Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 31 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 30

 

Acababa de ponerse el sol y el rosa se teñía ya de rojo en el cielo del oeste cuando llegaron Dox y Labi al mercado nocturno.

Él habría querido seguir hasta pasar el aparcamiento de Sanam Golf y el vertedero de al lado de la gasolinera, pero sabía que tenía que evitar inspeccionar la zona como había hecho en los alrededores del despacho del dalái lama, porque Dillon sabía que él lo sabía.

Pero no sabía que él sabía que Dillon lo sabía.

Así que hizo algo distinto. Labi condujo hasta un lugar apartado del mercado y llegó a él desde el noroeste antes de poner rumbo al este por una carretera estrecha y llena de baches rodeada de vegetación invasora. El camino se volvía cada vez más accidentado y lleno de hierbas, hasta cortarse más allá del mercado, en el extremo nordeste del campo de golf. Este se encontraba separado de los restos de la carretera y rodeado por un perímetro de follaje alto y espeso que tenía detrás una valla rematada en una malla metálica de algo menos de diez metros de alto. Una estructura que parecía no estar cumpliendo muy bien su cometido, ya que en la tierra de alrededor se pudrían numerosas pelotas de golf.

Se apearon y se quitaron los cascos. Dox se limpió el sudor de la cara con el faldón de la camisa. El olor de aquel lugar recordaba al de una selva y, aunque los sonidos del mercado llegaban hasta allí, el zumbido de los insectos que los rodeaban tenía mucha más intensidad.

Dox metió la motocicleta entre el follaje, abrazó con la cadena una rueda y los dos cascos y volvió al lado de Labi.

—¿Listos?

Ella asintió sin palabras y él miró el reloj.

—Las ocho y media. Hay tiempo.

Se colocaron sendas gorras de béisbol (mejor que nada frente a un posible dron en miniatura) y echaron a andar hacia el oeste hasta llegar al extremo nordeste del mercado. Dox había imaginado que tendrían que saltar la valla de chapa corrugada o abrirla, pero tuvieron suerte y, entre la vegetación, distinguió un agujero al lado de la del campo de golf.

Se internaron en la maleza, atravesaron el hueco y se encontraron en una explanada pavimentada con hileras de luces incandescentes sobre sus cabezas y docenas de coches y camiones antiguos en exposición. A su alrededor paseaban docenas de personas que contemplaban boquiabiertos los vehículos, tomaban fotos y entraban y salían de los edificios alargados y descubiertos de ladrillo y planchas onduladas dispuestos a uno y otro lado, todo ello como salido de una máquina del tiempo automovilística de estilo americano: surtidores antiguos de gasolina, señales de época y, por supuesto, filas de coches y camiones clásicos. Se trataba de una zona relativamente tranquila, aunque el ruido procedente de más al sur, que incluía, a juzgar por el sonido, los de una banda de tambores, resultaba inconfundible.

—Esta es la sección de los anticuarios —lo informó Labi—, la menos concurrida.

Dox asintió.

—Igualito que en Internet, aunque me alegro de estar por fin aquí en persona.

Se encaminaron al sur y el gentío se hizo enseguida más denso y ruidoso. Había camionetas de comida con mesas y sillas dispuestas de forma ordenada ante ellas; una barbería de las de antaño a la que no faltaba el cilindro de colores dando vueltas en el exterior, y cualquier artículo clásico que cupiera imaginar, desde discos de vinilo hasta chaquetas de cuero, pasando por gramolas y máquinas expendedoras de chicles.

Siguieron caminando hasta que, minutos después, llegaron al límite del mercado principal. Ante ellos había miles de tenderetes y puestos y un número incontable de comerciantes y gentes que comían y festejaban, familias con bebés en carritos, adolescentes errantes y pensionistas que probablemente habían salido a la caza de alguna ganga. Las risas de las conversaciones se mezclaban con el martilleo machacón de un grupo de

taiko[18] y el aire estaba preñado de una docena de olores deliciosos: mariscos de toda clase a la plancha, carnes asadas, fideos fritos, tortitas de coco y creps con natillas.

Aquel sitio era de los que apasionaban a Dox, quien cualquier otra noche habría estado disfrutándolo al máximo. Sin embargo, aquella, a los nervios habituales de una operación había ido a sumársele la terca sensación de que estaban pasando algo por alto. Quizá la posibilidad de que hubiera un dron en miniatura sobre sus cabezas o la de que Dillon se las hubiese compuesto para adelantárseles un paso.

Labi lo miró.

—¿Qué pasa?

—Que sigo dándole vueltas a algo y no sé que es. Vamos a meternos en esa tienda de ahí.

Se trataba de una de las estructuras de ladrillo situadas en los confines del mercado. Entraron y caminaron hacia la parte de atrás, rodeados por colecciones desordenadas de juguetes antiguos de anime japonés, animalitos de peluche, muñecas de Hello Kitty y disfraces de pastorcita que transitaban por la delicada línea que separaba lo adorable del fetiche.

—A veces me pongo un poco paranoico con los posibles escondites de francotiradores —le explicó—. Deformación profesional. Cuando has estado en el lado bueno de unas cuantas muertes efectuadas desde mil metros, empiezas a imaginar lo que puede ser estar en el lado malo.

—¿Y crees que Dillon tendrá un fusil de precisión?

—No, no es eso. Este no es el mejor terreno para un tirador. Tampoco creo que sea muy propicio para uno de sus microdrones. La iluminación es malísima, hay demasiada gente y habría que cubrir una zona muy amplia, pero… No sé. Entre otras cosas, al ir juntos no le estamos complicando las cosas precisamente.

—¿Crees que deberíamos separarnos?

—Prefiero que no, sobre todo porque están apagados los teléfonos. Por lo menos durante… —miró el reloj— quince minutos más.

Se paró a pensar. Los teléfonos. El método que iba a emplear Kanezaki para localizar a Sorm y a Dillon. En ese instante se dio cuenta de cuál era la sensación que había estado importunándolo.

—Oye —dijo—, ¿tú crees que el bueno de Dillon podría tener acceso a la clase de localización de móviles en tiempo real que está a punto de poner en marcha Kanezaki para nosotros? Yo supongo que sí, ¿no?

—Pues parece muy probable.

—Entonces, en cuanto encendamos los teléfonos, suponiendo que no haya podido seguirles el rastro todavía, ¿no es fácil que uno de los del pelotón de frikis de la DIA encuentre los dos aparatos que acaban de activarse en medio del mercado nocturno?

Livia asintió.

—Tienes razón.

—Ya sé que puede que me equivoque, pero, si hay algo que sé sin duda de Dillon es que es un hijo de puta muy listo.

—Pero, si no usamos los móviles, ¿cómo nos va a avisar Fallon cuando Sorm intente llamar a Leekpai?

Dox volvió a comprobar la hora.

—Tendríamos que comprar teléfonos nuevos, pero no he visto ninguno por aquí. Además, si hubiese, tampoco resolveríamos nada, porque seguirían pudiendo rastrear un aparato nuevecito que se enciende en medio del mercado. Además, no tenemos tiempo de activar un teléfono nuevo.

En ese momento entró en el establecimiento media docena de muchachas en edad de estar aún en el instituto o haberlo dejado hacía poco. Las observó un instante y recibió un golpe de inspiración.

—Espera —dijo—. Creo que he encontrado una solución a nuestro problema. No es perfecta, pero seguro que tampoco tiene nada que ver con lo que esperan los malos que hagamos.

Se acercó a las jóvenes.

—Perdonadme —dijo—. Perdonad mi intrusión. ¿Alguna de vosotras habla inglés?

Una de ellas hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y dijo con un marcado acento tailandés:

—Yo hablo inglés.

—¡Perfecto! Jovencita, quisiera comprar dos de vuestros teléfonos.

—¿Perdón?

Él se preguntó si de veras hablaría su lengua tan bien como aseguraba. Claro, que también podía ser que lo que la había desconcertado fuese la naturaleza de la proposición.

—Sé que estoy pidiéndoos algo muy poco corriente, pero necesito con urgencia dos móviles para esta noche y estoy más que dispuesto a pagar por ellos. —Sacó un rollo de billetes—. ¿Qué os parecen quinientos dólares por teléfono? —Contó diez retratos de Franklin—. ¡Qué leche! Que sean seiscientos. No tengo tiempo de regatear. —Contó dos más.

La chica miró a sus amigas y luego volvió a mirarlo a él.

—¿En serio?

—Claro que es en serio. Y aquí hay otros doscientos para demostrarlo. Setecientos dólares por teléfono —remató sacando otros dos billetes.

La joven volvió a consultar con sus acompañantes. Hablaron entre ellas, cada vez más emocionadas, hasta que varias de ellas corrieron a meter la mano en el bolso. Una sacó un teléfono y la siguió al instante una de sus amigas.

—Lo siento, señoritas, pero creo que ya tenemos dos ganadores. —Aceptó los dos aparatos y dio setecientos dólares a cada una de las vendedoras. Vio que se trataba de dos modelos antiguos de iPhone. Todo el mundo había salido ganando.

—Perdón, ¿están protegidos con contraseña?

Antes de que pudiera traducir la intérprete lo que acababa de decir, las jóvenes habían recuperado sus móviles para desbloquearlos y desactivar la protección. Vio también que estaban borrando todos sus mensajes de texto, pues era obvio que no querían que los leyese un extraño. Lo entendió perfectamente, aunque ni tenía el menor interés en hacerlo ni sabía descifrar una palabra en tailandés. Cuando se los dieron de nuevo, cambió al inglés el idioma de los dos.

Las saludó a todas haciendo un wai con los dos teléfonos sujetos entre las palmas de las manos.

—Gracias, jovencitas, y espero que no penséis que exagero cuando digo que puede ser que me hayáis salvado la vida.

Las dos exclamaron en inglés:

—¡Gracias! —Y echaron a correr, probablemente para comprar toda clase de artículos del mercado nocturno que habían dado por hecho que no podían permitirse.

—Muy bien hecho —aseveró Labi—. Yo una vez compré una furgoneta de una forma muy parecida.

Dox le dio uno de los móviles. Los dos comprobaron sus números, se llamaron para confirmarlos y volvieron a la entrada. Dox volvió a mirar al cielo. Había algo que seguía sin gustarle.

—¿Sabes? Vamos a quedarnos aquí quietos un momento. Tengo una idea.

Descargó Signal en el teléfono de la chica y luego lo usó para llamar a Kanezaki. Tras confirmar con él el número de identificación, dijo:

—¿Cómo va la cosa por ahí?

—Todavía no hay nada.

—Pues yo lo que tengo es un móvil nuevo. Signal está funcionando perfectamente ahora, pero, de todos modos, te daré el número por si me quedo sin señal wifi y tienes que llamarme directamente. —Le leyó el número.

Kanezaki quiso saber:

—Pero ¿qué ha pasado?

—Nada, solo estoy siendo precavido. No me llames más al número antiguo. Usa este en su lugar. —Colgó y dijo a Livia—: Vamos.

Siguieron andando y un minuto después encontraron una carretilla en la que vendían insectos fritos. Sacó el teléfono desechable que había estado usando hasta entonces y lo encendió. Labi, claro, sabía perfectamente lo que tenía en mente. Sin decir palabra, hizo lo mismo, le dio el aparato y empezó a pedir varios productos a la anciana que empujaba del carro. Mientras hablaba con ella, Dox se agachó como si fuera a ajustarse las sandalias de senderismo y echó los dos móviles a una caja que había apoyada en un estante de la parte baja de la carretilla. Cuando volvió a ponerse en pie, Labi tenía en las manos dos bolsas de insectos fritos. La anciana los saludó con un wai y siguió adelante.

Dox la observó alejarse.

—No le hará nada Dillon, ¿verdad?

Labi negó con la cabeza.

—Aunque estén siguiendo los teléfonos, en cuanto la vean se darán cuenta de inmediato de lo que hemos hecho.

—Espero que tengas razón, porque ya tengo suficientes motivos para arder en el infierno. —Volcó la bolsa para echarse a la boca un puñado de lo que hubiese dentro—. ¡Joder! ¡Mira que están buenos!

Labi le dio la suya.

—¿No te gustan los insectos?

Ella respondió tras una pausa:

—De niña, había veces que no encontraba otra cosa que comer.

Él se sintió de pronto como una mierda.

—Lo siento, Labi. No se me…

—No pasa nada. Es solo que no me trae muy buenos recuerdos. —Le regaló una sonrisa breve—. De todos modos, son peores los del puerto, así que no te preocupes por que vomitase.

Le gustaba verla bromear con él, aunque no estaba seguro de si se trataba de un signo de que se encontraba más cómoda con él o estaría, sin más, haciendo frente así a las tensiones propias de una misión como aquella. Tal vez hubiera un poco de todo.

Miró el reloj.

—Las nueve. Hora de contarle a Fallon que tenemos móviles nuevos. — Sacó su tarjeta, marcó el número y esperó mientras se establecía la llamada.

—¿Hola? —dijo aquella voz grave que conocía ya tan bien.

—Soy yo. Tengo móvil nuevo.

—Pues llegas justo a tiempo. Adivina quién acaba de llamar.

Miró a Labi y asintió con la cabeza.

—¿Sorm?

—Sí, señor. No he descolgado. Le he escrito diciéndole que no podía hablar y le he preguntado: «¿A qué hora?». He sido breve por motivos de seguridad y porque suponía que él esperaría algo así de Leekpai si ya habían acordado antes el lugar de encuentro. Él me ha contestado enseguida. A las diez en punto.

Dox sintió una agradable descarga de adrenalina.

—Mejor, imposible. Señor mío, cuando acabe todo esto, tengo que invitarlo a esa Singha que tenemos pendiente, aunque no le extrañará que le diga que yo pienso pedirme una Chang.

—Pues que sepas que no eres el único filisteo que tengo por amigo. Estaré por aquí en caso de que me necesitéis, al sur mismo de donde se supone que se va a celebrar la reunión.

—Te lo agradezco. Es de esperar que todo vaya sobre ruedas, pero alegra saber que tenemos apoyo en caso de necesitarlo. —Colgó—. ¿Lo has oído?

Labi asintió.

—A las diez, ahora solo necesitamos…

El teléfono de Dox vibró. Era Signal. Respondió.

—Lo tengo —anunció Kanezaki.

Dox hizo una señal afirmativa a Labi.

—Dime.

—En primer lugar, el número que me dijiste que puede ser el de Sorm se encendió hace cinco minutos en el aparcamiento que hay al oeste del mercado. Hizo una llamada y recibió un mensaje de texto.

—Eso lo sabía. ¿Algo más?

—Sí. Como suponíamos, hemos detectado dos desechables sin usar que se han encendido casi a la vez. El primero, en la misma posición del de la llamada del aparcamiento.

—Sorm.

—Sí. El segundo, desde el centro mismo del mercado.

—Dillon.

—Sí.

Mierda. Eso no estaba a mucho más de cincuenta metros de donde se encontraban ellos en ese instante. Por suerte, no habían topado con él. O quizá por desgracia.

—¿Se están moviendo?

—No lo sé. Ya han apagado los teléfonos. Sin embargo, he conseguido una traducción automática de la llamada.

Dox sonrió.

—Cuando te dije que hacías milagros no estaba exagerando.

—Dillon quería saber dónde estaba Sorm. Sorm anda ahora con mucha cautela. Le ha dicho que vaya a un sitio llamado Soul Garage, que está en el lado noroeste del mercado. ¿Lo conoces?

Dox había memorizado casi todo lo que había visto en línea.

—Lo conozco perfectamente. Es un sitio donde venden y personalizan motos clásicas en una de las zonas más tranquilas del mercado.

—Dillon estaba intentando sonsacar a Sorm y le ha preguntado si estaba ya allí. Sorm le ha dicho que todavía no y que lo espere delante. A Dillon eso no le ha hecho mucha gracia, porque esperaba tenerlo ya en posición, para que vosotros pudierais matar a Sorm y él pudiera mataros a vosotros. Ahora es él el que se ha convertido en un blanco fácil.

—Dudo mucho que Dillon vaya a permitir que pase eso, pero sí, lo más seguro es que vaya en esa dirección. Llámame si cambia algo. Voy hacia allí.

Colgó con el pulso acelerado al ver lo cerca que estaba de aquel hombre y de acabar con él.

—Lo más seguro es que Dillon se dirija al Soul Garage desde el sur. Sorm no sé qué hará. Puede que vaya hacia allí desde el aparcamiento del oeste, pero quiere que Dillon se presente antes que él, de modo que quizá vaya primero a verificar el camión con la mercancía.

—Deberíamos ir primero a por Dillon, que es…

—Escúchame. Ve tú al camión. Sorm podría estar yendo hacia allí. Así te podrás encargar de él mientras yo persigo a Dillon. Por la hora de la conversación, creo que ya voy tarde, pero, si me doy prisa, puedo llegar a tiempo.

—No quiero que…

—No, Labi. Sabes que te dejo conducir cuando quieras, pero esta noche, yo me encargo de Dillon. Él fue quien mató al dalái lama. Así tienes a Sorm para ti solita. Ese es el trato. Lo tomas o lo dejas.

No había querido ser tan duro, pero tampoco era el momento de andarse con gilipolleces.

Labi lo miró y dijo:

—Creía que éramos socios.

Joder, aquella mirada afligida lo mataba. Sin embargo, no podía permitirse semejante distracción.

—Sí, somos socios y nos hemos dividido el trabajo. Ve al puto camión. Si aparece Sorm, es tuyo. Si no, ve al Soul Garage, porque puede que esté allí. Venga, cagando leches, que no tenemos tiempo.

Dicho esto, se volvió antes de que la expresión de ella pudiera hacerlo cambiar de opinión y cruzó el mercado en dirección noroeste sin dejar de mirar a un lado y a otro. La gente, los toldos y la actividad convertían aquel lugar en el peor entorno que pudiera imaginarse para la contravigilancia, de modo que Dillon no lo tendría nada fácil para guardarse las espaldas. El problema era que los mismos factores que iban a hacer difícil que Dillon lo encontrase dificultaban también la operación de dar con Dillon.

Salió de la zona de los toldos y subió con rapidez por una calle delimitada por edificios bajos y alargados de ladrillo, cada uno de los cuales albergaba media docena de tiendas en las que se ofrecía cualquier cosa que pudiese haber inventado alguien en algún momento y fuera clásico y de mal gusto. A diferencia de lo que ocurría en la sección de antigüedades de la otra punta del mercado, allí reinaba la penumbra, pues no había más iluminación que unas cuantas bombillas incandescentes tendidas sobre su cabeza y la que salía del interior de los comercios. Y aunque a los dos lados de la calle se exponían camiones y microbuses antiguos, los ejemplares de más calidad y la multitud a la que atraían se encontraban en la otra zona.

La calle se hizo más oscura y quedó desierta. Aquello no le hizo ninguna gracia. Se mantuvo pegado a la hilera de vehículos que tenía a la derecha sin dejar de examinar los tejados largos y bajos y empuñando en todo momento la Supergrade que llevaba bajo la camisa.

«¿Dónde estás, hijo de puta? ¿Dónde…?».

Entonces oyó una voz a sus espaldas, procedente de unos dos metros y medio.

—No te muevas, Dox.

Quedó paralizado, con el torso invadido por un hongo nuclear de adrenalina. El muy cabrón había aparecido sigilosamente por entre los camiones aparcados.

Sin mover la cabeza, inspeccionó con la mirada la zona que tenía delante. No vio nada que resultase amenazador ni, por desgracia, de utilidad.

—¿Cómo le va, Dillon? —Oír tan calmada su propia voz le produjo una grata sorpresa.

—¿A mí? Muy bien. Quiero que saques muy lentamente la mano de debajo de la camisa. Sin nada, claro.

Dox obedeció.

—Perfecto. Y ahora dime: ¿dónde está la mujer?

—¡Vaya! Cherchez la femme. Un cliché tal vez, pero no por ello menos memorable ni cierto.

Transcurrió un segundo. A continuación, sintió una conmoción y una explosión de color blanco tras los ojos. Se tambaleó y por un instante pensó que había recibido un balazo. Sin embargo, acto seguido entendió que Dillon le había dado un culatazo en la cabeza.

—Muy gracioso —contestó el otro, desde una distancia que ya no era tanta como hacía un momento. Quizá dos metros o un metro y medio—. ¿Quieres oír algo serio? ¿Te ha dolido el golpe? Pues todavía tengo muchos más guardados para ti. Los tres tipos de Pattaya eran mis mejores hombres.

Dox sintió que le caía sangre por el cuello. Debía de tener un corte en el cuero cabelludo, pero no le importó. Más bien se alegró de tener una prueba de que seguía con vida. Además, le habían golpeado la cabeza más veces de las que podía contar, con puños, con sillas y, en cierta ocasión memorable, con un mazo de goma, sin demasiado efecto. Era duro de mollera, en un sentido figurado, por supuesto, pero también en uno literal.

Dillon, no obstante, lo ignoraba. Debía de pensar que el culatazo le había hecho un daño mayor. Además, aquel tipo se lo estaba tomando como algo muy personal. Si podía enfadarlo más —y, desde luego, Dox podía exasperar al más pintado; en eso no había nadie que lo superase—, podría hacer que olvidara de forma momentánea la norma que asevera que si puedes tocarlo puedes tomarlo y acercarse más de lo prudente por la satisfacción de infligirle un daño mayor.

Aquello era mucho suponer, claro, pero representaba una perspectiva mucho más esperanzadora que el resto de opciones que se le ofrecían.

—Entiendo que le doliera —dijo, imprimiendo cierto atolondramiento al tono de su voz y tambaleándose para dar a entender que el golpe había hecho mella en su equilibrio y su coordinación—. Escuece mucho darse cuenta de que lo mejor que tiene uno no es tan bueno como querría.

—Yo he combatido con esos hombres, gilipollas —repuso él. Más cerca. A menos de un metro y medio ya—. He sangrado con ellos.

—Pues no quiero pecar de optimista en exceso, pero la buena noticia es que creo que ellos ya no sangrarán más.

—Está bien —dijo Dillon. Como mucho estaba ya a un metro de él—. Voy a preguntártelo otra vez y, si oigo algo que no sea una respuesta directa, te encajo una bala en la cabeza. Dónde… está… la mujer.

En fin, no estaba tan cerca como Dox habría deseado, pero sí quizá lo suficiente. Y, de todos modos, tenía la impresión de que no le quedaba otra.

Se relajó, porque la tensión solo iba a conseguir frenar sus movimientos y hacerlos predecibles. Diría cualquier cosa incongruente que le acudiera a la cabeza por si podía crear con ello un segundo de distracción y se volvería de golpe para tratar de desarmarlo. Lo más seguro era que no funcionase, pero tampoco tenía mucho más que considerar. Simplemente era la única opción.

—Le voy a decir algo sobre las mujeres… —empezó a decir.

Lo interrumpió la voz de Labi.

—Si se te ocurre siquiera apretar el gatillo, será lo penúltimo que te pase por la sesera.

Sin pensarlo un instante, Dox giró en el sentido de las agujas del reloj a la vez que extendía el brazo derecho y arrebató la pistola de la mano de Dillon. Labi dio un paso atrás sin dejar de apuntarle desde atrás.

—Coño —dijo Dox—, pues sí que funcionan estas técnicas de desarme o, por lo menos, pueden funcionar. Siempre había albergado la esperanza de no tener que usarlas. —Miró maravillado la pistola y vio una preciosa SIG P229.

Lo invadió una oleada de alivio tan violenta que casi se le aflojaron las piernas.

—¡Guau! —añadió—. Para ser sincero, si me llegas a preguntar hace unos segundos, nunca habría dicho que seguiría de pie ahora mismo. Labi, no vuelvas a dejarme que te diga lo que tienes que hacer. De hecho, a partir de ahora, quiero que seas tú la que me lo diga a mí.

Dillon lo miró.

—No he venido por vosotros dos, capullo. Estoy aquí por Sorm.

Dox soltó una carcajada funesta.

—Usted y yo sabemos que eso es una verdad a medias.

Labi seguía en silencio y sin moverse. Sabía que Dillon era de Dox. Y que Sorm era suyo.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Dox apuntándolo con la SIG—. En otros tiempos era usted un puto héroe.

Dillon dejó escapar un suspiro, consciente a todas luces de que podía despedirse de su última treta.

—Cuanto más subes, más distinto se ve todo.

—¿Ah, sí? —espetó ella, incapaz al parecer de contenerse—. ¿Y cómo se ve desde su posición eminente la venta de niños al mercado de esclavos sexuales? Porque yo podría contarle mucho de cómo se ve desde el mío.

Dillon miró a Dox.

—Supongo que no hay ningún modo de que podamos empezar de cero…

Parecía más divertido por lo absurdo de la idea que ilusionado por la posibilidad de una respuesta positiva. Dox no pudo menos de admirar la calma de aquel hombre.

—Si lo hubiese habido —respondió—, lo mandó usted a hacer puñetas cuando mató al dalái lama.

—El dalái la…

Dox dio un paso a la derecha para que Labi no estuviera en la trayectoria de la bala en caso de que atravesase el objetivo y disparó a Dillon en la frente.

La cabeza de Dillon cayó hacia atrás y sus brazos se agitaron espasmódicos. Dobló las piernas y se desplomó de espaldas, golpeando el pavimento con un ruido sordo.

—Sí —repuso Dox—, el dalái lama. Eso va por él, hijo de puta. Y creo que hasta él lo habría aprobado.

—Busca su teléfono —dijo Labi—. Sorm.

Dox se arrodilló y se puso a registrarlo. Vestía pantalones cortos como todo buen turista y era un milagro que no lo hubiese oído tintinear al acercarse a él por la espalda, porque llevaba en sus numerosos bolsillos dos teléfonos móviles, uno de conexión por satélite y un rastreador de móviles, por no hablar de la SIG, dos cargadores de repuesto y una hermosa navaja Emerson CQC-10 de la que no dudó en apoderarse a modo de trofeo, costumbre que Rain no entendía por más que hubiera intentado explicárselo.

—No tenías que haberme seguido —aseveró mientras despojaba a Dillon de su equipo—. No es por ser ingrato, Dios me libre, sino porque en el camión habrías tenido muchas más probabilidades de matar a Sorm. Más nos vale rezar por que venga hacia aquí…

Por suerte, la pistolera de faja tenía más compartimentos y era extensible, porque a esas alturas tenía material para llenar una mochila entera. Se quitó la camisa, sacó la pistolera y empezó a meter cosas. Entonces miró a Labi, que estaba inspeccionando la zona con el arma bajada pero lista.

—¿Me estás escuchando?

Ella acabó su examen de los alrededores y lo miró.

—No vamos a separarnos.

Se trataba de un aserto sencillo, no tanto un argumento como una conclusión. Él, viendo que, de todos modos, no tenía respuesta alguna, asintió diciendo:

—Está bien.

De los teléfonos de Dillon solo estaba encendido uno de los móviles, de modo que ese tenía que haber sido el que estaba usando para comunicarse con Sorm. Dox lo dejó fuera. Cuando acabó de llenar la pistolera, tuvo que reconocer que no iba a ser fácil correr con todo aquello encima. Por lo tanto, se la echó a la espalda, en bandolera, y se volvió a poner la camisa sin abrochar. Tenía una pinta un poco rara, pero lo importante era que pudiera acceder con facilidad a la Supergrade.

Aunque no sabían de dónde podía llegar Sorm, era casi seguro que aún tendría intención de reunirse con Dillon en el Soul Garage, conque apretaron el paso en aquella dirección. Más adelante, la calle estaba más iluminada, aunque seguía sin haber mucho público. Al fondo había un taller abierto con el suelo de losas blancas y negras ante la fachada y un cartel en lo alto en el que se leía: Soul Garage. Frente a ella había una hilera de media docena de escúteres clásicas y, entre medias, en la acera, unas cuantas mesas con sillas ocupadas por un puñado de clientes que bebían café y fumaban cigarrillos. Daba la impresión de ser un club amén de una tienda.

Redujeron el paso y se agacharon entre dos camiones de bomberos antiguos estacionados a unos quince metros de allí. Labi estudió el tramo de calle que habían dejado atrás mientras Dox, de espaldas a ella, miraba en el otro sentido.

—¿Ves algo? —preguntó él.

—No.

En ese momento vibró el teléfono de Dillon. Dox miró a Labi y, al verla asentir, pulsó el botón de respuesta y se llevó el aparato al oído.

—Sí —dijo tratando de imitar el tono suave de Dillon y su acento de Nueva Inglaterra y hablando en voz baja como quien quiere evitar que lo oigan.

—¿Dónde estás? —El acento era extraño. Del Sudeste Asiático, quizá de Francia… Indescriptible.

—En el Soul Garage. ¿Y tú?

—Mirando al Soul Garage. ¿Quién eres tú?

Y colgó.

—Mierda. Nos ha descubierto, pero está cerca.

Los dos miraron a su alrededor con desesperación y no vieron nada.

—Tiene que estar enfrente —dijo Labi—. Si va al sur, hacia el contenedor, estará detrás de esos edificios. ¡Vamos!

Sacó la Glock y echó a correr. Dox la siguió empuñando la Supergrade. Al llegar al primero de los huecos que quedaban entre uno y otro de aquellos edificios alargados giró a la izquierda y de nuevo a la derecha. Delante, a treinta metros, tenían las carpas, las luces y el gentío.

—Más despacio —dijo Dox—. Más despacio. Así es como me sorprendió Dillon. Iba demasiado deprisa y no vi el lugar en que se había apostado.

Labi, sin embargo, no lo escuchó. Joder, sí que era rápida. Le estaba costando no quedarse atrás.

Al lado de las tiendas y hacia el sur había un hombre bajito con pantalón de vestir beis y camisa blanca. La clase de atuendo destinada a no llamar la atención. Tenía el pelo gris y llevaba un teléfono pegado a la oreja mientras se movía de un lado a otro con tanta rapidez como le era posible sin hacerse notar.

—Más despacio, coño —dijo Dox, que logró alcanzar a Labi y sujetarla por el brazo—. Creo que es él.

El hombre debía de tener poderes psíquicos o una suerte tremenda, porque en ese instante volvió la vista hacia ellos. Abrió los ojos de par en par al reconocerlos y abrió la boca con gesto aterrado antes de dar la vuelta y salir pitando para meterse en el mercado.

Dox y Labi corrieron tras él. Ella iba un poco por delante. A Sorm lo engulló enseguida la multitud, pero podía decirse con claridad cuál era su recorrido por la gente que gritaba, se veía empujada o caía al suelo. Alguien lanzó un chillido en el instante en que se volcaba un carro con freidoras que cubrió la acera de aceite hirviendo. Labi saltó para evitarlo, pero delante tenía más obstáculos. Era evidente que Sorm había ido derribando cuanto había a su paso y estaba consiguiendo su objetivo, porque había dejado tras de sí a docenas de personas tumbadas en el suelo o agitándose furiosas que estaban frenando su avance. Un tailandés iracundo espetó algo a Dox y trató de agarrarlo. Alguien más lo empujó, pero él siguió corriendo en zaga de Labi, más rápida y flexible que él.

Entonces acudió a su mente un pensamiento, claro como el agua entre tanta confusión:

«¿Por qué iba a ir sin compañía un cerebro de la trata como aquel?».

Habían cometido un error tremendo al no caer antes en ello y, en ese momento, Labi estaba centrada totalmente en Sorm. Su campo visual se había reducido en extremo.

Dox aminoró el paso, miró a su alrededor… y vio a un tailandés que salía de detrás de un tenderete y levantaba un arma.

—¡Labi! ¡Abajo!

Ella se agachó al instante. Dox disparó tres veces al pecho del hombre, que retrocedió tambaleante. Labi descargó dos balas más y el desconocido cayó al suelo.

La gente se dispersó entre gritos. Sorm siguió corriendo. Labi se puso en pie de un salto y corrió tras él. Dox la siguió. «A hacer puñetas nuestra intención de ser sutiles». Empuñaba la Supergrade con dos manos a la altura de la barbilla mientras avanzaba con toda la rapidez que le era posible e intentaba no pasar por alto a ningún otro…

Un segundo hombre apareció de un salto desde detrás de un puesto cuando pasó Labi y le apuntó a la espalda. Dox le encajó una bala en la columna y siguió adelante sin dejar de dispararle. El otro se derrumbó y él saltó por encima de él. Oyó más disparos y más gritos delante y pensó: «¡Oh, no! No, por favor».

Apretó el paso sin pensar ya en que pudiera escapársele alguno más. Con todo, no necesitaba preocuparse. Los tiros tenían que haber sido de Labi, porque había otro hombre tendido sobre el pavimento y rodeado de gente que chillaba y corría a alejarse.

En ese momento dejaron atrás la multitud y volvió a ver a Sorm. Estaba a poco menos de cuarenta metros de él y Labi corría justo entre los dos. Del aparcamiento situado al sur del campo de golf estaba saliendo un camión articulado que había cobrado ya velocidad. Sorm pasó delante de él y desapareció al otro lado cuando el vehículo lo rebasó.

El camión acelero más aún. Labi se plantó delante, apuntó al conductor…

El hombre debió de sufrir un ataque de pánico, porque echó el volante hacia la izquierda. Labi disparó y el vehículo se salió de la carretera. Las ruedas de la izquierda fueron a meterse en el canal de drenaje que había en la cuneta. El camión dio una sacudida, se inclinó…

El conductor tiró el volante a la derecha y consiguió evitar volcar, pero corrigió más de la cuenta su trayectoria y giró hacia la gasolinera. Las ruedas derechas se metieron en el canal del otro lado de la carretera, más hondo que el primero, y, aunque intentó cambiar de nuevo de dirección, las ruedas estaban ya en el aire y el camión escoró, volvió a dar en el suelo y se fue hacia los surtidores.

Dox volvió a ver a Sorm, corriendo por el vertedero que había al lado de la gasolinera. Debía de haber salido de la cabina y saltado desde el estribo al ver que se volcaba el camión.

El vehículo cayó sobre un costado, arrancó los surtidores y se detuvo con un temblor violento. Las luces de la gasolinera se apagaron y por un instante todo quedó sumido en las tinieblas. Entonces surgieron llamas anaranjadas del suelo que había bajo el contenedor.

—¡Saca a los niños! —le gritó Dox—. Yo persigo a Sorm.