Mercado nocturno
Capítulo 25
Livia siguió conduciendo en dirección al norte y se detuvo en una gasolinera perdida al este del aeropuerto de Suvarnabhumi, en Bangkok. Aquel era un sitio tranquilo pese a encontrarse a menos de una hora del distrito comercial del centro. El terreno era llano y estaba salpicado de chozas, acequias y modestos campos de cultivo. Livia llenó el depósito de la Kawasaki. Cuando acabó, Carl se acercó a una anciana que había sentada en un sofá hundido situado a la sombra del pequeño edificio de bloques de hormigón y que parecía ser la dueña. Sacó dos botellas de agua de un cubo con hielo y le ofreció unos baht, tras lo cual levantó la mano para rechazar el cambio que ella le daba.
Entraron por turnos al aseo y luego se sentaron en un par de sillas de plástico bajo una desvaída sombrilla blanca y roja de Coca-Cola clavada en la tierra al lado del edificio. Mientras bebían, Carl la puso al corriente del resto de la conversación que había mantenido con su colega.
—Dice que va a averiguar quién ha matado a Vann. Lo más seguro es que sea un antiguo miembro de los Delta llamado Franklin Dillon, el subdirector de la DIA. Va a ser un hueso duro de roer y lo más seguro es que haya que esperar represalias. Si no quieres seguir adelante, te echaré de menos, pero lo entenderé.
Livia lo miró.
—No podrías impedírmelo.
Dox soltó una risita.
—Sí, eso me parece. Tampoco es que vaya a intentarlo…
—Yo debería dar también señales de vida. Lo habría hecho antes, pero tenías razón al decir que la carretera de la costa era un embudo y no quería encender el teléfono hasta estar cerca de Bangkok.
Encendió el móvil y Little descolgó en cuanto se estableció la llamada.
—Livia —dijo—, ¿estás bien?
—Perfectamente.
—¿Por qué no me has llamado? He tenido que enterarme de lo que pasó en el club por la CNN y no sabía nada de ti.
—Lo siento. Estaba a punto de atacar cuando hubo un altercado con tres guardias que vigilaban una sala. Ahí fue cuando le dije que esperase. Los guardias empezaron a disparar y le pedí que apagase las luces. Después se armó la mundial y salí. ¿Sabe algo de lo que pasó?
—Qué va. Nada. De hecho, tengo la extraña sensación de que tú sabes más de lo que me estás contando.
—¿En serio? Pues lo que sé es que acabé metida en una galería de tiro y que la única persona que sabía que iba a estar allí era usted.
—¿Qué? No me digas que crees que yo he tenido algo que ver con eso…
—Ya no sé lo que creer.
—¿Y por qué diablos iba yo a querer tenderte una trampa?
Livia no tenía respuesta alguna para tal pregunta y, en realidad, dudaba mucho que Little hubiese tenido nada que ver, pero esa tampoco era la cuestión: se trataba de cambiar la trayectoria de la conversación, de olvidar la acusación de Little y centrarse en la contraacusación de ella.
—¡Y yo qué sé! —repuso—. Pero también es verdad que no sé casi nada de usted, aparte de que le dan recursos para hartar.
—Sabes a lo que me refería con eso. ¡Venga ya! Esto es una locura.
—¿Qué puede decirme de la gente que murió en el club?
—¿Crees que no he estado intentando averiguarlo?
—No sé lo que habrá estado haciendo, pero puedo darle la información que tengo yo para que usted siga por ahí.
—Eso estaría muy bien. De hecho, ojalá lo hubieras hecho antes.
Livia sonrió, satisfecha por haber logrado ponerlo a la defensiva.
—Los guardias eran tailandeses. Luego, cuando empezaron los tiros, se abrió una puerta y aparecieron tres tipos con uniforme de combate negro del estilo al de los SWAT y chalecos. Uno de ellos gritó «¡Granada!» en inglés y hubo una sucesión de explosiones de una granada aturdidora. Después siguió el tiroteo y ya no sé nada más.
—Sí, había seis cadáveres en total. Por lo que me cuentas, tres tailandeses y tres agentes extranjeros. No es gran cosa, pero veré qué puedo hacer con eso.
—Bien.
—Joder, Livia, tienes que dejar de verme como tu enemigo. Se supone que somos un equipo.
—No me diga lo que tengo que hacer. Y, en vez de decirme que somos un equipo, empiece a demostrarlo.
—Quisiste entrar en ese club y yo te metí allí. ¿Qué más quieres que haga?
—Que me diga lo que pasó allí dentro.
—De momento, no lo he podido averiguar, pero a lo mejor lo que tú me has contado cuando te ha parecido bien hacerlo resulte ser útil.
No se dejó afectar por la pulla. De hecho, si eso era lo máximo que se le había ocurrido a él, tenía muy claro que había ganado el pulso. Livia no había querido responder a sus preguntas y, al contraatacar con sus propias acusaciones, había hecho que las olvidase.
—Espero que sí —dijo—. Voy a apagar el teléfono, pero volveré a llamar más tarde.
—¿Por qué? ¿También crees que te estoy rastreando?
—Lo que creo es que es mi móvil es rastreable. ¿Acaso me lo va a negar?
—¿Por qué tiene que ser todo una discusión contigo?
—¿Por qué se pasa usted el día discutiendo?
—Mira, ahora mismo no tengo tiempo de montar un numerito de los Monty Python. Si tengo algo importante que contarte, me esperaré a que te parezca bien ponerte en contacto conmigo.
Livia sonrió.
—Como le he dicho, pienso llamar más tarde.
Apagó el teléfono y lo volvió a guardar en la funda de Faraday.
—¿Por qué tienen que ser todos los reclutadores un dolor de huevos? — preguntó Carl.
Livia se encogió de hombros.
—Irá con el cargo.
—¿Has averiguado algo?
—Creo que trama algo. Desde luego, mi supervisora está convencida. Sin embargo, dudo mucho que esté detrás de lo que pasó en el club. Sobre eso creo que está tan desorientado como nosotros.
—Y, entonces, ¿qué es lo que crees que está tramando?
Livia reflexionó al respecto.
—Me mandó aquí para que decidiera si quería formar parte de un cuerpo especial, algo en colaboración con los tailandeses, pero desde que he llegado aquí no me ha dado la impresión de que le preocupase demasiado nada de eso. De todos modos, parece contento de tenerme en Tailandia, aunque sigo sin estar segura de por qué.
Los dos guardaron silencio unos instantes.
—El caso —dijo ella al fin— es que, por el momento, parece que tu teoría es cierta y la DIA está detrás de lo de Pattaya. La trampa no te la ha tendido tu amigo, sino ellos.
—Espero que tengas razón. Ya veremos qué tiene él que contarme en su defensa cuando lo llame más tarde. De momento, vamos a salir de aquí. No quiero quedarme mucho rato donde hayamos estado usando los teléfonos. Esos fulanos son capaces de localizar la señal y mandarnos un puto dron. A mí esos trastos me dan un miedo… Una vez derribé uno en el aire, pero fue por los pelos y eso que yo estaba mucho mejor armado que ahora.