Mercado nocturno
Capítulo 14
Si llevaban termógrafo, la parte de su cuerpo que se vería con más claridad sería el contorno que quedaba expuesto alrededor de los ojos y desde esa distancia bastaría para revelar su presencia.
Lentamente, bajó el rostro y lo presionó contra la tierra, respirando superficialmente para reducir al mínimo cualquier rastro de calor de sus propias exhalaciones. Se mantuvo totalmente quieta, abandonando toda su energía y sintiéndose como si ni siquiera estuviese allí, como si hubiera dejado de existir. Si la veían, podía darse por muerta.
Los pasos se acercaron. Se hicieron más lentos. Se detuvieron.
No sentía nada. No pensaba nada. No era. Nada.
Volvió a oír las pisadas, que la rebasaron. Tardó un instante en percibirlo, como si fuera un aparato electrónico que despierta tras haber estado en suspensión. Esperó a dejar de oírlos para volver a levantar la cabeza y mirar a la derecha.
Allí estaban. Eran tres. Todos llevaban pistola. En la penumbra alcanzaba a distinguir el equipo que sobresalía de su rostro. Dispositivos de visión nocturna, como había temido.
Lo había temido, sí, pero estaba preparada.
Se preguntó qué calidad tendrían, porque podía ser cualquier cosa, desde algo barato de una tienda de excedentes militares hasta el último grito en tecnología, adquirido en virtud de una licencia de exportación del Gobierno estadounidense. Quizá se tratara incluso de un sensor dual de tercera generación, que combinaba el amplificador de imagen con el sensor de infrarrojos. Si la unidad contra el crimen organizado usaba trastos así, quizá ellos también. ¿Qué más? Chalecos antibalas probablemente. Una barrera más que sortear.
Los observó abandonar lentamente la arboleda y dirigirse hacia la parte trasera del avión, girando a un lado y al otro la cabeza y el torso a medida que avanzaban y siguiendo el movimiento con sus armas. Podía considerarse afortunada: todos eran diestros. Eso le permitiría acercarse desde la derecha a sus espaldas, con lo que los obligaría a volverse en el sentido de las agujas del reloj para hacerle frente, un ángulo de defensa incómodo desde el punto de vista biomecánico para alguien diestro y que dificultaba de forma marcada la ocasión de atacar con la zurda mientras se disparaba con la otra.
Cuando llegaron a la parte de atrás del fuselaje hicieron un último barrido de trescientos sesenta grados. Livia ya lo había previsto y sabía que, a continuación, se volverían a mirar al interior.
Así lo hicieron. En cuanto los tuvo de espaldas, se quitó los guantes de neopreno y tomó el FLIR que tenía bajo su vientre. Con un ojo cerrado por seguir habituada a la oscuridad, confirmó con rapidez que no hubiera rastro alguno de calor corporal en los alrededores. Solo habían acudido tres. El que estaba más cerca de ella y el del centro eran altos y el que se encontraba más alejado, bajito. Ese era Barbasucia. Los grandullones debían de darle seguridad.
Barbasucia hizo una señal levantando la mano y a continuación les indicó el interior del fuselaje. Había visto la huella térmica de las compresas de calor. Creían haber dado con ella.
Livia colocó el FLIR al lado del macuto, flexionó las rodillas y se colocó con suavidad en la posición de inicio de un velocista. Con la mano izquierda tomó el mando a distancia de los estroboscopios del bolsillo que tenía a la altura del estómago mientras con la derecha sacaba con cuidado la porra. Sentir en la mano aquellos seiscientos gramos de acero capaces de causar la muerte le resultó muy tranquilizador.
Respiró hondo. Soltó el aire. Volvió a inspirar. Tensó el cuerpo… y pulsó el botón del mando a distancia.
El interior del fuselaje se convirtió al instante en una tormenta eléctrica. Aquella luz al rojo blanco recortó de forma intermitente la silueta de los tres y anuló cualquier protección antideslumbramiento con que pudieran contar sus equipos. Livia echó a correr en ese momento y salvó la distancia casi al vuelo, moviendo los brazos con energía y con un ojo cerrado para evitar la luz cegadora. Los tres habían dado un salto hacia atrás ante los fogonazos, se habían llevado la mano izquierda a la cara para protegerse los ojos y movían de un lado a otro las pistolas a través de la abertura del fuselaje con la intención de hacer puntería a un blanco que no alcanzaban a ver y que ni siquiera estaba allí.
Livia aferró la porra con la derecha mientras se acercaba al primer hombre y desplegó por completo los sesenta centímetros de acero. Plantó el pie izquierdo al llegar a su lado y agitó el arma como quien blande una maza. Entonces, se apagó el estroboscopio y todo volvió a quedar de pronto sumido en las tinieblas, aunque el ojo que había tenido cerrado le permitió seguir viendo. El hombre debía de haber notado el movimiento, porque se encogió y empezó a girar hacia ella. Craso error. La porra de acero fue a alcanzarlo justo encima de la boca y le destrozó el maxilar. De algún modo, las gafas de visión nocturna siguieron en su sitio aun cuando el cuerpo se le estremecía y la pistola salía disparada de su mano. En ese instante, le fallaron las rodillas y empezó a desplomarse.
Aún no había llegado al suelo cuando Livia ya se estaba encargando del segundo. Como su compañero, había empezado a volverse en el sentido de las agujas del reloj, cegado al menos parcialmente y tratando de dirigir el cañón de la pistola hacia aquel peligro desconocido. Livia tenía la porra pegada al cuerpo después de asestar el primer golpe y, desde esa posición, lanzó un revés que fue a darle en el antebrazo y le partió en dos el cúbito. El hombre dejó caer el arma con un aullido que ella cortó en seco haciendo volver la ASP y estrellándosela contra la tráquea. Él levantó los brazos y bajó la barbilla con tanta fuerza que Livia tuvo que dar un tirón para liberar la porra. Lo rebasó para llegar a Barbasucia. Este estaba girando también para encararla y echando los pies hacia atrás para alejarse un tanto y ganar tiempo. La pistola seguía el mismo movimiento y el cañón estaba cada vez más cerca. Cada vez más cerca…
La porra había quedado en mala posición después de sacarla del cuello del segundo hombre. Livia la tenía a su espalda y golpeando la pistola de Barbasucia desde aquel ángulo solo iba a conseguir acercarla a ella en lugar de apartarla. Sin pensarlo, soltó la porra para acometer de medio lado y fue a estrellar su hombro izquierdo contra el derecho de él permaneciendo, por muy poco, fuera del alcance del cañón. Antes de que él pudiera apartarse, le agarró la muñeca de la pistola con la diestra y las correas del aparato de visión nocturna, junto con un puñado de pelo, con la siniestra, y le barrió la pierna derecha con la suya izquierda en un de ashi barai poco ortodoxo de judo. Las piernas de Barbasucia volaron hacia la derecha y la cabeza y el torso cayeron hacia la izquierda. Livia lo atacó desde atrás y, sin soltar la mano en la que llevaba la pistola, le cruzó el pecho y la cara con las piernas y tiró hacia atrás de su brazo en un juji gatame clásico destinado a provocarle una luxación. Barbasucia lanzó un chillido al mismo tiempo que el codo le daba un chasquido y Livia apartó la pistola, le asestó una coz en la cara, se puso en pie a la carrera y se lanzó a su izquierda en el momento mismo en que descargaba su arma el primer fulano. El pasamontañas y la adrenalina impidieron que oyese mucho más que un taponazo, aunque vio el fogonazo de la boca del cañón y notó la bala silbar al lado de su hombro. Rodó, recogió la pistola de Barbasucia y apuntó hacia el lugar de procedencia del disparo. Vio a su autor en la penumbra, temblando por las heridas y tratando de localizarla con las gafas de visión nocturna…
Apretó el gatillo. La pistola era un cuarenta y cinco, más grande de las que solía usar ella, y el tiro le salió alto. El otro disparó otra vez y la bala pasó a la izquierda de Livia. Ella ajustó la puntería apretó la empuñadura y efectuó tres tiros. El cuerpo de él dio otros tantos espasmos al recibirlos, dos en el vientre y uno en el pecho. Podía ser que llevase chaleco. Daba igual. Livia se detuvo, apuntó con cuidado y le colocó una cuarta bala en la cara. El hombre echó atrás la cabeza con violencia y se estremeció. Livia supo que podía despreocuparse de él.
Rodó hasta ponerse en pie y salvó enseguida la distancia que la separaba del segundo, que se retorcía en el suelo con las manos aferradas a la garganta mientras hacía por tomar aire por la tráquea destrozada. Las gafas de visión nocturna aleteaban en torno a su boca. Livia le encajó dos balas en la cabeza.
Se volvió hacia Barbasucia, que se había puesto de rodillas. El brazo derecho le pendía inútil, pero estaba intentando acceder a algo que llevaba en el bolsillo de ese lado con la otra. Probablemente se tratara de una navaja. Livia se abalanzó hacia él y le asestó en las pelotas una patada tan violenta que a punto estuvo de levantarlo del suelo. Barbasucia cayó a un lado emitiendo algo semejante a una arcada.
Livia deshizo el nudo del cordón del pasamontañas y se descubrió la cabeza. Sentir el aire nocturno en la nuca sudorosa le resultó una delicia. Rodeó a Barbasucia, le arrancó las gafas y se las colocó a sí misma. Los visores seguían funcionando, al parecer intactos pese a los estroboscopios. El dispositivo era, desde luego, de primerísima calidad, con amplificador de
imagen y sensor de infrarrojos[13], pero en aquel momento la ventaja estaba de su lado.
Recorrió el suelo con la mirada. No había detalle que no se mostrara ya meridianamente claro ni hermosamente iluminado. Enseguida vio dónde habían caído las otras dos pistolas, demasiado lejos para que pudiera alcanzarlas él, aun en caso de estar ileso. Los otros dos estaban inmóviles y el suelo brillaba a su alrededor por sendos charcos blancos de sangre caliente.
Recogió las pistolas y las puso dentro del fuselaje antes de volverse hacia Barbasucia. Apenas necesitó un momento para meter una mano en el bolsillo derecho de sus pantalones y sacar la navaja que había estado buscando él. La puso con las pistolas y se hizo con las esposas y la cinta americana. Barbasucia había conseguido ponerse de nuevo de rodillas. Livia le pateó el estómago, le puso una rodilla en la espalda y lo esposó como había hecho con veintenas de detenidos cuando patrullaba las calles. Él gritó cuando le movió el codo fracturado y, aunque ella estaba centrada en su plan y estaba tratando de mantener una actitud táctica y desapasionada, no pudo evitar que aquel sonido le resultara profundamente satisfactorio.
En cuanto lo tuvo inmovilizado, usó la cinta para amordazarlo, prestando atención para no taparle los orificios nasales, y para envolver las esposas. No tenía tiempo para registrarlo por si llevaba una llave, si bien no era muy probable que pudiera manipularla con el brazo partido. Fuera como fuere, no había nada que él pudiera hacer ya. Con todo, pese a no tener ninguna necesidad, también le ató los tobillos con la cinta.
Volvió corriendo a su escondite y recogió el macuto, los guantes y el FLIR antes de volver al fuselaje y hacerse con las compresas de calor, el teléfono, los estroboscopios con sus trípodes, la navaja y las pistolas. Reparó en que el perro se había puesto a ladrar de nuevo, pero escudriñó los alrededores y no vio a nadie. Debía de tratarse de una reacción al ruido y a la violencia o quizá al olor de la sangre.
Tenía unas ganas desesperadas de librarse del neopreno, pero no podía arriesgarse a perder el tiempo. Corrió a la furgoneta, lanzó el macuto al asiento del copiloto, encendió el motor y recorrió el camino estrecho de tierra con las luces apagadas ayudándose de las gafas de visión nocturna. La ruta estaba llena de baches profundos que ponían a prueba una y otra vez la suspensión. Tampoco importaba mucho, porque, si todo iba bien, el vehículo haría aquella noche su último viaje.
Aparcó al lado del fuselaje. Había empezado a nadar en sudor en el interior del traje de neopreno y hasta se sentía mareada.
«Ya casi estás, muchacha. Ya casi estás».
Dejó el motor en marcha. Aunque el arranque ya no daba problemas, tampoco pensaba correr ese riesgo. Abrió el portón trasero, levantó a Barbasucia de un tirón y lo arrojó al interior. Entonces hizo otro tanto con los dos cadáveres. Pesaban. Los muertos siempre pesaban, pero la furgoneta tenía el suelo bajo y se las compuso para meterlos. Estudió los alrededores y vio a dos personas mirando hacia el recinto desde la carretera de Ramkhamhaeng. Debían de haber oído los disparos o los gritos. Podía ser incluso que hubiesen visto los estroboscopios. De todos modos, desde donde estaban era difícil que pudieran distinguir nada.
Cerró de un portazo y examinó por última vez el terreno para asegurarse de que no había pasado nada por alto. Alcanzó a ver varios de los casquillos del tiroteo, aún calientes, pero ni siquiera en caso de que los encontrasen iban a indicar gran cosa. Aparte de la sangre que empapaba la tierra y había empezado ya a enfriarse, no vio nada que pudiese hacer sospechar que había ocurrido allí nada ni objeto alguno de importancia que hubiera podido quedar atrás.
Recorrió de nuevo el camino de tierra sin más visión que la que le otorgaban las gafas y con una sonrisa grave en los labios provocada por los gritos que emitía Barbasucia tras la cinta americana cada vez que el piso del vehículo daba en el suelo al dar con un bache. La boda estaba en su apogeo. Una joven tailandesa vestida de blanco bailaba sobre el escenario rodeada de invitados. Si alguno de ellos alcanzaba a oír algo, era muy poco probable que se pusiera a investigar. No resultaba difícil buscar una explicación anodina a los disparos de arma de fuego. La gente de Seattle estaba harta de hacerlo.
Cuando llegó a la calle, encendió los faros y se quitó las gafas. El tráfico era moderado y no quiso hacer nada por eludirlo ante el temor de llamar la atención de los agentes que pudieran estar patrullando la zona. Además, ya no tenía ninguna prisa. Podía dedicar toda la noche a su misión si le apetecía. De hecho, pensó que tal vez lo haría.
Destapó una botella de agua de un litro y dio dos grandes sorbos antes de obligarse a apartarla. Las competiciones le habían enseñado que era mejor beber poco a poco.
«Lo tengo, pajarito. Lo tengo. Va a pagar por fin todo lo que hizo».
Se despojó del traje de neopreno en un rincón sin luz del aparcamiento de un centro comercial abierto a esas horas. Aunque en cierto modo se había acostumbrado a él, en el momento en que se lo quitó tuvo la sensación de que volvía a ser capaz de respirar. Dios, estaba empapada. Tenía que haber pensado en dejar a mano la toalla. Lanzó el traje a los pies del asiento del copiloto y volvió a ponerse la ropa de calle. Mientras se cambiaba, oía a Barbasucia tratando de hablar a través de la cinta americana con voz apremiante y aterrada a juzgar por la cadencia de sus palabras tras la mordaza. Asintió con gesto satisfecho.
«No te preocupes, que vas a hablar —pensó—. Te lo prometo».