Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 34 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 33

 

 

Dox viajó a Nueva York. Kanezaki le había hablado del funeral que se iba a celebrar en la sede de la ONU. Por Vann.

Había allí mucha gente que parecía importante y algunos de los asistentes hasta pronunciaron discursos que no estuvieron mal, pero él tuvo la impresión de que ninguno había conocido de veras al difunto ni lo había apreciado como se merecía. Hablaron de su compasión, pero dudaba mucho que la hubiesen entendido. Acabados los panegíricos, volverían a hacer lo que quiera que hubiesen estado haciendo hasta entonces y del mismo modo exactamente.

«¿Igual que tú?».

En eso tenía razón. Iba a tener que reflexionar al respecto. Desde luego, no quería acabar como esos quemados de Pattaya. Ojalá estuviera allí Vann para que pudieran charlar del tema. Le habría encantado de veras mantener la conversación filosófica que habían dejado pendiente.

Tras la ceremonia, Kanezaki y él dieron un paseo. Había mucha humedad en el ambiente, el cielo estaba gris y lloviznaba.

—Me gusta esto de pasear contigo debajo del paraguas en Nueva York — dijo Dox—. Satisface mi necesidad latente de una vida de intriga y misterio.

Kanezaki soltó una risotada.

—Creo que podrías tomarte un descansito de todo eso. Si quieres.

—¿Qué quieres decir?

—Se está tratando con mucha discreción la muerte de Dillon y, ahora que habéis borrado del mapa a Sorm y a su red, no tienes a nadie más que te persiga. Por lo menos, desde esa dirección.

—Me alegro.

—Encima, la DIA se ha salido del negocio de la trata.

—Al menos, de momento.

Kanezaki asintió.

—De momento. Con todo ese dinero en juego, intentarán volver. Y no serán los únicos.

—A lo mejor tú puedes hacerlo un poco más difícil, ahora que te has quitado la venda de los ojos y todo eso.

Su amigo le dedicó una sonrisa enigmática.

Dox arrugó el entrecejo.

—¿Qué?

—Vann. Es verdad que era un buen hombre.

—Y que lo digas. Por cierto, ¿cómo lo conociste?

—Era amigo de mi padre.

—Suena a que hay una historia interesante tras esa respuesta.

—Quizá en otra ocasión.

—Pero, entonces, lo conocías bien.

Esta vez, la sonrisa de Kanezaki tenía un aire más astuto que enigmático.

—Sí.

Dox se detuvo.

—Oye, tío. ¿Qué es lo que no me estás contando con esos aires de suficiencia?

Kanezaki no dijo nada. Siguió sonriendo sin más, aunque también tenía los ojos teñidos de cierta tristeza.

De pronto, Dox cayó en la cuenta.

—Tú colaborabas con él. Por eso al principio no querías que matase a Sorm. No porque fuese agente de la DIA. Eso te importaba un carajo. Lo que pasa es que Vann lo quería vivo y entre rejas.

Kanezaki asintió.

—De hecho, estaba convencido de que lo ibas a averiguar mucho antes.

—Pero ¡si serás canalla!

—Puede que un poco. Pero, para ser justos, hay que reconocer que teníamos montada una muy gorda. Supongo que eso podrá valerte como excusa.

Dox dejó escapar una carcajada.

—Vaya, te lo agradezco mucho. Me alegro de saber que lo estabas ayudando, por más que tuviera que haberme dado cuenta antes. Me alegro mucho, de verdad. Pero ¿cómo?

—¿De dónde crees que sacaba Vann toda la información secreta que le iba a permitir llevarlo ante los tribunales?

Dox sonrió y le dio una palmada en el hombro.

—Pues del hijo de perra sabiondo de Kanezaki. De verdad que tenía que haberme dado cuenta.

—Por suerte, no lo viste, porque eso habría querido decir que podrían haberlo visto también otros. En realidad, quizá hubiese sido mejor así, porque eso habría evitado que todas las miradas estuvieran puestas en Vann. A lo mejor no habrían ido a por él o quizá podría yo haber…

—Tú no tienes la culpa, pequeñín. Yo intenté ponerlo sobre aviso.

Kanezaki asintió.

—En fin. En realidad, nunca lo sabremos. Habrá que vivir siempre con esa duda, aunque sí, yo le di a Vann todo lo que tenía la CIA sobre Sorm. Era mucho. Hazme un favor, no le cuentes los detalles a L. Eso sí, podrías hacerle ver que no todos los de la comunidad hacemos tratos con gente como Sorm. Algunos, de hecho, trabajamos para ponerles freno, aunque para hacerlo tengamos que saltarnos alguna que otra norma de la comunidad.

Era todo un detalle que Kanezaki siguiera llamándola L. Labi le había revelado a Dox quién era en realidad y él sabía que su amigo debía de haber estudiado el expediente de Livia Lone, inspectora del departamento de delitos sexuales de la policía de Seattle, pero Dox era el único que la conocía como Labi.

—Deja que te diga, pequeñín, que la nuestra es una ocupación muy indecorosa y eso no cambiará nunca, pero puedo sentirme orgulloso de conocer a uno de los pocos hombres buenos de verdad que hay en ella.

—Lo mismo digo.

Echaron a andar de nuevo.

—De verdad siento mucho haber dudado de ti después del disgusto de Pattaya —dijo Dox.

—Y yo que la facilidad con que me creí todas las mentiras de Dillon estuviese a punto de provocar tu muerte.

—Metiste la pata sin malicia y, además, todo salió bien al final. No tenía que haber sido tan duro contigo.

Kanezaki se detuvo.

—¿Quieres compensármelo?

—Sabía que no tenía que haber dicho nada.

—Tengo algo nuevo para ti.

Dox se echó a reír.

—Socio, voy a tomarme unas vacaciones. No me llames, ya te llamaré yo.

—Pues no tardes mucho, porque no hay mucha gente en la que pueda confiar de veras.

Dox sonrió y le tendió la mano.

—Ahora que lo dices, a mí me pasa lo mismo.