Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 10 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 9

 

Tres mañanas después de su conversación con la teniente Strangeland, Livia se encontraba en un taxi de camino al hospicio de Santa Clara, institución perteneciente a la Fundación Franciscana de Tailandia y situada en el nordeste de Bangkok, refugio de indigentes azotados por los estragos finales del sida. Entre ellos se contaba, al parecer, Cabeza Cuadrada.

Si había decidido abordarlo a él primero había sido por la sencilla razón de que en la base de datos del servicio de Seguridad Nacional no figuraba el teléfono móvil de Barbasucia, pero sí el de Cabeza Cuadrada, y Livia seguía en posesión del rastreador Gossamer que había tomado prestado de forma permanente del almacén de la policía de Seattle. Tras retirar una unidad de la comisaría, había cambiado el circuito impreso por una réplica fabricada por ella misma y había aplastado el conjunto con una prensa hidráulica para después devolverlo asegurando que se le había caído en las vías del tren ligero en el mismo instante en que pasaba una locomotora. El departamento tenía seis que había adquirido gracias a una ayuda del HSI y que estaban sometidos, al parecer, a un control estricto en virtud de un contrato con el fabricante. A Alvin, el responsable del almacén, que sentía una clara atracción por ella, no le había importado hacer todo el papeleo necesario para explicar

el accidente y solicitar otro aparato[6].

En consecuencia, Livia tenía su propio rastreador portátil de teléfonos móviles, tan sensible que le permitía localizar un terminal con un margen de error de un metro más o menos y escuchar las llamadas. Ya lo había usado para seguir al senador Lone hasta la habitación de hotel en que se alojaba en Bangkok y, nada más instalarse en un hotel para ejecutivos de Sathorn a su llegada de Seattle, lo había usado para dar con Cabeza Cuadrada. Imaginárselo consumido lentamente por la enfermedad le resultó muy gratificante, porque se lo merecía, por supuesto, pero también porque, con un poco de suerte, aquella circunstancia podía hacerlo más vulnerable. Si no podía manipularlo, no tenía la menor idea de cómo iba a poder encontrar a Barbasucia. Ni a Sorm.

Ni a aquella cría.

Fuera del Bangkok metropolitano, el paisaje cambiaba de manera espectacular. Los desfiladeros de cemento apiñados, la congestión de un sinfín de coches, tuk-tuks y motocicletas y las marañas de cables eléctricos que parecían reproducirse como por metástasis se despejaban de pronto casi en un suspiro para verse sustituidos por un paisaje extenso y plano de verdes arrozales y un cielo vasto de color azul pálido. El taxista llevaba bajadas las ventanillas y por segunda vez en dos meses sintió que el olor del aire y los colores de la tierra y del cielo despertaban sentimientos poderosos vinculados a su infancia. Nostalgia. Tristeza. Dolor. Remordimiento. Había pasado su existencia adulta convencida de que la chiquilla que había sido había desaparecido, de que le habían amputado la niñez y el muñón había cauterizado. Sin embargo, aquel país parecía insistir en demostrarle que se equivocaba.

Tras casi una hora de camino desde Bangkok, llegaron a un modesto cartel, tan pequeño que parecía que lo hubieran hecho deliberadamente así de humilde, en el que se leía en tailandés y en inglés: «Jardín de la Paz Evangélica de los Monjes Franciscanos, 4 kms». Los nervios que había conseguido mantener a raya cobraron fuerza y Livia sintió que el corazón empezaba a acelerársele por la descarga de adrenalina. Cerró los ojos e hinchó los pulmones lentamente como había aprendido a hacer antes de los combates de judo, como hacía siempre al salir a la caza de un violador. Esta vez, sin embargo, no le fue de gran ayuda. Estaba a punto de encontrarse cara a cara con un monstruo de su infancia y todo cuanto necesitaba conseguir dependía del éxito que tuviese con él.

Dejaron la carretera de asfalto de dos carriles para seguir otra más vieja y llena de baches que el sol había pintado de gris. Además de otros dos coches y un ciclomotor, no vieron nada más que hierba y palmeras bamboleantes, inmersos en un paisaje idílico, henchido de paz, desconectado del mundo y más propio de un sueño. No resultaba difícil entender por qué lo habían elegido los franciscanos. Aun así, la incongruencia que se daba entre aquel entorno y el motivo que la había llevado allí no hizo sino agravar su ansiedad.

«Venga, mujer. El plan es bueno. Ya lo has hecho otras veces y siempre has conseguido hacer que funcione. Respira y ya está. Respira».

Llevaban unos minutos en la carretera maltrecha cuando encontraron otro cartel, también en tailandés y en inglés: «Monasterio. Casa de retiro. Hospicio de Santa Clara». Las flechas indicaban que el primero de estos lugares se encontraba en una dirección y los otros dos en la otra.

El taxi siguió las indicaciones que llevaban a la casa de retiro. Rebasaron un sala, pabellón abierto de dimensiones reducidas propio de Tailandia, bajo el cual se erigía una estatua de san Francisco de tamaño natural, con una mano tendida en señal de bienvenida y la otra sosteniendo una paloma. Más allá se extendía un edificio sencillo de color blanco y cubierta de tejas rojas. Un cartel anunciaba que se trataba de la casa de retiro.

Pagó al taxista, se echó al hombro la mochila y, con discreción, abrió la puerta sirviéndose de un pañuelo antes de salir. Con la camisa húmeda pegada a la espalda, aguardó un minuto bajo el pórtico del edificio mientras veía alejarse el taxi y se metía en el personaje de mochilera de San Francisco que hacía turismo en Tailandia. Aunque tenía treinta y un años, sabía que podía pasar por mucho más joven y lo cierto es que con los pantalones cortos, la camiseta, las botas de senderismo y el gorro blando parecía una muchacha recién salida de un curso de posgrado que estuviera viajando del modo más económico posible antes de tomar una decisión profesional. Aunque, de hecho, la ropa y la mochila eran nuevas, compradas la víspera en Bangkok, se había asegurado de llenar de rasguños los zapatos, ensuciar el macuto y conferir al resto cierto aspecto de usado, al menos a primera vista. Las gafas de pasta sin graduar que llevaba puestas ayudaban a transformar su apariencia general.

Cuando el taxi desapareció tras una curva del camino y ella se sintió como el personaje que había escogido, entró en el edificio y encontró un salón que se extendía a derecha e izquierda, sin mucho más mobiliario que una docena de sillas pegadas a la pared. El lugar no tenía nada que pudiera considerarse remotamente lujoso, aunque estaba limpio y parecía bien cuidado. En contraste con el calor y la luz del exterior, el aire tenía un frescor y una sequedad muy agradables y las paredes y el suelo no tenían más iluminación que los suaves rayos de luz que entraban por las ventanas. Sobre su cabeza giraba perezoso un ventilador de techo. Aquel lugar parecía un santuario.

En un escritorio sencillo de madera orientado hacia la entrada había un joven tailandés de hábito pardo que se puso en pie al verla, unió las manos para hacer el wai y dijo en inglés con acento de la región:

—Bienvenida al Jardín de la Paz Evangélica.

Livia cerró la puerta con el talón antes de corresponder al wai y acercarse a la mesa haciendo resonar sus pisadas en el suelo de losetas.

—Me llamo Andrea —anunció—, Andrea Brown. He hecho una reserva en línea.

—¡Ah, sí! Señorita Brown, yo soy el hermano Panit. Tengo aquí mismo su reserva. Dos noches, una persona, en una de las habitaciones pequeñas con aire acondicionado. ¿Correcto?

—Sí, correcto.

—La mitad de la estancia se paga a la llegada y la otra, un día antes de la salida, o sea, mañana.

—Por supuesto. ¿Por qué no lo pago todo ahora? —Llevaba miles de

dólares en billetes estadounidenses y en [7] baht, pues daba por hecho que tendría que comprar muchas cosas a lo largo de la semana y quería hacerlo de forma anónima. Sacó mil quinientos baht de uno de los bolsillos de los pantalones cortos y los puso sobre el escritorio. Unos veintidós dólares por noche. Todo un chollo para quien buscase disfrutar de un poco de soledad y serena contemplación.

O interrogar y matar a uno de los hombres que las violaron a ella y a su hermana siendo niñas.

—Gracias, señorita Andrea —dijo el hombre colocando los baht en uno de los cajones del escritorio.

Era una menudencia, aunque tampoco dejaba de resultar desconcertante, ser policía de Seattle y verse de pronto en un mundo en el que la gente dejaba dinero contante como si nada en un cajón sin seguridad alguna.

El hermano Panit la acompañó por una pasarela que salvaba un estanque de peces, por un jardín poblado de trinos de aves y por una senda de piedra que desembocaba en un bungaló pequeño y solitario. La puerta estaba abierta y Livia tuvo cuidado de no tocar nada cuando entraron, igual que había hecho en recepción. El interior era espartano: paredes enlucidas, dos camastros, un escritorio y una sencilla silla de madera. El cuarto de aseo tenía el espacio necesario para alojar una ducha y un inodoro. El hermano Panit cerró la puerta tras ellos y, de pronto, el mundo se volvió mudo. Ni siquiera se oía el zumbido de los insectos.

—Cuánto… silencio —dijo Livia.

El religioso sonrió.

—Siempre, pero ahora más, porque a Tailandia vienen muchos menos turistas durante estación cálida. Pero siempre este retiro es para los paseos contemplativos y para sentarse meditando en jardines. Puede pasar horas con la belleza de árboles tropicales y las flores de naturaleza. Sí, lugar muy tranquilo, lleno de paz.

«Que, además, no tiene cámaras de seguridad —añadió ella para sus adentros—. ¿Por qué iban a tenerlas si se dejan las puertas abiertas y meten el dinero en cajones que no vigila nadie?». No pasó por alto que, si bien al llegar había hablado con naturalidad —quizá por las veces que había tenido que repetir la conversación inicial sobre la habitación—, a medida que interactuaba con ella, el discurso del hermano Panit se había vuelto menos fluido, peor estructurado.

—Gracias —dijo—. Aquí tienen también un hospicio, ¿verdad?

—Sí, el de Santa Clara, por Clara de Asís, una de las primeras discípulas de san Francisco.

—¿Qué clase de pacientes reciben en el hospicio?

—Acogemos a pobres que están en la fase terminal del sida. San Francisco llegó a Dios a través de su compasión por los leprosos y nosotros recibimos a nuestros enfermos con el mismo amor y la misma felicidad.

Volvía a hablar con más propiedad, posiblemente porque estaba pisando de nuevo un terreno que conocía bien. Estaba acostumbrado a hablar del hospicio con quienes visitaban el retiro, lo que quería decir que las preguntas de ella no le resultarían insólitas ni, por lo tanto, dignas de ser recordadas.

—Una amiga mía murió de sida —dijo Livia. En rigor, no era cierto, aunque había trabajado con víctimas condenadas a vivir con sida por sus violadores—. Gracias por la labor que llevan a cabo aquí. Deben de aliviar mucho sufrimiento. —Si la primera frase podía no ser cierta, esto último lo había dicho con el corazón.

El hermano Panit respondió con un wai.

—Siento lo de su amiga. Si quiere, la invito a que visite el hospicio. Nuestros pacientes apenas reciben visitas. El mundo suele evitarlos, como se hacía antes con los leprosos, y para ellos una simple conversación puede ser un gran consuelo. Además, para muchos de nuestros huéspedes la visita al hospicio es la parte más gratificante de su estancia. Como decimos nosotros:

«El trabajo es amor hecho visible[8]».

De nuevo volvía a hablar con naturalidad, como si recitase algo aprendido en un folleto al que recurriese a menudo.

—Claro que sí. Gracias por la invitación.

Cuando se fue el hermano Panit, Livia hizo inventario de su equipaje, conformado en su mayor parte por ropa de recambio y algún que otro artículo de higiene personal. Lo más relevante para lo que había ido a hacer allí era todavía más escaso: una sudadera de manga larga, dos números atrasados de la revista Rider («Motociclismo en estado puro»), un rollo de cinta americana y un par de guantes de motocrós con protección para la muñeca y refuerzos de fibra de carbono en dedos y nudillos. Nada de esto resultaría incriminatorio en caso de que lo viera alguien y todo podía explicarlo por su entusiasmo por las motos y su intención de alquilar una en algún momento de su viaje. Con todo, después de ponerse la sudadera, tomó consigo la mochila. Si se precipitaban las cosas, quería estar en situación de improvisar y no tener que volver corriendo al bungaló para recuperar sus pertenencias y, si se torcían, quería poder abandonar aquel lugar con la misma velocidad.

Comprobó el Gossamer y confirmó que el teléfono de Cabeza Cuadrada seguía en el hospicio, a menos de un centenar de metros de donde estaba ella. Deseaba ir allí directamente, pero sabía que algo así iba a parecer extraño, de modo que se obligó a comer un poco en el bufé que se incluía con el precio de la habitación. Se dejó puesto el gorro, que, con no ser el mejor de los disfraces, tampoco dejaba de resultar útil sumado a las gafas. Habría sido mejor que fuesen de sol, pero entre disimular los propios rasgos de forma natural y llamar la atención por exagerar había una línea muy delgada.

Como la zona de recepción, el comedor estaba iluminado por la luz natural que entraba por las ventanas. Dentro había otras tres personas: dos mujeres que se habían sentado juntas y un hombre solo. Todos eran jóvenes. Debían de ser australianos o neozelandeses y tenían pinta de mochileros. Livia los saludó con una inclinación de cabeza y se sentó sin más compañía que un plato de arroz con verduras y una botella de agua. Aunque llevaba una tapadera preparada por si tenía que hablar con alguien, convenía hacer el menor número posible de contactos. Además, en un lugar concebido para la soledad, el silencio y la meditación, resultaba más que natural cierto distanciamiento.

Después de comer, pasó un tiempo paseando por los jardines. Era verdad que en ellos reinaba una paz sorprendente, sin ruido alguno de tráfico, obras, conversaciones ni demás actividades humanas, ni más sonido que el zumbido de los insectos y el gorjeo de las aves. El canto de los pájaros no iba a dejar nunca de recordarle a Nason, que de niña los había imitado de un modo asombroso, y, aunque sabía que era una bobada, la sensación de que su hermana se encontraba de un modo u otro a su lado, manteniendo la fe con ella y sin dejar de necesitarla, le resultaba reconfortante. Y, en ese momento, más que nunca.

Trató de imaginarse qué aspecto podía ofrecer a quien la observara y se vio como una huésped más del retiro, dedicada a pasear sumida en sus pensamientos. Satisfecha, comenzó a repasar su plan, a prever cuanto podía interrumpirlo o hacer que se torciese de otro modo y a ingeniar improvisaciones. Ya le había dado muchas vueltas a todo aquello, por supuesto, pero hacerlo sobre un plano o su equivalente no era lo mismo que refinarlo de cabo a rabo sobre el propio terreno.

El sol había pasado hacía mucho su punto más elevado cuando salió de las sombras de los árboles del jardín para ponerse a seguir las señales que la llevarían por senderos serpenteantes al hospicio de Santa Clara. A Cabeza Cuadrada.

«Lo he encontrado, pajarito —pensó—, y voy a usarlo para encontrar a los demás».

El hospicio era aún más verde y silencioso que el retiro. Estaba conformado por una serie de edificios blancos con tejas rojas conectados entre sí por caminitos adornados con flores en macetas entre los que se extendían de cuando en cuando estanques luminosos y conjuntos de palmeras. Pasó al lado de varios grupos de pacientes con pijamas de hospital que se entretenían con juegos de mesa, escuchaban el sermón de un monje de hábito pardo que debía de ser de la India o de Sri Lanka o recibían fisioterapia por parte de varios empleados vestidos con ropa quirúrgica azul. Algunos de los enfermos, encorvados y consumidos, iban en sillas de ruedas empujadas por compañeros de aspecto más sano. Unos cuantos la saludaron con una inclinación de cabeza o un movimiento de la mano al verla pasar, pero ninguno le prestó más atención de la cuenta. Todo apuntaba a que el hermano Panit no había exagerado: era normal que los huéspedes del retiro visitaran el hospicio.

En uno de los jardines, un tailandés que debía de ser de su misma edad, aunque parecía tener el doble por las arrugas que surcaban su rostro y el brillo excesivo de sus ojos, agitó la mano con gesto cansado a la vez que dibujaba una sonrisa lánguida.

—Hola —dijo en inglés con acento de Tailandia—. Hola, ¿de dónde eres?

Pese a su estado de debilitación, la había identificado de inmediato como extranjera. Sus rasgos eran de la zona, pero su actitud, sus andares y su presencia en general la delataban, no tanto como si hubiera sido una rubia monumental, claro, pero si quería poder pasar de veras inadvertida entre los nativos, iba a necesitar cierta aclimatación y algo de práctica.

Se acercó y le contó la historia que tenía preparada de la estudiante de San Francisco que había ido a hacer turismo después de completar sus estudios de posgrado. Él no dominaba el inglés y Livia tuvo la impresión de que no entendió gran cosa de lo que le dijo. Sin embargo, el hecho de haber captado su atención y suscitado algunos comentarios amables parecía hacerlo feliz, tal como había dicho el hermano Panit, y por un instante su reacción alivió un tanto la ansiedad que sentía ante la idea de encontrarse cara a cara con Cabeza Cuadrada. Además, no le hacía ningún mal practicar su tapadera, sobre todo con alguien que difícilmente iba a entender o a recordar los detalles.

Poco después se excusó y buscó un aseo para quitarse la sudadera y, tras sacar las revistas de la mochila, se las enrolló con cinta americana en los antebrazos y volvió a ponérsela. Entonces se echó de nuevo al hombro el macuto y se dirigió a uno de los edificios blancos. Ninguna de las puertas tenía cerradura. De hecho, todas estaban abiertas y no había signo alguno de otras medidas de seguridad. ¿Para qué? ¿Qué medidas de seguridad podían necesitarse en una colonia de leprosos?

El edificio tenía una única sala rectangular con tres camastros de hospital a cada lado. Pese a tener las puertas abiertas, en el aire flotaba un fuerte olor a jabón y desinfectante, aunque ninguno bastaba para ocultar los de orina y enfermedad que subyacían bajo ellos.

Todas las camas estaban vacías menos las dos que había en el extremo de su izquierda. Caminó lentamente hasta el centro con el corazón desbocado. En el camastro más cercano había una mujer envuelta en una bata azul suelta que cubría con una sábana su cuerpo consumido. Tenía los ojos cerrados y se sacudía ligeramente, aunque le fue imposible determinar si por un sueño o por sus dolencias.

En la cama siguiente se encontraba Cabeza Cuadrada.

Estaba tumbado boca arriba, vuelto ligeramente de espaldas a ella y con las dos piernas dobladas casi por completo, una contra el lecho y la otra en vertical. Bajo la bata azul informe se distinguía su cuerpo esquelético, lo que confería una prominencia inusitada a su ya marcado cabezón. La nariz, en la que se insertaba un tubo de oxígeno, se le había achatado, los ojos se le veían enormes en las cuencas y las rodillas y los tobillos se habían trocado en bulbos gigantes conectados por huesos descarnados. Bajo la bata pudo distinguir el contorno de un pañal. Tales eran los estragos de la enfermedad que ni siquiera estaba ya para usar orinal.

Por un instante sorprendente sintió… piedad. Compasión. Luego la asaltó el recuerdo de Nason en el momento en que la arrojaban al contenedor en el que las retenían, sangrando y en estado catatónico tras la violación, y la invadió una oleada caliente de satisfacción, un regocijo dulce y cruel por la desgracia de aquel hombre.

Se obligó a hacer caso omiso de la emoción. Si quería obtener lo que necesitaba de él, tenía que actuar como la policía que era y usar toda su destreza para explotar al máximo sus debilidades. No podía dejarse arrastrar por lo que sentía sobre los crímenes que él había cometido hasta haberle sacado cuanto debía saber.

Después de eso, ya no tendría que ser policía. Podría convertirse en otra cosa. En lo otro. En el dragón.

Se acercó a la cama haciendo rechinar ligeramente sobre el suelo de linóleo las botas de senderismo. Por lo demás, no se oía en la sala sino el zumbido de algunos aparatos médicos y el silbido del ventilador que había cerca de una de las puertas.

Se detuvo al llegar a la cama. Él volvió lentamente la cabeza para mirarla. De sus pulmones escapó una exhalación larga y sibilante y su cuerpo consumido dio la impresión de distenderse y abandonarse aún más al sostén que le ofrecía la cama. Soltó un gruñido en tailandés.

—En inglés —dijo ella—, que sé que lo hablas. Te oí negociar con los Hammerhead para llevarnos a Portland a Nason y a mí.

Se hizo el silencio. Entonces, él tomó aire y susurró en un inglés muy imperfecto:

—Sabía que vienes. Lo sabía.

Pese a la edad, el deterioro y la deformación, aquel rostro la transportó de nuevo al frío y el viento de la cubierta de aquel barco, el césped artificial que le mordía las rodillas y el hedor a curri que desprendían todos ellos mientras, uno tras otro, la obligaban a hacer aquella cosa desagradable y la hacían creer que sometiéndose podría salvar a Nason.

Sintió al dragón tratando con todas sus fuerzas de salir a la superficie y recuperar todo lo que le había robado a Livia aquel hombre.

«Todavía no. Todavía no. TODAVÍA NO».

Se obligó a recuperar su yo policía. Aquel hombre estaba a un paso de incriminarse, quizá hasta de confesar. No había nada más importante durante un interrogatorio que documentar como era debido una confesión y se hacía cargo de que la de él podía serle de mucha utilidad.

Sacó de los pantalones cortos el teléfono desechable que había comprado en Bangkok y activó la grabación de vídeo antes de colocarlo al lado del camastro de tal modo que no estorbase.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó.

Él meneó la cabeza con gesto débil.

—Me equivoqué. Lo siento. Todo lo que hice… Cosas terribles. Lo siento.

Aun más allá del vínculo personal que lo unía a él, conocía bastante bien las milagrosas conversiones que se daban en la cárcel, aún más en el corredor de la muerte, para dejarse conmover.

Por otra parte, ¿cuánto tiempo podía quedarle de vida a Cabeza Cuadrada? ¿Días? ¿Semanas, a lo sumo? ¿Qué podía ganar fingiendo?

«De acuerdo, vamos a dar por hecho que lo dice de corazón. Sácale partido».

—Si es tan terrible —dijo ella—, ¿por qué lo hiciste?

—Chanchai. Fue por Chanchai. Le tenía mucho miedo. Yo y todos.

Chanchai Vivavapit. El hombre en el que siempre pensaría como Calavera.

—¿De verdad vas a echar a otro la culpa de tus actos? —preguntó Livia, de nuevo convencida de tener la sartén por el mango. Volvía a sentirse policía —. ¿Eso es lo que quieres decir cuando aseguras que lo sientes?

—Cuando cortaste ojo… se… volvió loco. Teníamos que haber parado. No teníamos que haber hecho. Lo siento. Ojalá… —Se puso a girar la cabeza por un instante como si estuviera perdido y a continuación se recobró—. Ojalá puedo empezar otra vez. Todo. Ojalá puedo ser mejor. El niño que era. El niño que mis padres…

Aunque no acabó la frase, ella tuvo la sensación de que podía tirar de aquel hilo.

—¿Dónde están ahora tus padres? ¿Vienen a verte?

Él soltó un gruñido.

—No quiero que vean así, que vean mi karma.

Tomó nota de aquello para usarlo más tarde.

—¿Por qué nos raptasteis a mi hermana y a mí? ¿Por qué a nosotras?

—Chanchai sabía. Chanchai nos contó.

—¿Qué os contó?

—Se suponía… Nosotros… El senador os quería a vosotras.

Aquello encajaba con lo que ya sabía.

—Pero ¿cómo? ¿Cómo nos encontrasteis? Teníais una fotografía de las dos. ¿De dónde la sacasteis? ¿Quién os dijo que el senador nos quería a nosotras?

—No sé. Fue Chanchai. Chanchai.

Maldita sea. Resultaba exasperante estar tan cerca y aun así ser incapaz de conseguir todas las piezas que necesitaba.

—¿Y Sorm? ¿Dónde puedo encontrarlo?

Al oír esto, los ojos de Cabeza Cuadrada dieron la impresión de iluminarse de terror.

—Yo no he visto nunca Sorm. Ni siquiera Chanchai. Sorm es… diablo.

—¿Estaba envuelto en todo aquello? ¿Fue él quien os mandó buscarnos a mi hermana y a mí?

—No sé. Yo no he visto nunca Sorm. Mal hombre. El diablo.

Livia deseó ponerse a dar gritos.

—Me acabas de decir que sabías que iba a venir. ¿Por qué?

—Chanchai. Y el senador. Y el ayudante… del senador. La habitación de hotel. Me dijo… Juntasa. Me dijo que fuiste tú.

Barbasucia.

—¿Estaba él allí?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Llevó… una niña. Para el senador. Entonces llegas tú. Se lo dijo Chanchai. Le dijo que recoja niña.

En este caso, lo que le decía encajaba con lo que recordaba ella. El senador ordenó a Calavera que se deshiciera de la cría. Calavera llamó por teléfono y Matthias Redcroft, el ayudante del senador, la llevó a la habitación contigua. Alguien se acercó a la puerta, pero quedaba fuera del campo de visión de Livia. Tuvo que ser Barbasucia. Cuando volvió Redcroft, la chiquilla había desaparecido.

—¿Dónde la consiguió? —preguntó haciendo lo posible por no perder la calma—. ¿Dónde consiguió Barbasucia… Juntasa a esa niña?

—No sé.

—Algo tienes que saber. ¿Dónde?

—Juntasa sabe. Muchos lugar. Muchas niña. Lo siento. Lo siento.

Se obligó a pensar. ¿Corría peligro? Cabeza Cuadrada había dicho que sabía que iba a ir a verlo. ¿Querría eso decir que los demás también estaban avisados?

«No, porque a ellos no los acosa la culpa mortal ni la desagradable clarividencia que la acompaña».

Aun así, preguntó:

—¿Le has dicho a Juntasa que sabías que iba a venir?

—Sí.

Mierda. Se había equivocado.

—¿Cuándo? ¿Cuándo le dijiste que iba a venir?

—Le dije que por todos, que vendrías por todos. Tú eres… nuestro karma.

O sea, que no se había equivocado. No se trataba de una predicción sobre el lugar y el momento en que aparecería, sino más bien de la profecía de una maldición; de un sentimiento general de culpa y no de una previsión concreta. Por supuesto, debía de temer su regreso. ¿Cómo no iba a temerlo si había dejado aquella habitación de hotel convertida en un matadero? Sin embargo, era imposible que supiera cómo iba a dar Livia con él. Ni el orden en que iba a encargarse de ellos. Dudaba mucho que fuese a estar dispuesto a malgastar sus recursos en aquel lugar dejado de la mano de Dios y a esperar días, semanas o meses en el caso improbable de que se presentara ella.

Con todo, la posibilidad de que hubieran anticipado su llegada resultaba aleccionadora. Estaba acostumbrada a cazar sin ser vista y en aquella ocasión habían dado por cierto que aparecería. Eso quería decir que la cacería podía no ser unilateral. Debía tenerlo presente en todo momento y ajustar su estrategia en consecuencia.

Miró a la mujer de la cama contigua. Tenía todavía los ojos cerrados y el cuerpo no había dejado de temblarle.

—¿Dónde puedo encontrar a Juntasa?

—Por favor, he aceptado mi karma. Sé a qué has venido. Estoy listo. Por favor.

—¿Dónde puedo encontrar a Juntasa?

—Mi karma. Por favor. Ya no puedo más. Por favor.

Aquella situación era horrible. Había pensado en amenazar con matarlo y en aquel momento lo tenía delante, rogándole que lo hiciera. Era como entrar a hacer una llave de judo y encontrarse atrapada en ella.

Se afanó en recobrar la iniciativa.

—Seré tu karma, pero dime primero dónde puedo encontrar a Juntasa.

—No sé. En su trabajo, en comisaría.

Eso ya lo sabía y también que allí no iba a poder tocarle un pelo.

—Dices —insistió— que Juntasa te habló de Chanchai y del senador. ¿Cómo? ¿Cómo se puso en contacto contigo?

—Llamó.

Pensar en Barbasucia poniendo sobre aviso a Cabeza Cuadrada o en este advirtiendo a aquel resultaba perturbador.

—¿Cuándo?

—Ya nadie habla conmigo. Mírame. Mira mi karma.

—¿Tiene teléfono? Teléfono móvil. ¿Te sabes su número?

Cabeza Cuadrada gruñó y dirigió la mirada hacia una repisa pequeña situada al lado de su camastro, sobre la que había unos cuantos libros, algunas prendas de ropa y una fotografía vieja en la que aparecían él, mucho más joven y sano, con una chiquilla en brazos y una pareja de ancianos a su lado. Su hija, supuso, y sus padres. Tenía que haberse fijado antes. Si todo aquel asunto no le hubiese afectado de forma tan personal, sin duda habría reparado en ella.

Allí, al lado de los libros, descansaba también un iPhone antiguo. Livia dejó la mochila en el suelo y alargó la mano por encima de la cama para tomarlo. Lo encendió y la pantalla se iluminó con un mensaje. Estaba en tailandés, pero sabía lo que quería decir.

—La contraseña —ordenó—. Dímela.

Cabeza Cuadrada negó con la cabeza.

—No puedo. Por favor, solo puedo responsable de mi propio karma. Por favor.

Livia posó la vista en el retrato de la repisa antes de volver a mirarlo.

—Dímela o les contaré a tus padres lo que nos hiciste a mi hermana y a mí. También se lo contaré a tu hija, aunque puede que ya lo sepa si a ella también se lo hacías. Les pienso decir lo que eres.

Él se mojó los labios y meneó la cabeza de forma espasmódica.

—No, por favor.

—Sí. Pienso hacerlo si no me das la contraseña y me dices cuál es el número de Juntasa.

Cabeza Cuadrada volvió a sacudir la cabeza.

—No creerán. No.

—De aquí a poco no vas a estar en condiciones de rebatir lo que les diga. Seguro que, como mínimo, se preguntan por qué me iba a inventar algo tan horrible y se pasan lo que les quede de vida mortificados por las dudas. Tu recuerdo quedará envenenado y su tranquilidad, destrozada para siempre.

Los ojos de Cabeza Cuadrada, clavados en ella, se llenaron de lágrimas que se derramaron por su rostro. Livia no sintió remordimiento alguno. Se sentía triunfante.

El hombre reveló, con un graznido, cuatro cifras en tailandés que ella introdujo en el teclado… y consiguió entrar. La interfaz, sin embargo, estaba en tailandés.

—Enséñamelo —ordenó—. Enséñame cuál es su número. Y si descubro que me has mentido, ya sabes lo que pienso hacer.

A él volvieron a caerle lágrimas de los ojos.

—Por favor, no cuentes. Por favor.

—¿Cuál de estos contactos es él?

Él alargó el brazo y ella le tendió el aparato. Él pulsó varias veces la pantalla antes de señalar un nombre y el número correspondiente. Livia tomó el teléfono y lo miró. Sí, Krit Juntasa. Tenía el tailandés muy olvidado, pero el contexto le permitió entenderlo. Y ver el número de móvil que tenía asociado.

Usó el teléfono desechable para fotografiar la información relativa a Barbasucia y luego hizo otro tanto con la pantalla de llamadas recientes y el libro de contactos, pues ninguno de los dos tenía muchas entradas. El iPhone podía contener más datos valiosos y una parte de ella quiso llevárselo. Sin embargo, sabía que alguien podía darse cuenta de que faltaba y consideró que no valía la pena. Además, tenía ya las instantáneas que acababa de hacer.

Escondió una mano en la manga de la sudadera con la intención de limpiar el iPhone antes de devolverlo a su dueño para asegurarse de que volvía a dejar sus huellas en el aparato. No es que fuese a comprobarlo nadie, pero, si lo hacían, iba a resultar extraña la ausencia de marcas. Él lo tomó con la mano derecha, lo pasó a la izquierda y lo devolvió a la repisa.

Livia volvió a activar el vídeo del desechable.

—Cuéntame a qué te dedicabas.

Cabeza Cuadrada negó con la cabeza.

—Más no, por favor.

—Tienes que confesar y lo sabes. Lo sientes. No me hagas creer que estás arrepentido si ni siquiera piensas confesar.

—Por favor.

—Raptabas y violabas niñas pequeñas, ¿verdad?

Las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas.

—Sí.

—Y tus cómplices eran Chanchai Vivavapit y Krit Juntasa.

—Sí.

—Deja de esconderte de tus actos. Reconócelos y cuenta lo que hacías.

—Raptaba y violaba niñas pequeñas con Chanchai Vivavapit y Krit Juntasa. Lo siento. Lo siento.

—Ahora, en tailandés. Dilo en tailandés.

Él hizo lo que le ordenaba y ella reconoció el número suficiente de palabras para confirmar la fidelidad del testimonio. Además, era evidente que ya no tenía intención de ocultar nada.

Apagó el teléfono desechable, lo volvió a guardar en un bolsillo del pantalón y miró a su alrededor. Todo seguía en silencio a excepción del zumbido de las máquinas y el silbido del ventilador. La mujer seguía inconsciente y no había nadie más por allí cerca.

Livia metió la mano en su mochila y sacó los guantes de motocrós. Volvió a mirar a su alrededor y comprobó que seguían estando solos.

Cabeza Cuadrada tenía a su lado una almohada de repuesto y una manta sin usar. Livia tomó con una mano la primera y colocó encima la segunda de manera que la mano quedase entre ambas mientras con la que le quedaba libre apartó el tubo de oxígeno que tenía él metido en la nariz. Pese a toda su charla relativa al karma, el enfermo desencajó los ojos con gesto aterrado y buscó a tientas el tubo.

Demasiado tarde. Livia le apresó los brazos y se los apretó contra el abdomen mientras con la otra mano le colocaba la almohada sobre la cara y apretaba. Las piernas huesudas de él se pusieron a patalear con debilidad. Livia le soltó los brazos y usó ambas manos para presionar la almohada contra su rostro. Cabeza Cuadrada intentó arañarla, pero sus uñas bailotearon inofensivas sobre la manta, bajo la cual se encontraba la fibra de carbono de los guantes. Su cuerpo empezó a temblar a la vez que se aferraba a los antebrazos de ella para intentar apartarla. Pese a su decrepitud, al borde de la muerte consiguió hacer la presión necesaria para que Livia la sintiera a través de las revistas con que se había envuelto los antebrazos. Con todo, el papel garantizaba que ni siquiera ejerciendo una gran fuerza le dejaría ninguna marca ni transferiría a su cuerpo el ADN de ella. Tampoco creía que fueran a encontrar fibra alguna de la sudadera ni, de hecho, que nadie fuese siquiera a buscarlas, pero, por si acaso se equivocaba, llevaba puesta ropa que había comprado la víspera y mantenido dentro de una bolsa de plástico, separada del resto de sus pertenencias, y pensaba deshacerse de toda ella de inmediato.

El forcejeo de Cabeza Cuadrada apenas duró unos segundos antes de que su cuerpo se relajara y sus manos cayesen a uno y otro lado. Las rodillas, que habían estado apuntando al cielo, se derrumbaron también y crearon un hueco en el pañal por el que Livia pudo oler que se había ensuciado.

Sin dejar de presionar fuertemente la almohada con una mano, volvió a colocar con la otra la manta donde estaba. Se quitó un guante con los dientes y luego el otro antes de guardarlos en la mochila con la que tenía libre sin dejar de presionar con la otra.

Cuando se aseguró de que no había posibilidad alguna de reanimación, apartó la almohada y la situó al lado de la manta. Sin duda era inevitable que hubiese quedado en ella alguna muestra de saliva, pero tal detalle resultaba insignificante.

Cabeza Cuadrada tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta en un grotesco intento desesperado por tomar aire y los ojos petrificados abiertos de par en par por el terror y la angustia. Quizá en el último instante se había dado cuenta de que había algo peor que el karma de este mundo. Tal vez había tenido una visión del infierno que lo aguardaba en el siguiente.

Miró a su alrededor por última vez. La mujer de la cama de al lado no se había movido. Aparte de la brisa que entraba por la puerta abierta del extremo de la sala, todo estaba en calma. Volvió a colocar el tubo de oxígeno, limpió con la sábana el lugar que había tocado antes de echarse la mochila al hombro y salir por el mismo camino por el que había entrado.

Sentía un vacío extraño. Al verle de nuevo el rostro había deseado partirlo en dos como había hecho con Calavera. Sin embargo, al final se había deshecho de él con poco más que una eutanasia.

«Es lo que había que hacer. No podía parecer un asesinato. Si no, te convertirías en sospechosa. Barbasucia sabría que estás aquí. No llegarías nunca a Sorm, el cerebro de lo que os pasó a Nason y a ti. Tampoco encontrarías nunca a esa cría. Lo has matado. Después de todos estos años, lo has matado. Confórmate con eso.

»Pero ¿y si no es suficiente?».

Llevaba dieciséis años, casi la mitad de su vida, ansiando vengarse. Y no podía negar que matar al senador, a su ayudante y, sobre todo, a Calavera había resultado muy agradable. Sin embargo, de todo eso hacía dos meses. Había vuelto al país y había vuelto a hacerlo, pero no había experimentado la misma sensación de alivio.

«¿Y si nunca es suficiente? Tiene que serlo. Tiene que serlo».

Aun así, en el fondo, de pronto había dejado de creerlo. Y no tenía ni idea de lo que significaba. Ni tampoco de lo que debía hacer al respecto.