Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 6 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 5

 

Aquella noche, Livia volvió tarde en la Ducati al altillo que ocupaba en una nave industrial. El sol seguía muy por encima del horizonte y el aire era fresco y seco, unas condiciones perfectas para montar en moto, aunque en esa ocasión no iba a sacar partido de ellas. Había estado todo el día, mientras trabajaba en las investigaciones que tenía abiertas, interrogaba a los testigos, se ponía en contacto con los trabajadores sociales y se preparaba para prestar declaración en un juicio de violación, pensando en los archivos de Little. Había sentido la poderosísima tentación de acceder al sitio web protegido que le había dado, pero sabía que, una vez que empezara, no sería capaz de dejarlo. Además, quería entrar desde su propia red privada virtual y no desde la de la comisaría, no por ningún motivo concreto, sino por mera precaución. Tenía muy claro lo que iba a hacer con Barbasucia y con Cabeza Cuadrada si los encontraba y no quería arriesgarse a que ninguno de sus compañeros pudiera tomar nota de sus intenciones.

Por supuesto, si en sus archivos había información relevante sobre la muerte violenta de dos policías tailandeses mientras ella estaba allí de servicio, Little podría sospechar. Si algo salía mal, se iba a ver metida en un buen lío, pero en ese caso ya buscaría la manera de salir de él. Cada cosa a su tiempo.

Su apartamento estaba en un barrio industrial. Era la planta alta de un edificio monstruoso y antiquísimo de tres alturas situado en un callejón sin salida mal llamado South Garden, porque de jardín no tenía nada. A ella, sin embargo, le encantaba: estaba aislado y, por la noche, cuando se marchaban a casa los mecánicos, se quedaba tan vacío como el resto de la zona, reducida a un conjunto de ladrillo, chapa corrugada y alambre de espino desde el que no se veía una sola urbanización de lujo. El hecho de haber investigado un robo allí siendo novata había sido uno de los mayores golpes de suerte que había tenido en su vida, porque al propietario le encantó la idea de tener a una poli viviendo en el piso que había sobre el taller y se lo alquiló a un precio irrisorio.

El sol se estaba reflejando ya en las ventanas occidentales cuando bajó de la moto, convirtiéndolas en espejos de las aguas verdes del Duwamish y otorgando a la fachada el aspecto de algo a un tiempo sensible y extrañamente estoico. Metió la Ducati en el pasillo de la primera planta, cerró las puertas con llave y subió las escaleras que llevaban a su ático. Aunque deseaba sumergirse de inmediato en los archivos de Little, primero tenía que ducharse. Se trataba de un ritual —no solo para ella, sino también para otros inspectores especializados en delitos sexuales— en el que usaba el agua caliente para eliminar la suciedad real y metafórica que adquiría con el contacto diario con sádicos, violadores y estupradores, gentes tan abyectas que costaba creer que fuesen de veras humanas. Ninguno de sus colegas de profesión podía negar la existencia del mal ni dejar de preocuparse, en un sentido u otro, por la posibilidad de sufrir contaminación por el contacto prolongado con él.

Después de secarse, se puso los pantalones del [4] gi de jiu-jitsu y una sudadera, tomó su Glock y dirigió la mirada al santuario del rincón, conformado por un Buda pequeño de madera que había tallado siendo adolescente, un incensario y una fotografía suya y de Nason tomada durante su infancia en el bosque. En los dieciséis años que habían pasado desde la fecha en que las separaron hasta el momento en que Livia supo de la muerte de su hermana, no había habido un solo día en el que no se hubiera dirigido a ella en voz alta, casi siempre delante de aquel altarcito. Sin embargo, desde que había dado sepultura a los restos de su pajarito en Chiang Rai, había hecho lo posible por no hacerlo. En realidad era una bobada, pues, aun cuando no articulara frase alguna, seguía teniendo las palabras en la cabeza. Ya no prometía que nunca dejaría de buscar a Nason, sino que jamás dejaría de perseguir a los hombres que le habían hecho daño.

«No seas tonta».

«Es un rito y los ritos no tienen nada de malo. Igual que las duchas que te das con agua hirviendo. ¿A que con eso te sientes mejor?».

Dejó escapar un suspiro y se dirigió al santuario. Dejó la Glock a un lado, sobre la esterilla, encendió una vela y una barrita de incienso y unió las palmas de las manos ante su frente para hacer el wai tradicional mientras cerraba los ojos e inclinaba la cabeza hacia delante.

—Lo siento, pajarito —dijo—. Siento no haber hablado contigo tanto últimamente, pero… ahora creo que tengo información nueva, información que me podría llevar al resto de esos hombres. Voy a encontrarlos. No pienso dejar de buscar. Nunca, hasta que estén todos muertos. Hasta haber completado mi misión. Hasta que se acabe.

Recogió la Glock, tomó del frigorífico un batido de proteínas y un frasco de verduras variadas y se dirigió al escritorio para encender el portátil. Introdujo la URL de la página segura y, un instante después, fue a ocupar la pantalla el emblema del águila con el escudo y la frase: «Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Acceso protegido. Se requiere autorización».

Sonrió. Tenía esa autorización. Tecleó la primera de las dos contraseñas que le había proporcionado Little y, a continuación, navegó por menús y submenús hasta dar con una página del HSI llamada Quis Custodiet, por el aforismo latino que se preguntaba: Quis custodiet ipsos custodes?, «¿Quién vigilará a los propios vigilantes?».

Sintió la oleada de nervio, determinación y odio que le era tan conocida. El dragón.

«Yo», respondió mentalmente antes de introducir la segunda contraseña, que le dio acceso a cuanto podía haber soñado: una base de datos cruzados de los principales sospechosos de la policía real tailandesa que incluía fotografías y toda clase de detalles. Aunque su entusiasmo hizo que resultara dolorosísimo, pasó media hora consultando y siguiendo las conexiones de nombres elegidos al azar a fin de ocultar su verdadero objetivo a quien pudiese estar registrando su actividad por mediación de las contraseñas que le había dado Little.

Solo después de convencerse de que había creado una pantalla de humo lo suficientemente gruesa para despistar a cualquiera que la estuviese observando, se permitió buscar a Chanchai Vivavapit, Calavera. Aparecía como difunto, cosa que ella ya sabía, pues para algo lo había matado con sus propias manos, pero también se recogía una extensa biografía que incluía cada una de las unidades en las que había trabajado desde 1995, año en que había entrado a formar parte del cuerpo policial. Lo único que tuvo que hacer fue consultar entre los integrantes de dichas unidades para dar con los hombres que buscaba. Nunca olvidaría sus rostros, sus olores ni las cosas que le hicieron en la cubierta mugrienta del barco que las transportaba desde Bangkok cuando tenía solo trece años y no había alcanzado siquiera a imaginar que pudiesen existir horrores semejantes.

Cabeza Cuadrada era Sarawut Sakda y Barbasucia, Krit Juntasa. Los dos habían servido con Calavera en una unidad de la Patrulla Fronteriza, luego en Narcóticos y, por último, en la Oficina Central de Investigación. Barbasucia/Juntasa seguía en activo y tenía aún aquellos mechones de pelo grasiento en la cara, aunque ya más grises que negros, pero Sakda, cuyos insólitos rasgos faciales no habían cambiado con los años, estaba de baja médica según los registros. Se preguntó qué podría significar aquello.

Pasó horas pegada al monitor, recurriendo de vez en cuando a sus búsquedas aleatorias a fin de ocultar lo que de verdad le interesaba. El sonido de las teclas de su ordenador reverberaba en el silencio de aquel altillo cavernoso custodiado por imponentes piezas de maquinaria sin usar que la rodeaban como centinelas mudos sumidos en las sombras. Se detenía a menudo a hacer capturas de pantalla de las páginas más relevantes por miedo a que Little cambiase de opinión y le denegara el acceso. Se olvidó del batido y las verduras. Perdió la noción del tiempo hasta que, bien entrada la noche, tuvo una revelación de las que reciben de cuando en cuando los policías, tan clara, tan evidente, que no pudo sino maravillarse por no haberse dado cuenta antes. Se recostó en su asiento con la mirada perdida y la boca ligeramente abierta mientras trataba de dar sentido a la forma que, de pronto, habían adoptado los hechos.

Llevaba toda su vida creyendo que a Nason y a ella las habían elegido al azar, que no eran más que dos niñas desventuradas a las que habían vendido sus padres pobres en la aldea que habitaban en las colinas de Tailandia y a las que habían trasladado a América para traficar con ellas y violarlas de forma reiterada durante el trayecto. Cuando el barco que las transportaba arribó a Portland, las habían separado. A Livia la habían llevado a otra embarcación, una gabarra que había seguido navegando por el río hasta Llewellyn (Idaho), donde la habían rescatado en una operación policial. Fred Lone, industrial temido y admirado en toda la ciudad, la había acogido y había recibido numerosos elogios públicos por el altruismo que habían demostrado su esposa y él. A continuación, había empezado a abusar sexualmente de ella de manera sistemática. Ella también había atribuido aquello a la mala suerte, a un karma desastroso. Ni siquiera después de haberlo matado con diecisiete años, usando un estrangulamiento que había aprendido en sus clases de jiu-jitsu, se había parado a pensar cómo era posible tener tan mala estrella. Tal vez en lo más íntimo había dado por hecho que se trataba de un castigo por no haber sabido proteger a Nason. Tal vez había sido demasiado joven y había estado demasiado traumatizada como para poder ver las cosas con más claridad. El caso es que, fuera por lo que fuese, nunca se había planteado que lo que les había ocurrido a su hermana y a ella podía no haber tenido nada que ver con el karma.

De todos modos, jamás había dejado de buscar a Nason ni de esperar a que dejasen en libertad al único superviviente de la redada policial de Llewellyn, un supremacista blanco llamado Timothy Tyler y apodado el Hierba. Cuando llegó el momento, le sacó nueva información que la llevó a darse cuenta de que a su hermana y a ella no las habían raptado al azar. Lo que supo por Tyler la llevó a investigar en direcciones distintas y a abrir pistas que había creído borradas por el tiempo. De niños, Fred Lone y su hermano Ezra, que llegó más tarde a senador, habían abusado sexualmente de sus propias hermanas de manera tan despiadada que habían provocado la muerte de una y dejado a la otra al borde de la locura. Más tarde, cuando los hermanos ya se habían hecho hombres, decidieron que querían volver a disfrutar de dos hermanas adolescentes, de dos hermanas que se quisieran y se profesaran devoción mutua como lo habían hecho las suyas, que estuviesen dispuestas a hacer cualquier cosa por protegerse la una a la otra, a soportar cualquier humillación que pudieran ingeniar aquellos dos desviados.

Hacía ya dos meses desde que Livia había seguido al senador a Bangkok para matarlo, no sin antes averiguar que se había deshecho de Nason hacía ya años. De Nason, su pajarito. Había recuperado el cadáver en una fosa común de Maryland y, tras incinerarlo, había enterrado a la pobre Nason en las colinas esmeralda de Chiang Rai, donde las dos habían compartido su infancia.

Se apartó del monitor y pestañeó con fuerza. Sus lágrimas cayeron al suelo. Entonces soltó un largo suspiro y se puso a buscar de nuevo.

Se había dado cuenta de que la impresión que había sufrido al conocer los detalles de su secuestro había hecho que centrara su atención casi por entero en lo ocurrido: dos hermanos enfermos, un hombre de negocios acaudalado y un senador al que sobraban contactos tailandeses tanto por el puesto que ocupaba en la Comisión de Asuntos Exteriores como por su interés en la trata; el ansia por revivir las depravaciones de su infancia, y un pedido, a través de las conexiones que tenía en Tailandia, de dos hermanas de la edad adecuada, el aspecto apropiado y el grado deseado de devoción mutua.

Sí, la resolución del misterio ineludible de lo que había ocurrido la había apartado de tomar en consideración un elemento secundario, pero también de suma importancia: el cómo.

¿Cómo se habían hecho con las niñas? ¿Cómo se había transmitido aquel pedido especial de los hermanos Lone nada menos que desde Washington y Llewellyn hasta las tribus lahus de las selvas tailandesas del Triángulo de Oro? ¿Quién había negociado una venta tan concreta y especial desde semejante distancia?

Ezra Lone había tenido contactos con el mayor sindicato del crimen de Bangkok, una organización que había aplastado a sus rivales gracias en parte a su patrocinio y en cuyos encargos había pesado más la cantidad que cualquier otro factor. Cincuenta chicas tailandesas menores de veinte años para burdeles europeos. Cien hombres rohinyás para los pesqueros del golfo. El sindicato del crimen trabajaba para el mercado en general y no se ocupaba de satisfacer encargos a medida. Y el de Nason y ella, por lo que había sabido mucho más tarde, había sido un envío extremadamente insólito que respondía a la demanda extremadamente detallada de dos hombres concretos.

Recordó que Calavera y los otros hombres habían llegado a su aldea con una fotografía suya y de Nason que habían conseguido a través de la madre de las niñas y habían hecho llegar a los Lone para que la aprobasen. ¿Quién pudo haber tenido los brazos tan largos para encontrar a dos hermanas lahus de las características deseadas y hacer llegar su imagen a Washington y Llewellyn? Si los dos hermanos habían querido ver aquella instantánea, también debieron de pedir otras para asegurarse de que se les ofrecía una selección adecuada. En un primer momento, había dado por hecho que la fotografía suya y de Nason no tenía más cometido que el de confirmar que aquellos hombres se estaban llevando a las crías apropiadas, pero entonces cayó en la cuenta de que los Lone seguro que desearon en su momento contar con varias candidatas entre las que elegir.

Siguió investigando, haciendo alguna que otra captura de pantalla, tomando nota de las redes de contactos, asimilando pautas y estudiando no solo las conexiones que se recogían en aquellos archivos, sino también lo que podía faltar.

La relación con el senador había resultado increíblemente valiosa para aquel sindicato del crimen, pues le había permitido monopolizar en la práctica el tráfico de personas en Tailandia. Él les había hecho un encargo muy poco usual, algo que sabían que le complacería en extremo si conseguían satisfacerlo como era menester.

¿A quién pudieron recurrir para lograr una cosa que escapaba a su manera habitual de proceder en la trata? ¿Quién era la araña situada en el centro de aquella red?

La luz gris había empezado a acudir a rastras al cielo que se extendía más allá de las ventanas cuando pensó haber dado con la respuesta. Todo apuntaba a que solo había una persona que hubiese estado en activo el tiempo suficiente, que tuviera los contactos necesarios, que hablara el número necesario de idiomas, que conociese a la cantidad adecuada de funcionarios de aduanas y que invirtiera en las propiedades convenientes para mantener en su puesto a los políticos locales.

Se llamaba Rithisak Sorm.