Mercado nocturno

Barry Eisler · Capítulo 24 de 36

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Mercado nocturno

Capítulo 23

 

 

Livia puso la ducha a tanta temperatura como le fue posible soportar. Usó una manopla para frotarse bien con jabón y luego se dejó escaldar por el agua para que arrastrase cuanto la impregnaba.

Estaba confundida y no sabía bien por qué. Había tenido novios y, aunque había intentado adaptarse a ellos siendo algo más normal, el único modo que había encontrado de tener un orgasmo en compañía era hacer lo que acababa de hacer con Carl. Se le daba bien pescar a la clase de hombre que quería ponerse duro con ella y a continuación cambiar los papeles y hacerlo sufrir, pero Carl no era así. Era cortés, amable. Sin embargo, con él había funcionado y eso la desconcertaba.

Había cosas que no podía hacer, como, por ejemplo, lo que la habían obligado a hacer aquellos hombres en la cubierta del barco que la llevó de Bangkok a Portland. A esa se sumaban otras, pues, como había aprendido en los cursos de psicología de la universidad, el refuerzo negativo tiende a generalizarse, pero, además, había otras que sí podía hacer, aunque no se sentía cómoda con ellas.

Podía dar besos, si bien no le gustaba. Solo le había resultado agradable el primero, el que le había dado Sean estando aún en el instituto, al lado de los columpios de aquel parque infantil vacío la última noche que pasó en Llewellyn. Suponía que podría haber besado a Carl. Él estaba deseándolo, desde luego, pero Livia no lo había hecho. Lo que había hecho con él no era ni más ni menos que lo que había deseado.

Se alegraba de haberlo hecho eyacular. A veces no ocurría, porque a su pareja no le gustaba lo que ella se empeñaba en hacer, y eso hacía que siempre se sintiera fatal después, como si tuviera algún problema. Otras veces ocurría lo contrario: él acababa demasiado pronto porque disfrutaba mucho con lo que hacía ella. Eso tampoco ayudaba precisamente.

Pensó en Ricitos de Oro y los tres osos y soltó una risita. Sí, Carl era justo el término medio, desconcertado y excitado a partes iguales.

Miró al suelo y dejó que el agua caliente le corriera por el cuello y la espalda. Tenía muy claro que él se ofrecería de nuevo si ella quería y que también dejaría que fuese otra vez como a ella le gustaba, pero ya no sería igual. Parecería artificial. Sería artificial. Tendría que intentar provocarlo, enfurecerlo para hacer que volviera a ser real y la sola idea hizo que se sintiera triste.

Apenas le había contado nada, pero él la había entendido. Sin conocer los detalles, lo había comprendido todo. Además, del modo que lo habría deseado ella de haber podido imaginar cómo sería.

El agua caliente le sentó bien. Sintió que, por fin, empezaba a relajarse.

Se alegraba de lo que acababa de ocurrir. Después de lo que había pasado esos últimos días, lo necesitaba, pero no quería que volviese a ocurrir. Lo único que deseaba era… confiar en él. Había estado a punto de confesárselo justo antes de meterse en el cuarto de baño, pero no había sido capaz.

Cuando acabó de ducharse, se puso un albornoz y volvió a la habitación. Lo encontró sentado en el sofá y, aunque tenía erguida la cabeza y los ojos abiertos, daba la sensación de haber estado dormitando.

—¿Mejor? —preguntó él.

Livia asintió con la cabeza.

—Lo necesitaba.

Dox sonrió.

—Siento la tentación de preguntarte si te refieres a la ducha o a lo que ha pasado antes, pero creo que una mujer tiene derecho a guardar sus secretillos.

Livia sacudió la cabeza. Le gustaba aquella actitud incontenible, aunque no quería reconocerlo.

—Tenías razón —dijo—. No soy profesional como tú. No estoy a sueldo de nadie.

Se sentó en el extremo opuesto del sofá y apartó la mirada de él.

—Nací tailandesa, lahu, en realidad, pero de Tailandia. Me raptaron y me llevaron a Estados Unidos. Con mi hermana, Nason. Ella murió.

—Lo siento mucho, Labi.

Pese a haber pasado tantos años, seguía siendo difícil hablar de Nason sin llorar, sobre todo con alguien que, al parecer, la entendía y que, además, la estaba llamando por un nombre que no había oído desde la infancia de ambas, así que se limitó a asentir antes de proseguir a la carrera:

—Y Sorm… Estoy convencida de que estuvo detrás de todo. No del secuestro en sí, porque de eso fue otro el responsable y ya me he ocupado de él y de los que lo ayudaron o, por lo menos, de la mayoría de ellos, sino del aparato logístico, de la red. Todo eso fue cosa suya. Lo que nos pasó a Nason y a mí no habría sido posible sin Sorm. Y lo mismo puede decirse de lo que les habrá pasado a Dios sabe cuántas otras chiquillas.

Guardaron silencio unos momentos antes de que él dijera al fin:

—Tú lo sabes mejor que yo, pero sí, es cierto. Y mi colega de la CIA, el que hasta entonces me había dado información tan fiable, me dijo que Sorm no se dedica solo a la trata. En sus años mozos, cuando pertenecía a los jemeres rojos, sus especialidades eran la humillación sexual y las violaciones. Lo hacía hasta con menores delante de sus padres. Como ya te he dicho, hay gente a la que hay que matar y se acabó.

Para ella, aquella era una verdad incontestable.

—Sí.

—¿Y cómo conseguiste acercarte tanto? Me refiero al dispositivo de visión nocturna, la Glock… ¿Cómo lo hiciste para meter todo eso en el club?

Livia le habló de Little y del cuerpo especial conjunto que trabajaba en Estados Unidos y Tailandia, aunque reservándose los detalles.

—Dios santo —dijo él cuando acabó—. Esos sistemas de seguridad en red de última generación son como un sueño húmedo para ciertas entidades nacionales. No quiero ni imaginar por dónde irán los tiros con el voto electrónico. Pero ¿qué me dices de Sorm? Por mi colega tengo entendido que no es un tipo fácil de localizar. Y, por lo visto, mi colega tenía más razón de lo que pensaba. ¿De dónde sacaste tú la información?

—Seguí varias pistas.

Dox soltó una carcajada.

—Una de las cuales te dejó la Glock, ¿verdad?

A Livia no le gustó la pregunta.

—¿Qué quieres decir?

—No me malinterpretes. Ya sé que eres capaz de manejar una Z800 como el más experto y supongo que también serás fanática de las armas grandes, pero me da la sensación de que la Glock se la pediste prestada a alguien y de que no fue con mucha amabilidad.

Reparó en que, pese a todo, no había dejado de picar el anzuelo de su actitud de cateto ni, por consiguiente, de subestimarlo.

—¿Tú eres el que dice que yo soy buena interrogando?

—Y lo eres, pero supongo que yo también tengo mis momentos.

—De todos modos, tienes razón. Conseguí el número del teléfono desechable de Sorm de uno de los que formaban parte de su red y le seguí la pista hasta el club. Y ahora que he tenido ocasión de pensar un poco en todo este asunto, creo que tampoco te equivocas al pensar que ni siquiera estaba allí. ¿Qué necesidad tenía? Es evidente que se trataba de una trampa. Lo que pasa es que no quería admitirlo, porque…

—Porque estás deseando matarlo. Lo entiendo.

Livia asintió. La sensación de haber estado tan cerca… En ese momento empezaba a darse cuenta de que se había dejado llevar. Si Carl no hubiese estado allí para hacerla entrar en razón, habría echado a correr por las escaleras del hotel para caer en la siguiente emboscada. Tenía que dominarse.

—Bien, era una trampa —concluyó él—, pero ¿para quién de los dos?

—Pues no es fácil decirlo. Yo nunca le dije a mi contacto a qué parte del club iba, pero, por lo que me has contado tú, tu amigo sabía que tenías intención de asaltar la sala VIP.

—Sí, eso es verdad y no me hace ninguna gracia reconocerlo, porque mi colega y yo hemos pasado mucho juntos.

—Aun así, hay otras posibilidades. Todos han estado rastreando a Sorm por el teléfono desechable que damos por hecho que estaba usando.

—Cierto.

—Por lo tanto, si quienquiera que esté detrás de la emboscada estaba al tanto de lo del desechable, también debía de saber con exactitud dónde íbamos a atacar a Sorm tú o yo.

—Tienes razón —dijo él—. También hay otra posibilidad. Como te he dicho, Sorm trabaja también de agente de la DIA. De hecho, fue la DIA la que me contrató para eliminar al enemigo número uno de Sorm haciéndome creer que era Sorm, de modo que, si la DIA… —Se levantó, caminó hacia las puertas de cristal y estuvo un instante allí de pie, mirando a la playa que se extendía tras ellas, sumida en la oscuridad. Entonces se volvió hacia ella—. Si la DIA tiene noticias de mi colega de la CIA, sabrá también que lo llamé después de salir con vida de la puñalada trapera que me dieron en Phnom Penh, sobre todo por las preguntas que hizo entre la «comunidad» de los servicios de información cuando me puse en contacto con él. ¡Mierda! ¿A que sé lo que ha pasado?

Volvió al sofá y se puso a andar de un lado a otro delante de él.

—Esos tíos de la «comunidad» de los servicios de información se pasan más tiempo espiándose entre sí que vigilando a los supuestos enemigos de América, o sea, que la DIA debe de estar al tanto de la relación que tengo con la CIA, porque mi colega, de hecho, me tiene muy entretenido. De modo que, cuando él empieza a hacer preguntas, cualquiera de ellos se dedica a darle información falsa. «Por supuesto que tenemos el número de teléfono de un ayudante conocido de Sorm». Mi socio empieza a unir las piezas del rompecabezas y elabora el mapa de una red telefónica que lo lleva al aparato desechable que supuestamente está usando Sorm. Pero ¡si hasta me dijo: «Sorm no sabe lo que somos capaces de hacer», para explicarme por qué se había vuelto descuidado con la seguridad de sus comunicaciones! Puede que Sorm no, pero la DIA sí. La DIA se asegura de que localicemos la sala VIP de Les Nuits, noche tras noche, el teléfono desechable que nos han dicho que es suyo. Mi colega de la CIA se lo traga y piensa emocionado: «¡Bingo! Hemos encontrado a Sorm». Y yo me lo creo también. Sin embargo, en vez de dar con él me encuentro metido en una emboscada.

—Cuando lanzaste la granada aturdidora, uno de los hombres de dentro avisó a los demás en inglés.

—¿En serio?

Livia asintió.

—No es que eso reduzca mucho la lista de sospechosos, pero, por lo menos, encaja con tu teoría.

—Joder, pues yo ni lo oí. Supongo que estaría demasiado ocupado intentando no cagarme encima. Dudo mucho que hubiese salido con vida de ese club si no llegas a estar tú allí.

—Entonces, me alegro de haber estado.

—Un comentario muy sensiblero para haber salido de ti.

Livia se echó a reír, extrañada de lo cómoda que se sentía con él.

—De todos modos —dijo—, tengo otra pista.

—¿Ah, sí?

—Udom Leekpai, otro socio de Sorm, que vende niños que tiene metidos en un contenedor de transporte en el mercado nocturno de Rot Fai, en Srinakarin.

—Pues parece que vamos a tener que volver a Bangkok y hacerle una visita al bueno de Udom.

Por las entrañas de Livia se extendió una ola tibia de adrenalina. Leekpai era la mejor pista con que contaba para llegar a aquella chiquilla. Y a Sorm. Le alegraba tener a alguien que la ayudara a perseguirlo y, al mismo tiempo, se sentía desconcertada por aquella idea y por semejante sentimiento.

—Sí —dijo él—. ¿Te puedo preguntar algo que no viene a cuento?

Livia asintió.

—Tú sabes de artes marciales, ¿verdad? Tai chi, aikido o algo por el estilo…

La pregunta la puso tan nerviosa como su comentario sobre la Glock.

—¿Por qué?

—Por cómo me has cambiado antes de sitio en el sofá. Ni siquiera sé cómo lo has hecho exactamente. No tuve la sensación de que estuvieras haciendo fuerza ninguna y, sin embargo, allá que fui. Tengo un amigo que sabe hacer cosas así y es un judoka de primera.

Aquello era acercarse demasiado a ella.

—He hecho mis pinitos en esto y en aquello —repuso, recordando que Little había dicho algo semejante cuando le había preguntado algo similar.

Dox se echó a reír.

—Sí, claro, tus «pinitos». No te preocupes. Como te he dicho, creo que una mujer tiene derecho a guardar sus secretillos. ¿Puedo preguntarte otra cosa que no viene a cuento?

—Contigo tengo la sensación de que todo viene a cuento.

—Pues supongo que depende de cómo definas cuento. El caso es que antes, cuando te he dicho que me encantaba el olor del fruto del durio, me has mirado de un modo extraño. Ya sé que a la mayoría de la gente no le gusta, pero esa mirada parecía querer decir algo diferente.

Era verdad que no se le escapaba nada. Habría sido un policía extraordinario.

—Era la fruta preferida de Nason.

Se impuso un largo silencio, tras el cual él dijo:

—Me alegro de que me lo hayas contado.

Livia asintió y, para no llorar, señaló:

—Si tienes razón al pensar que la DIA ha estado dando información falsa a tu contacto de la CIA, quiere decir que…

—Sí, que mi colega debería poder decirnos quién es el agente de la DIA que está protegiendo a Sorm. Y si no…

—Será porque quien está protegiendo a Sorm es él.

—Eso es, aunque me repatea pensarlo siquiera. Lo que pasa es que no puedo llamarlo ahora mismo. No quiero encender el teléfono hasta que estemos listos para darnos el piro por la mañana. Pero ¿sabes qué? De todos modos, tendrá que explicarme un par de cosas.