Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 22 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 21

 

 

Livia estaba sentada en un taburete del extremo de la barra más cercano a la sala VIP de Sorm, bebiendo un cosmopolitan en copa de cóctel. Había recuperado la Glock de su escondrijo y la había metido en el bolso de bandolera que llevaba a la izquierda de tal manera que le resultaba bien accesible con la mano derecha. Era quizá demasiado voluminoso en comparación con el brevísimo vestido de fiesta que se había puesto, aunque en el club no faltaban mujeres con bolsos de tamaño considerable. Algunas eran profesionales y guardaban en ellos los pertrechos de su oficio, en tanto que otras no eran más que entusiastas de la noche que guardaban una muda que usar por la mañana en caso de que lograran cumplir su sueño de encamarse. Ella, claro, lo necesitaba para guardar la Glock y el dispositivo de visión nocturna.

El otro elemento que podría haber dado la ligera impresión de estar fuera de lugar era el calzado plano que había optado por ponerse. Un tacón habría encajado mucho más en el club, pero, por otra parte, si una quería pasar la noche bailando solía primar la comodidad. En su caso, por supuesto, se trataba de una cuestión de rapidez y movilidad. De cualquier manera, ninguno de estos detalles importaba demasiado en el fondo, ya que, si el vestido era lo bastante corto y ajustado, nadie iba a fijarse en los accesorios. La peluca de color platino y las gafas enormes de pasta tampoco eran lo más apropiado para ir a la moda, pero eran mejor que nada frente a las grabaciones de vídeo.

Había estado charlando brevemente con un australiano que se había acercado a probar suerte con ella, ambos con la cabeza inclinada y a escasos centímetros de separación para que pudieran oírse por encima de la música, pero cuando ella había declinado su ofrecimiento de invitarla a una copa diciéndole que había quedado con un amigo, el tipo se había ido. Aquello le había venido bien, porque le había dado unos minutos para estudiar el club desde aquella posición y examinar a los guardias apostados ante la sala VIP de Sorm. Ya había visto lo que necesitaba y estaba lista.

Limpió el pie de la copa de martini con una servilleta y sacó el teléfono. El corazón empezó a acelerársele y tuvo que dedicar un minuto a hacer respiraciones lentas y profundas para calmarse antes de llamar a Little.

—¿Me oye? —le dijo apartando la cabeza de la gente que tenía a su lado para poder gritar.

—No mucho. Suena como si estuvieses de fiesta.

Livia miró a su alrededor.

—Es que estoy de fiesta. ¿Listo?

—En cuanto me lo digas, apago las luces y abro las puertas.

Livia se puso en pie, abrió la cremallera del bolso y bordeó la pista de baile en dirección a la sala VIP con el corazón desbocado de nuevo.

—Diez segundos —anunció.

—Estoy contigo.

Siguió adelante. Estaba a doce metros. El ritmo machacón de la música se oía a todo volumen. Los láseres zigzagueaban en el suelo que tenía delante. La pista estaba atestada de cuerpos ondulantes y brazos alzados. Todo el mundo se movía envuelto por volutas de niebla procedentes de máquinas invisibles.

Sacó las gafas de visión nocturna y las encendió.

—Ocho segundos.

—Sigo aquí. Tú avisas.

Nueve metros. Entre los guardias y ella podía haber unas cincuenta personas. Cada vez tenía menos gente tras la que parapetarse.

Llevaba las gafas sujetas por la correa de modo que pudiera colocárselas de inmediato cuando las necesitara.

Seis metros. Solo un poco más. Quería hacerlo lo más rápido posible para que nadie tuviese tiempo de reaccionar.

—Cinco —dijo—, cuatro, tres…

Un tipo grandullón salió entonces de entre la multitud de la pista de baile situada a su izquierda y llamó a los guardias diciendo:

—¡Eh! Esa es la sala VIP, ¿no? ¿Cuánto cuesta bailar ahí dentro?

Aunque no lo hubiese visto, le habría bastado oír la voz para saber quién era. El texano.

«¿Qué coño…?».

—Espera —dijo ella—. Todavía no.

—Espero.

«Pero ¿qué coño…?», volvió a pensar.

Los guardias estaban mirando al texano. Con cara de pocos amigos. Sea lo que fuese lo que intentaba hacer, pensó que debía de tener unos tres segundos antes de que se le adelantasen.

—Ese cordón que tienen detrás es de velvetón corintio, ¿verdad? — preguntó el texano en voz alta sin dejar de avanzar—. Velvetón corintio del bueno, como el que tenían mis abuelos en Abilene.

Entonces se puso a bailar una giga extraña y dio un giro y, estando de espaldas, sacó una pistola de debajo de la camisa como quien hace un truco de magia. Uno de los guardias vio la jugada o, por lo menos, se dio cuenta de que el texano estaba demasiado cerca y de que sus manos habían desaparecido un instante. El vigilante fue a echar mano al arma que tenía en la región lumbar… El texano acabó su giro, levantó la suya a mitad de camino y…

El guardia empezó a gritar en tailandés algo que debía de significar: «¡Una pistola!», pero el texano lo detuvo encajándole una bala en la frente. Al instante, le había disparado otra en la cabeza al segundo vigilante y otra al tercero, con tanta velocidad y precisión que alcanzó a los tres antes de que el primero hubiese tenido tiempo de caer al suelo.

Los disparos se oyeron de manera inconfundible pese al martilleo de la música. Livia oyó gritar en la pista y distinguió el sonido de gente hablando confusamente.

El texano pasó por encima de los cadáveres en dirección al cordón de velvetón vuelto de espaldas a la puerta y le asestó una coz justo por debajo del pomo. La puerta se abrió de golpe.

Detrás de ella había tres hombres de uniforme negro con chalecos tácticos y las armas listas para disparar. El texano, que se había agachado ya para dar la coz, exclamó:

—¡Mierda! —y a la vez se lanzó al suelo apartándose de ellos y arrojó algo al interior de la sala.

Los hombres lo vieron y uno de ellos gritó en inglés:

—¡Granada!

Sin pensarlo, Livia se dio la vuelta con un movimiento rápido y espetó al teléfono:

—¡Apague la luz!

El club quedó al instante sumido en las tinieblas. Se oyó un estallido colosal al que siguió un potente fogonazo en el interior de la sala VIP; a continuación, otro estallido acompañado de un nuevo destello, y otro más. Livia supo que se trataba de una granada aturdidora.

Se colocó las gafas de visión nocturna y sacó la Glock. A sus espaldas se había desatado el caos. La gente gritaba y salía en estampida. Las luces de la sala VIP de Sorm seguían encendidas. Debía de estar concebida como refugio y tener un circuito aparte. Estaba vacía. Los tres soldados o lo que fueran habían conseguido salir al salón principal del club antes de que estallara la granada, porque daba la impresión de que no hubiesen perdido la visión. Tenían las pistolas en alto, sujetas con ambas manos mientras buscaban un blanco.

Uno de ellos hizo dos disparos. Las balas fueron a dar en el suelo, a la izquierda del texano. Este giró hacia el otro lado y disparó dos veces desde la espalda. Alcanzó en el pecho al soldado, que se apartó con un giro. Tenía que haberle dolido, aunque gracias al chaleco no había quedado, ni mucho menos, fuera de combate.

Otro de los soldados lo rodeó por la derecha. Tenían intención de flanquearlo. Por buena que pudiese ser su visión, saltaba a la vista que el efecto aturdidor de la granada había hecho mella en su coordinación. Con todo, aunque el texano se las ingeniase para dispararles a la cabeza y obviar así los chalecos antibalas, eran tres contra uno y no iba a salirse con la suya.

Él volvió a rodar y efectuó otros dos tiros. El tipo que lo estaba rodeando se sacudió al recibir los impactos, que, sin embargo, también fueron a darle en el pecho. La penumbra procedente de la sala VIP había impedido quizá que el texano viese el chaleco. O tal vez al estar rodando por el suelo no podía hacer mucho más que apuntar al tronco. O podían ser las dos cosas.

El tercero se movió hacia el otro lado sin separarse de la pared. El primero tomó puntería y el texano volvió a disparar. La bala le pasó muy cerca de la cara. El texano había averiguado cuál era el problema, pero tenía mucho a lo que atender y su posición no era precisamente la ideal.

Descargó de nuevo el arma. Esta vez acertó en la cara del tipo y lo derribó, pero, mientras le hacía frente, el tercero había seguido recorriendo la pared con sigilo y estaba levantando la pistola…

Livia apuntó y disparó. La primera bala fue a dar en la garganta al que estaba apuntando. Se acercó y siguió tirando, levantando el cañón una pizca a medida que avanzaba. La segunda y la tercera le alcanzaron la cabeza y lo derribaron.

El texano giró la cabeza hacia ella con violencia y a la vez hizo ademán de dirigir allí también la pistola, pero enseguida volvió a apuntar con ambas hacia el lado opuesto. Pese a toda aquella zapatiesta, tenía que haber supuesto que, vinieran de donde viniesen, aquellas balas no eran para él.

—¿Qué cojones…? —exclamó.

Entonces, rodó de nuevo. Justo a tiempo, porque el segundo soldado puso dos balas en el lugar de la moqueta en que había estado el cuerpo del texano hacía un instante. Al ver que había fallado, giró el arma para intentar acertar a Livia. Ella, viendo que el soldado estaba demasiado lejos para arriesgarse a darle en la cabeza, apuntó al tronco y apretó el gatillo mientras avanzaba hacia él. Una vez. Otra. Una tercera. Él se sacudió por los impactos y ella subió el cañón de la pistola y apuntó entonces a…

A su derecha oyó un estruendo y de la sien del soldado brotó un chorro de sangre. Mientras él estaba haciendo frente a Livia, el texano había hecho puntería para darle el tiro de gracia.

Livia miró a su alrededor con gesto salvaje. Había gente corriendo en todas direcciones sin dejar de dar gritos. Los láseres seguían moviéndose en zigzag en medio de la oscuridad y la música no había dejado de batir el aire. Por lo demás, no vio a ningún otro oponente.

Miró al texano. Seguía tumbado boca arriba con la cabeza levantada del suelo y girándola a un lado y a otro, con la pistola levantada mientras la empuñaba con las dos manos y los brazos extendidos.

—¿Qué cojones…? —volvió a decir a voz en grito sin mirarla siquiera.

—¿Dónde está Sorm? —exclamó ella—. ¿No estaba en esa sala?

—Sorm no está aquí. ¿No lo ves? ¡Es una trampa! ¡Hay que pirarse de aquí!

Dobló las piernas y se puso en pie de un salto. Para ser tan grandullón se movía con mucha rapidez.

—¿Dónde está? —gritó ella mientras buscaba a derecha e izquierda.

—¡Y yo qué sé! Yo diría que no ha estado aquí nunca. ¡Vamos, hay que salir pitando de aquí!

Corrió a su lado y giró para que ambos quedaran espalda con espalda y pudieran abarcar así con la vista toda la sala.

—¿Cómo sabes que no estaba ahí? —preguntó ella sin bajar la voz.

—¡No lo sé! Lo que sí sé es quién había: tres matarifes profesionales con chaleco antibalas que me habrían picado el billete al otro barrio si no llegas a pararles los pies. ¿No lo ves? Sorm sabía que veníamos por él. Que yo venía. O que tú venías. O yo qué sé. Pero ¡por Dios santo!, ¿no podemos poner en común nuestras teorías sobre qué coño ha pasado aquí una vez que estemos a salvo?

—Pero ¿y si estaba aquí y se ha esfumado? ¡La sala tiene una puerta trasera!

—Ya lo sé, pero…

—Si estaba aquí, ha tenido que salir por ahí. Y yo pienso seguirlo.

Miró hacia la entrada y vio a tres hombres que se afanaban en abrirse paso entre el gentío.

—Mierda —dijo—, los guardias de seguridad de la entrada.

—No los mates —pidió el texano—. Están haciendo su trabajo y no tienen nada que ver con Sorm.

Sabía que tenía razón, pero también que estaba demasiado cerca de su objetivo. Si intentaban frenarla…

—Deja que me encargue yo, ¿entendido? Guarda las gafas y la pistola. Confía en mí. Si no, vamos a tener otro tiroteo y te juro que no soporto más de dos al día.

Livia, con todo, vaciló.

—Voy a hacer que se vayan por otro lado, ¿de acuerdo? Pero ¡haz lo que te estoy diciendo!

Convencida de estar cometiendo un error funesto, se quitó el equipo de visión nocturna y lo metió en el bolso junto con la Glock.

Sin decir nada más, el texano guardó su pistola en la faja, la tomó a ella de la mano y con la que tenía libre se puso a hacer aspavientos a los vigilantes que iban hacia ellos.

—¡Gracias a Dios! —gritó—. ¡Gracias a Dios que han venido! ¡Dios santo, se han puesto a disparar a la gente allí, en aquel salón de karaoke! ¡Y a cantar cosas de Elton John! —Señaló en una dirección que se alejaba de la de la sala VIP de Sorm—. Por allí ha sido. ¿Me oyen? ¡Dense prisa, por el amor de Dios! ¡Qué miedo, Dios mío! ¡Qué miedo!

Los guardias de seguridad echaron a correr hacia allí. Livia sacudió la cabeza sin poder creer que aquella treta hubiese funcionado. Todo el mundo parecía picar cuando ese tipo se ponía a hacerse el cateto. Sin más palabras, sacó la Glock y fue directa al refugio de Sorm.

—¡Que no, coño! —exclamó el texano a sus espaldas, pero a ella le dio igual.

Si había alguna posibilidad de que estuviera allí Sorm, tenía intención de matarlo.

Saltó por encima de los cuerpos sin vida de los guardias tailandeses de Sorm e irrumpió en la sala, cubierta de humo acre. La puerta trasera estaba abierta y tras ella había un rellano de escalera de incendios iluminado con fría luz fluorescente. Se plantó allí de un salto.

—¡Espera! —oyó decir al texano, pero ni siquiera disminuyó el paso.

Llegó a la escalera y comenzó a bajar de cuatro en cuatro los peldaños. Oía las pisadas del texano justo a su espalda.

—¡Puede que nos estén esperando, leche!

Livia seguía sin hacer caso de los gritos de él. No podía dejar escapar a Sorm. No podía.

Oyó al texano seguirla de cerca y, a continuación, sin saber cómo, lo vio adelantarla a tal velocidad que iba haciendo girar los brazos para no perder el equilibrio. Estuvo a punto de caer, pero se las compuso para agarrarse a la barandilla del rellano siguiente y afianzarse. Acto seguido, le envolvió la cintura con un brazo y la retuvo. Ella quiso hacerle un barrido y seguir corriendo escaleras abajo, pero se contuvo por algún motivo.

—Escúchame un momento —le dijo él—. Escúchame. El tío que me lo ha organizado todo, el del servicio de espionaje que ha pirateado las puertas y todo lo demás, se supone que tiene a un grupo de contratistas esperando en la planta baja, detrás de la salida de emergencia. Si esto no es una trampa de cabo a rabo y Sorm ha escapado por aquí, lo tienen que haber cazado ya. Y si sí lo es, el tío al que están esperando los contratistas soy yo. No podemos salir por ahí. No ganamos nada y nos jugamos el pellejo. Escúchame, por favor. Vamos a hacernos con Sorm de otro modo.

Livia tuvo que reconocer, en el fondo, que lo que decía él tenía mucho sentido. Con todo, no podía hacerle caso. No podía y punto.

—¡No! —dijo—. Estaba aquí. Estaba…

—¡Me cago en…! ¡Que no podemos ir por ahí! Que podía haber más gente mala esperándonos, ¿no lo ves? Por favor. Pareces una buena chica y no quiero verte lanzarte de cabeza a una emboscada. Está claro que tienes cuentas pendientes con Sorm. Yo también. Confía en mí, ¿vale? Lo vamos a encontrar.

Tenía razón. Le repateaba reconocerlo, pero tenía razón. Se apartó del abrazo de él.

—Las plantas de las habitaciones están cerradas con llave —dijo—. El único modo de salir es por la del vestíbulo o por la salida de incendios del aparcamiento.

—Puedo hacer que piratee las cerraduras mi colega.

—¿El mismo que temes que te haya tendido una trampa?

—Razón no te falta, pero, si no damos muchos detalles, no creo que haya problema. Espera.

Sacó un teléfono y llamó a alguien.

—No —dijo—. Qué va, no lo tengo. Creo que ni siquiera estaba aquí. Sí que había tres matones de los que me he librado por los pelos. Deja que te diga que precisamente no ha sido con tu ayuda. —Hubo una pausa—. Ya hablaremos de eso más tarde. Ahora mismo tengo que darme el piro. ¿Puedes hacer que tu panda de frikis me abra las puertas de la escalera de incendios en todas las plantas? —Otra pausa—. Da igual la planta, tú diles que las abran todas. —Pausa—. ¿Cuándo? Hace cinco minutos habría estado muy bien, pero me conformo con que sea ahora mismo. Muchas gracias.

Un segundo después se oyó un fuerte chasquido metálico en la puerta que tenían detrás. Livia la empujó y se abrió.

—Vía libre —anunció el texano a su interlocutor—. Volveré a llamarte cuando me haya instalado donde sea. Más te vale informarte de por qué se está torciendo tanto todo este asunto, porque está claro que alguien sabía que yo iba a venir. —Colgó y apagó el teléfono antes de meterlo en su funda—. Mete también el tuyo, que siempre es mejor no arriesgarse.

Livia vio que se trataba de una funda de Faraday y también cayó en la cuenta de que seguía con el móvil encendido. Con todo lo que había ocurrido, se le había olvidado apagarlo. No le hacía ninguna gracia tener que dárselo, pero, dadas las circunstancias, tenía mucho sentido protegerlo con aquel trasto. De hecho, ella debería haber usado uno. La policía de Seattle no podía rastrear un teléfono desconectado, pero no sabía qué eran capaces de hacer los de Seguridad Nacional. Lo apagó y se lo dio al texano, que lo guardó y, acto seguido, para su sorpresa, le tendió a ella la funda.

—Toma, guárdalo en tu bolso. Dos teléfonos abultan demasiado para una pistolera de faja y, además, no quiero tener nada que me pueda estorbar para sacar la pipa.

Aquello tampoco carecía de sentido. Metió la funda en el bolso y acto seguido se quitó la peluca y las gafas de pasta para guardarlas también. Quería tener un aspecto diferente del que podrían estar describiendo a esas alturas los testigos. Lo dispuso todo de tal manera que la Glock quedase encima, bien a mano.

Cruzaron la puerta y avanzaron con rapidez por un pasillo largo y amplio. El leve susurro que provocaban sus pasos gracias a la mullida moqueta y a la altura considerable del techo a medida que pasaban ante las puertas de las habitaciones resultaba extraño tras la música electrónica del club, cuyo volumen bastaba para revolver las vísceras del más aguerrido.

—Oye —dijo el texano—. Oye, para un poco. Acuérdate de que ahora somos dos clientes más del hotel que vuelven a su habitación para retozar un ratito antes de dormir.

Livia lo miró, aún furiosa por haber estado tan cerca de Sorm y haber tenido que dejarlo escapar.

—No digo que sea eso lo que vaya a pasar —añadió—, pero tienes que actuar como si sí.

—Sé actuar como si sí.

—Eso ya lo veo. No hace falta que me lo cuentes, pero, ahora mismo, estás actuando como si estuviésemos peleados. Eso es lo que va a pensar cualquiera que se cruce con nosotros. Si es lo que quieres, a mí no me importa, desde luego, pero creo que va a parecer más normal y, por lo tanto, menos llamativo que fingiésemos un ratito que nos llevamos bien. Por lo menos hasta que hayamos salido del hotel.

—Es que nos llevamos bien.

—¿Ves? A eso me refiero. Si lo dices así, parece de todo menos que lo estés diciendo de corazón.

Oyó el timbre del ascensor desde el fondo del pasillo, a unos quince metros de ellos.

—Mierda —dijo el texano—. Ahora, tómatelo con calma. No vamos a dispararle a nadie hasta que le veamos el blanco de los ojos, ¿de acuerdo?

—¿Quieres dejar de decirme lo que tengo que hacer?

—Mujer, era más una sugerencia. Y ahí va otra: rodéame con un brazo. Actúa. —Él puso el suyo alrededor de la cintura de ella y la atrajo hacia sí.

Livia se tensó y sintió de nuevo ganas de tirarlo al suelo con un barrido y seguir sola.

—Aquí, en el planeta Tierra, es costumbre relajarse y disfrutar de esta clase de contacto humano. Y lo normal es que la gente se dé cuenta si no lo haces.

Livia oyó abrirse las puertas del ascensor y un segundo después salieron dos de los gorilas uniformados que se encargaban de la seguridad del hotel que echaron a caminar hacia ellos, aunque con paso y postura relajados, lo que hacía pensar que simplemente estaban haciendo su ronda habitual y no respondiendo a una situación de emergencia. Ella, no obstante, volvió a tensarse.

El texano la atrajo un poco más hacia sí.

—Tranqui, cielo —le susurró al oído—. Somos dos enamorados dando un paseíto mientras se abandonan al éxtasis de su mutuo deseo.

Saludó a los guardias con la mano y ella lo vio lanzarle un guiño a uno de ellos al pasar. A Livia no le gustaba nada de todo aquello, pero tenía que reconocer que estaba funcionando. Además, entendía que el texano lo hacía con una intención táctica. Por lo menos en parte, porque había aprendido que con ese tipo no podía estar segura de nada.

Tomaron el ascensor hasta la planta del aparcamiento y usaron una de las salidas laterales, mirando en todo momento a su alrededor por si había problemas. Alrededor del edificio había apostada una docena de coches de policía, a cuyo encuentro acudían más vehículos con las sirenas encendidas. También había muchos curiosos que miraban boquiabiertos intentando imaginar qué podía estar pasando. Ellos dos, sin embargo, siguieron caminando del brazo al calor de la noche de Pattaya hasta que se vieron lejos del hotel y sin nadie alrededor que les prestase atención.

—Tengo la moto aparcada en el embarcadero —anunció el texano—. Vamos para allá. No te preocupes, que vamos a atrapar a Sorm. Pero hoy no.

Cuando eso lo decía Little sonaba a agrupación forzada, pero con el texano, no sabía por qué, era muy distinto. Además, estaba claro que él tampoco le tenía ningún cariño a Sorm. Saltaba a la vista que juntos iban a obtener mejores resultados que actuando cada uno por su cuenta.

Lo cual no quería decir que se fiase de él. Livia no se fiaba de nadie.