediase entre ambos ni siquiera una mesilla. Era una tontería y quizá no merecía ni una reflexión, pero hasta la disposición de los asientos hacía pensar que aquel hombre prefería eliminar toda barrera entre las personas.

—Es para mí un placer conocerlo, señor Johnson —dijo—. Viene usted encarecidamente recomendado por nuestro amigo mutuo Tomohisa Kanezaki.

—Eso es todo un honor, porque Kanezaki es un buen hombre. ¿De qué se conocen, por cierto?

Vann sonrió y en las comisuras de sus ojos se formaron pliegues de deleite.

—Conozco a Tom desde su juventud y me llena de satisfacción ver adónde ha llegado.

Daba la impresión de que Vann fuese a mostrarse tan circunspecto como Kanezaki. Con todo, no había más remedio que respetar semejante discreción.

—Sí que es verdad. Me alegra que nos haya puesto en contacto. Lo cierto es que tengo información que creo que podría necesitar en relación con el hombre al que mataron de un disparo la otra noche.

Vann levantó las cejas.

—¿Sí?

—El caso es que el objetivo real no era ese hombre. Siento decirlo, pero era usted.

Vann arrugó el entrecejo, aunque con gesto más confundido que alarmado.

—¿Perdón?

—Lo que intento decirle es que alguien se ha propuesto matarlo y ese tal Gant lo había organizado todo para conseguirlo. Si la información que tengo es correcta, va a llevar usted ante los tribunales a un tratante de menores llamado Rithisak Sorm. Pues bien, Gant intentaba protegerlo quitándolo a usted de la ecuación, por decirlo de algún modo.

En los ojos de Vann percibió una compasión de lo más extraña. Joder, ¿no era consciente ese hombre del peligro que corría?

—¿Y cómo lo sabe?

A Dox no le sorprendió la pregunta.

—Perdóneme, pero no soy libre de revelarlo. Si estoy aquí es solo porque quiero ayudarlo.

Vann asintió con un movimiento lento de cabeza.

—Ese tal Gant me dijo lo mismo.

—¿En serio?

—Sí, me dijo que tenía información importante para mi investigación y era verdad. Lo que me confió me va a resultar muy útil y supuse que lo habían matado por eso.

—No dudo que tuvo que darle algún dato real. Por lo que sé, era así como funcionaba. Pero es igual. Le diera lo que le diese, tenga por seguro que era solo una muestra falsa de buena fe con la que hacer que confiara en él y bajase la guardia. De ese modo, podría llevarlo a una hora determinada a un lugar oscuro concreto en el que estaría esperándole un hombre.

Vann volvió a fruncir el ceño mientras movía la cabeza arriba y abajo como para sí mismo, en esta ocasión con un gesto más bien triste que Dox no supo interpretar con certeza. Había esperado que, al menos, se mostrase preocupado, quizá hasta muerto de miedo, y, sin embargo, daba la impresión de estar… en fin, triste.

Transcurrió un instante antes de que respondiera:

—O sea, que me está diciendo que el señor Gant no estaba intentando colaborar con mi misión, sino más bien lo contrario.

—Sí, señor. Supongo que podría decirse así.

—La culpa es mía. Después de todos estos años, me sigue costando creer que haya gente capaz de ponerse del lado de semejante… maldad. ¿No se dan cuenta de que pueden elegir?

Dox había acudido a su despacho con la intención de hablar de espionaje y logística. En ningún momento había previsto que la conversación pudiese adoptar un cariz filosófico.

—Yo creo que se dan cuenta de sobra —respondió—, pero prefieren tomar la elección incorrecta.

Vann lo miró y preguntó en tono suave:

—¿Y usted…?

Maldita sea. La compasión que irradiaban los ojos de aquel hombre… Era de verdad como hablar con el dalái lama.

—Pues mire, señor, yo imagino que he tenido que hacer cosas discutibles a lo largo de mi vida, pero siempre he intentado estar del lado de los buenos. Por eso estoy aquí.

Hubo una pausa, tras la cual añadió Vann:

—¿Fue usted?

Dox sabía exactamente a lo que se refería.

—Señor mío, me encantaría ayudarlo, pero no puedo responder a eso.

—Da igual. Hasta que me maten, pienso seguir con mi trabajo.

—Eso es muy valiente y noble de su parte, señor, pero tiene que entender que, mientras acose a Sorm con tribunales y toda la pesca, cosa que yo admiro y respeto muchísimo, que conste, va a tener que estar preparado para defenderse de ataques mucho peores. Y dudo que quiera que su labor dependa de que la próxima persona a la que contraten para hacer el trabajo sucio posea mi poco común talento para reconocer la bondad humana.

Era consciente de que quizá no debería haber dicho tal cosa, pero ¡qué coño!, Vann ya debía de haberlo imaginado.

—¿Eso es posible?

—¡Claro que sí, leche! ¿O no tiene usted esa sensación conmigo?

—La verdad es que creo que sí, incluso sin contar con la recomendación de nuestro amigo mutuo. Lo que pasa es que me da miedo confiar en ella.

—Es que sería una estupidez confiar porque sí en ella. Menos mal que, por suerte, hay otros indicios, además de esa excelente recomendación. ¿No se ha dado cuenta, por ejemplo, de que no le he hecho una sola pregunta sobre dónde vive, qué lugares frecuenta ni cuándo acude a ellos? Sobre nada que pueda permitirme situarlo en el tiempo y el espacio.

—Es cierto.

—Ni tampoco le he pedido su número de teléfono. Mire, ¿sabe lo que es esto? —Sacó el estuche con el que protegía su móvil.

—Pues no, lo siento.

—Se llama «funda de Faraday» y lo bloquea todo: wifi, Bluetooth, GPS, identificación por radiofrecuencia, radio y toda clase de señales móviles. Solo tiene que apagar su teléfono y meterlo dentro para que no pueda rastrearlo nadie. Se compran en cualquier tienda de electrónica. O mejor todavía, deshágase de su móvil. Es más práctico contar con él, pero al menos evitará que lo maten. Eso me lo enseñó un amigo, un tío muy listo que ha vivido muchos años más que la mayoría con un oficio muy peligroso en parte por evitar lo práctico en favor de lo seguro.

—¿Y si usted necesita localizarme?

Que plantease cuestiones prácticas era muy positivo, porque ponía de manifiesto que estaba escuchándolo. Además, resultaba alentador que reconociera, o al menos considerase, que había entre ellos cierta asociación.

—Cuando necesite localizarlo, lo llamaré aquí, a su despacho. Si aparece alguien de la nada y le dice: «Tengo información que le puede interesar. Vaya a tal hora a este sitio concreto; —o—: Deme su teléfono móvil, que yo lo llamo», puede estar seguro de que no es su amigo. ¿Me ha entendido? Además, debería evitar seguir siempre las mismas rutas y los mismos horarios. Me refiero al camino que toma para ir y venir del trabajo a su casa y las horas a las que lo hace. Tiene que andarse con mucho ojo hasta que acabe todo esto.

—¿Y eso cuándo va a ser?

—Aún no soy capaz de concretarlo. Eso sí, no quiero que pase por alto que no le estoy pidiendo información sobre usted mismo y que, de hecho, le estoy aconsejando que no la comparta con nadie más, pero si sabe algo de ese estilo sobre el señor Sorm, soy todo oídos.

—¿Y qué haría con dicha información?

—Usarla para protegerlo a usted.

—¿Cómo?

—Mire, señor Vann, usted y yo venimos de mundos diferentes, pero los dos queremos lo mismo.

—¿O sea…?

—Neutralizar a Sorm, por decirlo de algún modo.

—Yo no puedo formar parte de algo así.

—Ni yo le estoy pidiendo que forme parte de nada. Lo único que quiero saber es dónde encontrarlo. No le voy a mentir: esto no lo hago por simple altruismo, sino porque sospecho que su gente también quiere mi pellejo.

—Lo siento de verdad.

—No le negaré que para mí también está siendo angustioso.

—Lo malo es que no sé dónde está. Hasta hace una semana, teníamos agentes vigilándolo en la provincia de Pailín, aquí en Camboya, pero luego le perdimos la pista. Desde entonces no ha vuelto a aparecer ni siquiera en los lugares de costumbre.

—¿Y a qué piensa que se debe? ¿A que se enteró de que lo estaban investigando?

—Es lo que estoy empezando a sospechar. Parece que se ha enterado muchísima gente. Hasta usted.

—Yo lo supe por Gant, aunque dudo que eso sea ningún consuelo.

—Al parecer, usted sabe ya mucho y, como Kanezaki dice que debería confiar en usted, le diré algo: hace poco, un tribunal de instrucción decidió encausar a Sorm en Nueva York. Se trataba de una imputación sellada, o sea, secreta.

—Pero Sorm se enteró de una manera o de otra.

Vann asintió con aquella tristeza suya en la mirada.

—No sabe cuántos años llevo luchando por llevar a ese hombre ante la justicia. Al final, parece que ha ganado él.

—¿Qué quiere decir? ¿Y su imputación?

—Mi imputación no tiene valor alguno si no podemos poner a Sorm frente a un tribunal. Yo no voy a estar siempre de presidente de la GIFT y, cuando me sustituyan, quien ocupe mi cargo tendrá otras prioridades. Puede que incluso sea más receptivo ante la clase de… incentivos que usan Sorm y sus benefactores contra la justicia.

—A lo mejor puedo encontrárselo yo para que lo encause —dijo Dox casi sin pensarlo, porque no tenía ningún interés en dar con Sorm sin más. Lo que quería era ajustar cuentas y acabar con él.

Vann meneó la cabeza con aire apenado.

—Tiene demasiados valedores. Hasta en el tribunal de instrucción hubo quien recibió presiones para votar en contra de la imputación. Por paradójico que resulte, ese fue uno de los aspectos en los que aseguraba Gant que podía ser de ayuda.

—Gant, desde luego, ya no va a protegerlo, si se me permite pecar un instante de inmodesto.

—Sí, pero ¿quién estaba detrás de Gant? Lo único que me dijo era que formaba parte del espionaje estadounidense.

—Ahora ha empezado a hacer las preguntas adecuadas. Quizá Kanezaki podría ayudarle con eso. —No quería revelarle que su amigo mutuo iba a serle útil con total seguridad, prefería dejar que lo descubriera de boca del propio Kanezaki.

—Supongo que sí.

—Vamos, no se entristezca. Puede que yo no sea su jugador más valioso, pero la partida todavía no ha acabado. Como usted mismo acaba de decir, Sorm ha empezado a moverse de forma insólita. Está hablando de él como si lo tuviese todo controlado, pero a mí me da la impresión de que han conseguido asustarlo y pretende escapar. Cuando la gente huye, no tiene más remedio que romper con su rutina. Eso hace que cometan errores y los descubran.

—Puede ser.

—En fin, vamos a pensar juntos. Hace poco se ha referido a los lugares que frecuentaba.

—Sí.

—Y, aunque tiene gente vigilándolos, nadie lo ha visto por allí.

—Exacto.

—Vale. Usted lleva años observando los movimientos de este tipo. Dudo que haya nadie que lo conozca mejor. Póngase en su lugar. ¿Adónde iría si los lugares de costumbre se vuelven peligrosos?

—Ni idea.

—¿Se quedaría usted en Camboya?

—No.

—Entonces, ¿dónde?

Vann guardó silencio y, al dar con la respuesta, dijo:

—Donde tiene más protección, quizá más aún que aquí, en Camboya, es en Tailandia.

—¿Y allí hay algún lugar que frecuente?

—Se le veía a menudo en varios establecimientos de Bangkok y también de Phuket.

—Pero, por lo que dice, tampoco ha aparecido por allí últimamente y tiene que estar en otra parte. ¿Se le ocurre dónde?

Vann asintió lentamente.

—Puede que sí, pero… no puedo revelárselo, porque no puedo consentir que haga lo que piensa hacer. Prefiero servirme de los canales habituales.

—¿No me acaba de decir que alguien de sus canales habituales ha puesto a Sorm sobre aviso de la imputación del tribunal de instrucción y que precisamente por eso ha puesto pies en polvorosa?

El otro no respondió.

—Además —prosiguió él—, ya le he dicho que, encima, ese fulano es un peligro para usted.

—Quiero que se las vea con la justicia —repuso Vann—, pero con la mía, no con la suya.

—En el caso de un tipo como Sorm, yo diría que cualquier justicia es buena.

—No. Es verdad que es un hombre execrable, pero un hombre al fin y al cabo. Una persona. Lo que yo piense de él no es ninguna excusa para contravenir las leyes y subvertir el buen orden de las cosas.

Dox tenía su propia opinión, bien asentada, sobre lo que constituía «el buen orden de las cosas», pero ¡qué diablos!, la expresión de aquel hombre parecía tan sincera que resultaba prácticamente irresistible.

—Intentaré encontrarlo —dijo—, pero no puedo prometer…

—Pues eso es precisamente lo que yo necesito. Necesito que me lo prometa si quiere que le diga dónde puede dar con él.

Aquel hombre era un negociador inflexible, aunque lo cierto es que el de inflexible no era un término que casase con su persona. Era una persona resuelta, sin lugar a duda, pero lo que transmitían sus ojos y su expresión era, más que nada, esa dichosa compasión.

A lo mejor era de verdad el dalái lama, aunque con más pelo, porque irradiaba cierta autoridad, cierta autoridad amable que hacía que Dox se sintiera casi… avergonzado.

—Está bien —dijo al fin—. Le prometo que, si lo encuentro, no lo someteré a mi justicia, sino a la suya. Buscaré un modo de traérselo.

Vann lo miró fijamente, como si pudiese observar su alma.

—Espero que no nos salga el tiro por la culata. De todos modos, quiero que sepa que estoy orgulloso de usted. Tenía razón al pensar que es usted un buen hombre.

Dox sintió que se ruborizaba por obra de la confusión y el apuro.

—Tampoco se precipite. Estoy empezando a arrepentirme de esa dichosa promesa, porque temo que Sorm acabe escapándose o, peor aún, matándolo a usted o matándome a mí.

—En la inmensidad del universo o lo que abarca la justicia, mi vida no es gran cosa.

—Yo no sé si opino lo mismo.

Vann sonrió.

—Ni tampoco debería. Se trata de una conclusión a la que solo puede uno llegar sobre sí mismo. El resto de las vidas tiene un valor incalculable.

Dox meneó la cabeza, admirado pese a su propia voluntad.

—Cuando acabe todo esto, señor, me encantaría hablar largo y tendido con usted, puede que mientras compartimos una cerveza, si no tiene inconveniente. Sus planteamientos filosóficos resultan interesantes y elogiables, pero, en este momento, tengo una misión entre manos y necesito su información.

Vann unió las manos para hacer un sampeah.

—Me encantará tener esa conversación. En cuanto a lo que tengo que decirle, a los lugares que frecuenta o en los que podemos dar con él… En fin, ahora que voy a revelárselo, me siento casi estúpido, porque me estoy dando cuenta de que no tengo más que una corazonada.

—No, ¡qué va! Créame. La última información valiosa que me han dado empezó siendo precisamente eso, una corazonada. No lo piense. Dígalo y ya está.

—De acuerdo. Hace unos seis meses, un consorcio de constructores erigió en Pattaya un hotel de cinco estrellas llamado Ruby en el que abrieron un club nocturno gigantesco llamado Les Nuits. La empresa formaba parte de las iniciativas que se están acometiendo para volver a renovar la imagen de Pattaya. Primero se intentó convertir un lugar sórdido en algo semejante a un destino vacacional familiar decente y ahora se pretende combinar esas dos facetas con clubes de lujo como Les Nuits.

Pattaya era una ciudad costera situada a unas dos horas en coche al sudeste de Bangkok y célebre por su profusión de cervecerías y salas de alterne y, aunque llevaba años sin ir allí, Dox la había conocido bien en otros tiempos.

—En efecto —dijo—, un poco como la evolución de Las Vegas.

—Sí, la ciudad del pecado de Estados Unidos les ha servido, de hecho, de modelo a los padres de Pattaya. Sea como sea, en aquel momento hubo indicios de que una de las empresas que usa Sorm como tapadera había invertido en el proyecto para blanquear dinero, aunque nunca conseguimos desvelar nada concreto. Yo llegué a la conclusión de que la información que poseíamos debía de ser incorrecta, ya que Sorm tenía por costumbre invertir en establecimientos más modestos, discretos y… venidos a menos, sobre todo en Bangkok y en Phuket; pero ahora…

—¿Qué?

—Pues que ahora me pregunto… Si Sorm se está escondiendo, Ruby sería uno de los sitios en los que ni se me ocurriría buscarlo. Desde luego, en el auto de imputación no lo hemos mencionado. Sin embargo, allí dispone de protección, de mucha protección probablemente. Sería lo más cómodo. Sería… En fin, como le he dicho, es solo una corazonada. Dudo que vaya a ninguna parte.

—¡Diablos, señor Vann! Yo conozco a gente ruin en sitios de postín y a gente de postín en sitios de lo más ruin… y le sorprendería saber adónde puedo llegar con una corazonada así.