Mercado nocturno
Capítulo 17
Livia estuvo un buen rato dando vueltas en la cama, nadando en adrenalina y repasando mentalmente una y otra vez todo lo que había ocurrido en el cementerio de aviones y la cantera. Haber matado a Barbasucia, saber que estaba muerto, recordar su terror, su impotencia y sus gritos de agonía… le provocaba una sensación concreta. De paz, de plenitud. De cierta satisfacción, suponía, ante la idea de que quizá hubiese una pizca de justicia entre tanto horror y crueldad.
Pero, al mismo tiempo, le preocupaba que, como había ocurrido en otras ocasiones, dicha sensación no durase. No había experimentado el vacío que la asaltó tras matar a Cabeza Cuadrada, pero terminaría sintiéndolo. No lograba entender por qué. Livia estaba haciendo que pagasen por sus actos. Todos ellos, uno a uno. Llevaba dieciséis dichosos años anhelando hacer aquello, fantaseando y obsesionándose con ello. No estaba nada bien que matarlos no ofreciera mucho más que un leve paliativo. No era justo.
Intentó pensar en otra cosa. En cómo llegar a Sorm. Sí, eso pareció ayudarle. Necesitaba buscar un modo que no implicase recurrir a Little, pero no lo conseguía. Lo mejor que alcanzó a hacer fue ingeniar algo capaz de mitigar el riesgo, pero sin eliminarlo.
Claro que, sin riesgo, ¿cuál podía ser la recompensa?
Lo llamó. En Tailandia estaban en plena noche, así que en Estados Unidos debía de ser por la tarde del día anterior.
—Livia —dijo él cuando lo localizó—. ¡Qué sorpresa tan grata!
—Sorpresa sí que es por lo menos.
—¿Tienes algún problema?
—Más bien una ocasión.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—¿Conoce a alguien llamado Sorm, Rithisak Sorm?
Hubo una pausa.
—Sabes que sí —respondió él al fin—. Su nombre está en los archivos que compartí contigo.
—¿Y sabe usted dónde se encuentra?
—Si has leído esos archivos sabrás que no.
—Bien, pues creo que yo sí.
Otra pausa.
—No quiero parecer desconfiado —dijo él—, pero… tengo gente que lleva mucho tiempo buscando a Rithisak Sorm. Ese hombre es como un fantasma. ¿Estás segura de que lo has encontrado?
—No, pero tengo una pista muy sólida.
—¿Qué clase de pista?
—Una pista solamente, pero para seguirla necesitaré su ayuda.
—Y no te gusta tener que pedir ayuda, ¿verdad?
—¿Va a seguir psicoanalizándome o prefiere encontrar a Sorm?
—¿Tengo que elegir?
Livia hizo caso omiso del comentario, porque le interesaba ir al grano.
—Creo que está en un club de Pattaya que se llama Les Nuits, en el hotel Ruby.
—De acuerdo.
—Creo que está usando el club para llevar a cabo operaciones de trata. — Eso no era del todo cierto, pero tampoco era mentira: no podía garantizar que Sorm no estuviera sirviéndose del establecimiento para traficar con personas y, además, sin ese dato no tenía excusa para pedir ayuda a Little—. Me gustaría echarle un vistazo más de cerca.
—¿Y me necesitas para eso?
—Es que me gustaría ver ciertas zonas en las que normalmente no dejan entrar a los clientes.
—Livia, me gusta tu estilo.
—La cosa es que no sé hasta dónde puede llegar su gente —prosiguió ella —. Me dijo que les dan recursos para hartar. ¿Pueden conseguir los planos del club? ¿Encontrar fallos de seguridad? ¿Sacarles partido?
—Sí, sí y puede.
—Necesito que los tres sean sí si quiero que esto funcione.
—Dame un par de horas.
Colgó e intentó dormir sin mucho éxito. Entonces, cuando había empezado ya a salir el sol y ella había conseguido al fin conciliar el sueño, sonó el teléfono. Little.
—Buenas noticias —anunció—. Los tres son sí.
—Cuénteme.
—El hotel y el club son nuevecitos. Tienen sistemas de última generación y todo está centralizado: la iluminación, los cierres de las puertas, el aire acondicionado, las alarmas… Todo. Y tengo gente capaz de hacerse con el mando de todo eso.
Era lo que había estado deseando ella, aunque no había querido hacerse ilusiones. Trató de hacer caso omiso de su entusiasmo para centrarse en el plan.
—¿Significa eso que pueden conseguir que entre en el club de día, cuando no hay nadie?
—Eso mismo.
Para lo siguiente iba a hacer falta alguna que otra explicación más.
—¿Y mientras está funcionando? ¿Sería posible cortar la luz?
Hubo una pausa.
—De todas partes menos, quizá, de los aseos, que al parecer se apagan y se encienden manualmente. ¿Para qué quieres que hagamos eso?
—Quiero estudiarlo todo cuando esté cerrado, averiguar lo que sea posible del lugar, pero creo que lo que estoy buscando no lo voy a encontrar de día, de modo que necesito volver por la noche.
—Por la noche estará abierto el club.
—Sí. Las partes a las que quiero entrar estarán cerradas y por eso quiero que las abran y que, al mismo tiempo, corten la luz. Será solo un minuto, lo suficiente para acceder a sitios en los que se supone que no debería estar.
—Creo que lo he entendido, pero, si apagamos las luces, ¿cómo vas a ver?
Livia tenía preparada la respuesta. Podía haberle dicho que tenía a mano una linterna, pero él habría sabido que mentía, porque a oscuras todo el mundo habría visto la luz. Así que le dijo la verdad o, por lo menos, parte de la verdad.
—Tengo un equipo de visión nocturna.
—¿De visión nocturna? ¿Y cómo coño has conseguido un equipo de visión nocturna en Bangkok?
—¿Va a seguir preguntándome cómo hago las cosas o va a ayudarme a hacerlas?
—Es solo que me has dejado impresionado.
—Llevaré el dispositivo durante el día, cuando me abran las puertas. Encontraré un escondrijo. Estudiaré bien el lugar y volveré por la noche, recuperaré el equipo y, cuando esté lista, les haré una señal. Entonces, apagarán las luces y abrirán las puertas para que pueda echar un buen vistazo a los lugares en los que no debería estar. ¿Le parece un buen plan?
—Sabía que iba a ser el comienzo de una hermosa amistad.
—Tampoco se precipite. Y haga café. Cuando entre la primera vez, estando cerrado el garito, allí será muy de noche, suponiendo que está usted en Estados Unidos.
—Por mí no te preocupes, que voy a estar demasiado entusiasmado como para dormirme.
Livia se imaginó dentro del club, escondiendo no solo las gafas de visión nocturna, sino la Glock que le había quitado a Barbasucia, y pensó: «Sí, yo también».