Mercado nocturno
Capítulo 19
Livia estaba en cuclillas sobre uno de los inodoros del aseo de señoras, atenta a los sonidos de fuera. El tipo grande del acento texano con el que había topado al entrar se había puesto a hablar otra vez en voz alta, al parecer con un guardia de seguridad o con varios. ¿Había salido mal algo? Little le había dicho que su gente se había encontrado con una anomalía en la señal de las cámaras cuando había ido a desconectarlas, alguna clase de interferencia. ¿Podía ser que la hubiesen visto o que hubiesen visto al otro? Quizá habían entrado a ver qué pasaba precisamente por la anomalía.
Se preguntó por un instante si aquel tipo no estaría allí cumpliendo una misión, aunque acto seguido descartó la idea. Era guapo y tenía que reconocer que aquella confianza excéntrica en sí mismo y aquella verborrea lo hacían quizá adorable, pero era difícil imaginar que pudiese ser algo más que un turista fiestero que se había perdido y había ido a abrir la puerta del club en el momento mismo en que la gente de Little había desconectado el cerrojo. También podía ser que estuviera representando un papel, pero los delincuentes con los que trataba Livia eran todos buenos actores y ella tenía buen ojo para detectar mentiras así. Sin embargo, el texano no le había dado esa impresión.
Aun así, estaba hablando tan alto que casi pensó que podía estar tratando de ponerla sobre aviso. Pero ¿por qué? Debía de haber dado por hecho que estaba buscando el baño, tal como le había dicho. Aun en el caso de que fuese un profesional de alguna clase y aunque sospechara que ella también lo era, ¿qué sentido tenía que la estuviese alertando?
«Porque, si te descubren a ti, sospecharán más de él».
Eso sí tenía sentido y, sin embargo, él no parecía mucho más que un palurdo de sonrisa encantadora.
La conversación de fuera llegó a su fin y oyó las puertas abrirse y cerrarse. Daba la impresión de que el texano se hubiera ido, aunque todavía se oía hablar en tailandés a los guardias, que debían de estar decidiendo qué hacían.
Reparó en que quizá no debería haber encendido las luces de los aseos, porque podían darse cuenta, pero también era cierto que le sería difícil explicar lo que hacía allí a oscuras. Una cosa compensaba la otra.
Se apeó de la taza, se bajó un tanto los pantalones y las bragas y se sentó. Si entraban, le verían los pies, pero tenía que hacer que todo pareciera lo más natural posible por si se veía obligada a recurrir al cuento de que había entrado allí a orinar. Se imaginó la escena y decidió que tal vez fuera fácil sacar partido a la situación en caso de que entraran. Abrió la puerta del retrete. Si el club estaba vacío y no esperaba que hubiera nadie más, ¿para qué iba a haberse molestado en cerrarla? De ese modo, además, si la encontraban medio desnuda, podía contar con que turbaría a los vigilantes. La idea era dar la vuelta a la situación: ellos esperarían una disculpa y una excusa y se encontrarían de pronto con que le debían una a ella por haberla importunado de ese modo.
«¿Algo parecido a lo que estaba intentando hacer el texano con esa chorrada de presentar una queja ante el defensor del pueblo?».
Sí, un poco. Puede que sí, pero…
Después de unos minutos, los oyó dejar de hablar. Las puertas de la entrada se abrieron y se volvieron a cerrar, tras lo cual llegó a ella el sonoro chasquido metálico del cerrojo. Esperó y, transcurridos unos minutos más en silencio, se puso en pie, se subió las bragas y los pantalones cortos y miró a su alrededor.
Había rezado por encontrarse un inodoro normal, con una cisterna en la que esconder sus cosas, pero aquello no era más que un cuenco de acero atornillado a la pared, supuso que con pretensiones de elegancia minimalista cuando, en su opinión, parecía más una muestra de saneamiento carcelario.
El texano había comentado algo sobre la decoración de los lavabos. ¿Podía ser que él también hubiese entrado allí con la intención de esconder algo? Qué va. Lo más seguro era que se hubiese puesto a improvisar con la respuesta de ella. Demasiada información para ligar con alguien.
Se paró a pensar. A no ser que hubiese un panel al otro lado de la pared, cosa que habría resultado extraña en un club nocturno, tenía que haber un modo de acceder a las tuberías de cada inodoro en caso de que se estropearan. El muro estaba cubierto por circulitos de acero del tamaño de un dólar de plata con los bordes tan cercanos unos a otros que casi se tocaban sobre el fondo negro. No vio nada, pero…
Pasó la punta de los dedos por los espacios que quedaban entre los círculos. Bastaron unos segundos para que palpara una hendedura que trazaba una línea vertical justo encima de la taza, hacia la derecha. Estaba muy bien pensado: no se veía a no ser que se tocase.
La empujó y oyó un chasquido. Retiró la mano y con ella se abrió una tapa de dos palmos por algo más de uno después de que se soltara el cierre magnético.
Sonrió, sacó la SureFire y miró dentro. Perfecto: las entrañas de una cisterna de inodoro común, pero ocultas tras la pared. Y la base sobre la que se apoyaba estaba lo bastante alta como para alcanzarla.
Sacó del macuto la Glock y las gafas de visión nocturna, metió la mano en el hueco y las colocó en el suelo. Entonces, volvió a cerrar la portezuela. Perfecto.
A continuación, envió a Little el siguiente mensaje de texto: «Necesito que abra otra vez las puertas del club cuanto antes y apague las cámaras 30 segundos».
Instantes después recibió la respuesta: «Hecho. Adelante».
Salió. Esta vez tomó las escaleras. Seguía sin tener muy claro quién podía ser el texano, pero, aun cuando fuese solo un turista, estaba claro que era de los que insistían. No le habría extrañado encontrárselo en el vestíbulo, esperándola con esa sonrisa suya y hablándole con su labia de lavabos, corazones rotos y quién sabe qué más.
Desde luego, su aspecto y su confianza le habían resultado… interesantes. Lástima que aquel no fuese ni el momento ni el lugar. Durante un segundo se sintió extrañamente desengañada, pero a continuación se olvidó de ello y bajó a los aparcamientos, por donde se había decidido a salir del hotel.
Para volver a entrar aquella misma noche.