Mercado nocturno
Capítulo 16
Dox estaba paseando por la Carretera de la Playa de Pattaya. Tenía la playa en cuestión a la izquierda y, a la derecha, una larga hilera de restaurantes, comercios y bares baratos. Las palmeras se mecían cerca del agua y el sol del mediodía estaba medio cubierto por las nubes, aunque la sensación seguía siendo la de caminar por una sauna a cielo abierto. Hasta los perros callejeros habían dejado de mendigar y buscar comida para tumbarse inmóviles en la primera sombra que habían encontrado en la acera. A él, sin embargo, aquellas condiciones meteorológicas no le molestaban. El calor y la humedad nunca le habían importunado, pero el frío sí. En otros tiempos había hecho instrucción con los SEAL en el Destacamento Naval Especial de Guerra en Clima Frío de la isla de Kodiak, en Alaska, y lo cierto es que llamar «clima frío» a lo que había en aquel lugar era como comparar un resfriado con la
peste bubónica[14]. También había estado en el Centro de Instrucción de Tácticas de Montaña de Bridgeport, en California, y en Noruega, que era como el dichoso Polo Norte. Si no volvía a ver nieve en su vida —¡qué coño!, si no volvía a echar vaho por la boca—, podía morir feliz.
Había alquilado una motocicleta, una Kawasaki Z800, porque en la tienda no tenían nada más pequeño. No es que le importase ir por ahí con un cacharro grande, pero habría preferido algo más discreto para pasar inadvertido en Pattaya. Le había parecido que lo mejor era dejarla a cierta distancia del lugar en que había quedado con el contacto de Kanezaki y hacer a pie el resto del camino. Seguía confiando en su amigo, pero, de todos modos, tenía que reconocer que el fulano de la espada de Phnom Penh no había podido materializarse de la nada.
Aunque había cierto tráfico de motocicletas —Pattaya no sería Pattaya sin el incesante zumbido de fondo de los motores de dos tiempos—, aquel momento del día era relativamente tranquilo. Los que habían salido de fiesta estaban durmiéndola todavía, a los clubes les quedaban aún otras seis horas como mínimo para abrir y, de todos modos, ¿qué persona en su sano juicio iba a querer estar en la calle en el momento más sofocante del día?
Alguna que otra, la verdad, pero pocas. Los extranjeros que habían ido a jubilarse a aquella ciudad costera, por ejemplo. En su mayoría eran australianos y británicos de más de sesenta años, brazos enclenques y barrigón cervecero, divorciados de ojos llorosos que vivían de sus pensiones y hacían lo posible por convencerse de que Pattaya era un paraíso en el que podían pasarse el día al fresco bebiendo botellines de Singha fría que compraban por sesenta baht y la noche atendiendo a las solicitudes de hermosas prostitutas de piel canela en la puerta de los bares de alterne; en el que sí cabía decir que el dinero los hacía importantes y no como en sus países de origen, donde ahogar las penas por la tarde en el pub más cercano en una pinta, o en tres o en cuatro, resultaba prohibitivo y, lo que es peor, hacía que se sintieran ridículos, como los viejos a los que habían visto hacer lo mismo de jóvenes. No, ellos no eran así. Ellos eran distintos. Pattaya es el paraíso y que nadie me lo niegue.
Siguió adelante preguntándose por qué se sentía tan cínico. No era propio de él, de modo que intentó quitarse de encima esa actitud.
Kanezaki le había dicho que los analistas tenían diagramas del club nocturno Les Nuits y, de hecho, de todo el hotel Ruby, y habían usado los «medios técnicos nacionales» para rastrear los teléfonos desechables que estaba usando Sorm hasta una sala VIP de la parte trasera del establecimiento. Todo parecía indicar que dicha sala hacía también las veces de refugio, porque tenía puertas blindadas por delante y por detrás. Una daba al club y la otra a un tramo de escalera que llevaba a una salida de emergencia situada a la espalda del edificio. Y aunque Dox habría preferido algo clásico y sencillo, como irrumpir en el local, dar cuenta del fulano con dos balas en el pecho y una en la frente y salir de allí cagando leches, Kanezaki no hacía más que insistir en que había que llevarlo con vida ante la justicia. Conque su misión era, en cierto modo, insólita: eliminar a los guardaespaldas, lanzar una granada aturdidora para desorientar a Sorm y a quienes estuvieran con él y arrastrar a Sorm escaleras abajo hasta la parte de atrás, donde un destacamento de contratistas se encargaría de empaquetarlo y enviarlo a Nueva York para que lo juzgasen.
Lo más peliagudo era que, al parecer, la entrada del club estaba custodiada por un puñado de antiguos guardias de la infantería real de marina de Tailandia, gente muy seria con detectores de metales y armas de mano. Como estarían pendientes de quienes pudieran acceder al club por allí, y no de quienes salieran por las escaleras del otro extremo, la huida no presentaba dificultad alguna. No, lo complicado no iba a ser dejar el establecimiento, sino meter armas de fuego y granadas aturdidoras, artículos con cierta tendencia a hacer saltar los detectores de metales y mosquear a los antiguos guardias de la infantería real de marina de Tailandia. Lo que quería decir que necesitaba encontrar un modo de entrar fuera del horario comercial del club para tener ya allí el equipo cuando abriese sus puertas al público. Lo bueno en ese sentido era que tanto el hotel como el club tenían un sistema de seguridad de última generación, que presentaba un sinfín de ventajas frente al intruso común, pero no frente al escuadrón de sabiondos de Kanezaki, capaces de piratear el servidor del hotel para que Dox pudiera abrir y cerrar sus puertas a distancia con solo pedirlo.
—¿Puedes conseguirme una suscripción gratis a alguno de esos canales porno de asiáticas enanas? —había preguntado él después de conocer las noticias relativas a los puntos flacos de la seguridad del hotel.
—Por supuesto —había contestado Kanezaki con su proverbial sequedad —, y eliminar la cuenta del minibar también.
—¡Sí, señor! Ya sabía yo que si había accedido a hacer este trabajo era por algo.
Kanezaki se había echado a reír.
—Escucha, por el registro del servidor sabemos cuándo está activada o desactivada la cerradura. Desde las seis de la tarde hay gente en Les Nuits preparándolo para cuando abra. Abre a las nueve y cierra a las cuatro de la madrugada. Entonces entran los de la limpieza, que están allí hasta las ocho. Por lo tanto, puedo abrirte y dejarte unas diez horas con el club para ti solito, pero piensa que tienes cámaras de seguridad por todas partes.
—¿Me estás diciendo que podéis abrir las puertas pero no apagar las cámaras?
—Sí, naturalmente, pero no podemos garantizar que no habrá ningún guardia de seguridad vigilando las pantallas. Lo más seguro es que no haya ninguno, porque estamos hablando de un club de alterne vacío y no de un banco ni de una instalación militar, pero tampoco lo sabemos. Puede que desde que tienen a Sorm hayan reforzado la seguridad.
—Llámame anticuado si quieres, pero me permitirás que vuelva a insistir con todo el respeto del mundo en que creo que sería mucho menos engorroso entrar, pegarle cuatro tiros a ese hijo de puta y salir de allí. El mecanismo es bastante más sencillo. Pero ¡qué coño!, le prometí al señor Vann que no lo haría y no pienso hacerlo.
—Además, si lo matas, mis chicos no van a poder interrogarlo de camino a Nueva York.
—¡Por Dios bendito! ¿Hasta dónde no serás capaz de llegar cuando te pica la curiosidad?
Kanezaki volvió a soltar una carcajada.
—Es algo más que eso. Sorm lleva toda la vida con nosotros, primero con la CIA y ahora con la DIA. Siempre ha estado de mierda hasta el cuello y eso lo convierte en una píldora venenosa para todo el mundo. Quiero decir que, si testifica, ¿cómo leche vamos a explicar que hemos estado trabajando con un tío así, un antiguo jemer rojo dedicado a la trata, y protegiéndolo encima?
—Lo que quieres saber es por qué iba a querer arriesgarse la DIA de esa manera, sobre todo estando Sorm imputado.
—Sí. Quiero saber qué ganan con él.
—Y qué ganas tú sabiéndolo.
—No sé. Depende mucho de la relación entre riesgo y ganancias. Oye, pero a ti lo que te interesa es que, una vez que juzguen a Sorm y lo metan entre rejas, nadie tendrá motivos para matar a Vann. Según él, con su muerte lograrían retrasar la investigación sobre Sorm hasta que nombren otro presidente de la GIFT y pueda olvidarse todo el asunto. Sin embargo, una vez que empiece el juicio, no habrá motivos para retrasar nada ni nadie obtendrá ningún beneficio por matar a Vann.
—Es verdad que a mí el señor Vann me cae bien y me recuerda al dalái lama y todo eso, pero ¿me puedes decir qué saco yo de este asunto?
—Puede que cuando interroguemos a Sorm y averigüemos quién lo está apoyando desde la DIA sea más fácil olvidar ciertos asuntos. Piensa que quizá se han tomado como algo personal lo que le hiciste a Gant, pero eso a lo mejor tiene arreglo. Al fin y al cabo, lo mataste cuando te enteraste de que él quería hacer lo mismo contigo. ¿No es verdad?
—Efectivamente.
—Supongo que lo entenderán. Lo de los cómplices de Gant y lo del tío de la espada también. Lo único que has hecho ha sido actuar de manera profesional, es verdad, pero puede ser que ahora mismo les preocupes. Sin embargo, cuando detengamos a Sorm, se preocuparán más bien por él. Sorm va a querer hacer un trato a cambio de inmunidad o, como poco, de una reducción de condena. Amenazará con largarlo todo y en ese momento tú dejarás de estar en el punto de mira.
—No quiero que parezca que no me quedo tranquilo, pero me gustaría pensar algo más a largo plazo que «en ese momento».
—En ese momento, y también después, se nos presentarán ocasiones más que de sobra para suavizar tensiones. Estas cosas pueden tener dos finales: puede que Sorm tire de la manta y revele lo que ha estado haciendo todos estos años mientras figuraba en la nómina del tío Sam y lo que iba a hacer la DIA con Vann para protegerlo, en cuyo caso dejará de tener importancia que tú supieras que querían matar a Vann, o…
—O que Sorm se ahorque en su celda.
—En cuyo caso, yo me encargaré de explicar a todo el mundo que, si hubieses querido largar, lo habrías hecho ya y que, sin embargo, has preferido cerrar el pico porque eres de los que prefieren vivir y dejar vivir.
Dox habría preferido la primera opción, en la que Sorm prestaría declaración de cuanto sabía, pero todo apuntaba a que la segunda era una apuesta más segura. Además, sabía que Kanezaki lo estaba engatusando, pero también era consciente de que, siempre que tomaba cartas su amigo, tenía que contar con que había alguna clase de apuesta colateral secreta. Hasta el momento, sin embargo, dicha apuesta no había entrado nunca en conflicto con la acción principal.
Hasta el momento.
Y ahí lo habían dejado. No era un plan perfecto ni una solución cabal, pero también tenía que reconocer que cuando uno le volaba los sesos a un agente de la DIA, el camino de regreso a algo semejante a la normalidad podía resultar un tanto sinuoso.
Siguió paseando delante de las terrazas de diversos bares más y de más ancianos blancos de ojos legañosos. Joder, eso de verlos por todas partes hacía que la ciudad pareciese una residencia de la tercera edad o algo por el estilo. Se sorprendió ante su propio estado de ánimo. En otros tiempos le había encantado Pattaya. A lo mejor cuando él se hiciera mayor cambiaba la cosa. Puede que la visión de todos esos pensionistas lo hubiese llevado a pensar que un día acabaría como ellos y que a lo mejor el proceso había empezado ya de forma subrepticia. A fin de cuentas, aquellos vejetes tampoco debían de haber imaginado que les ocurriría a ellos. Un buen día, sin embargo, uno se encontraba de pronto dando cuenta resacoso de la cuarta cerveza del mediodía en la terraza de su bar de costumbre mientras trataba de encontrarle un sentido a todo y a cómo había ido haciéndose mayor sin darse cuenta, a cómo las alegrías que siempre había esperado de la vida se habían esfumado para siempre sin que uno llegara a ser consciente hasta que ya era tarde.
«¡Joder, tío! Pero ¿a ti qué te pasa?».
Se sacudió aquellos pensamientos. No estaba nada mal filosofar y era verdad que a lo mejor tenía que sacar un poco más de tiempo para dedicarle, pero en ese momento estaba trabajando. Cada cosa a su tiempo.
Llegó al callejón que le había pedido Kanezaki que buscara, situado entre un tenducho llamado Siam Silver y un restaurante al aire libre llamado Best Foods. Giró a la derecha y llegó enseguida al Best Friend Bar 10, un local ruinoso en el que se alineaban bajo un tejadillo ondulado varias banquetas forradas de vinilo. Se diría que tenía por toda clientela a un varón blanco de unos sesenta años con pantalones cortos de color café claro y una camiseta azul lisa que ocupaba uno de los asientos y se había colocado de tal manera que pudiese ver el callejón y la calle que había tras él con una botella medio vacía de Singha delante. Aunque llevaba gafas de sol grises de aviador, Dox no pasó por alto que lo había fichado de inmediato, por más que hubiera intentado hacer ver lo contrario, moviendo ligeramente la cabeza como quien está mirando a su alrededor sin fijarse en nada concreto. A diferencia de los jubilados típicos de la zona, aquel fulano parecía un tipo robusto, no de los que se machacan en el gimnasio, precisamente, pero tampoco de los que no hacen más ejercicio que el levantamiento de cerveza en barra fija. Además, llevaba sandalias de senderismo. De hecho, las mismas que Dox, lo bastante ligeras como para no desentonar en los alrededores, pero muchísimo más recias y seguras que las chanclas esas que tanto les gustaban a los extranjeros de allí. Además, tenía los pies en el suelo, donde podían serle de utilidad si le entraban las prisas o topaba con algún problema, y no enroscados en la parte de atrás del taburete. Abajo tenía una bolsa color caqui con la bandolera enganchada a una de sus rodillas.
Dox se aseguró de que pudiera ver que tenía las manos vacías y pasó de largo sin prisa. Poco después se detuvo para dejarse caer en otro de los asientos, de tal modo que el otro tipo quedase a su izquierda y pudiera verlo bien con el rabillo del ojo. El fulano se había puesto a mirar hacia delante, aunque sin perderlo de vista, como Dox tampoco lo perdía de vista a él, y con las manos sobre la barra como todo un profesional que quiere dejar claro a su contacto que no supone ninguna amenaza o, al menos, no supone una amenaza inmediata.
Al otro lado de la barra había un joven tailandés leyendo una revista y dejando que le acariciase la espalda el aire caliente que salía del ventilador situado al lado de la hilera de botellas que tenía detrás.
—Hola —dijo para llamar su atención el recién llegado—. ¿Qué tiene que hacer aquí un hombre para que le pongan una cerveza helada?
El camarero se puso en pie.
—Singha, sesenta baht.
—Me gusta más la Chang. ¿Tienes por ahí?
—Chang, sesenta y cinco baht.
—Vale la pena pagar más, desde luego, en mi opinión. Tomaré una. Gracias. La más fría que encuentres.
Sacó un billete arrugado de cien baht y lo alisó sobre la barra. Segundos después, el camarero le puso delante una botella helada de Chang y la abrió antes de volver a su lectura.
Dox lanzó una mirada al tipo de su izquierda, levantó la botella, dio un sorbo largo con gesto satisfecho y soltó un eructo.
—¿Y a usted cómo le va?
—No puedo quejarme.
El hombre tenía la voz áspera, quizá de fumador. Algo hizo pensar a Dox que había sido marine. No era fácil decir por qué, solo una de esas cosas que uno sabe sin más, como cuando ve a una mujer guapa y sabe que nació siendo varón. En fin, será mejor tachar esto último, porque sí que hubo una vez en Bangkok que no lo intuyó y estaba a punto de volver a su hotel con una criatura preciosa llamada Tiara cuando intercedió, tarde y, hay que decirlo, muy a regañadientes, Rain. Al muy mamón todavía le gustaba recordarle el incidente, o el casi incidente, y la verdad es que a Dox no le sentó nada bien en aquel momento, pero al final se había convencido de que, ¡qué diablos!, si hubiera llegado a ocurrir algo con Tiara, el mundo no habría dejado de girar y él habría tenido otra anécdota rara que sumar a cuanto le había pasado en aquella vida loca suya.
—Me da que es usted de por aquí —dijo Dox apartándose un tanto de las instrucciones que le había dado Kanezaki. Lo de acercarse a alguien y decirle: «La luna está azul» o cualquier cosa por el estilo siempre le había parecido artificial—. ¿Le puedo hacer una pregunta?
El otro dio un sorbo a su cerveza.
—Dispare.
—¿Cuál cree usted que es el mejor local de alterne de Pattaya?
—Los locales de alterne de Pattaya están sobrevalorados. Pruebe en Phuket o, mejor aún, vaya al Cowboy de Bangkok.
«Bingo».
El guion decía que, acto seguido, el tipo tenía que salir de escena por la derecha y dejarse atrás la bolsa con bandolera, pero, por el motivo que fuese, esa idea había hecho de pronto que se le erizase el vello. Se levantó para sentarse al lado del sexagenario. Él lo miró y frunció el ceño como perplejo o irritado ante tanta improvisación o quizá por simple profesionalidad de espía. Con todo, Dox siempre había considerado que los guiones, la profesionalidad y todo lo demás eran más orientaciones generales que una norma. A los marines los animaban a adaptarse y a improvisar. Además, era una lástima no hacer honor a su sobrenombre, que no en vano venía de «poco ortodoxo».
—Muy bonita, su bolsa —dijo señalando con un dedo el objeto que precisamente debía pasar inadvertido en su conversación—. Yo tenía una idéntica que compré por catálogo en J. Peterman hace ya un montón de años, pero una noche me la robó una dama de manos muy largas que se llevó también mi corazón.
—Una lástima —repuso el otro, al parecer sin inmutarse.
Dox alzó su cerveza en señal de asentimiento, bebió y volvió a dejarla sobre la barra.
—Sí, señor. Ya sé que es raro, pero me acabo de dar cuenta de que ahora no puedo pensar en la bolsa sin acordarme también de ella. ¿Tendría la amabilidad de dejar que le eche un ojo a la suya? Para mí sería como asomarme a un pasado perdido y le estaría muy agradecido.
El tipo miró a su alrededor con aire distraído, no tanto como quien comprueba que no hay testigos en los alrededores como a la manera de quien pregunta: «¿Nos estarán mirando?». Se descolgó la bolsa de la rodilla para tendérsela a Dox.
—Por favor.
El sexagenario se la puso en el regazo. Si llevaba una bomba dentro, podía ir despidiéndose de sus pelotas, aunque lo cierto era que el resto de su persona también saldría por los aires, de modo que no iba a echarlas de menos. En realidad, dudaba mucho que fuese una bomba, porque sabía bien que Kanezaki era de fiar, pero lo de Gant y luego lo del de la espada lo habían alertado y no le hacía ni puñetera gracia la idea de dejar que un desconocido le diese un paquete y se alejara para alcanzar una mínima distancia de seguridad, tras lo cual podía ser que el paquete hiciera ¡pumba! Valía más asegurarse. Y el hecho de que el bueno de Voz Cascada no se mostrase nervioso al verlo manipular la bolsa a su lado mismo, aun cuando no bastara quizá para garantizar nada, resultaba al menos tranquilizador.
Levantó la solapa y echó un vistazo. Lo primero que vio fue nada menos que la Wilson Combat Tactical Supergrade que quería y dos cámaras de repuesto, así como una lata de metal del tamaño de un puño en la que se leía: CTS MODEL 7290-9 FLASH BANG. 1.5 SECOND DELAY. La granada aturdidora que había pedido, concebida para hacer efecto un segundo y medio después de activarla.
Podía haber metido la mano, pero eso habría provocado en su nuevo amigo una inquietud muy comprensible y la experiencia le decía que aquellas reuniones tendían a ir mejor si todos los participantes se aseguraban de que el resto estuviera relajado. Por lo tanto, se limitó a agitar con fuerza la bolsa. El tipo arrugó ligeramente el sobrecejo, como perplejo o impaciente. Las dos reacciones resultaban positivas, ya que no eran las típicas de un hombre que ve que están zarandeando a su lado un saco con una bomba.
No había pasado por alto que podía ser que aquel fulano hubiese sito víctima de un engaño y no supiera que la granada aturdidora que pensaba estar entregando era en realidad un artefacto explosivo camuflado. Sin embargo, todas aquellas hipótesis parecían cada vez más improbables. Lo más seguro era que Rain hubiese llevado consigo un aparato de rayos X, toallitas de detección de explosivos o hasta un robot artificiero antes de aceptar el paquete, pero aquella comprobación bastó para satisfacer a Dox.
Dio otro sorbo a la Chang fría, miró a su alrededor, se echó la bolsa al hombro y se puso en pie.
—En fin, caballero, me encantaría quedarme a charlar un rato más, pero tengo que hacer todavía un par de recados. Si no es ofensa, deje que le diga que me gusta su estilo y no me refiero solo al gusto que tiene a la hora de comprar bolsas de bandolera.
—El suyo también es interesante. —Parecía estar intentando no sonreír.
—Pues muchas gracias. La gente dice que hay que conocerme bien para que guste, pero yo prefiero pensar que los más perspicaces son capaces de apreciarlo a simple vista. Espero que volvamos a coincidir en otra ocasión.
El otro lo miró como si estuviera tratando de decidir algo. Entonces, metió la mano en un bolsillo de la pernera y sacó una tarjeta. Dox la aceptó y leyó: «Mark Fallon, visitas y recorridos turísticos». Debajo había una dirección, un correo electrónico y un número de teléfono y, por la otra cara, la misma información en tailandés.
—¿Habla usted siamés? —preguntó Dox mientras guardaba la tarjeta.
—Llevo ya un tiempo por aquí. ¿O cree usted que es el único que tiene una historia triste que contar sobre un corazón roto?
El hombre soltó una risita.
—No. Por desgracia, los sinsabores de la vida están muy repartidos. —Le tendió la mano—. Yo soy Dox.
—Fallon —dijo él estrechándosela.
—Me alegro de haberlo conocido.
Fallon alzó su cerveza.
—Buena suerte.
—Lo mismo digo. Semper fidelis.
La sonrisa del sexagenario confirmó a Dox que había acertado al pensar que había sido marine como él. Inclinó la cabeza a modo de despedida, volvió a la calle y tomó un tuk-tuk. Ya iba siendo hora de ir a conocer el célebre hotel Ruby.