Mercado nocturno
Capítulo 20
Dox pasó el resto de la tarde durmiendo en un hotel de mochileros y se levantó a las once de la noche. Nunca había necesitado despertador, ni siquiera cuando había tenido la dicha de pasar la noche amando a una hermosa dama o en los días no tan dichosos en los que se había levantado con una resaca monstruosa. Aquella noche quería refrescarse con un sueñecito reparador y llegar a Les Nuits en la hora de más animación, que sería, imaginaba, después de la medianoche. Por lo tanto, había puesto su despertador interno a las once y había echado una cabezada. Había llegado la hora de que empezase el espectáculo. Fue al cuarto de baño y, tras una larga meada y una ducha más larga todavía, regresó a la habitación, se sentó unos minutos desnudo en la cama para secarse al aire y, cerrando los ojos, repasó el plan mientras se preparaba para lo que estaba por llegar.
Llamó a Kanezaki, que le confirmó que los contratistas estaban en posición y que todo lo demás estaba listo, y se puso los calzoncillos, se colocó la pistolera de faja y se vistió con un par de vaqueros de marca, una camisa suelta de seda negra y manga corta con la que poder disimular el bulto de la Supergrade y todo lo demás y unos zapatos elegantes a la par que cómodos que había elegido para la ocasión. Se miró en el espejo y comprobó que, en efecto, iba ataviado para bordar el papel.
Entonces salió, arrancó la Kawasaki y volvió a Bali Hai.
Encontró un solar grande de tierra plagado de ciclomotores y motocicletas y aparcó la suya. Aseguró el casco con la cadena y recorrió la zona un rato como había hecho antes para tomar el pulso a sus ritmos nocturnos. La famosa —para bien o para mal— Walking Street rebosaba de vida. Había luces de neón por todas partes, de los clubes de alterne salía música electrónica a raudales y en sus entradas se habían apostado muchachas de uniforme diminuto que se contoneaban al compás y llamaban a los clientes. Las carretillas de los vendedores ambulantes también habían salido a ofrecer toda clase de comidas y a perfumar el aire con los vapores de las empanadillas de cerdo, el arroz frito y la salsa de pescado. Ríos de turistas, en su mayoría jóvenes varones occidentales, pasaban de un lado a otro, arriba y abajo, con sus camisas sin mangas y sus chanclas, comiéndose con los ojos a las chicas, sucumbiendo a veces a sus coqueteos cuando no seguían adelante como perros que no acaban de decidir con qué bocado quedarse.
No hacía mucho que él había disfrutado con aquellas escenas y las promesas y posibilidades que ofrecían. El tener a todas esas niñas bonitas tratando de conquistarlo le había parecido siempre una cosa divertida que no hacía daño a nadie, pero, de un tiempo a esa parte, no lo veía con los mismos ojos. Algunas de las mujeres que llamaban a los viandantes desde la puerta de los locales y coqueteaban con ellos daban la impresión de estar divirtiéndose, pero la mayoría parecían aburridas, tristes más bien. De eso se trataba: todo aquello era muy triste. Aquella no era la clase de existencia que elegiría nadie que tuviese un mínimo de posibilidades en la vida. Antes no se había detenido a pensar en ello, pero después de conocer a Chantrea al llegar a Phnom Penh para meterse en todo el fregado de Gant, Sorm y Vann, empezaba a ver las cosas de otro modo. Chantrea era una chica buena de buena familia que vivía en el umbral de la pobreza y estudiaba psicología a la vez que sacaba un dinerito en aquellos locales. ¿De verdad lo había elegido ella? ¿Y él la había ayudado, o se había aprovechado?
¿Y cuántas de esas muchachas trabajaban en aquello no ya por no tener otra cosa, sino porque las obligaban tipos como Sorm?
«Y porque las atrapa gente como tú, ¿o no?».
¿Era verdad? ¿Podía considerarse algo así como el camello que vende una dosis a un drogadicto? ¿Eso no era simplificarlo demasiado? ¿No se estaría diciendo a sí mismo que era eso lo que parecía porque resultaba más cómodo negarlo?
«¿De verdad era más cómodo para ti, colega?».
No lo sabía. Tal vez las experiencias vividas en Camboya y luego en Tailandia estaban haciéndolo evolucionar. Al menos, creía albergar esa esperanza. De todos modos, no tendría mucha ocasión de evolucionar estando muerto. Y si no se aclaraba la cabeza antes de entrar en el hotel y se centraba en la misión, era difícil que pudiese aumentar sus probabilidades de seguir con vida.
«Venga, colega. Olvídalo, que tienes que concentrarte».
Estupendo. Dejó escapar un largo suspiro y escribió a Kanezaki.
—«A punto de acudir a la reunión. ¿Está allí nuestro amigo?»
—Sí. Pídelo y me aseguro de que se te abra la puerta.
—«Oído cocina. Posiblemente tengas noticias mías de aquí a
una hora».
Borró los mensajes, apagó el teléfono y lo metió en la funda antes de encaminarse al hotel Ruby.
Había pasado ya la medianoche cuando llegó. Si el edificio había estado animado durante el día, en aquel momento hervía de actividad. Se había doblado el número de personas que abarrotaban el vestíbulo, inundado por la disonancia de las conversaciones, y, cuando salió del ascensor, al llegar a la planta del club, encontró toda una fila de gente que esperaba para entrar con rostro fantasmagórico por efecto de la luz ultravioleta. Se oía latir la música al otro lado de las puertas, donde tres guardias con cara de pocos amigos y armas de mano registraban a todo el mundo con el detector de metales antes de dejarlos pasar. Se trataba de los antiguos soldados de la infantería real de marina de los que le había hablado Kanezaki. Sí, sin duda parecían tíos duros, fuertes, eficientes y poco dados a sonreír. La clase de hombre que hacía su trabajo y lo hacía bien, ya se tratara de pasarle a uno un detector o de volarle la cabeza.
Mientras esperaba en la fila, miró a su alrededor con la estúpida esperanza de ver a su hermosa dama. No la vio, claro, aunque podía ser que estuviese ya dentro…
A medida que se acercaba, empezó a sonreír y a seguir un tanto el ritmo de la música. Cuando llegó a los guardias, puso el teléfono en una bandeja de plástico y preguntó:
—¿Cómo va la noche?
Uno de ellos respondió con una brevísima inclinación de cabeza como quien quiere dar a entender que ya ha visto esa escena muchas veces y que ni siquiera la primera vez le pareció interesante. Movió el detector de forma metódica desde la coronilla hasta los talones de Dox. Luego examinó el móvil, se lo devolvió e inclinó de nuevo la cabeza.
Dox unió las manos para hacer un wai.
—Gracias, señor, por el voto de confianza y por la labor tan importante que están llevando a cabo.
Dicho esto, entró para sumergirse en un mar embravecido de láseres y cuerpos flexibles que bailaban al ritmo machacón de la música house. El aire estaba cargado de olor a loción de afeitado, a sudor de baile y a combinados de fruta. También había máquinas de hielo seco o lo que fuera, porque la pista estaba cubierta de nubes de humo denso cortado por las luces de colores que se movían al azar en el techo. Se abrió paso entre la muchedumbre, dando rodeos mientras intentaba no distraerse, porque «¡Dios! Si algunas de estas mujeres no tienen un diez es porque el diez no existe». Por supuesto, a la que esperaba ver era a la dama enigmática de su anterior visita, de la que, sin embargo, no encontró rastro alguno. Intentó convencerse de que era una buena señal, porque, si volvía, habría que entender que era una profesional y las cosas podían complicarse mucho. De todos modos, le habría gustado verla. En fin, se conformaría con pensar que eran dos barcos que se habían cruzado por la noche. Probablemente eso era lo mejor.
Se aseguró de tener delante a un buen número de personas tras las que ocultarse al pasar frente a la sala VIP de Sorm. De acuerdo, tres fulanos de negro apostados en semicírculo ante una puerta grande de aspecto recio y, tras ellos, un cordón de terciopelo rojo para alejar al gentío. Recorrían con la mirada todo el club y parecían por lo menos tan duros de pelar como los de la infantería de marina tailandesa de la entrada. Auriculares, botas de soldado y chalecos antibalas. No se les veían armas, pero si no llevaban una pipa guardada en pistoleras lumbares, él era Pedro Picapiedra.
Siguió caminando, dejándose llevar por la multitud, hasta llegar al salón de karaoke en el que había escondido su equipo. Tenía la esperanza de que estuviera vacío, pero sabía que, en virtud de la ley de Murphy, no tendría tanta suerte. De hecho, al mirar por la ventanilla de la puerta vio un grupo de media docena de americanos jóvenes de uno y otro sexo con aspecto de universitarios, felices y prósperos, que tenían apoyados los pies y las bebidas en la otomana. Uno de los varones estaba cantando algo a voz en cuello ante un micrófono y su expresión hacía pensar que, fuera lo que fuese, lo estaba sintiendo de verdad.
Habría sido mucho más sencillo si hubiese contado con algún tipo de uniforme de empleado de hotel. Por otra parte, su experiencia le decía que lo importante en estos casos era más bien la ley del «Haz como que…» y no conocía a nadie a quien se le diera mejor que a él el haz como que. «Bueno — pensó—, pues ¡vamos allá!».
Abrió la puerta y entró con paso decidido. El del micrófono estaba cantando Don’t Let the Sun Go Down on Me y no lo hacía del todo mal. Tan concentrado en sus poses de artista que ni siquiera oyó entrar a Dox, pero los otros levantaron la mirada.
—Les ruego que me disculpen —dijo en voz alta el recién llegado—. Les pido perdón de parte de la dirección del hotel por la interrupción, pero nos han informado de que en esta sala hay mobiliario que no cumple con las medidas de seguridad. —La puerta se cerró entonces detrás de él y los aisló de buena parte de la música dance de fuera.
Todos lo miraron con expresiones más o menos idénticas de «¡Qué coño…!», menos el del micro, que, además, parecía alicaído. Lo entendía perfectamente, porque había cantado ya la parte en la que aseguraba que sus heridas necesitaban amor para curarse y estaba a punto de atacar el mejor momento de toda la pieza. El cantante bajó el micro y por un instante no se oyó en la sala otra cosa que el fondo instrumental.
Una de las jóvenes, una rubia guapetona con un vestido de fiesta plateado tan ajustado que Dox no acertaba a explicarse cómo podía respirar si no lo tenía pintado en el cuerpo, dijo:
—¿Qué?
—Gracias, señorita. Si no les es mucha molestia, ¿podrían parar un momento la música? Solo tengo que revisar esa otomana.
Los otros se miraron. La rubia agitó la cabeza como para despejarla.
—¿Qué? —repitió.
—Por favor, señorita. Solo será un minuto. Nos han informado de que la otomana de este salón es poco segura estructuralmente, bien por defecto de fabricación, bien por mal uso, extremo que todavía no hemos podido determinar. El hotel se toma muy en serio su labor de garantizar la seguridad de todos los clientes que utilizan sus instalaciones. Así que, por favor, aunque la canción es preciosa y usted, señor, estaba haciendo una interpretación magistral, ¿les importaría apagar un momento a Elton John?
La chica lo miró perpleja y volvió a menear la cabeza, pero buscó el mando a distancia y, tras buscar un instante, apretó un botón. Aparte de los graves que llegaban de la música del club, el salón quedó sumido en el silencio.
—Gracias, señorita. Ha sido de gran ayuda. Tengo que revisar esa otomana y los más de treinta años que tengo de experiencia en el ámbito de la inspección mobiliaria me han enseñado que la música y la seguridad no son buenos compañeros. Ahora, si los que tienen apoyados los pies en la otomana pudieran levantarlos lentamente (despacio, señor, no quiero que nadie pueda resultar herido) y ponerlos en el suelo. Ahora, las bebidas. Pueden seguir disfrutando de ellas, pero necesitamos apartar todo objeto de cristal de esa otomana insegura solo un momento.
Todos hicieron lo que les pedía sin dejar de mirarlo como si estuvieran tratando de decidir si era de verdad una figura de autoridad o si solamente estaba majareta. Quizá ambas cosas. Hasta entonces había tenido suerte, porque el alcohol era impredecible y a veces hacía a la gente más susceptible ante un poco de ingeniería social en lugar de tener el efecto contrario.
Se acercó al sofá, metió una mano debajo y lo volcó de tal manera que quedase entre él y los universitarios.
—Por Dios santo —dijo—. Es terrible. Todavía peor de lo que temía. Alguien podía haberse hecho mucho daño.
Metió la mano en el agujero que había hecho, palpó la culata de la Supergrade, la sacó con rapidez y la guardó con disimulo en la pistolera de faja que llevaba bajo la camisa. Entonces, hizo lo mismo con los cargadores, la Emerson y la granada aturdidora.
Cuando acabó, volvió a poner en su sitio el asiento, se puso en pie y sostuvo en alto las astillas de contrachapado.
—Les sorprendería saber el número de lesiones que se produce cada año por otomanas defectuosas —aseveró mirándolos uno a uno—. Me alivia comprobar que esta noche no ha salido nadie herido. Por favor, vuelvan a sus actividades sociales. Y, señorita, déjeme añadir que ese vestido que lleva puesto es una maravilla. El tejido de plata parece parte de su ser. Disfruten de la velada y no se preocupen por ese mueble. Eso sí, por el bien de su seguridad les pediría que se abstuvieran de poner los pies encima hasta que hayamos podido completar las operaciones necesarias para repararlo.
El cantante sacudió la cabeza.
—Pero ¿qué…? ¿Me está diciendo que corríamos peligro por ese sofá?
—En estos casos, señor, no es fácil saber hasta qué punto, aunque lo cierto es que es mejor no arriesgarse. Lo importante es que están todos ustedes perfectamente a salvo y que la otomana ha quedado desactivada. Gracias de nuevo por su cooperación y, por favor, disfruten del club Les Nuits.
Salió sin mirar atrás y atravesó la niebla, los láseres y la multitud que daba vueltas en la pista de baile hasta llegar al otro extremo del establecimiento y luego se encaminó a los aseos más cercanos a la sala VIP de Sorm. Los guardias seguían vigilándola y observando los alrededores, pero él se había puesto ya en modo fantasma y no repararon en él.
Los servicios estaban atestados. La mayoría de los urinarios estaban ocupados y delante de los espejos había una docena de jóvenes tailandeses y occidentales que se ajustaban el pelo engominado y se alisaban las cejas depiladas. La música estaba alta, demasiado, casi tanto como en la pista de baile. Lanzó las astillas a una papelera situada en el extremo de una base de acero en espiral y se metió en un retrete para comprobar que la Supergrade tuviese el cargador completo y una bala en la recámara y estuviera lista para usarse. Volvió a guardarla en la pistolera y la tapó con la camisa.
«Listo. Ha llegado la hora del espectáculo».
Salió del retrete y se detuvo a lavarse las manos por guardar las formas. Las puso bajo un secamanos que hacía un ruido de los mil demonios y se volvió hacia la puerta para salir.
En ese momento, entró uno de los americanos borrachos —el cantante— y se quedó allí de pie frente a él. «¡Mierda!». La culpa era suya por no haberse guardado las espaldas. No pensaba que aquella pandilla de universitarios le fuese a causar ningún problema. A lo mejor era solo una coincidencia. De todos modos, por el gesto resuelto con que estaba apretando los labios el crío supo que iba a tener que lidiar con él.
—Tronco —dijo el chico—, ¿a qué ha venido eso? Tú no eres de mantenimiento.
—La ingratitud es uno de los gajes de mi oficio, pequeñín —repuso él frotándose las manos recién lavadas—. Libro a la gente de un peligro en potencia y me lo agradecen poniendo en duda mis credenciales.
—Hablando de credenciales, ¿me enseñas tu documentación?
—Lo invito a que presente una queja ante mi supervisor si con eso se siente mejor, pero tengo trabajo que hacer.
Hizo ademán de rebasarlo y al muy imbécil no se le ocurrió otra cosa que agarrarlo por el brazo. Dox se aferró a su muñeca con la mano que le quedaba libre, se liberó y apretó con la fuerza suficiente para hacer que doliera y expresarle con la rapidez y la soltura de su movimiento que lo que estaba sintiendo no era sino un avance del estreno que le esperaba si era tan tonto que pedía ver la película completa.
Miró al chiquillo a los ojos.
—Chaval —le encajó con un gruñido—, o mueves el culo ahora mismo y vuelves con tu Elton John o te saco el hígado por la garganta para azotarte con él hasta partirte el alma. —Y añadió en español—: ¿Comprendes?
El chavalín no intentó siquiera soltarse. Solo perdió parte del color de la cara y asintió con dos movimientos rápidos de cabeza. Dox vio que había gente mirándolos.
«Mierda».
Soltó al crío.
—Y asegúrese de lavarse bien las manos cuando acabe. No soporto la falta de higiene en el cuarto de baño.
Salió dando un rodeo para mantenerse lejos de la sala VIP de Sorm y se detuvo lo bastante lejos de los aseos y dejando en medio un número suficiente de parroquianos para que el chaval no lo viese al salir. Se relajó y contuvo su energía como hacía cuando se encontraba en su puesto de tirador a fin de desaparecer y hacerse invisible a plena vista. Un minuto después salió el otro y puso rumbo al salón de karaoke. Todavía no había recuperado del todo el color de la cara.
«Bueno, Sorm —pensó—, pues ahora sí que voy por ti, hijo de puta».
Respiró hondo y volvió a meterse en el papel antes de cruzar de forma oblicua la sala de baile en dirección a la sala VIP. Los que danzaban frente a él se iban apartando a su paso con extraños movimientos robóticos provocados por las luces intermitentes. Dox movía el esqueleto como quien ha bebido demasiado, deteniéndose aquí y allá a bailar frente a alguna de las señoritas ante las que pasaba y que a veces se mostraban visiblemente irritadas y otras, visiblemente complacidas. Hacía años había estado saliendo con una bailarina que había insistido en enseñarle lo básico del chachachá, la rumba y el tango, que era lo único que de veras le gustaba a él. A él no le había parecido mal. Siempre estaba dispuesto a participar en cualquier cosa que sonara a preliminares del acto sexual. Nunca había esperado sacar ninguna utilidad operativa de nada de aquello, pero solo había que verlo en aquel momento.
Salió de la pista sin dejar de bailar. Los guardias estaban ya a seis metros y entre él y ellos no había más que un puñado de personas y algunas volutas de niebla de las máquinas.
Algo más de cuatro metros.
Meció las caderas y los hombros, hizo girar los brazos y añadió a todo ello una pirueta por si acaso.
Los guardias habían dejado de recorrer la sala con la mirada para posarla directamente en él y no precisamente con gesto amigable.
Tres metros.
—¡Eh! —los llamó mientras hacía un paso básico de bailes de salón—. Esa es la sala VIP, ¿no? ¿Cuánto cuesta bailar ahí dentro?