Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 29 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 28

 

 

Entre los tres arrojaron el cuerpo sin vida de Leekpai a un canal de drenaje, se deshicieron del plástico en otro sitio cualquiera e hicieron una parada en un comercio de veinticuatro horas para comprar lejía y papel de cocina y limpiar el interior de la furgoneta. Dox se alegró de que Fallon no dijera nada de lo de Leekpai. Era evidente que para Labi se trataba de algo personal y él debía de respetarlo o quizá simplemente comprendía que tenían que matar al prisionero por el bien de la misión, aunque lo más seguro es que pesaran ambos motivos.

Una vez limpio el vehículo, Fallon los llevó de nuevo a Best Friend Bar 10, donde habían dejado la Kawasaki. Él llevaba el teléfono de Leekpai y Dox se había quedado con su cartera, si bien no tardaría en tirarla a una alcantarilla. Lo habían registrado y no habían dado con nada más que pudiera facilitar la identificación del cadáver.

Fallon paró junto al bordillo y dejó encendido el motor.

—No os preocupéis —les dijo—. Dejaré el teléfono apagado hasta las nueve y me aseguraré de estar cerca del mercado nocturno cuando lo encienda por si lo están rastreando. —Sonrió a Labi—. Seguro que ni se te había pasado por la cabeza recordármelo.

Livia le devolvió el gesto y le estrechó la mano.

—No olvides tener también apagado el tuyo hasta entonces. Y gracias.

—Te debemos una, amigo —dijo Dox mezclando inglés y español.

Fallon negó con la cabeza.

—¡Qué va! Si ya estaba un poco aburrido de hacer los trabajitos raros que me manda Kanezaki. Con que me invitéis de cuando en cuando a una Singha me conformo. Semper fidelis.

Se dieron la mano. Dox y Labi salieron de la furgoneta y Fallon arrancó.

Los dos dejaron el centro de la ciudad para dirigirse al este hasta dar con carreteras más tranquilas. Tras un rato, llegaron a un restaurante modesto al aire libre, donde pidieron un tentempié de sopa agripicante y pollo salteado con rodajas de jengibre y base de arroz. No hablaron de Leekpai. De hecho, Dox apenas pensó en él. Seguía dándole vueltas a lo que no acababa de encajarle sobre la información que les habían dado.

Labi debió de ver algo en su expresión, porque preguntó:

—¿Qué te pasa?

Carl la miró.

—¿Te fías de mí?

Labi dio la impresión de ir a decir algo, pero al momento siguiente se limitó a asentir sin palabras.

—Quiero que me hables de esas pistas tuyas.

Labi echó hacia atrás la cabeza como si él le hubiera levantado la mano.

—No te entiendo.

—No es que dude de ti. Tampoco te estoy pidiendo que demuestres nada ni nada por el estilo. Sabes que confío en ti, Labi. Ya te lo he dicho.

—¿Entonces?

—Dices que mi instinto no me ha fallado nunca y a lo mejor tienes razón, pero aquí hay algo que no encaja. Me lo están diciendo las entrañas y no acabo de ver de qué se trata. Pensé que era K, pero no. Ya me convenciste de que es un tío legal. Sin embargo, todavía hay algo que se me escapa y necesito dominar toda la situación para descubrir qué es. Sin saber cuáles eran tus planes antes de que nos encontráramos, cómo conseguiste esa Glock, cómo averiguaste que Sorm estaba supuestamente en Les Nuits, cómo conociste la conexión que había entre Sorm, Leekpai y el mercado nocturno… Sin toda esa información, es imposible que vea el campo de batalla como lo ve el enemigo. Lo que quiere decir que no voy a poder anticiparme a él. Él, sin embargo, sí puede conocer mis intenciones. Nuestras intenciones.

Aguardó. Lo único que podía esperar era que Labi se aviniera a confiar en él lo suficiente como para contarle lo que quería saber.

Cuando al fin habló Labi, fue evitando mirarlo a los ojos.

—Hay cosas sobre mí —dijo— que no quiero que sepas.

¡Dios! Aquella sencilla frase parecía haberle costado horrores. ¡Y cuánta confianza había necesitado para poder decir tan poco!

—Oye —dijo él, pero Labi siguió evitando su mirada—. Ya sé que no te hace gracia que te toquen, pero ¿te importa si pongo una mano sobre la tuya un minuto solamente?

Ella no respondió, pero, como tenía la mano sobre la mesa y no la movió, él supuso que podía. Carl tendió la suya y envolvió ligeramente con sus dedos los de ella.

—Nunca voy a juzgarte por nada —dijo Dox—. Por nada. Me puedo hacer una idea de lo que has tenido que soportar en tu vida y no tengo ninguna intención de hurgar en tu pasado. Lo único que quiero en este momento es matar a todo el que te haya hecho daño.

Labi seguía sin mirarlo, pero apretó los dedos alrededor de los de él.

—Nunca te pediría que me contases nada de esto —insistió él—, entre otras cosas porque ya sé todo lo que necesito saber sobre ti.

En ese momento, vio que no lo miraba porque tenía los ojos anegados en lágrimas. Ojalá pudiese rodearla con sus brazos. Sin embargo, se trataba de reconfortarla a ella, no a él.

—Pero sabes por qué te lo pregunto en este momento. En la información que nos han dado hay algo que no encaja y estoy convencido de que no voy a poder averiguar qué es si no sé cómo descubriste el rastro que te llevó a Pattaya.

Labi retiró los dedos tras unos segundos. Apartó más aún la cabeza y bajó la cara y Carl pudo ver que estaba pestañeando para despejar las lágrimas. Entonces, sin mirarlo en ningún momento, le contó una historia horrible y desgarradora de cómo las raptaron a su hermana y a ella cuando solo tenían trece y once años después de que las vendieran sus padres y de cómo las llevaron de Bangkok a Portland a bordo de un carguero tres de los secuestradores a los que ella llamó Calavera, Cabeza Cuadrada y Barbasucia, que era, evidentemente, como los había visto ella de pequeña. Le dijo que los hombres habían amenazado con violar a Nason y que Labi había intentado evitarlo «haciendo lo que ellos querían» en lugar de su hermana. No dio detalles sobre qué era eso que querían. Tampoco necesitaba darlos.

Le contó que, por supuesto, los hombres le habían mentido y que, cuando se cansaron de ella, intentaron hacer lo mismo con la pequeña. Labi los había atacado y le había rajado un ojo al cabecilla, Calavera. Aquellos hombres se habían desquitado violando a Nason de un modo tan salvaje que la habían dejado catatónica, por lo que los empeños de Labi en proteger a su hermana provocaron precisamente su perdición.

Le contó todo esto apartando la mirada, llorando en silencio y de manera ininterrumpida sin hacer patente emoción alguna sino a través de aquellas lágrimas.

Le contó que había pasado dieciséis años sin saber siquiera si su hermana estaba viva o muerta. Recibió el nombre de Livia por un hombre que fingió «rescatarla» y que, en realidad, estaba detrás de la desaparición de su hermana. Ella lo mató y huyó de su casa. Se hizo policía. Siguió el rastro de los hombres que las habían raptado y resultó que todos trabajaban en la policía real de Tailandia. Supo que habían matado a Nason hacía años. En una habitación de hotel de Bangkok mató a Calavera y a otros dos que habían formado parte de la conspiración: un senador de Estados Unidos, hermano del hombre que la había «rescatado», y su guardaespaldas, que era también quien se ensuciaba las manos por él.

Había usado la oferta que le había hecho el agente especial Little de unirse al cuerpo conjunto destinado a luchar contra la trata como excusa para volver a Tailandia y acabar con el resto. Había asfixiado a Cabeza Cuadrada con una almohada, aunque no sin antes hacerse con los números que guardaba en el móvil y que le habían permitido dar con Barbasucia. Este pensaba que le había tendido una emboscada al presentarse con otros dos polis, armados todos con Glock y equipados con dispositivos de visión nocturna, pero ella los había desarmado y los había matado a todos. Barbasucia le había contado lo de Les Nuits, lo del mercado nocturno y lo de Leekpai, un contacto que tenía allí y que vendía niños.

También le había dicho otra cosa. En la habitación de hotel del senador había una cría, la misma por la que le había preguntado a Leekpai en la furgoneta, una chiquilla que debía de tener la misma edad que Nason en el momento de su secuestro. El senador la estaba violando cuando se presentó Labi e hizo que aquel hombre se la llevara por considerar que Labi, un tesoro del pasado, era más interesante. A ella la retuvieron a punta de pistola y tuvo que limitarse a mirar impotente mientras se llevaban a la niña, que la había mirado con ojos llorosos, implorantes y agónicos. Labi no la había ayudado. No había podido, porque en aquel momento también ella estaba indefensa. Desde entonces, no había podido dejar de pensar en aquella chiquilla. Tenía que encontrarla. Protegerla. Tenía que hacerlo. Lo necesitaba.

Cuando acabó, Carl también tenía lágrimas en los ojos. No solo por lo que había pasado ella, sino por lo que, evidentemente, le había costado revelárselo.

Los dos quedaron sentados en silencio, Labi con la mirada perdida en la distancia.

—Nunca le había contado nada de esto a nadie —dijo al rato en tono neutro—. Nunca.

—Siento haberte empujado a hacerlo.

Ella no respondió.

—Labi, perdóname otra vez, pero tengo que hacerte otra pregunta.

Ella siguió callada.

—Dices que les quitaste las pistolas a Barbasucia y sus dos compañeros y los mataste a los tres, pero… seguro que primero los interrogaste, por lo menos a Barbasucia.

Labi se volvió a mirarlo.

—Te he hecho llorar —dijo, de nuevo sin revelar emoción alguna.

—No es tanto como parece, pero sí.

Labi volvió a hablar tras una pausa.

—Maté a los dos compinches y a Barbasucia lo esposé y lo llevé a una cantera con los cadáveres de los otros dos. Allí fue donde lo interrogué antes de meterles fuego a todos.

Dox no pudo evitar pensar: «Recuérdame que no me ponga nunca a malas contigo», pero, por supuesto, ni se le ocurrió decirlo en voz alta.

—Ahora ya sabes quién soy —dijo—. Lo que soy.

Eso casi la hizo echarse de nuevo a llorar.

—Lo que eres es la persona más valiente que he conocido nunca. Siento si suena condescendiente, pero te lo digo de corazón.

Labi apartó la mirada.

—Estoy cansada.

—No me extraña.

—¿Ves ya el campo de batalla?

—Mejor que antes. Deja que piense un momento. Los dos que mataste… En fin, Sorm, la DIA o quien sea debió de pensar que había sido yo. Darían por hecho que usé la información que me dio K para abrirme paso hasta la red de Sorm e ir descubriendo el rastro que me llevó hasta Pattaya. Sin embargo, el tercer fulano, ese Barbasucia. Quemarlo vivo… A ver, quiero que sepas que, si hubiese estado allí, lo habría rociado yo mismo con gasolina, pero no se trata de eso, sino de otra cosa. Creo que no me equivoco si digo que, en todos los años que llevo en este mundillo, me han dado más fama las balas que las cerillas, por decirlo de algún modo, conque es normal que lo de Barbasucia no pareciese obra mía. Es algo muy personal y, según quién más esté en el ajo, pueden haber pensado que habías sido tú.

—¿Y qué quiere decir eso?

—Pues que… No lo tengo muy claro, pero ¿sabes?, empiezo a tener la sensación de que al bueno de Dillon se le da de maravilla averiguar lo que saben otros y luego darles información nueva que encaje con lo que tienen para que piensen que están sacando sus propias conclusiones cuando, en realidad, todo lo que creen estar descubriendo es lo que él ha querido poner allí. Eso fue lo que le hizo a Kanezaki con la emboscada de Pattaya y tengo la impresión de que ahora está haciendo algo parecido. Quiero decir que está usando un canal de comunicación que sabe que no es seguro para anunciar que se va a reunir con Sorm en el mercado nocturno. ¿Para qué iba a hacer algo así? Está claro que quiere que nos lo traguemos y actuemos en consecuencia, pero… eso tampoco parece casar con su estilo. Tengo la impresión de que si nos quiere llevar al mercado nocturno es porque sabe que nosotros ya teníamos algo que apuntaba en esa dirección. Sí, se ha puesto misterioso al hablar de «los toldos» y todo eso, pero no era más que teatro. Sabía que si ya teníamos puesta la mira en el mercado nocturno, correríamos a sumar dos y dos y a felicitarnos por ser tan endiabladamente listos, que seguiríamos adelante pensando que ya lo habíamos supuesto y nos lo han confirmado los datos que hemos conseguido después cuando, en realidad, todo es una puta invención.

Livia asintió con un movimiento lento de cabeza. Parecía extenuada, aturdida. Le repateaba haberla obligado a contárselo todo, pero sabía que no había otra manera posible.

—Entiendo lo que dices —aseveró—, pero depende todo de que Sorm sepa, o crea, que quien mató a Cabeza Cuadrada, a Barbasucia y a sus compinches fui yo.

—Míralo de este modo. Sorm los conoce a todos, porque trabaja con ellos. Me has dicho que usaste el teléfono de Barbasucia para seguirlo hasta Pattaya, donde iba a llevarle dinero a Sorm, ¿no?

—Eso es.

—Perfecto. Y, según ese tal Cabeza Cuadrada, Barbasucia intentó avisarlo de tu llegada y advertirle que tenías que haber sido tú la que había matado a Calavera y a los otros hace dos meses en Bangkok, ¿no?

Aunque no le había dado detalles sobre el método que había usado para matar a Calavera y al resto, teniendo en cuenta que había quemado vivo al bueno de Barbasucia, podía imaginárselo. Además, cuando había pronunciado sus nombres en la furgoneta de Fallon para presentarse ante Leekpai, este había sabido perfectamente a quién y a qué se refería y aquello lo había aterrado a ojos vista. Con todo, suponía que debía de ser la manera, personal en extremo, en que habían muerto Calavera y compañía lo que había llevado a pensar al resto de la banda que su verdugo era Labi.

—Sí —respondió ella—. Es verdad.

—Entonces muere Barbasucia, quemado. Sorm se entera por los amiguetes que tiene en el cuerpo. ¿Cómo no va a conectar una cosa con otra? ¿Cómo no va a imaginar que Barbasucia lo tuvo que delatar mucho antes de morir, darte información sobre el mercado nocturno y sobre su colega Leekpai, que vende críos allí? Posiblemente por eso llevaba guardaespaldas cuando lo encontramos. Ojalá hubiese caído antes, aunque es verdad que bien está lo que bien acaba.

Se hizo una pausa.

—Tienes razón —dijo ella—. Tenía que haberlo hecho yo… Lo que pasa es que estoy demasiado cerca. Estoy demasiado… cansada.

—Sí que estás cerca, pero el problema es que hasta ahora no habíamos trabajado codo a codo. Tampoco nos había hecho falta, pero ahora sí lo estamos haciendo.

Livia se mostró de acuerdo.

—Así que Sorm sabe que estoy aquí. Avisa a Leekpai y le dice a Dillon que tú y yo estamos trabajando juntos o, por lo menos, en paralelo. Posiblemente lo primero, porque…

—Porque ¿cómo cojones pude yo escapar de la emboscada de Pattaya sin una socia como tú?

Ella lo miró y dijo:

—Los dispositivos de visión nocturna.

—¿Cómo?

—Barbasucia y sus hombres llevaban equipos duales con amplificador de imagen y sensor de infrarrojos. Última tecnología. En aquel momento me pregunté de dónde podían sacar semejante equipo. Ni las comisarías de policía de Estados Unidos tienen algo así. Por lo que sé, solo los tiene el ejército. De hecho, se necesita licencia para exportarlos.

—Desde luego, no debe de ser difícil conseguirlos de la DIA. Siempre que se tengan los medios para que te los den bajo cuerda, claro.

—En efecto.

—¿Y qué coño estará suministrando a cambio de un equipo así?

Los dos estuvieron un rato en silencio. Solo se oía el ruido de los insectos y el movimiento de la vegetación de los alrededores. Dox acabó su sopa. Labi tenía la mirada puesta en la distancia. Pasaron zumbando un par de motos con dos y tres ocupantes cada una. Las mujeres viajaban detrás, a sentadillas. Dox agitó la cabeza y pensó: «Por ahí sí que no pienso pasar».

Labi se volvió hacia él y le dedicó una de aquellas sonrisas breves y tristes suyas.

—Entonces, ¿somos socios?

Carl le tendió la mano.

—Claro, joder. Somos socios. Y amigos.

Labi vaciló y, al fin, aceptó la mano de él para estrecharla con fuerza un momento y soltarla a continuación.

—Tienes razón —dijo—, sobre lo que sabía Sorm y, por lo tanto, sobre lo que sabía Dillon. Ahora lo entiendo todo. Serías un poli de la leche.

Carl negó con la cabeza.

—Ni la mitad que tú. —Se quedó pensativo unos instantes—. Ahora que tenemos más información, me doy cuenta de que podría haber un problema sobre el asunto del mercado nocturno.

—¿Cuál?

—¿Y si la policía se entera de que ha desaparecido Leekpai? Sorm tiene a la mitad en nómina. Seguro que lo ponen sobre aviso.

—Eso no me preocupa tanto.

—Pues dime por qué, porque yo también prefiero no estar preocupado.

—Por un montón de razones. Las primeras horas de una investigación son casi siempre caóticas. Las declaraciones de los testigos suelen ser confusas y contradictorias. Como, además, todo pasó en el puerto, podría haber sido un asunto de drogas o de cualquier otra cosa. ¿Crees que los agentes asociarán a las víctimas con Leekpai? Y, aunque lo conectaran todo tan rápido, Sorm tiene el teléfono apagado y no pueden avisarlo. Tampoco creo que sepan dónde encontrarlo, porque, por más que conspiren con él, dudo que él comparta con ellos los detalles de sus actividades. Y, aunque se dieran cuenta con una velocidad increíble, encontrasen una manera de avisar a Sorm y, de hecho, le dijeran lo de Leekpai, lo peor que nos puede pasar es que cancele la operación.

—Pero ¿y si no la cancela? Entonces, volvemos a lo de que saben que sabemos que saben… Ya sabes. ¿Cómo vamos a abordar lo del mercado nocturno?

—Mira, Sorm no cancelará la operación, por el simple hecho de que no va a saber lo de Leekpai. Tienen los teléfonos apagados y no espera que lo llame hasta las nueve. Pero, si me equivoco y sí que se entera, dudo que quiera tendernos una trampa. Echará a correr. Piénsalo. Entre los dos hemos matado a Gant, a esos jemeres, a Calavera, al senador y a su guardaespaldas, a Cabeza Cuadrada, a Barbasucia, al tío de la espada, a los tres gorilas de Pattaya, a los tres contratistas de la DIA y, ahora, a Leekpai y sus guardaespaldas.

Carl sonrió.

—Sí que es una lista impresionante. Además, la mitad fue antes de empezar a trabajar juntos. Imagínate lo que podemos conseguir ahora.

—A eso me refiero. ¿De verdad crees que, después de todo lo que ha pasado, Sorm va a preferir enfrentarse a nosotros en lugar de salir por piernas? Dillon puede que sí, pero él… Así que lo peor que puede pasarnos es que Sorm cancele la operación, pero, en ese caso, ¿qué podemos perder? ¿Quieres que nos apostemos en el puerto? Si se nos escapa allí, sí que estamos perdidos. Tomará un barco hacia vete tú a saber dónde y nos quedaremos sin nadie que nos pueda dar pistas. Y Dillon sigue suelto y la tiene tomada con nosotros.

Posiblemente tenía razón, pero a Dox seguía sin gustarle la incertidumbre. Entonces, ella dijo:

—Espera. ¿Y si yo puedo confirmarlo?

—¿Cómo?

—Little, mi reclutador, tiene un archivo enorme sobre la policía real tailandesa. Él podría tener alguna idea de lo que piensan que ha ocurrido hoy en el puerto.

—Eso sería tranquilizador, para qué voy a negarlo.

—Pero tenemos que ir pase lo que pase. Por esos niños.

Carl asintió.

—Por eso no te preocupes. No estoy intentando decidir si actuamos o no, sino cómo lo hacemos.