Mercado nocturno
Capítulo 4
Aquella tarde, Dox paseó por una calle amplia y polvorienta de la margen occidental del Bassac y, poco más allá, el Mekong. Se secó el sudor de la frente mientras observaba los alrededores y tomaba nota de los lugares en los que podría ocultarse un tirador o desde donde sería fácil tender una emboscada. Todo parecía ir a pedir de boca. Resultaba sorprendente lo rural que era todo Phnom Penh a poco que se alejase uno del centro de la ciudad. Allí había más bicicletas que tuk-tuks y sonaban tan pocos motores que alcanzaba a oír a su paso los insectos que zumbaban en los árboles. Los edificios también eran más pequeños y el terreno que mediaba entre ellos estaba poblado de gallinas esqueléticas y perros ociosos. Sin embargo, había numerosas obras que daban la sensación de que, de allí a unos años, el barrio estaría abarrotado de apartamentos de lujo y letreros de Starbucks. No pudo menos de alegrarse de la ocasión que se le brindaba de verlo antes de aquella transformación.
Si al final Kanezaki concertaba una reunión con Vann, quería conocer bien la zona. Por eso había buscado la dirección de la sede de las Naciones Unidas en Phnom Penh y se había decidido a echar un vistazo de cerca. Paseando sin prisa, acabó por llegar a un edificio de hormigón de cuatro plantas que destacaba en dimensiones y robustez entre el resto de los de la manzana. En el cartel azul que tenía delante se leía: Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, tanto en jemer como en inglés. Lo envolvía un muro de dos metros y medio pintado de un chocante color rosa grisáceo y coronado por alambre de espino, aunque, en comparación con la embajada, se diría que allí no habían considerado prioritario el asunto de la seguridad. En el muro había varias cámaras de vigilancia a las que apenas prestó atención. Sin riesgo no había recompensa.
Siguió caminando sin prisa, estudiando el terreno con aire despreocupado, imaginando por dónde podría echar a correr o contraatacar si ocurría tal cosa o tal otra y asegurándose de no parecer sino un turista que contemplaba las vistas para que quien pudiera reparar en su presencia se convenciera de que no tenía nada que temer.
Cuando quedó satisfecho con lo que había aprendido de aquel barrio decidió dirigirse al Museo del Genocidio. Nunca había ido a verlo, porque se consideraba bastante al tanto de los horrores de este mundo, pero había que matar el tiempo y, teniendo en cuenta lo que le había dicho Kanezaki de Sorm, pensó que no le vendría mal echar un vistazo.
El museo estaba a unos tres kilómetros del edificio de la ONU, pero no le molestaba el calor y, además, la experiencia le había enseñado que el mejor modo de conocer una ciudad era recorrerla a pie. Se dirigió al norte por el bulevar de Preah Monivong, algo más ruidoso de lo que habría deseado para un paseo por culpa de los dos carriles que lo recorrían en cada sentido. En cuanto pudo, puso rumbo al oeste y volvió a encaminarse al norte en la calle Oknha Nou Kan, una vía vecinal mucho más tranquila transitada sobre todo por tuk-tuks y bicicletas y conformada por escaparates y casas de tamaño modesto entre parcelas abandonadas, a un lado, y un canal de drenaje al otro. Apenas había transeúntes, porque los lugareños eran demasiado listos como para andar bajo aquel sol, y pudo disfrutar de la sensación de tener la calle casi para él solo.
A mitad de camino, a unos quince metros de él, un mendigo ciego dobló con cuidado la esquina de la calle y se dirigió andando hacia él. Llevaba unas gafas de sol grandes y un bastón largo que movía delante de él con la mano derecha para dar golpecitos en el suelo de un lado a otro. En la izquierda sostenía una escudilla y Dox fue a llevarse la mano al bolsillo para darle unas monedas.
De los cimientos en ruinas del edificio que había a la derecha de aquel fulano sobresalía una tubería, que el mendigo esquivó desviándose de la trayectoria recta que había seguido hasta entonces sin necesidad de tocarla con el bastón.
Dox retiró indignado la mano del bolsillo. Un farsante. Desde luego, estaban por todas partes.
En ese momento estaba ya a poco más de diez metros de él sin dejar de tentar el suelo con el bastón. Era calvo, aunque el poco pelo que le quedaba, rapado, era del tono oscuro de los del país. El moreno de la piel tampoco era raro allí. Sin embargo, por más que las gafas ahumadas no dejaran ver sus ojos, por la estructura ósea que alcanzaba a ver daba la impresión… No estaba seguro de cuál podía ser su procedencia, pero tenía claro que no era de Camboya.
¿Un mendigo farsante extranjero? No era imposible. Podía ser que uno de sus padres fuera jemer y el otro de cualquier otro sitio, pero, de todos modos, ¿por qué iba a llevar unas gafas tan grandes un ciego, aun siéndolo solo de pega? Lo único que necesitaba era ocultar los ojos. Lo demás sería peso extra que tendría que llevar todo el día sobre la nariz y las orejas…
A no ser que también quisiera esconder su rostro.
Nueve metros.
La escasa distancia y el hecho de estar sobre aviso le permitieron percibir otros elementos discordantes. Aquel tipo llevaba pantalón corto y camiseta, además de zapatillas de deporte, y la musculatura de sus brazos y sus piernas era digna de un bailarín o un gimnasta. Es verdad que no hace falta ver para hacer ejercicio, pero, aun así, le resultó extraño, sobre todo si no era ciego de verdad, porque nunca había visto a uno de aquellos farsantes que no estuviera escuálido y desnutrido y aquel tío daba la impresión de no haberse saltado en años su batidito proteínico de fruta y suero.
Tampoco tenía cicatrices en las rodillas ni en las canillas, ni otras de las marcas que cabría esperar de toda una vida dedicada a recorrer la ciudad sin más ojos que un bastón.
Para colmo, lo más importante, lo más revelador eran las vibraciones que transmitía aquel tipo, más intensas a medida que se acercaba. Como si diese la impresión de estar concentrado, de estar preparándose para hacer algo, algo gordo. Pocas personas saben ocultar por completo una intención así. Rain sabía. Dox también. Pero, tuviera lo que tuviese aquel prenda en la cabeza, se estaba filtrando de algún modo hasta traslucirse en su comportamiento: su postura, su ritmo, sus andares… Quizá no se tratara de nada que fuera posible expresar, sino de algo que aprendía a leer el inconsciente de quien había subsistido un tiempo en el lodo y pretendía seguir con vida.
«Pero ¿cómo va a atacarme nadie por aquí si ni siquiera yo sabía que iba a tomar este camino?». Su cabeza le decía que tenía que estar equivocándose, pero sus tripas no se lo creían.
Desde luego, había un modo de determinar quién tenía razón. A la izquierda de Dox había un edificio derruido y el bordillo que tenía delante se había visto reducido a un montón de escombros. Si se equivocaba acerca de aquel tipo, tendría que compensárselo con un buen puñado de monedas en aquella escudilla. Y, de todos modos, acabaría metido en un buen lío.
Seis metros.
Se agachó y recogió con la mano izquierda un puñado de cascotes del tamaño de una pelota de golf. Se pasó el más pequeño a la derecha y lo lanzó directamente a la cara del ciego.
La piedra silbó y el señor Invidente se encogió en el último momento, justo antes de que el proyectil fuera a golpearlo debajo de las gafas. Lanzó un chillido y dejó caer la escudilla, que dio en el suelo con un ruido metálico, antes de dar un paso atrás. Se palpó la mejilla unos segundos, como si quisiera comprobar el alcance del daño, antes de que el gesto se le transformara por la rabia. Con la mano que le quedaba libre asió con firmeza la caña del bastón, tiró de él y quedó de pronto con una vaina en una mano y una espada en la otra. Joder.
Por un instante loco, Dox pensó en Zatōichi, el espadachín errante sin vista de aquella serie antigua de películas japonesas. Entonces, el farsante tiró la vaina, aferró la espada con ambas manos y atacó.
Dox sintió una descarga colosal de adrenalina que suprimió todo sonido e imprimió lentitud a cuanto lo rodeaba. No había tiempo para sacar la Emerson Commander que llevaba en el bolsillo delantero del pantalón corto. Además, la de usar una navaja para hacer frente a un fulano con espada era la clásica ocurrencia que hacían constar los marines en el epitafio de un compañero para que sirviese de lección a otros.
En lugar de eso, se pasó otra piedra a la mano derecha y la arrojó como quien lanza una bola rápida en un partido de béisbol. Habría preferido darle de nuevo en la cabeza, pero sabía que con aquellos proyectiles no tenía tanta maña como con el fusil y optó por apuntar al pecho. Zatōichi se detuvo, se volvió para protegerse el costado derecho y recibió un fuerte impacto en el hombro izquierdo. Dox se pasó al instante otra piedra a la mano con las que las lanzaba y volvió al ataque. El cascote fue a dar en el mismo lugar, pero esta vez arrancó un grito al fulano, que, sin embargo, volvió a abalanzarse hacia él a la carrera, serpenteando con la intención evidente de evitar que lo alcanzara de nuevo.
Dox lanzó otro proyectil. Este fue a dar en el cuello de Zatōichi, que volvió a detenerse. El siguiente le golpeó el pecho en el momento en que giraba para tratar de evitarlo y lo sentó en el suelo. Aunque aquel golpe había tenido que hacerle un daño terrible, el tipo se puso en pie y volvió a avanzar hacia él en zigzag.
Dox se hizo con otras tres piedras y lanzó la primera. Los dos estaban ya a poco más de tres metros, de modo que se decidió a apuntar a la cabeza. Zatōichi debía de estar dolorido, porque volvió a detenerse y rotó el cuerpo para tratar de bloquear el golpe. Sin embargo, lo único que consiguió fue que el canto le diera en el antebrazo, de tal manera que estuvo a un palmo de cortarse la cara con su propia espada. Dox arrojó la segunda piedra y le acertó en las gafas, que salieron disparadas. Sí, daba la impresión de ser una mezcla de jemer con algo más.
El fulano lanzó un aullido al mismo tiempo que empezaba a caerle sangre por el rostro. «Corre, hijo de puta. No seas gilipollas —pensó Dox mientras preparaba la tercera piedra, casi del tamaño de un puño—. No sé cuánto te habrán pagado, pero seguro que no es para morir por lapidación».
El otro, no obstante, permaneció donde estaba. Quizá se hallara excepcionalmente motivado o aterrado, aunque también cabía la posibilidad de que fuera excepcionalmente idiota. Miró a Dox, dejó escapar un grito de guerra y cargó de nuevo contra él sosteniendo la espada por encima de la cabeza con dos manos como un puñetero samurái.
Pero los samuráis llevaban armadura y Zatōichi no. Dox se concedió un segundo extra para apuntar con cuidado antes de lanzarle la piedra a la cara. El proyectil fue a aterrizar en su objetivo con un crujido brutal y el tirador alcanzó a ver que los ojos del tipo perdían su enfoque. Con todo, el atacante consiguió tambalearse hacia delante blandiendo la espada, pero ya no la llevaba en alto. Dox dio dos grandes pasos a la derecha para apartarse de su camino. Llevó la mano a la Commander, pero antes de que pudiera sacarla, Zatōichi se estremeció y adelantó un pie con un movimiento extraño recién aprobado por el Ministerio de Pasos Tontos. A continuación, se le doblaron las rodillas y cayó al suelo.
Toda una suerte, porque Dox se había quedado sin piedras. Sin dar al samurái un segundo para recobrarse, se adelantó, levantó un pie y estrelló el talón contra el cuello del fulano como quien intenta partir una rama para hacer leña. El cuerpo de Zatōichi se convulsionó. Consiguió colocar un brazo frente a sí como para levantarse y Dox volvió a golpearlo una vez y luego una tercera. Cuando llegó a la cuarta, el desconocido había quedado inmóvil por completo.
Inspeccionó los alrededores. Los pocos viandantes que había por allí cerca lo estaban mirando boquiabiertos. Aunque no vio ninguno apuntando con la cámara de su teléfono, sabía que no tardarían mucho en salir de su aturdimiento, así que agachó la cabeza, se llevó las yemas de los dedos a la frente mientras apoyaba los pulgares en las mejillas y, con los codos pegados al cuerpo, se dirigió al este por la primera bocacalle para volver a poner rumbo al bulevar de Preah Monivong.
Todo había ocurrido con tanta rapidez que ni siquiera había tenido tiempo de reparar en el miedo que lo había invadido. Sin embargo, después de tomar dos tuk-tuks al azar para alejarse todo lo posible del lugar de los hechos, empezó a temblar. Pidió al conductor que se detuviera y siguió a pie hacia el complejo religioso de Wat Angk Portinhean. Caminó en círculos, manteniéndose a la sombra cuanto le fue posible y, a pesar de sentir que el resto de visitantes debía de ser consciente de su inquietud, fue incapaz de ocultarla por completo. ¿Qué diablos había sido aquello? ¿Había ocurrido de verdad?
No cabía duda de que aquel tío había ido allí por él. ¿Qué otra explicación había? ¿La de un mendigo que se hacía pasar por ciego y era aficionado a las espadas camufladas, que se había cabreado al verse descubierto por Dox y lo había atacado con tanta ferocidad y determinación durante un enfrentamiento en el que, aun cuando hubiese salido vencedor, habría recibido heridas por impacto de piedra que habrían tardado medio año en sanar? ¡Qué va! Si el resto de explicaciones no tenía demasiado sentido, aquella era absurda por completo. Además, Dox había sentido un cambio de actitud claro en aquel fulano en el momento en que lo había visto, algo semejante al que se producía en un misil en el momento en que fijaba un objetivo.
Pero ¿cómo había podido saber aquel tipo dónde encontrarlo? Dox había apagado el teléfono después de llamar a Kanezaki y lo había guardado en la funda especial con la que viajaba precisamente para evitar que lo localizaran. Era una lección que había aprendido bien, y por las malas, hacía unos años en Bangkok.
Además, no había hablado con nadie de sus planes. ¿Cómo iba a hacerlo, si ni siquiera tenía planes? Solo estaba deambulando por la calle y lo único que había hecho que pudiera parecer remotamente parte de una operación era pasar por delante del edificio en que trabajaba Vann.
Lo que, puestos a pensar, era algo que Kanezaki podía haber supuesto que haría, dado que Dox había reconocido sus intenciones de poner sobre aviso a aquel.
De acuerdo, pero, de todos modos, se había asegurado en todo momento de que no lo seguían y, por si fuera poco, Zatōichi había aparecido caminando en el sentido opuesto. Además, aun en el supuesto de que Kanezaki hubiera decidido traicionarlo, cosa que no le resultaba nada fácil de creer, ¿cómo era posible que hubiese conseguido enviar a alguien a eliminarlo con tanta rapidez?
¿No podía ser sin más que había tenido mala suerte? ¿Que alguien hubiese soltado por la ciudad a un matón a sueldo, o a más de uno, por si sonaba la flauta?
No, aquello parecía tan poco probable como la teoría del farsante cabreado. Estaba claro que alguien había enviado a aquel fulano a quitar de en medio a Dox y que tenía, por lo menos, cierta idea de cómo encontrarlo. Además, de un modo u otro, debía de estar relacionado con lo de Gant.
Bueno, pues no le quedaba más remedio que ver qué podía sacar de Kanezaki, guardarse todavía mejor las espaldas y encontrar un modo de hacerse con un arma de fuego en condiciones, porque la próxima vez que lo acometiesen con una espada, estaba resuelto a responder con algo más que un puñado de pedruscos.
Había dicho a Kanezaki que, si los de Gant tenían intención de vivir y dejar vivir, él estaba dispuesto a hacer lo mismo, pero daba la impresión de que ellos habían preferido pasar por alto aquel punto. Por un lado, resultaba preocupante y, sin embargo, por otro, arrojaba cierta luz sobre lo que tenía que hacer a continuación, a saber: dejar bien claro a quien lo persiguiera que iba a necesitar algo más que a un aspirante a Zatōichi.
Sobre todo ahora que habían conseguido cabrearlo.