Mercado nocturno
Capítulo 7
La mañana siguiente a su epifanía nocturna, Livia se encontraba sentada frente a Donna Strangeland en el despacho de la teniente. Le había estado exponiendo la oportunidad que le ofrecía el HSI y por qué pensaba que sería positiva para el departamento y para su propio rendimiento a largo plazo como policía. Sin embargo, aseveraba, todavía no se había decidido del todo y por eso quería viajar cuanto antes a Bangkok una semana para tantear el terreno y ver si podría resultarle cómodo trabajar allí los seis meses que había mencionado Little.
Strangeland era de las personas que sabían escuchar. Su postura, su expresión, sus inclinaciones de cabeza y sus ocasionales sonidos guturales de asentimiento hacían ver a quien le hablaba que le estaba prestando toda su atención. Aquella actitud resultaba muy útil a la hora de sacar información en declaraciones e interrogatorios, porque había pocas cosas a las que la gente respondiera mejor que a la sensación de que la estaban escuchando de veras. Al darse cuenta de que dicha táctica estaba haciendo efecto en ella, Livia acabó su exposición y aguardó.
Se impuso un largo silencio durante el cual la teniente hizo ligeros movimientos de cabeza como quien estudia con detenimiento cuanto acaba de oír, hasta que dijo:
—¿Me vas a contar de qué va en realidad todo esto?
Livia la miró recelosa.
—Ya se lo he dicho. Consiste en acercarse a la faceta mayorista de la trata, en estudiarla en el terreno de los abastecedores. En aprender cómo funcionan las redes desde el otro extremo para después aplicarlo aquí, en el lado de la demanda y la venta al por menor.
Strangeland se limitó a mirarla frunciendo ligeramente el ceño con gesto un tanto escéptico y la impresión general de una mujer que ya sabe cuanto ha intentado ocultar su interlocutor.
—Teniente —dijo Livia—, eso es lo único que me permiten revelar.
Su superior sacudió la cabeza.
—No estoy hablando de lo que quiere de ti Little. Ya sé que tendréis una versión para el público y otra para quienes están en el ajo. Yo también he trabajado con los federales y sé que funcionan así. Pero no pienses por un segundo que cuando Little te expuso el propósito visible de esta operación conjunta y a continuación compartió contigo el fin verdadero se estaba sincerando contigo.
No era la primera vez que Livia se sentía asustada y maravillada a un tiempo por la precisión de los instintos de Strangeland.
—¿Qué quiere decir?
—Pues que él también tiene su propio juego. Se le veía a la legua. ¿Por qué ha venido buscándote a ti, a ti concretamente? Sí, ya sé que eres una gran profesional, Livia, eso no lo duda nadie. Pero también hay otros policías que lo son y que están haciendo como tú una labor destacada contra la trata. Seguro que te ha dicho que el hecho de ser asiática es un valor añadido porque te permite confundirte entre la gente y que querían a una mujer porque blablablá, pero yo no me lo trago. Lo que no sé es si a ti te ha convencido.
Livia no respondió. Lo cierto era que no había tenido la sensación de que le ocultaran gran cosa, aunque tampoco podía decir si se trataba, sin más, de que no había querido creerlo.
—¿Por qué quieres viajar allí antes? —siguió diciendo Strangeland—. No es propio de ti. Tú eres una chica lista. Aunque lo estés, nunca te muestras impaciente. Ese agente federal quiere algo de ti y sabes que puedes usarlo para obtener algo a cambio. Sin embargo, lo quieres dejar todo para llegar antes a Bangkok, con lo que le estás diciendo que te tiene en el bolsillo y no tendrá que hacer concesiones.
—¿De verdad cree que doy esa impresión?
—Lo sé. Y tú también lo sabes. Lo que quiero que me digas es por qué.
Livia pensó su respuesta. Ignoraba cuánto sabía de su pasado la teniente. Nunca habían hablado de eso, aunque quizá había llegado el momento de abrir esa puerta. Solo un poquito. No había nada como una mano de verdad para ocultar una mentira.
—Teniente, ¿sabe usted de dónde soy yo? —El tono vacilante con que hizo la pregunta no era fingido.
—¿De qué estado, o te refieres a antes de llegar a Estados Unidos?
—O sea, que lo sabe.
—Solo en parte. Te trajeron unos traficantes y te rescataron durante un operativo. ¿Crees que la gente no lo sabe?
—No tengo ni idea de lo que sabe la gente.
Strangeland soltó una risita no exenta de compasión.
—Livia, deja que te diga que esa es una de las cosas que me encantan de ti. Ni siquiera se te ha pasado por la cabeza que eres toda una celebridad.
—¿Qué quiere decir?
—Todo ocurrió en 2000, ¿verdad? Los artículos están disponibles en la Red. En tres años pasaste de niña víctima del tráfico de personas a estudiante de sobresaliente y campeona estatal de lucha. A la gente le encantan esas historias. Eres la encarnación del sueño americano.
El que la gente supiera eso bastó para hacer que se sintiese incómoda. Fue como un destello de la infancia que había vivido en casa de los Lone, tratando de aprender inglés mientras las visitas le hablaban de lo «valiente» que era y aseguraban que entendían el «calvario» por el que había pasado.
—Dudo mucho… Quiero decir, ¿quién iba a querer consultar esos artículos antiguos?
—Será paradójico, pero, cuando das tan poca información, te conviertes en un misterio. Y los misterios despiertan la curiosidad de la gente.
Reparó en que tenía que haberse dado cuenta por sí misma. Tal vez el problema radicaba en que no había querido ser consciente de aquello.
—Supongo que, en realidad, no me gusta hablar de eso.
—Yo creo que los demás tienen la misma impresión y lo respetan.
—Usted es uno de ellos. Gracias.
Strangeland meneó la cabeza como si no hubiera de qué.
—Sabe que fui víctima de trata ¿y no sabe de dónde vengo?
La superior asintió.
—De Tailandia, ¿no?
Livia cayó en la cuenta de que tenía que haberlo sabido.
—¿Y para qué iban a querer preguntarme nada si ya lo saben todo?
—Yo sé más que la mayoría, porque me empeño en conoceros de verdad, y precisamente por eso no puedo evitar preguntarme por qué te quiere Little a ti y no a otro en este asunto, ni por qué quieres tú aceptarlo.
Se impuso una larga pausa tras la que dijo Livia:
—¿Tiene usted fantasmas, teniente?
Strangeland se encogió de hombros.
—Como todo el mundo. Por lo menos, eso es lo que yo me digo.
—Pues yo tengo alguno que otro. Y necesito… ver si soy capaz de hacerles frente, si puedo volver allí.
—¿Y estás segura de que es una buena idea? Si tus fantasmas están allí, ¿no será mejor quedarse aquí?
—Es que ellos no van a quedarse allí. Nunca lo han hecho.
Su superior soltó un suspiro.
—¿Y qué me dices de Little? Te está utilizando. No sé para qué, pero te está utilizando.
—A lo mejor nos estamos utilizando mutuamente.
—Una cosa no quita la otra.
—No, pero la compensa. Deme una semana, una semana para tantear el terreno y ver lo que puedo sacar de esta oportunidad que me han ofrecido, para decidirme. Venga. Nunca me tomo mis días de vacaciones y ya me va tocando.
—Me quedaría muchísimo más tranquila si fuese solo eso.
Aquellas palabras sonaban alentadoras, como el preludio de una aceptación a regañadientes. Livia no dijo nada. Su engaño había sido muy sutil y tenía esperanzas de que funcionase. No quería aquella semana para tomar una decisión respecto del cuerpo especial exactamente, sino para ver cuánto conseguía a partir de la información que le habían proporcionado los archivos del HSI, para ver si daba con Cabeza Cuadrada y con Barbasucia, si encontraba a aquella chiquilla y a ese tal Sorm, de quien estaba ya segura que había tenido un peso fundamental en el secuestro de su hermana y de ella. Lo más probable era que no pudiese hacer tanto en una semana, ni siquiera con los datos de que disponía, pero, si lo conseguía, podría ser que nunca tuviera que regresar.
También cabía que tuviese que volver para una temporada larga. O varias veces. De todos modos, le daba igual. Lo importante era poder estar allí, dar caza a aquellos monstruos, proteger a aquella niña, descubrir la verdad.
Strangeland volvió a suspirar.
—Sabes que no voy a decirte que no. Lo que sí voy a pedirte es que tengas cuidado. Este asunto tiene más trasfondo de lo que parece. Lo sé. No lo veo, pero lo siento. Y si yo no lo veo, tú tampoco.
—Estaré bien, teniente. De verdad.
—Eso es lo que dice siempre todo el mundo, Livia, pero no siempre es verdad. Esto es un asunto personal para ti, y lo personal y lo profesional no suelen casar bien. Y menos todavía en el caso de los policías.
Livia hizo ver que lo entendía con una inclinación de cabeza. Por un lado, sabía que Strangeland tenía razón, pero, por el otro, llevaba mezclando lo personal y lo profesional desde el instante en que se había puesto el uniforme por primera vez. En el plano profesional se había asegurado de procurar cientos de años de condena para no pocos violadores y en el personal había matado a seis de ellos. Por lo primero se había hecho merecedora de numerosos elogios y de lo segundo nadie sabía nada. Con todo, había ido componiéndoselas para combinar lo profesional con lo personal.
No quería dejarlo en ese instante y, aunque hubiese querido, no tenía claro que pudiera.