Mercado nocturno
Capítulo 26
Siguieron avanzando hacia el norte y el noroeste, siempre por carreteras secundarias. Para Dox fue una grata sorpresa la rapidez con la que se había acostumbrado a ir detrás. De hecho, resultaba hasta relajante. Por supuesto, todo habría sido muy distinto si Labi no hubiese sido tan buena motorista, pero lo era y tenía que admitir que habría sido muy infantil insistir en conducir él viendo el talento que tenía. Si alguien se burlaba de él por eso, les diría que lo discutieran con ella, que, si estaba de humos en ese momento, probablemente les patearía el trasero. Seguro que esa escena también se disfrutaba desde el asiento de atrás.
Encontraron un hotel de ejecutivos en los alrededores del aeropuerto. Dox alquiló una habitación y los dos echaron una siesta en la cama de matrimonio. Aunque tenían la ropa puesta y no hubo arrumacos ni nada parecido, se alegró de que ella lo dejara internarse un poquito en su espacio. El sentimiento resultaba paradójico, porque, joder, la noche anterior lo había dejado internarse en su cuerpo. Aunque precisamente se trataba de eso, porque no era tanto que lo hubiese dejado como que lo había metido allí ella. En ese momento lo estaba dejando y eso era muy diferente.
Cuando se despertaron, volvió a llamar a Kanezaki.
—¿Qué tienes para mí? —preguntó, temiendo de nuevo, a pesar suyo, que la respuesta no resultase satisfactoria.
Sin embargo, podía ser que se equivocara, porque Kanezaki respondió:
—Un montón.
—Pues empieza.
—Cuando no hacía ni doce horas que habías matado a Gant, Dillon se subió a un avión. A que no sabes adónde iba.
—No me apetece jugar a las adivinanzas. Dímelo ya.
—A Phnom Penh.
—¿Y crees que hizo saltar por los aires a Vann estando allí?
—No puedo demostrarlo, pero tampoco es difícil imaginar la secuencia. Sorm se entera por sus contactos, quizá, de hecho, por la DIA, de la imputación sellada y de que Vann está decidido a llevarlo ante los tribunales. Busca a su oficial de caso, Gant, y le dice: «Más te vale ocuparte de esto». Gant se pasa días, quizá semanas, organizándolo todo para que quites de en medio a Vann, pero tú vas y te cargas a Gant. Sorm tiene un cabreo de tres pares de narices. El procedimiento habitual exige contar con un contacto de apoyo por si, por lo que sea, pierdes la comunicación con tu oficial de caso. Supón que el apoyo de aquí es Dillon, el superior de Gant. Sorm llama a Dillon. Está ya muy nervioso, porque el reloj sigue avanzando, han perdido tiempo, han perdido a Gant, Vann sigue vivo y, lo peor de todo, también tienen campando a sus anchas a un antiguo tirador de los marines que debe de estar muy irritado y que quizá sabe demasiado. Dillon le dice entonces: «Relájate, que yo me encargo de él personalmente». Y eso hace.
Dox se paró a meditar. Encajaba con su impresión general de que la idea de ponerle una bomba a Vann no era tanto un plan alternativo como fruto de la improvisación. Eso pensaba también de Zatōichi.
En ese momento, se le ocurrió otra cosa.
—Por cierto, me dijiste que había sido con un artefacto casero. ¿Estás seguro de eso?
—Sí. El daño que produjo en el punto de la explosión y en los alrededores no tiene nada que ver con lo que cabría esperar de un misil. Se trataba de una bomba que habían colocado allí. ¿Por qué?
—Porque, si fue la DIA, ¿por qué no usaron un dron sin más? ¿Qué sentido tenía enviar a Dillon, y quizá también todo un equipo, hasta Phnom Penh?
—Creo que lo estás viendo del revés. Para construir y colocar un artefacto así no hace falta tener más que un adiestramiento rudimentario. Hasta hay instrucciones en la Red, aunque algunas de ellas no sirvan más que para hacer volar por los aires al que pruebe a hacerlas. Sin embargo, si quisieras enviar un dron, dejarías una cantidad tremenda de rastros logísticos. Eso está a punto de cambiar. Los drones de la próxima generación serán del tamaño de una libélula, llevarán una cámara casi microscópica llamada receptor óptico de
antenas en fase [15] y microexplosivos integrados y todo estará descentralizado, pero ahora mismo, si quieres enviar un Reaper o cualquier otro cacharro a sobrevolar a un blanco, identificarlo y volarlo con un Hellfire, tienes que coordinarlo todo desde la base aérea de Ramstein y desde otros puntos, con lo que dejas un rastro de papel visible desde el espacio exterior.
Aquello tenía sentido.
—Sí, no sería lo más adecuado para eliminar a un funcionario de la ONU.
—Exacto.
Había algo que lo incomodaba, algo sobre Vann y también sobre Zatōichi. Entonces cayó en la cuenta.
—Yo le dije a Vann que cambiase sus rutas y sus horarios. Puede que me escuchara y puede que no, pero, sea como sea, Dillon no podía estar seguro y, si tenía intención de colocar un explosivo, tenía que saber dónde ponerlo y sobre qué hora iba a pasar Vann por allí.
—Es verdad, pero también podían haber puesto dos, por ejemplo, para asegurarse de que tenían cubiertas todas las rutas posibles.
—Yo revisé aquella zona. Si hubiera tenido que colocarlo yo, habría pensado en cuatro ubicaciones distintas para usar uno u otro según la entrada o la salida que tomara él, pero entonces estaríamos hablando no solo de varios artefactos, sino también de varios observadores, y eso no me cuadra. Tenían prisa, estaban improvisando y, encima, en el edificio de la ONU hay cámaras, de modo que, aunque lo colocases lo bastante lejos, te arriesgarías al tener que contar con todos esos observadores para las labores previas de reconocimiento.
—Entonces, ¿en qué estás pensando?
—En que seguro que tenían a alguien siguiendo a Vann. Sin embargo, por lo que me acabas de contar de esos microdrones… A ver, ¿cuánto falta para que estén plenamente operativos? Puede que no sean del tamaño de libélulas y olvidémonos de los explosivos, porque no parece que sea lo que se ha usado en este caso, pero… ¿podrían ser como un pájaro pequeño? Como un colibrí, algo que pudiese volar en círculos sin parar a unos quince o treinta metros de altura, donde nadie lo viese siquiera.
—Esa clase de dron… sí lleva tiempo desarrollada.
—¡Me cago en…! Eso fue lo que hicieron con Zatōichi. No conseguía entender cómo se acercó a mí caminando en el sentido opuesto. Si sabían dónde estaba y en qué sentido iba, podían hacerlo llegar de cualquier parte. Y, por supuesto, lo sabían. Sabían que intentaría ver a Vann, de modo que no tenían que buscarme por todo Phnom Penh. Pudieron tener uno de esos cachuchos diminutos sobrevolando en círculos todo el día los alrededores del despacho de Vann. Entonces, al verme aparecer, me soltaron a Zatōichi desde donde les dio la gana.
—De manera que no tuviese que seguirte por la espalda.
—Claro. Si lo hubiera visto acercarse a mí desde atrás, yo podría haber reaccionado. Sin embargo, al verlo venir de un sitio en el que yo ni siquiera había estado no le di importancia. De hecho, me habría mandado al otro barrio si no llego a darme cuenta de unas cuantas anomalías que me advirtieron que no era ciego.
—O sea, que no te fallaba el instinto cuando sospechaste que todo esto lo habían ido improvisando después de que mataras a Gant.
Dox se preguntó si no había dicho demasiado. Quizá debía haber dejado que Kanezaki hablase más y haberse guardado sus hipótesis. Por otra parte, dudaba estar revelando mucho al pensar en voz alta y, por otra parte más, suponía que, en gran medida, estaba intentando actuar como si Kanezaki fuera de fiar por la necesidad que tenía de creerlo.
Decidió que daba igual.
—De todos modos, que hayan mandado a Dillon en persona para solucionarlo o, más probablemente, para supervisar a un equipo… ¿Qué cojones saca de Sorm la DIA para que asuman tantos riesgos?
—O, como has dicho tú, ¿qué información comprometida tiene Sorm de ellos?
—Eso mismo… o las dos cosas.
—No conozco la respuesta, pero sí sé quién la conoce.
—Dillon, claro. En fin, si puedo preguntárselo, se lo preguntaré, pero la verdad es que no me apetece tener más charlas.
—Lo sé y no pienso convencerte de otra cosa.
—Bien.
Hubo una pausa tras la que dijo Kanezaki:
—Por cierto, tengo otra noticia. Es un poco ambigua, pero a lo mejor tú le encuentras sentido.
—Dime.
—Dillon se va a reunir con Sorm. Esta misma noche.
Dox sintió una descarga de adrenalina.
—¿Dónde?
—Esa es la parte ambigua. En «los toldos». ¿Te dice algo eso?
Dox se detuvo a pensar. En Bangkok, «los toldos» podía ser cualquiera de los mercados nocturnos, bazares caracterizados por cientos de puestos instalados bajo carpas de colores llamativos. La información de Kanezaki parecía coincidir con la pista que tenía Labi sobre Rot Fai, en Srinakarin. Tanto se alegró que, por un instante, se lo creyó a pie juntillas. Sin embargo, acto seguido se obligó a tomárselo con calma.
—¿Cómo lo sabes?
—Hombre, tengo mis fuentes y mis mét…
—¡A la mierda con tus fuentes y tus métodos! —le espetó Dox—. No me vengas con esas. Si te pones a dar rodeos con tus fuentes y tus métodos, voy a pensar que me estás engañando y he estado todo este tiempo esforzándome, no sabes cuánto, por concederte el beneficio de la duda. Sin embargo, la última información secreta que me diste era falsa y casi me matan. Puede que no te des cuenta, pero estás a un paso, a un puñetero paso, de tener un problema gordo conmigo, así que ya me estás contando de dónde has sacado esa «noticia».
Hubo una gran pausa que sonó a rendición. Dox esperó.
—Está bien —dijo Kanezaki—. De acuerdo.
Tras otra pausa, añadió al fin:
—Tengo pinchados los cables del mismísimo director de la DIA.
Dox meneó la cabeza sin saber bien si estaba satisfecho o asqueado.
—Por Dios bendito, si pasarais espiando a los chinos y los rusos la mitad del tiempo que invertís en espiaros entre vosotros, ¿quién sabe lo que podríais descubrir?
—El caso es que ya lo sabes.
—¿Que ya sé qué? ¿Cómo sabes que la información es fiable?
—¿Estás de coña? ¡Estamos hablando de la comunicación cablegráfica del director de la DIA!
—Espera un momento. ¿Cuándo fue la última vez que sacaste por ese canal algo que de verdad te fuera útil o resultase comprometedor para ellos?
No hubo respuesta.
—Está bien. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo eso? ¿Seis meses? ¿Seis años? ¿Cuánto?
Kanezaki soltó un suspiro.
—Poco menos de un año.
—Y, en ese año, ¿qué has conseguido en tu favor o en su contra?
—Pues… De eso hace ya mucho, pero…
—No me digas ahora que la única perla de verdad la encontraste justo al principio, que ya sé por dónde van los tiros.
Otra pausa.
—No exactamente. Quiero decir que al principio estábamos metidos en una serie de negociaciones complicadas entre la CIA y la DIA, sobre una operación delicada y muy ambiciosa y sobre quién debía encargarse de ella. Lo que supe por ese canal nos fue muy útil para que nos dieran a nosotros el contrato, por decirlo de alguna manera.
—¿Lo ves? De eso mismo estoy hablando. Los dejaste con un palmo de narices en vuestro concurso por ver quién meaba más lejos para hacerse con esa operación delicada y dijeron: «¿Y cómo coño se ha enterado el bueno de Kanezaki de cuál es exactamente nuestra situación en las negociaciones y de cómo podían adelantarnos?». Entonces, examinaron todos sus puntos flacos y toparon con algún rastro que habían dejado atrás vuestros piratas informáticos. «¡Vaya, si será listo ese Kanezaki!, —dijeron—, ¡El muy cabroncete ha pinchado los cables del director!». Y después de eso ¿qué hicieron? Dímelo tú. ¿Qué hicieron?
Silencio. Se dio cuenta de que acababa de decir el nombre de Kanezaki delante de Labi. Además de un montón de cosas más que no tenía que haber dicho.
«A la mierda».
—Cuéntame entonces —siguió diciendo—. Cuéntame. Después de eso, ¿has conseguido algo de valor? ¿Algo trascendental? ¿Algo que la DIA no quiera de verdad que tengas?
—Pues no, pero el contexto general es…
—¡A la mierda, el contexto general! Después de la primera intrusión no conseguisteis un carajo, porque ya sabían que teníais el oído puesto. Pero dime, ¿por qué no anularon ese canal? ¿No era de esperar que cerrasen un canal que había quedado expuesto? ¿Es lo normal entre los de tu comunidad de los servicios de información? ¿O lo normal sería hacer otra cosa? ¡Dímelo, cojones! ¡Quiero oírlo de ti!
—Mierda. No lo cerrarían. Seguirían usándolo…
—¡Eso es! ¡Bingo! ¡Premio para el caballero! Seguirían usándolo para poder engañarte, para darte información falsa y hacerte pensar que es real, como hicieron con Pattaya y Les Nuits, de donde estuve a punto de salir con los pies por delante por eso mismo.
Se impuso un silencio largo, tras el cual dijo Kanezaki:
—Joder, tienes razón. Lo siento. Mierda.
Dox seguía hecho una furia, pero al mismo tiempo estaba arrepentido. No había tenido intención de apabullar a su colega de ese modo. No exactamente. Pero es que… Se dio cuenta del miedo atroz que había sentido ante la posibilidad de que Kanezaki no fuese capaz de convencerlo de que seguía siendo de fiar.
—Está bien, está bien. Siento haberme puesto tan desagradable.
—No tienes nada de lo que disculparte. Han estado jugando conmigo. Debería haberme dado cuenta y no he sido capaz de verlo. Y por eso a ti casi te matan.
—Es verdad que, por un lado, todo eso es cierto, pero, por el otro, bien está lo que bien acaba, ¿no? La vida nos da una lección detrás de cada esquina y, a fin de cuentas, esta nos ha salido barata si la comparamos con las alternativas.
—Supongo que sí.
Joder, qué lúgubre sonaba su voz.
—De todos modos —dijo Dox buscando un modo de ponerlo de nuevo en pie—, en realidad es una buena noticia, ¿no? Porque…
—Sí, sí. Lo entiendo. Porque cuando yo lo sabía, pero ellos no sabían que yo lo sabía, ganaba yo. Cuando ellos supieron que yo lo sabía y yo no sabía que ellos lo sabían, ganaban ellos. Y ahora que yo sé que ellos saben que yo lo sé y ellos no lo saben, vuelvo a ganar yo.
Aunque no era fácil seguirlo, aquel razonamiento sonaba bien.
—Algo así, sí. El caso es que la DIA ha vuelto a engañarte y creen que se van a salir con la suya, pero tú ahora has sido más listo que ellos y eso nos da ventaja. El que ríe el último ríe mejor, ¿no?
—Lo siento, Dox. No… No sé cómo me la han podido colar de esa manera.
—Eso ya tendremos tiempo de hablarlo. De momento, te diré solo que puede ser que tengas demasiada fe depositada por inercia en tu «comunidad». Para ti, las peleas que entabláis por la información son un deporte de contacto, pero para los otros no se trata de ningún juego. Tú eres un buen tipo y has atribuido tus valores a gente que no lo merece. Pero ahora sabes lo que hay. Yo también sé lo que duele que te quiten la venda de los ojos, pero, por lo menos, ahora vuelves a ver con claridad. ¿O no?
—No es que me guste el panorama que estoy viendo, pero… sí.
—El panorama es el que es, pequeñín. Y tienes que verlo con claridad si no quieres ir tropezándote con todo.
—Sí, sí. Creo que ya hemos explotado bastante la metáfora.
Dox se echó a reír al ver que el otro parecía estar recuperándose.
—Ahora cuéntame qué decía exactamente el cable. ¿Qué era, un informe de Dillon al director?
—Sí. Decía: «Voy a reunirme esta noche en los toldos con Rojo para examinar la transacción».
—¿«Con Rojo»?
—Sí, posiblemente sea por haber pertenecido Sorm a los jemeres rojos. No siempre somos tan ingeniosos como deberíamos con los nombres en clave.
—¿Y a qué se refiere con «la transacción»?
—No lo tengo muy claro. Puede ser algún aspecto de lo que reciben de Sorm o de lo que le dan a cambio o cualquier tontería, porque, como me acabas de argumentar de forma muy convincente, saben que tengo pinchado ese canal.
—¿Decía algo más el mensaje?
—Sí. Dillon dice que le pidió a Rojo que se buscase un teléfono nuevo y que no usase por nada del mundo ninguno de los que había usado hasta ahora o pudiese estar asociado a él de un modo u otro. Le dijo que tuviese el nuevo apagado hasta llegar a los toldos y que luego lo usara para llamar a Dillon y decirle dónde debían reunirse.
—Si eso es cierto, quiere decir que Sorm tiene el número de Dillon y que podemos esperar que lo usará. A lo mejor puede servirte. Pero ¿de verdad crees que le dijo todo eso a Sorm?
—No sabría decirte. Puede que sí… o puede que lo dijera todo pensando en nosotros. A lo mejor hay un poco de todo.
—A juzgar por cómo me la jugó el bueno de Gant, creo que podemos suponer que a estos fulanos les encanta esconder sus mentiras detrás de una verdad lo más grande posible. Yo diría que, en efecto, hay un poco de todo.
—¿Qué quieres decir?
—Todavía no lo sé. Tengo que meditarlo. Esta historia de sabéis que sé que lo sabéis resulta un poco confusa.
Kanezaki dejó escapar una risita.
—¿Y cómo interpretas lo de «los toldos»? Tienes que tener una idea, porque es lo único sobre lo que no me has preguntado.
Dox vaciló. Todavía no había decidido del todo si Kanezaki podía estar jugándosela. Suponía que no, pero…
Entonces, llegó a la conclusión de que, por el momento, debía hacer como que sí confiaba en él. Si cambiaba de opinión, siempre podía cancelar el plan.
—Tengo motivos para creer que se refiere al mercado nocturno de Rot Fai, situado en Srinakarin.
—¿Qué motivos?
—Mis fuentes y mis métodos, pequeñín. Mis fuentes y mis métodos.
—Eso ha sido muy cruel, aunque supongo que me lo he ganado.
Dox soltó una risita.
—De todos modos, déjame reflexionar sobre todo lo que hemos hablado y llamarte luego.
—Estaré pendiente.
Dox colgó y devolvió el teléfono a la funda de Faraday antes de poner al tanto a Labi, quien, de todos modos, había oído la mayor parte de la conversación.
—Su información encaja con la mía —dijo ella cuando acabó.
Dox asintió con un movimiento de cabeza.
—Puede que sí.
—Pero a ti no te hace gracia.
Dox intentó reunir las piezas y ver por qué no acababan de encajar. Algunas parecían obvias, pero otras… no tanto. Decidió empezar por las primeras con la esperanza de ver así con más claridad las segundas.
—Sí, lo del mercado nocturno suena bien y casa con las pistas que tú tenías, pero, de todos modos, viene de… En fin, ya me has oído decir su nombre.
—Te has enfadado.
—Ya lo creo.
—¿Por qué no lo llamamos K? Lo de «mi colega» me ha sonado siempre un poco raro.
—Me parece bien —repuso él con una carcajada.
—Y, por cierto, el mío es B. D. Little, agente especial del servicio de Seguridad Nacional.
Dox la miró.
—No tenías por qué decírmelo.
Livia se encogió de hombros.
—Sé que me está utilizando, aunque todavía no sé exactamente cómo. Además, me ha gustado lo que le has dicho a K, lo de que la única manera de encontrarle sentido a todo esto es saber quiénes son tus amigos de verdad. Yo no he tenido muchos, pero… —Su voz se quebró y apartó la mirada.
Él quiso tomar su mano, pero pensó que quizá sería excesivo.
—Oye —dijo—, sabes que yo siento lo mismo.
Livia asintió y él siguió hablando para evitar que se sintiera más incómoda:
—De todos modos, si K ya me ha traicionado, podría estar haciéndome lo mismo ahora. Cuando le pedí ayuda al principio de todo esto, me dijo que no le hacía mucha gracia la idea de matar a un agente de la DIA, pero puede que fuera una trola. A lo mejor estaba protegiendo a Sorm por el motivo que sea. No puedo quitarme de encima la sensación de que vamos a plantarnos en el mercado nocturno para repetir lo de Pattaya.
Livia lo miró, al parecer tras recobrar la compostura.
—¿Qué te dice tu instinto?
Dox meditó la respuesta.
—Que no lo haría. No sería capaz. Él no es así.
—¿Y no has podido confiar siempre en tu instinto?
Él pensó un instante en Tiara.
—Puede que una vez me fallase, aunque en algo que no tiene nada que ver con esto.
—O sea, que la respuesta es que sí. Siempre has podido confiar en tu instinto.
Dox asintió.
—Sí, eso es verdad.
—Pues ya tienes tu respuesta. K no miente. Tu instinto no falla. Deberías confiar en él como siempre.
Dox lo pensó. Sabía que ella tenía razón. Dudaba mucho que Kanezaki le estuviera tendiendo una trampa. Sin embargo, había algo que seguía inquietándolo. Y no conseguía averiguar qué era.
—En marcha —dijo al fin—. Tanto hablar de ataques con drones me ha puesto nervioso. Además, creo que ya es hora de que tú y yo tengamos una charla con el habitante más abominable del mercado nocturno: el señor Udom Leekpai.