Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 35 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 34

 

Había tantas cosas de las que ponerse al día en la comisaría central que Livia no volvió a su altillo hasta después de anochecer. Se dio una ducha, aunque esta vez tuvo que ser fría, porque seguía teniendo la piel en carne viva.

Se sentó delante de su escritorio y revisó algunos papeles mientras comía el arroz con verduras que había comprado en la calle. La ducha, la cena y el desfase horario hicieron que de pronto se sintiera agotada.

Se dirigió al altar, se arrodilló y encendió la vela y el incienso. Tras unos instantes de silencio, dijo en lahu:

—He conocido a un buen hombre, Nason, a un hombre bueno de verdad. Me ha ayudado. Es… amigo mío.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y tardó un instante en añadir:

—He intentado salvarte, pajarito. Lo he intentado con todas mis fuerzas.

Estuvo un buen rato sollozando mientras dejaba que se le pasara, porque sabía que, al final, ocurriría.

Cuando acabó, recobró el aliento y dijo:

—Los he matado, pajarito. A todos. A Cabeza Cuadrada, a Barbasucia, a los otros dos que los ayudaron y a un hombre llamado Sorm, que estaba detrás de todo lo nuestro y de muchos más asuntos del estilo. Ya no están. Están muertos. Todos los que nos hicieron daño. Muertos. Ya no van a poder hacerle daño a nadie más. Nunca más. Se acabó.

Estaba extenuada. Vacía. Tenía que dormir. Sí, dormir solamente. Dormir.

Se secó los ojos y apagó la vela.

Y en la oscuridad tuvo clara la verdad.

No se había acabado.

Y por más que pudiese hacer ella, jamás se acabaría.