My shining Star

Laura Sanz · Capítulo 1 de 42

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My shining Star

Un día antes del concierto / One day before the concert

Un día antes del concierto /

One day before the concert

—¡Tengo entradas para el concierto de los CFB!

La voz de Paola, aguda y cargada de alegría, resonó potente en la quietud de la sala. Había entrado como un vendaval sin preocuparse de si había alumnos en el aula.

Simón alzó la vista de los ejercicios que estaba corrigiendo, se quitó las gafas y la miró con actitud reprobatoria.

—Tienes suerte de que ya haya terminado mi hora.

Ella no le hizo caso. Se limitó a sacarle la lengua como si fuera una niña pequeña y a poner un papel encima de la mesa. Lo señaló con el dedo índice varias veces con apremio.

—¡Mira!

Simón apenas le echó una ojeada al folio. Soltó el rotulador rojo y se cruzó de brazos, mirándola a la cara. Era una cara muy similar a la suya, no en vano eran mellizos, si bien los rasgos de ella eran mucho más delicados.

Ahora, esos rasgos estaban distorsionados por la euforia y sus ojos oscuros relucían de un modo casi imposible.

—¡Mira! —volvió a insistir ella.

Simón suspiró. Era difícil sustraerse al entusiasmo innato de su hermana.

—¿Qué es? —capituló al fin.

Posó sus ojos sobre el papel de manera superficial. En la parte superior aparecía una foto a todo color de unos chicos con instrumentos musicales.

Debajo, había un texto que no se molestó en leer. ¿Para qué? Paola le iba a dar toda la información con pelos y señales en cuanto mostrase algo de interés.

—¡Son entradas para el concierto de los CFB para mañana en la Sala Avenida! —exclamó, tomando asiento a su lado y alisando el papel con

fervor, como si fuera un manuscrito del siglo XV—. En realidad, no son entradas, ¡es el acceso a una sala VIP! Vamos, que podemos ir todos.

—¿De dónde lo has sacado?

—Es un obsequio de Laureano Reyes. En señal de agradecimiento.

«Cuánta generosidad», pensó Simón con cinismo, pero no dijo nada.

Paola y él regentaban una pequeña escuela de idiomas fundada por su madre hacía más de treinta años. Laureano Reyes los había contratado para que impartieran clases de inglés a sus comerciales. Era un empresario bastante conocido, dueño no solo de la Sala Avenida, sino también de un par de discotecas y de varios hoteles en la capital. La única relación que tenían con él era meramente profesional. Se trataba de uno de sus mejores clientes, por no decir el mejor, pero no era santo de la devoción de Simón.

Su carácter arrogante y presumido no le gustaba demasiado. Lo único que parecía tener en mente era cómo llevarse a su hermana a la cama, ignorando que estaba casada y que le había rechazado en multitud de ocasiones.

—Ya sé lo que estás pensando. Que es un regalo envenenado. Pero si te soy sincera, me da igual. Además, lo tengo controlado. Y merece la pena soportar sus tonterías con tal de ver a los CFB.

—Nunca he oído hablar de ellos.

Ella abrió la boca con incredulidad. Se llevó las manos al pecho y fingió no poder respirar.

—¡¿Cómo?! ¡Que nunca has oído hablar de ellos! —profirió de un modo estentóreo capaz de dejar sordo a cualquiera—. No puede ser. ¿En qué planeta dices que vives?

Simón se encogió de hombros. No estaba demasiado al tanto de la música moderna.

—¿Es que no ves la MTV? ¿No escuchas la radio? ¿No vas a ningún bar de copas? —Paola parecía escandalizada.

—No.

—La tonta soy yo por preguntar. —Resopló, alzando los ojos al techo—.

Te pasas la vida encerrado en casa con tus plantas, tu gato y tus películas.

No sé quién narices te dio a luz. Mamá seguro que no.

Simón alzó la comisura de los labios en un amago de sonrisa. Era la misma broma de siempre. Paola y su madre, Regina, eran exactamente iguales. Ambas poseían un carácter abierto y extrovertido, prestas a divertirse en cualquier momento o situación. Eran verdaderos animales

sociales, siempre rodeadas de amigos y de gente interesante. Por el contrario, él carecía de ese tipo de habilidades. Era tímido y retraído, y le encantaba la soledad. No se le daba bien interactuar con otras personas.

Podía contar sus amigos con los dedos de una mano y todavía le sobraban algunos.

—CFB son las siglas de Crazy Fucking Bastards1 —explicó ella con un suspiro—. Es un grupo inglés de indie rock postpunk que lleva unos años copando las listas de éxitos. Han sacado ya tres álbumes y ahora están haciendo una gira europea. Es la primera vez que vienen a España. Este es su único concierto aquí.

—Pareces un presentador de televisión y suenas muy pedante —se burló

—. ¿ Indie rock postpunk? Vaya mezcla rara.

—¿Acaso sabes lo que es eso? —le cuestionó indignada. Se echó hacia atrás en la silla y le miró con los ojos entornados.

—El indie rock es el rock que solo escuchan los raritos —la provocó—.

Y el postpunk me suena a esos grupos que tanto le gustaban a mamá. Joy Division y Siouxsie and the Banshees. Son de su época, ¿no? Algo anticuados… ¿Y eso es lo que te gusta?

—De verdad que no tienes ni idea de nada. —Meneó la cabeza mientras le contemplaba fascinada, como si estuviese dentro de una probeta—.

Sujeto A, Simón Muñoz Neumann, venido al mundo por concepción espontánea. No se conocen otros ejemplares de su misma especie o condición. Digno objeto de estudio y experimentación. —Puso voz de robot al decir aquello.

Él no dijo nada, se limitó a ignorarla. Se colocó las gafas, recuperó el rotulador rojo que había dejado antes sobre la mesa y le quitó la tapa.

—¿Qué haces?

—Seguir corrigiendo.

—¡Pero todavía no he acabado de hablar!

—¿No? ¡Qué pesada eres! Vamos, habla, entonces.

—El concierto es mañana a las nueve. Ya he llamado a Mario. Luis y Rocío también se apuntan si encuentran a alguien que se quede con Aarón.

Mamá también vendrá, claro. Y tú, por supuesto. Así que seremos siete.

Simón se llevó una mano al mentón y fingió estar meditando. No le apetecía nada ir al concierto, pero sabía que una vez que Paola se proponía

algo era muy difícil llevarle la contraria. Y más para él, que siempre había sido un títere en sus manos. Ella lo sabía y se aprovechaba de su debilidad constantemente.

—¿A las nueve? No voy a poder. Tengo una cita —dijo con tibieza.

Ella resopló con sorna.

—¿Una cita? ¿Tú? ¿Con quién? Si estuvieras saliendo con alguien, yo lo sabría la primera.

—¿Crees que lo sabes todo de mí?

—Sí.

Él suspiró. Por más que le fastidiase admitirlo, era cierto. Su hermana estaba muy bien informada de cómo era su monótona vida.

—Entonces a las nueve —capituló con resignación.

Ella soltó una carcajada y se puso de pie.

—A las ocho te recogemos en casa. Iremos en taxi, que luego allí no hay dónde aparcar. Y ponte guapo. No vayas con esa ropa.

—¿Qué tiene de malo mi ropa? —cuestionó extrañado.

—Que es muy clásica. Siempre llevas esos pantalones chinos, esas camisas y esos jerséis de pico. Ponte unos vaqueros, por favor. Y la cazadora que te regalamos por tu cumpleaños. Ni siquiera la has estrenado.

Simón frunció el ceño. La cazadora a la que ella se refería era de cuero y ante de color marrón, de estilo motero. Y de marca. Su madre y su hermana se habían vuelto locas para comprarle algo tan caro. Lo agradecía en el alma, pero no era su estilo.

—Bueno…

—¡Perfecto! —le interrumpió ella sin dejarle continuar.

Cogió el papel de la mesa, lo dobló en cuatro y se lo metió en el bolsillo de los vaqueros. Después se acercó con una amplia sonrisa y mirada maliciosa.

—No lo hagas —la amenazó él, levantando el dedo índice en señal de advertencia.

— Ni li higuis, ninini —se chanceó ella.

Lo hizo. Por supuesto que lo hizo. Le pellizcó las mejillas y presionó como si fuera un niño de tres años.

—Joder, Pao —protestó, echándose hacia atrás para romper el contacto.

—Ay, mi hermanito pequeño, qué rarito es.

—¿Pequeño?

—Nací cuatro minutos antes que tú, así que sí, pequeño.

—Pero te saco una cabeza, que no se te olvide.

—Bah… minucias —rechazó ella, agitando los brazos en el aire—. Me voy a casa. No tengo más clases hoy. ¿Y tú?

—Tampoco. Voy a terminar de corregir esto y me marcho también.

—Mañana nos vemos, entonces —se despidió, yendo hacia la puerta.

Justo antes de abandonar el aula, se detuvo y dio unos cuantos saltitos histéricos—. ¡Dios mío! ¡Los CFB! ¡Me muero muerta! Anda, búscalos en el Google y escucha alguna de sus canciones. Vas a flipar.

—Seguro que sí —murmuró con sarcasmo, pero ella ya no pudo oírle porque se había marchado.

Permaneció unos cuantos segundos con la vista fija sobre la puerta, todavía demasiado aturdido por la breve visita. Terminó por quitarse las gafas y frotarse los ojos. Estaba cansado. Había impartido cinco clases seguidas, dos de ellas de principiantes, y eso siempre terminaba agotándole.

Solo había tenido tiempo de comerse un sándwich vegetal entre clase y clase.

Se levantó, abandonando los ejercicios, y con las manos en los bolsillos del pantalón —ese pantalón chino de color gris que a su hermana tan poco le gustaba—, se acercó a la ventana y echó un vistazo al exterior.

La academia se encontraba en la planta baja de un edificio antiguo de cinco plantas, frente a la famosa Plaza de Toros de las Ventas. A través de los árboles, al otro lado de la amplia avenida, se podía ver su impresionante estructura, pero él no se fijó en ella. Extravió la mirada y se perdió en sus propios pensamientos.

Era septiembre y, con el comienzo de curso, mucha gente aprovechaba para matricularse en una escuela como la suya para aprender un nuevo idioma. Pero, al igual que sucedía con los propósitos de Año Nuevo, esas ganas de conocer una nueva lengua se quedaban solo en eso, en ganas, y muchos de los alumnos recién llegados no aguantaban más de unas pocas semanas y terminaban por no continuar con el aprendizaje. Simón esperaba, sin hacerse demasiadas ilusiones porque era realista y tenía experiencia, que aquel año las cosas fueran diferentes y los alumnos matriculados aguantaran todo el curso.

Suspiró.

Las cuentas no cuadraban.

El año anterior no fue nada bueno; la academia había perdido muchos alumnos debido a la feroz competencia. Además, hacía catorce meses, hicieron una reforma y tuvieron que hipotecar el local para poder sufragar los gastos. El negocio llevaba bastante tiempo arrojando resultados negativos y Simón había tenido que poner dinero de su propio bolsillo para cubrir el pago de varias facturas. Poco a poco, se estaba quedando sin recursos. Su madre y su hermana no sabían nada de todo eso. Se había esforzado por ocultárselo, en espera de que llegase el otoño y la escuela remontara.

Paola, aparte de impartir clases de inglés, se encargaba del marketing y del tema comercial y era totalmente ajena a la contabilidad. Y su madre, desde que se retiró, había dejado todo en manos de sus hijos, por lo que no estaba al tanto del funcionamiento del negocio.

Era él el que llevaba el peso de las finanzas y el único que sabía cómo estaban las cosas, económicamente hablando.

Lo último que necesitaba con todas las preocupaciones que le rondaban por la cabeza era ir a un concierto de música rara. Había contado con pasar el fin de semana tranquilo en casa, tirado en el sofá y viendo alguna película clásica con su gato, Rico, encima del estómago. Quizá, como mucho, salir a dar un paseo por el parque o tomarse una cervecita en la terraza que tenía a dos calles de su piso.

—Uno propone y Paola dispone —murmuró con estoicismo.

Echó una ojeada por encima del hombro a su portátil. ¿Cómo había dicho ella que se llamaba el grupo ese? ¿Crazy Fucking Bastards? Con ese nombrecito estaba claro qué tipo de música harían. Durante una milésima de segundo pensó en hacerle caso a su hermana y buscarlos en Google, pero no tardó en desechar la idea. Tenía demasiadas cosas que hacer para perder el tiempo con esas gilipolleces.

Volvió a la mesa y se sentó. Se puso las gafas de nuevo, cogió el rotulador rojo y el ejercicio que había dejado a medio corregir. Era una redacción sobre la vida de Goethe que había hecho Ricardo, uno de sus alumnos de un curso avanzado. No tenía casi fallos.

Simón sonrió con complacencia. Cuando leía textos así sentía una enorme satisfacción y también algo de orgullo como profesor. El que Ricardo, con solo catorce años, hubiese alcanzado ese nivel de alemán en tan poco tiempo era la prueba de que no se le daba mal la enseñanza.

A veces, su trabajo era muy gratificante.

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