Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 7 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 6

 

Dos horas después del primer y, con un poco de suerte, el único duelo a espada de su vida, Dox se encontraba dando cuenta de una sopa de fideos de arroz de las llamadas kuy teav en un puestecillo callejero de las inmediaciones del Mercado Olímpico. Era el único extranjero que había por los alrededores, pues el destino turístico más concurrido era el Mercado Ruso, llamado así por la popularidad que alcanzó entre los expatriados soviéticos en los ochenta. Sabía que no todo el mundo quería saber lo que llevaba el kuy teav de Phnom Penh (sangre de cerdo en gelatina, por ejemplo, así como, para rematarlo, alguna que otra víscera picada), pero él tenía un estómago a prueba de bombas y, de todos modos, en lo tocante a la comida, siempre defendía la máxima de que, donde fueres, haz lo que vieres. Por lo tanto, después de seguir una ruta digna de manual destinada a garantizar, fuera de toda duda, que no lo seguía nadie, dio con una mesa con mantel de plástico a la sombra de un toldo verde harapiento en la que disfrutar de su sopa rodeado de los sonidos de chisporroteo eléctrico del pop camboyano procedente de una radio cercana, que contaba con el acompañamiento orquestal de las voces de los comerciantes que regateaban con sus clientes y el clamor de las motocicletas y los tuk-tuks al pasar.

Aunque tenía el teléfono apagado y guardado en su estuche y había tomado precauciones excepcionales para llegar allí, seguía resultándole difícil sentirse tan relajado como de costumbre. Se le ponían los pelos de punta cada vez que pensaba en cómo había aparecido Zatōichi como de la nada. No conseguía imaginar cómo había podido encontrarlo aquel fulano ni dejaba de pensar en que quizá no fuera el único.

Levantó la escudilla para apurar el caldo que quedaba, encendió el teléfono desechable y, tras conectarse a una red pública, llamó a Kanezaki. El encuentro con Zatōichi lo había espeluznado sin duda. Y, si bien sabía que, como mínimo en teoría, era posible que su contacto hubiese estado detrás del ataque, en el fondo dudaba mucho que hubiera sido así. Lo conocía desde que Kanezaki no era más que un novato, aunque, evidentemente, dotado de un gran talento. Desde entonces habían vivido muchas cosas juntos. Dox había estado presente cuando Kanezaki había hecho su primera muerte y había seguido a su lado durante el proceso de superación posterior. Habían trabajado codo a codo en muchísimas misiones y habían logrado muchas cosas buenas juntos. Se habían protegido mutuamente varias veces cuando se había armado la de Dios es Cristo, con no pocos riesgos personales. Se le hacía imposible creer que aquel colega suyo lo hubiera traicionado.

Por lo menos, se negaba a creerlo.

—He estado intentando localizarte —dijo Kanezaki cuando lo llamó.

—Imagino —respondió Dox, que no pudo evitar sentirse aliviado al oír su voz—. He tenido el teléfono apagado. Ni te imaginas qué día he pasado.

Lo informó sobre lo que había ocurrido con Zatōichi. Podía ser que Kanezaki fuese la leche como actor, pero parecía de veras sorprendido, preocupado… y confuso. Coincidió en que, por descontado, debía de tener alguna relación con Gant. Y, dado que parecía apresurado, improvisado y, sobre todo, poco efectivo, los dos llegaron a la conclusión de que tenía que tratarse de una reacción precipitada, un empeño desesperado en eliminar al intermediario de Gant conforme al plan original.

—De todos modos, déjame contarte lo que he averiguado —dijo Kanezaki —, porque puede que te aclare algo.

—Eso estaría muy bien. No te voy a mentir. Si no te ha atacado nunca un tío con aires de samurái, no creo que seas capaz de apreciar debidamente cuánto marca la experiencia.

—No andaba muy descaminado con mi corazonada. Gant era de la Agencia de Espionaje del Departamento de Defensa.

Aquello, no sabía por qué, no lo sorprendió, aunque la noticia tampoco le supuso ninguna alegría. Desde luego, empezaba a dar la sensación de que Gant no era ningún don nadie.

Se puso en pie y empezó a caminar de un lado a otro, aunque con cuidado de no salirse de la zona en la que tenía conexión inalámbrica.

—¿De la DIA? —dijo—. ¿Y crees que el Pentágono iba a asesinar a un funcionario de la ONU para proteger a un puñetero agente?

—Hay que andar con cuidado para no mezclar lo que sabemos con lo que creemos. Sabemos que Gant te contrató para matar a Vann, pero lo presentó como Sorm. Creemos que se trataba de una operación de la DIA, pero es posible que Gant estuviese actuando por su cuenta o haciéndose pasar por agente de otro organismo. También creemos que la operación consistía en proteger a Sorm, aunque, por el momento, en ese sentido, lo único que tenemos es la palabra de Gant. No hay nada que lo corrobore.

—Eso es verdad. Lo que pasa es que estoy empezando a convencerme de que al bueno de Gant le gustaba mezclar un chorrito de verdad con sus mentiras. Acuérdate de que, al fin y al cabo, suponía que yo no iba a tener una vida larga y feliz después de nuestra conversación. De modo que, suponiendo que de verdad hayan montado todo esto para proteger a Sorm…

—La pregunta sería qué pudo ofrecer Sorm a la Agencia de Espionaje del Departamento de Defensa que justifique este tinglado.

Dox estudió la respuesta.

—Quizá no sea tanto lo que les ofreció como lo que podía sacar de ellos.

—O ambas cosas.

Dox se detuvo y miró a su alrededor. Sobre su cabeza, aparte de un amasijo de cables de teléfono y luz, se veía un cielo encapotado de color gris pastel. Se tiró del faldón mojado de la camisa para despegárselo de la espalda. Culpa, claro, de la humedad y de los efectos de su reciente enfrentamiento, pero la noticia que le acababan de dar tampoco estaba haciendo nada por refrescarlo.

—Pues parece —dijo al fin— que estoy metido en un buen lío. ¿No es verdad? Quiero decir que, si los de Gant piensan que me ha revelado algo sobre sus afiliaciones o sobre Sorm y la intención de protegerlo, querrán asegurarse de que me tapan la boca cuanto antes. Por eso tendrían a esos nativos esperándome al lado de la moto entre las sombras después de mi actuación y a lo mejor por eso acabo de tener que defenderme de un tío con espada. ¡En pleno siglo XXI, por Dios santo! ¡Quién me lo iba a decir!

—Puede ser que el de la espada estuviese al servicio exclusivo de Gant. De todos modos, tienes razón: parece más probable que lo enviara la gente de Gant como plan B apresurado al ver que no salió bien el de acabar contigo justo después de que tú mataras a Vann.

—Claro y, como tenían la intención de matarme a mí enseguida, lo que pretenden es acabar con eso antes. Si yo calculo un cincuenta por ciento de probabilidad de que los hombres de Gant supieran de mí, es de suponer que ellos pensarán lo mismo de la posibilidad de que Gant me contara algo más de lo que debía. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, esperaba verme muerto de allí a cinco minutos. ¿Crees que una gente así va a querer arriesgarse? ¿Tú lo harías?

Hubo una larga pausa tras la que Kanezaki respondió:

—No.

—Pues claro que no. Y yo tampoco. Por eso tengo que ponerme en lo peor. Lo más seguro es que los hombres de Gant sepan que existo y se imaginen que sé más de lo que debería. Pero ¡si tienen que estar convencidos de que maté al bueno de Gant porque su operación me provocaba ciertos escrúpulos! Lo que, por cierto, no se aleja mucho de la verdad. La situación ya sería desesperada si solo fuese una cuestión de revancha, y no es así.

—Tienes razón. También intentan proteger la integridad de su operación.

—Eso opino yo, porque, sea cual sea, es lo bastante importante como para matar por ella a un funcionario de la ONU. Si sale a la luz, esto va a levantar ampollas entre la gente de Gant, conque resulta mucho más barato matarme sin más y contratar a otro para que acabe con Vann.

—¿Qué vas a hacer?

Dox meditó unos instantes. El cuerpo le pedía matar a un montón de gente, a unos por representar una amenaza directa y a otros para que transmitiesen el siguiente mensaje: «Métete en tus asuntos si no quieres que la próxima cabeza a la que revienten los sesos desde un kilómetro de distancia en condiciones de escasa visibilidad sea la tuya».

Sin embargo, Kanezaki ya había dejado claro que lo horrorizaba imaginar a Dox enterrando el hacha de guerra en la cabeza de la persona equivocada, de modo que decidió que lo más sensato era actuar con más delicadeza.

—En realidad, no puedo saber lo que voy a hacer hasta tener más información sobre a quién se lo voy a hacer y por qué. Y creo que tengo que empezar por el fulano de la ONU, por el mismísimo señor Vannak Vann, que está aquí, en Phnom Penh. Si de verdad lo conoces como dices, quiero que me conciertes una reunión con él. Cuanto antes, porque no pienso quedarme por aquí más tiempo del necesario.