Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 33 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 32

 

 

Una semana más tarde, Livia había vuelto a Seattle. Todo el mundo se mostró horrorizado al ver las quemaduras que le había provocado el sol. Ella reconoció que había cometido una estupidez, que se había dejado llevar y que con el sol tropical no se juega. Encima, un estúpido accidente de tuk-tuk la había dejado con un par de costillas rotas y el hígado magullado. Nada que pudiera poner en riesgo su vida, aunque sí un tanto vergonzoso después de toda la mierda a la que había sobrevivido en sus años de servicio.

Little llegó de dondequiera que tuviese la sede para oír su informe. Volvieron a sentarse en la cafetería, ella con su agua mineral y él con su café. Él le hizo saber que había estallado una guerra entre las bandas tailandesas y ucranianas que se dedicaban a la trata y ella le hizo saber que se alegraba y esperaba que se matasen todos mutuamente.

—¿Sabes? —dijo él—. Yo también.

Estuvieron un momento en un silencio que resultó extrañamente cómodo.

—¿Y bien? —prosiguió Little—. Ahora que has conocido aquello en persona y has tenido ocasión de considerar mi oferta, ¿qué me dices?

Livia dio un sorbo a su botella.

—Tengo que decirle, B. D., que después de pasar diez días allí dudo que haya mucho más que pueda hacer.

—Sí. Es casi como si estuviese hecho ya todo el trabajo.

Livia lo miró. ¿Lo sabía o estaba tanteándola?

—Sí, sí —dijo él y durante un segundo extraño dio la impresión de que le hubiera leído la mente y estuviera respondiendo a sus pensamientos—. Lo sé.

Esperó desconcertada.

—Vivavapit —añadió el agente especial—, Sakda, Sorm y, antes que eso, Juntasa y el senador. Sé lo que has hecho, Livia.

Ella intentó poner cara de póquer, pero fue consciente de que el miedo y la sorpresa la hacían palidecer. Él se llevó un puño al pecho y aseveró:

—Te lo digo de corazón como padre: gracias.

Livia lo miró, preocupada aún, pero también confundida.

—Ya lo sé —añadió él—. Pensabas que ocultaba algo. Pues tenías razón, pero lo que ocultaba, lo que oculto, no es lo que tú piensas.

Sacó la cartera de uno de los bolsillos de su pantalón y sacó de ella una fotografía. Era él, diez años más joven quizá, con una adolescente que sonreía a su lado mientras le envolvía el cuello con los bazos y apretaba su mejilla contra la de él. El Little de aquel retrato no podía tener un aspecto más feliz, más orgulloso. Se preguntó distraída por qué no la llevaba en su móvil y se dio cuenta de que deseaba tener algo tangible.

—Presley —dijo él—. Se lo pusimos porque era el cantante favorito de su madre. En la foto tiene quince años. Ahora tiene veinticuatro o… —Se encogió de hombros con gesto impotente, se detuvo y apartó la mirada—. Salió a comprar al supermercado una tarde de verano. Quería palomitas para una película que íbamos a ver. Ratatouille. Le encantaban las de animación. Todavía no la he visto. Sigo esperando —añadió con voz tomada—, por si un día podemos verla juntos. ¿Crees que podremos?

Livia lo miró. Recordó aquella expresión extraña que le había notado la primera vez que hablaron de su clase de defensa personal para mujeres y entendió de pronto qué había significado. Sintió una mezcla extraña de recelo y empatía.

—No lo sé.

Él negó con la cabeza.

—No, claro que no. Nadie lo sabe. Eso es lo peor. No saber nada. ¿Te imaginas lo que es tener los recursos que tengo yo… y no saber nada, no haber encontrado nada, ni una… sola… respuesta? Es como el dolor del miembro fantasma de un alma amputada.

Ojalá pudiera decirle que no, pero conocía muy bien ese dolor y sabía como él que la metáfora se quedaba corta.

—Me suicidaría si supiera con certeza que está muerta —siguió diciendo él—. Esa es la verdad. Llevo mucho tiempo queriendo hacerlo. —La miró entre lágrimas—. Pero no puedes, porque puede que esa chiquilla esté por ahí. Puede que te necesite. Así que tienes que estar aquí por ella. Tienes que seguir adelante. Pase lo que pase.

Livia sintió que sus ojos se llenaban también de lágrimas.

Él se quitó las gafas y se pellizcó el caballete de la nariz.

—Su madre encontró otro camino. La heroína. Cuando, al final, se pasó de la raya, estoy convencido de que se dijo a sí misma que había sido un accidente. Quizá lo fue. El caso es que ahora estoy solo vigilando. Solo o con gente como yo. Porque dime, Livia, ¿cuánta gente podría mirarte a los ojos como estoy haciendo yo ahora y decirte: «Sé por lo que has pasado, por lo que estás pasando»? Pues bien, yo puedo. Y te lo digo.

Tras aquello guardaron silencio. Dos policías que conocía Livia se acercaron a ellos, pero, al notar la tensión que imperaba en aquella mesa, buscaron otro sitio.

Little le contó más cosas. Había estado buscando a alguien como Livia, alguien que tuviera la misma motivación que él, pero fuese más joven, más capaz y conociese las calles. Hacía dos meses, había leído la noticia de la muerte del senador Ezra Lone de un ataque al corazón en un hotel de Bangkok. Él tenía contactos en la ciudad y quiso investigar más a fondo. La causa de la muerte empezó a parecerle un cuento chino. Supo que Ezra Lone era hermano de Fred Lone, lo que lo llevó hasta Livia. Buscó en los archivos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas y supo que Livia se encontraba casualmente en Tailandia cuando murió Ezra Lone.

—El FBI mandó un equipo allí a investigar. ¿Lo sabías? —preguntó.

Ella se receló de nuevo, pero no dijo nada.

—Vaya que sí. Hay muchos que saben que no fue un ataque al corazón. Lo que no saben, ni sabrán nunca, es quién lo hizo, porque cierto agente federal experto en grupos criminales y corrupción policial en Tailandia les dio información falsa y los puso en la senda equivocada.

Ella lo miró.

—Y ahora estoy en deuda con usted por eso.

—Tú no me debes nada. Soy yo el que está en deuda contigo.

—¿Conmigo? Si me ha utilizado.

—Si te he utilizado ha sido poniéndote en bandeja lo que más querías en este mundo.

—Pero podía haber…

—No, Livia, porque no me habrías creído. No había otro modo de hacerlo. Si no hubieses querido hacerlo, no lo habrías hecho. Ahora tampoco tienes por qué hacer nada. De todos modos, pienso guardarte el secreto. Ya te lo he dicho: estoy en deuda contigo.

Livia se preguntó si aquello no la hipotecaba más bien a ella. Sin embargo, no daba la impresión de ser así.

—Lo único que te pido —prosiguió él— es que lo pienses, que pienses en lo que podríamos hacer juntos, con mis recursos y el conocimiento que tienes tú de la calle. Que pienses en las personas a las que podríamos castigar. Y a los niños que podríamos salvar.

—Eso es mucho.

—Lo sé.

—Quiero que me deje tranquila un tiempo. No sé cuánto será «un tiempo», pero necesito que me lo respete.

Little le ofreció aquella sonrisa enorme suya, la misma que al conocerlo había pensado que debía de usar para engatusar a la gente.

—Dura de pelar hasta el final. Sí, lo respetaré. Eso sí, siempre con la esperanza de recibir tu llamada.

De regreso a su escritorio, Livia pasó por el despacho de Strangeland. La teniente debía de saber que Little estaba en el edificio, porque parecía estar al tanto de todo lo importante, y prefería ser ella quien empezase aquella conversación a que se lo requiriese su superior.

Llamó a la ventanilla de la puerta y, cuando Strangeland levantó la mirada de los papeles que tenía delante y la invitó a pasar con un movimiento de cabeza, entró, cerró la puerta y permaneció de pie.

—¿Qué quería? —preguntó la teniente.

Livia sonrió sin sorprenderse un ápice.

—Sigue empeñado en que forme parte de su cuerpo especial.

—¿Y qué le has dicho?

—Pues… que no me convence. —Lo cierto, sin embargo, es que no estaba del todo segura de lo que le había contestado, ni de lo que quería Little.

Strangeland asintió.

—Parece que te ha venido bien enfrentarte a tus fantasmas.

—Sí.

—¿Has conseguido exorcizarlos?

Por un instante, recordó sus últimos días de Bangkok. El momento en que se despertó en el piso de Fallon con Carl a su lado y una vía intravenosa en el brazo. Resultó que Fallon había servido de médico en los marines y tenía cierta obsesión por estar preparado ante cualquier contingencia. Mientras ella había estado inconsciente, Carl y Fallon habían metido la Kawasaki en la parte trasera de la furgoneta, la habían puesto a salvo y le habían curado las heridas.

Había pasado dos días en la cama, durmiendo mucho, pero sin estar cruzada de brazos. Con los archivos de Little y los datos nuevos que había proporcionado Kanezaki, no resultó difícil dar caza a los dos últimos hombres que habían participado en su secuestro y el de su hermana: el de la furgoneta y el que había azotado a aquel crío, Kai, en el campo. Y, aunque le repateaba tener que pedir ayuda, en su estado sabía que iba a necesitarla, de modo que recurrió a Carl, quien le dijo que vería lo que podía hacerse.

A la mañana siguiente apareció con una bolsa de lona, se acercó a su cama y la abrió para enseñarle un fusil de precisión.

—No hay nada como que Kanezaki te deba una —anunció—. ¿Quién si no iba poder agenciarme un RPA Rangemaster de doce milímetros con mirilla táctica Schmidt & Bender PMII? Solo le ha faltado ponerle un lacito rojo. Siempre he dicho que este hombre hace milagros.

Los dos eran, como los demás, policías. Trabajaban en el campo, en Chang Rai. Carl la llevó allí en una de las furgonetas de Fallon y mató a uno de ellos desde el tejado de una obra abandonada y al otro desde una elevación situada en un arrozal. Efectuó los dos disparos desde mil metros de distancia. Aunque para Livia fue una sensación agridulce dejar que fuese otro quien apretara el gatillo, se alegró de poder ver su expresión mientras se encontraba tras la mira telescópica: relajada y, sin embargo, concentrada, como había supuesto. Y ver estallar la cabeza de aquellos dos a través de unos binoculares también había resultado satisfactorio.

En el momento de la despedida, estrechó la mano de Fallon al despedirse y le dio las gracias. Él le restó importancia agitando la mano libre.

—Ya os dije que me estaba aburriendo —respondió él—. Soy yo quien está agradecido. Vuelve cuando quieras, que todavía podemos liarla más.

Carl la llevó al aeropuerto. Aparcaron y salió con ella para despedirse en la acera. Un agente de tráfico hizo un gesto a Carl para que circulara y él lo saludó y gritó:

—Sí, señor. Ahora mismo me voy. Muchas gracias.

Miró al equipaje que había dejado Livia en el suelo.

—¿Seguro que te irá bien con eso? —preguntó.

Ella frunció el ceño. Solo llevaba un bolso. Con las costillas como las tenía y la lesión de hígado que le había diagnosticado Fallon no podía llevar mucho peso, pero tampoco necesitaba gran cosa.

—Creo que me las arreglaré —repuso.

—Porque si buscas maletero, sabes que estoy disponible.

Livia sonrió al oírlo.

—Tú eres mucho más que un maletero.

—Se hace lo que se puede.

Livia quería acabar con la despedida, pero deseaba preguntar algo.

—Oye —dijo—, ¿qué era lo que ibas a decir cuando te estaba apuntando Dillon? Algo sobre las mujeres.

Carl se echó a reír.

—Tenía tanto miedo que casi no me acuerdo, pero imagino que sería algo así como: «Si alguna vez encuentro a la adecuada, no pienso dejarla escapar».

Se sorprendió de lo mucho que dolía oírlo.

—Ya verás como la encuentras, Carl.

Él la miró como si le estuviera costando dar con las palabras que buscaba y dijo a continuación:

—¿Sabes, Labi? Creo que eres preciosa. En todos los sentidos.

Dicho esto, la abrazó. Y ella lo abrazó a él.

—¿Livia?

Ella agitó la cabeza. Tenía delante a Strangeland, que la estaba mirando fijamente.

—Diga, teniente.

—Tus fantasmas. Que si los has exorcizado.

—Perdón. Sí, creo.

La teniente asintió con un gesto lento, tal vez desconcertada por cómo se había abstraído su inspectora durante un segundo.

—Eso está bien. Te necesitamos aquí, Livia. Seattle te necesita. Hay mucha escoria que meter entre rejas.

Livia convino con un movimiento de cabeza.

—El caso es que me alegro de que hayas vuelto.

—Gracias, teniente. —Con esto, dio media vuelta y se marchó.

Tenía que reconocer que se alegraba de haber vuelto. Lo importante era que había hecho frente a sus fantasmas, como había dicho a Strangeland, y los había matado. Todos estaban ya muertos.